Durante la luna de miel suele juzgarse impolítico señalar al novio los defectos de su amada, y prudente dejar que sea la vida conyugal la encargada de revelárselos. Análogamente, en medio del actual idilio del electorado uruguayo, mientras contempla a la democracia, al cabo de una larga y cruel separación, acercársele vestida de bodas, no es sin trepidación que osamos insinuar que la historia del noviazgo no está presagiando un matrimonio exento de tribulaciones. Si nos decidimos a hacerlo no es más que por esa vocación de franqueza a rajacinchas que nos empuja todo el tiempo.
Cuando Winston Churchill se hizo cargo del gobierno británico, luego del desastre militar de Francia, declaró al pueblo de su país que sólo podía ofrecerle un destino de sangre, sudor y lágrimas. No sólo había poesía y grandeza en las palabras del notable estadista sino también practicidad. Sin su realismo, ¿habrían soportado los británicos la dura austeridad de la guerra con tan buen talante y con moral tan enhiesta?
Los uruguayos tenemos derecho a desear, y a esperar, que no nos sea preciso beber nuevamente del cáliz de una experiencia cruenta pero de que podamos librarnos de apurar la copa que el destino ostensiblemente nos tiende acremente salada con el sabor del sudor y las lágrimas, sería vano hacerse ilusiones.
¿No convendría tocar el tema? La campaña electoral ¿no debería preparar a nuestra gente para la austeridad que sin duda deberá soportar aún mucho tiempo? Contra ello sin duda se invocarán las exigencias de la puja política. Si yo hablo de sudor y lágrimas, mientras mi rival promete el oro y el moro, ¿qué clase de resultado electoral voy a alcanzar?
Pues señor, si somos demócratas sinceros, tendríamos que tener ánimo y decir de todos modos la verdad. Sin duda, el sistema se apoya sobre el supuesto de que el ciudadano medio posee un aparato digestivo adulto capaz de digerir los hechos tal como la historia los va dando y no restringido a biberones edulcorados.
Otro argumento concebible, para que la verdad deba quedar a la vera de la arena política, es el de su carácter intolerable. Algo así como que sería inmoral aceptarlo. El dramatismo de los hechos harían como fundirse los reinos del ser y el deber ser. Cuando el ser fuera demasiado odioso, el deber ser entraría a disputarle el terreno. Lo factible y lo deseable entrarían en lucha cuerpo a cuerpo y lo deseable debería triunfar. Algo así.
Tomemos el caso de los jubilados y pensionistas, de cuyo número de 600.000, un tercio de los ciudadanos activos, la vasta mayoría percibe beneficios irrisorios, de una irrisión trágica, bien entendido. ¿Qué se les ocurre, al respecto, a los políticos? No explicar la situación. No señalar que la omisión de los militares en atacar este problema en sus fundamentos es imperdonable, menos aún admisible que los políticos dilapidaron anteriormente el capital de las "cajas", y las transformaron en "conductos de jubilaciones y pensiones", por los que los recursos simplemente fluyen del sector de los activos al de los pasivos, tanto más inadecuadamente cuanto mayor deviene el sector de éstos en relación al de aquéllos. No, nada de esto, las explicaciones se reconocen implícitamente como de más. Las explicaciones no sacan el hambre, probablemente se diría. Las ilusiones, en cambio, si no sacan el hambre, ayudan a esperar que llegue la hora de comer.
En un programa de televisión dedicado a los pasivos oímos a los representantes de un partido tras otro dirigir promesas a tales destinatarios. Varios prometieron el salario mínimo nacional a los jubilados y, en la misma proporción de las respectivas pasividades, a los pensionistas. En otros foros hemos oído iguales compromisos. ¿Cuánto costaría semejante proyecto? He aquí lo que nunca se dijo. Se admitió que el aumento habría que financiarlo, pero, ¿cómo podemos saber si la financiación será fácil o difícil, factible o no, sin saber de cuánto estamos hablando?
A nosotros, un cálculo hecho a ojo de buen cubero, nos da dos por ciento del PBI. Aproximadamente una tercera parte del rendimiento del IVA; una novena parte de todo el gasto público.
¿Cómo podría financiarse una erogación tan enorme? Naturalmente reduciendo los gastos de los Ministerios de Defensa e Interior, pero esos fondos están muy solicitados, y es preciso recordar que con todo, esos ministerios no pueden quedar con asignaciones negativas. Alguien propuso el restablecimiento del impuesto a la Renta de las Personas Físicas. Propuesta inobjetable, por cierto, pero, ¿en qué medida también propuesta adecuada desde el punto de vista práctico? En los cinco últimos años de vigencia plena de ese tributo su rendimiento fue de dos por mil del PBI, una décima parte de lo que se precisa. Otro sugirió aumentar el impuesto al Patrimonio, propuesta absurda y contraproducente porque la tasa marginal del 4,5 % ya es decididamente confiscatoria. En definitiva, las posibilidades de financiar una erogación de ese porte son nulas. La única perspectiva sería emitir y no ajustar el salario mínimo nacional de modo que descendiera hasta un nivel cercano al del grueso de las pasividades.
En medio de la pobreza, con la economía desquiciada, con el peso de las empresas estatales, resguardadas por sus monopolios del imperativo de ser eficientes, no hay solución. La única posible es crecer, y crecer vigorosamente. Y eso exige asignar eficientemente los recursos y trabajar duro. Y aún así, la solución, para los sumergidos de hoy, demoraría.
Admitimos que el mensaje de optimismo que hoy irradia la campaña electoral es más grato que éste que nosotros querríamos oír. Es más grato hoy. Pero el 1º de marzo empezará una nueva etapa, y en ella ya no vamos a poder hacerle gambetas a la realidad. Nos la vamos a encontrar cara a cara, y tendremos que mirarla a los ojos.
Mejor, diríamos nosotros, ir al enfrentamiento preparados.