Me valgo del recuadro para transmitir concentradamente el contenido de la condena de los obispos al liberalismo capitalista y al marxismo colectivista, sobre la que versaron ya mis dos últimos artículos.
El documento episcopal alterna los cargos dirigidos a ambos sistemas conjuntamente y a cada uno de ellos en particular. Lo que se desprende con toda claridad es que sus autores consideran a estos dos "ismos" básicamente animales de la misma especie.
Sostendré que el sufijo "-ismo" desempeña en este contexto el papel de una trampa semántica. En realidad el marxismo y el liberalismo deberían percibirse a dos niveles totalmente distintos de la escala zoológica.
Antes quiero referirme a los cargos concretos que el documento endereza hacia el liberalismo específicamente. Para comenzar, voy a examinar la acusación de que, bajo el liberalismo, "unos pocos sobresalen a costa de la minoría de muchos".
Lo primero que cabe acotar es que, de ser cierto el cargo, éste haría del liberalismo el más cabal e íntegro de los fracasos. Repare el lector en el triste caso de un economicismo materialista, orientado apenas a la conquista de bienes materiales y que concluye hundiendo al mayor número en la miseria, y todo sólo para llenar hasta el colmo la copa de la riqueza de la que sólo unos pocos han de beber. ¿Podría haber mayor frustración?
Es más. En ese caso, ¿podrían haber liberales en el mundo? Gentes tan perversas, u obtusas, como para adherirse a un sistema que renuncia al espíritu para rendir culto a la materia, y aún así no logra siquiera satisfacer las necesidades materiales básicas de las multitudes, ¿podrían darse? ¿Qué les atraería? ¿Apenas regodearse en el hambre de casi todos y el hartazgo de unos pocos? Esta doctrina para monstruos, ¿merecería acaso el honor de la condena de los pastores de la grey católica, en un país normal, de gente normal?
Ante tal ataque, me siento tentado de llamar a Marx en defensa del capitalismo liberal. Junto con Engels, nos ha dicho:
"Es (la burguesía) la que primero ha probado lo que puede realizar la actividad humana: ha creado maravillas muy superiores a las pirámides egipcias, a los acueductos romanos y a las catedrales góticas y ha dirigido expediciones superiores a las invasiones y a las Cruzadas" (Manifiesto...)
Y en "Das Kapital" ha escrito:
"La misión histórica de la forma capitalista de producción es la de alentar un fabuloso desarrollo material...".
Reconozcamos, al menos, que el capitalismo liberal ha posibilitado la explosión demográfica que comienza en el siglo XIX y le ha conferido a las masas de todos los países desarrollados, y aun semidesarrollados, niveles de vida que el pasado nunca había osado siquiera imaginar.
Y reconozcamos asimismo que en los países capitalistas el nivel de vida no ha cesado de mejorar en los dos últimos siglos. En los EE.UU., por ejemplo, los salarios y otras compensaciones de los trabajadores, en 1929 representaban el 60% del ingreso nacional; en 1981 presentan más del 75% de un ingreso nacional que se ha multiplicado por un factor no inferior a 2.5. Esto significa que en el último medio siglo los asalariados —dentro de la relatividad ínsita en una apreciación de esta índole— vieron su nivel de vida acrecido según un factor de 32.2% al año, por término medio.
Supongo que la objeción que sigue inevitablemente en este planteamiento concierne la desigualdad en el plano mundial. Vale la pena hacer al respecto una breve digresión, basada en datos del Banco Mundial. Podemos dividir la población del mundo en tres grupos. El de altos ingresos, con una media (para 1979) de 9.440 dólares por cabeza, abarca una población de unos 800 millones, un 19% del total, y representa el 77% del ingreso mundial; el de ingresos medios, donde se sitúa el Uruguay, con una media de 1.420 dólares, menos de 1/6 de la anterior, abarca una población de 1.2 mil millones, 29% del total, y representa el 17% del ingreso mundial; y el de ingresos bajos, que engloba una población de 2.3 mil millones, 53% del total, mientras que su ingreso no alcanza a más que el 5.4% del total, con una media de 230 dólares por cabeza, apenas más del 2% de la media de los países ricos.
Hay dos sentidos posibles en que este escándalo de la pobreza en el mundo podría ser conectado con el capitalismo. El primero consistiría en sostener que, por lo menos en parte, los países pobres son países capitalistas. Esto sería sencillamente lo opuesto de la verdad. Los países de este grupo, llámense Etiopía o Cambodia, Birmania o India, Angola o Zaire, han abrazado alguna forma de socialismo, sea o no de la variedad soviética. No se trata ya de que estos países carezcan de la infraestructura jurídico-institucional característica del capitalismo —lo que acontece sin ir más lejos, con todos los países latinoamericanos— sino que todos expresamente han repudiado los principios de una economía de mercados y, en cambio, han optado por alguna alternativa colectivista. No estoy diciendo que todos estos países llenasen las condiciones culturales mínimas para funcionar como economías de mercados. Esa es otra cuestión. El hecho significativo es que nada semejante al capitalismo se halla en los hechos asociado con aquel nivel aterrador de pobreza.
El otro ángulo desde el cual la desigualdad económica en el mundo puede pretenderse asociado al capitalismo es el de la explotación de los países pobres por los países ricos. A título de ejemplo, transcribo de un manifiesto partidario:
"Está históricamente probado que el desarrollo del Norte se apoyó en el subdesarrollo del Sur" (Declaración del Fortín, diciembre de 1981).
Difícilmente cabría pensar en una afirmación más desprovista de fundamento. Lejos de hallarse probada, dicha proposición se muestra definitivamente desmentida por los hechos.
Los canales por los cuales los países ricos podrían extraer recursos de los pobres son dos: financieros y comerciales.
¿Quién no ha oído alguna vez afirmar que el notable nivel de vida de los EE.UU. se halla asociado a las rentas de sus inversiones extranjeras? Pues bien, la posición acreedora neta de los EE.UU. —que databa apenas de la 1ª guerra mundial, cuando la preeminencia económica de aquel país era muy anterior— se ha esfumado prácticamente en los últimos dos años. Los EE.UU. han dejado de poseer inversiones netas en el exterior, y están a punto de volver a tener una economía deudora neta. ¿Alguien ha notado que el nivel de vida en los EE.UU. haya descendido?
Si no se trata de que los países ricos le chupen la sangre a los pobres a través de intereses y dividendos, tiene que tratarse de que les succionan recursos a través de los términos del intercambio. Recurro en este caso al testimonio de Gunnar Myrdal, campeón de la causa de los países del "Sur". "Una comparación general entre el desarrollo a largo plazo de los precios de los productos primarios y manufacturados no puede ser de gran importancia..." escribió en Solidaridad o desintegración "ya que la sexta parte de la población del mundo no soviético que vive en los países industrialmente avanzados produce no sólo cerca de las tres cuartas partes de todos los productos manufacturados, sino también más de las dos terceras partes de las materias primas industriales, incluyendo las que salen de la agricultura...".
Esto no significa que las políticas comerciales de los países ricos dejen de inferir grave perjuicio en cierto aspecto a las economías menos desarrolladas, pero entre admitir ese hecho e inferir que la riqueza de aquéllos se apoya sobre la pobreza de éstos media un abismo.
Debemos concluir, por tanto, que si el capitalismo liberal es un "economicismo materialista", es al menos un economicismo materialista notablemente exitoso. Pero, la acusación de materialismo, ¿qué base tiene? O, mejor dicho, porque es algo que debe inquirirse previamente, ¿qué significado posee?
El capitalismo es un sistema económico cuyo surgimiento acaeció en la Europa medieval, tal vez en el siglo XI ya que la apertura del Mediterráneo a la navegación cristiana, conseguida por los marinos normandos, debe juzgarse el punto de partida del notable florecimiento mercantil e industrial de los siglos XII y XIII.
Hoy me falta espacio para intentar siquiera un escorzo a grandes trazos de la evolución de este sistema, en dirección a su etapa liberal cuyo advenimiento debería ubicarse dentro de la década de los años 1840, asociada a la derogación de las leyes de granos en Gran Bretaña, lo que abrió al comercio libre a la principal potencia industrial de la época.
Tomado el sistema en toda su extensión, ya casi milenaria, ¿cuáles pueden juzgarse sus facetas distintivas? Voy a proponer que los rasgos característicos son tres.
Es una economía de mercados, en la cual la división del trabajo se apoya en el intercambio y supone el uso del dinero, por oposición a las economías basadas en la reglamentación de la sociedad (verbigracia las civilizaciones índicas, con su división del trabajo basada en el sistema de castas, o africanas, basadas en los clanes) que habían dominado la evolución de la humanidad civilizada hasta el florecimiento de la civilización helénica en el siglo VII A.C.
Es el primer sistema económico que prescinde de la esclavitud. En las ciudades medievales, que son el verdadero asiento del capitalismo durante su primera etapa, y la simiente del estado de derecho, se configuran las primeras comunidades de ciudadanos, iguales ante la ley, en la historia de la humanidad. Esta faceta crucial distingue al capitalismo de las economías centradas en la ciudad-estado helénica (o greco-romana).
Finalmente, es el único sistema que logra alistar la cooperación de la ciencia al progreso de la producción de una manera estable. Algunas civilizaciones habían dado su gran salto económico gracias a descubrimientos científicos, (verbigracia la civilización egipcia, con el descubrimiento de la trigonometría por su casta sacerdotal, lo que abrió la oportunidad a la domesticación del Nilo, y con ello a su notable florecimiento ya en el cuarto milenio A.C.) Pero todas las civilizaciones habían chocado contra un techo tecnológico, que había frustrado toda posibilidad de crecimiento ulterior. Ese techo se hallaba asociado al control de las fuentes de energía. Antes de la civilización occidental —cuyo sistema económico es el capitalismo— ninguna había utilizado industrialmente otras fuentes de energía que la hidráulica, la eólica y la biológica. La evolución matemática del siglo XVII, gracias sobre todo a las contribuciones simultáneas de Newton y Leibnitz, desbrozaron el camino hacia el dominio sobre el vapor, y las demás innovaciones tecnológicas que revolucionaron la producción industrial, y alcanzaron velocidad de despegue para un crecimiento económico que jamás se había sospechado posible.
Si llamamos capitalismo al sistema así caracterizado, ¿qué sentido cabe atribuirle, a él o alguna de sus etapas, la condición de un "economicismo materialista"? Se me ocurren dos posibilidades.
La primera consistiría en que el sistema induce en quienes habitan en su ámbito actitudes materialistas, tales como apego a los bienes materiales, inclinación excesiva al goce sensual de las riquezas, ambición y egoísmo inmoderados.
Si esa fuera la intención del documento, no habría más medio que señalar que se trata de una lamentable confusión, consistente en atribuir al sistema debilidades que el hombre lleva dentro de sí, independientemente del medio en que toque vivir. No sé si está ya pasado de moda hablar del pecado original. Si no lo estuviera, yo diría que todas esas debilidades tienen mucho más que ver con la transgresión de Adán y Eva que con la organización de la economía. O, como Max Weber lo ha dicho notablemente:
"El impulso hacia la adquisición, la búsqueda de ganancias, de dinero, de la mayor cantidad de dinero posible, no tiene en sí mismo nada que ver con el capitalismo. Este impulso existe y ha existido entre los camareros, médicos, cocheros, artistas, prostitutas, funcionarios deshonestos, soldados, nobles, cruzados, jugadores y mendigos. Puede decirse que ha sido común a todas las clases y condiciones de hombres en todos los tiempos y en todos los países de la tierra, doquiera se han dado las condiciones objetivas para él. El ansia ilimitada por las ganancias no es lo más mínimo idéntica con el capitalismo, y menos aún en su espíritu. El capitalismo puede ser idéntico con la domesticación, o al menos con una atenuación racional, de este irracional impulso. Pero el capitalismo es idéntico con la búsqueda de beneficios, y de beneficios indefinidamente renovados, por medio de la empresa continua, racional, capitalista". (La ética protestante y el espíritu del capitalismo, énfasis en el original).
La otra interpretación posible de la acusación de materialismo enfilada hacia el capitalismo liberal consistiría en que la doctrina elaborada para explicar el sistema económico y político surgido espontáneamente en Occidente —el liberalismo— merece aquel estigma. Una vez más, la verdad se halla en las antípodas de semejante tesis. Aquí dejaré al sueco Ely Heckscher, él mismo no particularmente identificado con la escuela clásica, la tarea de refutar estos cargos dirigidos contra ella. En su monumental libro sobre el mercantilismo, Heckscher escribió:
"El logro esencial del laissez-faire se apoyó en el hecho de que tenía un ojo para lo humano; este punto práctico estaba polarmente opuesto al mercantilismo, por lo menos como en su teoría económica específica. El espíritu humanitario, filantrópico, cuyo ascenso comenzó a fines del siglo XVIII, por más que tomó un siglo para prevalecer en la legislación, fue una de las poderosas fuerzas que pusieron fin al sistema mercantilista. En ello hubo de hecho una armonía fundamental entre —para atenernos a nombres ingleses— liberales políticos... como Adam Smith, Bentham, Romilly y Malthus por un lado, y conservadores como Wilberforce, Sir Robert Peel... y Lord Shaftesbury, por el otro, luchando contra el pauperismo, la ley de asentamientos, el comercio de esclavos, la esclavitud de los negros, el abuso del trabajo infantil en las fábricas... las truculentas leyes penales, y una infinidad de otras cosas, consideradas con aprobación o indiferencia por la época anterior."
¿Cuál es, entonces, la sustancia de la condena al liberalismo? Yo diría que ninguna. ¿Por qué, entonces, el sólito ataque de los hombres de la Iglesia al liberalismo? Para sugerir una respuesta, debo pedir plazo hasta la semana próxima.