Bernard de Mandeville nació en Rotterdam, en 1670. Murió en Londres, en 1733. A los 21 años se graduó en medicina, en Leiden. Ocho años después viajó a Inglaterra para aprender el idioma, y se quedó toda la vida. Allí practicó su profesión, y escribió. Su Fábula, de lo que ya sepan, es algo que mostraré más adelante. A título de adelanto, permítaseme señalar que Keynes y Hayek se han detenido ambos con interés y aprobación sobre la obra de Mandeville: coincidencia nada usual que, confío, ha de despertar en los lectores suficiente interés como para inducirles a seguir adelante.
Por su época y por la orientación general de su pensamiento, Mandeville como economista pertenece a la corriente doctrinaria que llamamos mercantilismo, que, en tanto que influencia dominante, se sitúa entre la Edad Media y el advenimiento de la escuela liberal. Si atribuimos el ascenso de ésta a posiciones de influencia intelectual en función de los artículos monetarios de David Hume, aparecidos a mediados del siglo XVIII, podemos apreciar que Mandeville es un mercantilista relativamente tardío. Este aspecto va a sernos de interés más adelante.
En la mayor parte de su temática, debemos suponer que Mandeville fue un representante típico de su orientación. En su magistral obra sobre el Mercantilismo, Eli Heckscher cita reiteradamente a Mandeville, y nunca nos lo muestra en oposición a la corriente principal que integraba.
En un aspecto Mandeville se destacó del resto de los escritores de su tendencia, y a él concierne la ya citada Fábula de las abejas. Este libro alcanzó una fama mucho más vasta que los demás escritos mercantilistas, que por lo general componen una colección de textos bastante áridos. La Fábula gustó a algunos, pero sobre todo escandalizó al mayor número. Su éxito fue lo que Hayek ha llamado un succès de scandale, que los libros de economía rara vez merecen.
La Fábula, que consta de una narración en verso y un comentario en prosa, desarrolla un tema con viejos antecedentes en la literatura mercantilista: el de las ventajas del lujo como motivación del gasto en consumo, y la consiguiente movilización de los recursos productivos. Heckscher enumera fuentes que difunden mensajes semejantes, que se remontan a fines del siglo XVI, y abarcan una centuria larga antes de Mandeville. Keynes, que reproduce el enfoque retrospectivo de Heckscher, destaca como principal el antecedente del mercantilista inglés Nicholas Barbon. Este había escrito en 1690: "La prodigalidad es un vicio perjudicial al hombre pero no al comercio; la avaricia es un vicio perjudicial tanto al hombre como al comercio". Mientras Barbon establecía de esta manera una jerarquía de los vicios, de la que resultaba que más valía ser pródigo que avaro, Mandeville osó sostener que la virtud de los individuos podía componerse en un vicio colectivo, y viceversa. Su apólogo concierne a una comunidad en que cada persona súbitamente se convierte a la virtud de la frugalidad. Ya nadie toma dinero prestado para darse lujos; al contrario, la gente ahorra, vende sus fincas para pagar deudas, y el gobierno abandona el dispendio de otrora, y se allana en sus gastos a una sobria parsimonia.
Tanta virtud, ¿qué consecuencias apareja? La versión española de la Teoría General de Keynes, del FCE, incorpora una traducción de Alfonso Reyes de los versos de Mandeville que Keynes cita. De allí extraemos la respuesta:
¡Ay pero en este concierto
del comercio y la honradez
el panal de antigua prez
se va quedando desierto!
Pues si el vicio a chorro abierto
despilfarraba millones,
alimentaba montones
que hoy se quedan sin oficio,
y echando menos el vicio
emigran a otras regiones.
La más suntuosa morada
lujo de sus moradores,
con carteles delatores
se ofrece al mejor postor.
Sobran artista y pintor,
herreros y constructores.
Mandeville
La moraleja era que los gobiernos debían abandonar los intentos, frecuentes en aquel tiempo, de desalentar el gasto suntuario, y dejar libertad a sus súbditos para que siguiesen los dictados de su conciencia o de su concupiscencia.
El libro llegó a ser convicto de inmoralidad por un tribunal provincial de Inglaterra, y conquistó rápidamente en toda Europa una reputación de obra indecorosa. El Dr. Johnson es el único personaje del que se conoce al respecto un juicio favorable, hasta llegar a nuestro siglo.
Luego de esta somera presentación, voy a concentrarme en el tratamiento de este autor por Keynes y Hayek. Como podrán imaginarse, la percepción favorable de uno y otro trasunta el hecho de que ambos vieron en él cosas distintas.
Keynes se ocupa de Mandeville en el Capítulo 23 de la Teoría General, dedicado a reivindicar algunas tesis mercantilistas opuestas a la ortodoxia clásica, así como a rescatar del olvido a algunas figuras de la heterodoxia posclásica. Mandeville aparece allí como un precursor de las teorías del ciclo económico basadas en el subconsumo: como un precursor, en tal sentido, de Malthus y, ya aproximándose a nuestro siglo, de J.A. Hobson, y más tarde aún del Mayor Douglas.
La tesis clásica frente a la pretensión de los subconsumistas había sido, explícitamente desde Jean-Baptiste Say, allá por 1800, que todo lo que la gente decidiera ahorrar de más a partir de determinado momento, daría por resultado un mayor gasto de inversión, con el consiguiente efecto compensatorio sobre la demanda agregada.
Keynes se complace en relatar las diversas intuiciones de escritores contrarios a esta tesis, por más que concuerde que, hasta su propia teoría de la preferencia por la liquidez, los subconsumistas no poseían aún una teoría propiamente dicha. Entre esas intuiciones Keynes asigna un papel destacado a la de Mandeville. Ello le lleva a destacar en este autor sus rasgos mejor conocidos. Keynes se concentra, en tal sentido, en los aspectos más ostensibles y mejor comentados de la Fábula. Con Hayek acontece algo diferente. Hayek considera que la línea argumental del apólogo no hace más que ilustrar una tesis de alcances mucho más vastos. Para eso Hayek presta mucho menos atención a la parte versificada, a la que califica de jeu d'esprit, y mucha más a los comentarios en prosa, en especial al segundo volumen que Mandeville agregó a su obra en 1728, 23 años después de la primera versión, y sólo cinco antes de su muerte.
Para Hayek el juego de ingenio en que Mandeville se embarcó, buscando una nueva expresión, más aguda y provocativa para ideas ya viejas, le condujo a un descubrimiento originalísimo, que resultó un avance decisivo en la historia de las ciencias sociales. El descubrimiento se refería a las ideas gemelas de evolución de la sociedad y de formación de un orden espontáneo. Resumiendo la contribución que a su criterio aportó Mandeville, Hayek dice que "hizo posible a Hume". Es decir, representó un puente entre el mercantilismo y la escuela liberal.
La Fábula apuntó en esa dirección al mostrar que la pérdida de riqueza y de actividad de la sociedad vuelta superlativamente austera no representaba el designio de nadie. En una conferencia dictada en la British Academy en 1978, Hayek dijo: "Según Mandeville en sus subsiguientes obras en prosa defendió y desarrolló la paradoja inicial, fue volviéndose cada vez más evidente que ella era apenas un caso especial de un principio mucho más general, en relación al cual el contraste que había provocado toda la indignación moral carecía prácticamente de importancia. Su tesis principal devino simplemente que en el complejo orden social los resultados de las acciones humanas eran muy distintos de los que se habían deseado, y que los individuos, al perseguir sus propios fines, ya fueren egoístas, ya altruistas, producían resultados útiles para los demás que no preveían, y aún que ignoraban; y, finalmente, que todo el orden de la sociedad, y aun todo lo que llamamos cultura, era el resultado de esfuerzos individuales que no tenían tal fin como objetivo, sino que eran canalizados para servir tales fines por instituciones, prácticas y reglas que tampoco habían sido deliberadamente establecidas, sino que habían crecido mediante la supervivencia de lo que parecía exitoso". (Énfasis agregado).
Esto podría parecer una forma de darwinismo social, si Mandeville no hubiese precedido a Darwin por cosa de siglo y medio. En realidad, como expresa Hayek, "la tradición que Mandeville inició incluye también a Edmund Burke, y en gran medida, a través de Burke, todas esas 'escuelas históricas' que, a través de hombres como Herder y Savigny, familiarizaron a las ciencias sociales decimonónicas con el concepto de evolución con anterioridad a Darwin". En realidad, sostiene Hayek, lo que Darwin hizo no fue más que aplicar la misma idea sistemáticamente al orden de los organismos vivos.
Considero que Mandeville merece hoy nuestra atención, porque pienso que en la formación cultural de la mayor parte de la gente —no sólo de los uruguayos, pero también y particularmente de ellos— hay un gran vacío en el lugar donde debía asentarse la comprensión de los órdenes espontáneos. Continuamente oímos discutir los sistemas socioeconómicos como si fueran, o pudieran ser directamente el resultado de designios humanos. De hecho son —usando la expresión de Ferguson, uno de los filósofos escoceses responsables por fundar con Hume y Adam Smith la escuela liberal— "el resultado de la acción humana, pero no del designio humano".
Esta carencia dificulta, ante todo, la recíproca comprensión cuando discutimos de cuestiones sociales. Vale la pena dedicarle pues alguna atención. Hoy hemos marchado en pos de Mandeville. En una semana proseguiremos por la ruta que él comenzó a desbrózar.