No hay un flagelo inflacionario: hay tres. Hay una inflación tradicional, por así decirlo, la inflación de los precios. El término posee un claro graficismo. Los precios aumentan de volumen, pero sin incrementar su sustancia. La sustancia de los precios es el valor. Un bien vale más cuando se cambia por una mayor cantidad de otras mercancías. Cuando su precio sube, pero los precios de los demás bienes suben aproximadamente en la misma proporción, el valor no cambia. Los precios se han hinchado, se han inflado, es sólo aire caliente lo que los hace crecer. No sustancia.
Hay otras dos inflaciones que, en el mismo sentido gráfico del concepto nos conciernen. Inflaciones no tradicionales, diramos, para continuar con la clasificación que tomamos de otro campo de la economía. Una es la inflación de las expectativas, donde la visión del futuro, en que todo luce mayor y mejor, es lo que aumenta sólo gracias a una inyección de gas. Como la sustancia de los precios decíamos, es el valor, la sustancia de las proyecciones de futuro es su conformidad con un fundamento teórico sólido. Y así como la emisión de más y más papel moneda es el agente que insufla aire en los precios, el agente responsable por inflar las expectativas consiste en una mezcla peligrosa de buenos sentimientos, mala lógica, y retórica política-electoral.
La tercera inflación que se cierne sobre nosotros es la inflación del consenso. O, para ser más exactos, de la estimación del consenso, de la valoración de sus virtudes, de la percepción de sus vínculos con el interés nacional.
Se afirma que el retorno al régimen constitucional bajo el impacto de una tremenda crisis económica constituye una etapa de crucial importancia para el país, y ello es correcto. Se sostiene que los gobiernos de unión nacional basados en el consenso, están indicados en tales casos, y no cabe duda de que es así. Se compara tal situación con las de los países en guerra, en los cuales la historia nos exhibe una profusión de gobiernos pluripartidarios, nacionales, basados en el consenso, y aquí empiezan las dificultades. Porque el consenso operativo en tales casos concierne invariablemente el esfuerzo de guerra, pero no la conducción estratégica de las operaciones militares. Esta suele por el contrario hallarse fuertemente centralizada en una única fuente extraconstitucional de poder. El esfuerzo de guerra radica en movilizar los recursos humanos y reducir todo lo posible el consumo de la población civil. El que los partidos se unan en un pedido de esfuerzo y austeridad a la nación es claramente deseable. El que se pretendiera imponer un consenso interpartidario al general en jefe sobre esta materia estratégica estaría en cambio claramente descaminado, y por algo la historia nos muestra siempre aquello y nunca esto.
El consenso que se delinea en nuestra coyuntura política es un consenso sobre la estrategia económica a aplicarse en el gran combate que la república debe librar por recuperar su largamente perdida prosperidad. No es un consenso para pedirle sudor y lágrimas a la población, lo que sería altamente deseable, ya que desgraciadamente por ambos pasa nuestro camino; es un consenso sobre cómo fabricar prosperidad instantánea, y cómo convertir el incremento del consumo en la palanca de la reactivación.
El plan económico anunciado por los economistas de los partidos políticos, dado a conocer la semana pasada, recoge el consenso surgido de la Concertación Nacional Programática. Ese es el título legitimante que el documento invoca. No se nos asegura que represente el pensamiento de sus autores. Lo que sabemos es que éstos han vertido en el plan su interpretación del consenso concretado en las sesiones de aquel cuerpo. El documento vendría a ser algo así como un oráculo de la vox dei, que sería el sentir y pensar de los concertantes, sobre el supuesto de que éstos a su vez recogiesen la vox populi con fidelidad.
Muy distinto, pues, del consenso siempre buscado, y frecuentemente encontrado, en los períodos bélicos. El nuestro es un consenso sobre cómo librar las batallas, en qué sector atacar, cómo integrar el arsenal, cuándo lanzar la ofensiva, y cosas por el estilo. Peligroso.
Útil, por cierto, si el contenido económico fuera correcto. Con clara potencialidad dañina, en cambio, si no lo fuera. Veamos un par de ejemplos, en los que el error del documento aludido nos parece manifiesto. En materia de ingresos fiscales extratributarios (tarifas públicas), propone que se determinen "teniendo en cuenta, en lo posible, la capacidad contributiva de los usuarios". Podríamos citar una infinidad de autoridades que sostienen que semejante política estaría llamada a generar un costo social neto, un peso muerto para la comunidad, y en cambio ninguna conocemos que le prestase apoyo. El consenso erróneo, ¿será también provechoso?
El mismo documento enuncia una política monetaria consistente en "Determinar la expansión de los medios de pago en función de los objetivos de la reactivación, control de la inflación y redistribución progresiva del ingreso". De entrada tenemos dificultades con un instrumento asociado a tres objetivos, en contravención al principio de Tinbergen (no menos instrumentos que objetivos). Más dificultades aún tenemos para imaginar cómo podría determinarse la cantidad de dinero a emitir pensando a la vez en reactivar la economía y controlar la inflación (salvo si se procurase la reactivación estabilizando, lo que sin embargo nunca se enuncia) y todavía más aún para columbrar cómo podría el control de la oferta monetaria asociarse con la distribución del ingreso. Tampoco comprendemos cómo se enuncia una política de dinero activo y de tipo de cambio fijo ("tipo de cambio realista... a partir de una determinada paridad") sin anunciar el control de cambios.
Supongamos que todo esto se hallase efectivamente tan desprovisto de consistencia teórica como a nosotros nos parece. La cuestión es: el error, ¿sería menos perjudicial por provenir del consenso?
No hay que olvidar que el consenso no goza de ninguna garantía de verdad. Galileo se enfrentó al consenso de su época, que afirmaba que la tierra ocupaba con mayestática fijeza el centro del universo. Como en tantos otros casos, en aquél el individuo estaba en lo cierto, y las masas en el error. Frente a la pretensión de que la política correcta puede establecerse mediante la concertación generalizada, queremos también nosotros proclamar: EPPUR SI MUOVE.
La inflación del consenso arriesga seriamente crear una expectativa de fácil reactivación y fácil elevación del nivel de vida, o sea desembocar en una inflación de expectativas, de la cual a la agravación de la inflación de precios hay un trayecto corto y en bajada.
Hay tres flagelos inflacionarios, pero los tres están concertados de manera inquietante.