Los obispos norteamericanos

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Los obispos de los EE.UU. están preparando una carta pastoral sobre el sistema económico de su país. Luego de haber escrito tres artículos sobre el reciente documento del Episcopado uruguayo, dado en ocasión de las elecciones, en particular sobre su condena paralela del capitalismo y el marxismo, he sentido deseos de retomar contacto con el tema de la Iglesia y los sistemas económicos, a través de la carta que están elaborando en los EE.UU.

Debo comenzar destacando la marcada diferencia que separa estos dos documentos. El uruguayo poseyó una finalidad incidental, y sus referencias al marxismo y al liberalismo participan de su incidentalidad. El documento norteamericano quiere ser un pronunciamiento profundo y sistemático sobre el sistema económico de aquel país y sus implicaciones morales, y se apresta a concretar una serie de recomendaciones acerca de política económica. Lo que dijeron sobre el marxismo y el capitalismo lo extrajeron de su acervo de creencias. Los obispos norteamericanos han antepuesto un largo y esforzado proceso de investigación y elaboración a su pronunciamiento.

Este aspecto merece alguna consideración. Los obispos norteamericanos formaron una comisión de cinco de entre ellos, presidida por el Arzobispo de Milwaukee, Mgr. Rembert G. Weakland, provista de un cuerpo de cuatro asesores, eclesiásticos y seglares, que ha estado trabajando desde 1980. Dentro de ese proceso han recibido el testimonio de unos 125 expertos, algunos de los cuales han dejado constancia, como tendré oportunidad de señalar.

El 11 de noviembre de este año la comisión dio a publicidad un texto intitulado "PRIMERA VERSIÓN: Carta pastoral sobre doctrina social católica y la economía de los EEUU". Ahora la comisión continúa recibiendo comentarios, sin duda también de una diversidad de otras fuentes. Si el proyecto, luego de ser reelaborado una o más veces, recoge el asentimiento del 80% de los obispos, será dado oficialmente a publicidad como "carta pastoral".

El entorno dialéctico en que el documento ha ido elaborándose depende, como se ve, en parte del método adoptado por sus autores. En parte, sin embargo, esa atmósfera de debate y controversia ha sido gestada espontáneamente desde distintos sectores de la Iglesia norteamericana. El "Centro para los valores éticos y religiosos en la empresa", de la Universidad de Notre Dame, por ejemplo, realizó un seminario hace cosa de un año sobre los cuatro capítulos en que se divide la versión actual de la pastoral, con asistencia de los miembros de la comisión redactora. Los obispos recibieron una impresión tan positiva de la presentación del R.P. David Hollenbach SJ sobre las implicaciones éticas y teológicas del desempleo, que decidieron contratarlo como consultor. Pero la contribución más resonante, en gran parte por su carácter polémico, es la de la "Comisión Laica sobre doctrina social católica", una asociación de seglares presidida por el ex Ministro del Tesoro (bajo el Presidente Ford) William Simon, entre cuyos miembros se cuentan el ex Ministro de Relaciones Exteriores Alexander Haig y el filósofo social Michael Novak, que intenta organizar la oposición dentro de la Iglesia al punto de vista esencialmente dirigista de la comisión redactora.

Esta reconoce los notables adelantos logrados por el capitalismo norteamericano en lo relativo a la producción, pero condena sus fallas, que encuentra grandes y ofensivas. En su temática se destacan los problemas planteados por el desempleo, la pobreza doméstica, y la pobreza en el plano internacional. Sobre todos ellos el proyecto de carta ofrece soluciones.

En materia de desocupación, el proyecto propone medidas tales como empleos financiados con fondos públicos, y programas estatales de adiestramiento y readaptación de los trabajadores, con vistas a obtener un descenso de la tasa de paro al 3 o 4%. También es partidario de fortalecer los sindicatos, y promueve la adopción de nuevas leyes laborales.

En el tema de la pobreza, la versión inicial apoya una intensificación del gasto de ayuda social ("welfare"), y la remoción de barreras a la igualdad de oportunidades laborales para las mujeres y miembros de las minorías étnicas. Destaca la importancia de una economía próspera para la creación de fuentes de trabajo.

En materia de relaciones internacionales, el documento aboga por el libre intercambio comercial y urge la intensificación de la ayuda externa.

Como puede advertirse, no hay nada en el texto capaz de sorprender a un observador latinoamericano. El espíritu de la carta es meramente reformista, no revolucionario. Se sitúa en la longitud de onda intelectual de los dirigistas norteamericanos, a quienes en su país, por una de esas volteretas de la semántica, llaman "liberales". De ningún modo puede interpretarse el documento como una condena al capitalismo "per se", ni se advierte ninguna inclinación de sus autores hacia el socialismo ni el marxismo.

De acuerdo con "Time", el proyecto ha desatado "una tempestad de controversias". La ya citada "Comisión Laica" ha entablado formalmente la confrontación, pero su objetivo consiste en presentar una alternativa dentro de la Iglesia. William Simon, su Presidente, ha dicho: "Estamos tratando de complementar a los obispos; no estamos afirmando que Dios sea republicano". Sin embargo, el documento emitido por la "Comisión Laica", enviado a los obispos y a cada una de las 15.000 parroquias del país, está en el polo opuesto de la confrontación "liberal-conservadora" según la terminología norteamericana (dirigista-liberal, diríamos nosotros). Ha dicho Novak, el ideólogo de la "Comisión Laica": "Los obispos están buscando una forma de vencer a la pobreza; el capitalismo es precisamente lo que buscan". Simon explica: "Formamos la comisión para reflejar los puntos de vista de algunos laicos católicos; temíamos que los obispos emitiesen un informe que no contemplase nuestra profunda creencia en el sistema de mercados y su capacidad para autocorregirse".

Las resistencias al documento dentro de la Iglesia no se limitan a la "Comisión Laica": son numerosos los fieles que las comparten. Tiempo atrás, observa Business Week, la grey católica estaba compuesta de inmigrantes y era natural que la Iglesia se ocupara ante todo de las necesidades de los obreros. Hoy en día muchos católicos ocupan posiciones eminentes en los negocios, el gobierno, las profesiones liberales. Muchos católicos de clase media no se sienten representados por el activismo económico de los obispos. Como lo expresa el Reverendo James E. Hug: "Muchos católicos que han triunfado social y económicamente desean saber por qué la Iglesia que antes predicaba la virtud y el trabajo tesonero dentro del sistema ahora se ha vuelto contra el sistema".

Desde fuera del catolicismo las críticas son con frecuencia más francas. Los obispos "lanzan dardos contra los problemas que han resistido los esfuerzos tenaces de personas inteligentes y capaces", ha escrito el columnista George Will. "La carta de los obispos", ha declarado Alan Greenspan, jefe del Consejo de Asesores Económicos bajo el Presidente Ford, "es una resurrección de viejas políticas que ya no merecen el apoyo de los que saben economía".

El proceso de elaboración del documento transmite la impresión de que se ha tratado de una construcción en buena medida aleatoria. Los obispos se habían mostrado partidarios de la planificación económica centralizada. Las declaraciones de una economista, Marina Whitman, la hija del ilustre John von Neumann, ella misma asesora de General Motors, alejó a la comisión redactora de esa posición, que había conferido a su carta un carácter netamente marxista. El 99 y fracción por ciento de los economistas de cierta reputación académica en los EEUU habrían declarado contra la planificación central tan enfáticamente como la Sra. Whitman. Sin embargo, el hecho de que los informes periodísticos destaquen el papel de ésta sugiere que entre los 125 testigos que la comisión obispal llamó a declarar no se contaban otros economistas de ese nivel, y sugieren asimismo que la presencia de la Sra. Whitman en la lista de expertos bien pudo deberse al azar.

La enorme mayoría de los economistas de los EEUU y del mundo en realidad podrían haberles dicho a los obispos que un objetivo de 3 a 4% del desempleo no contempla hoy en día los datos estructurales básicos de aquel país, y que, si fuera alcanzable, que probablemente no lo sería, ciertamente no sería sostenible. Los economistas podrían haber informado a la comisión redactora que hay pruebas empíricas terminantes de que el grado de paro compatible con el concepto de "pleno empleo" en los EEUU está ahora muy por encima del 4%, aunque hace años, con diferentes condiciones de seguro social, de reservas económicas de los trabajadores, y de actitudes de éstos frente a las contingencias de la vida, no lo estaba.

Todo ello conduce a que se plantee uno la pregunta: un documento como el que se está elaborando en los EEUU, ¿qué razón de ser tiene?

Por descontado que los obispos sienten una preocupación muy viva por cuestiones de vibrante significación humana como la pobreza y el desempleo, y por sus implicaciones morales. Pero, ¿de qué manera se conecta la sinceridad de esa inquietud con la calidad previsible de sus recomendaciones concretas, sobre medidas determinadas de política económica, por parte de hombres que carecen de formación elemental en la materia?

Por admitido que los obispos consultaron a expertos, pero, ¿cómo los seleccionaron y con qué criterio evaluaron sus opiniones?

La comisión redactora debió reconocer sus carencias científicas para llevar a cabo una tarea científica, o, como suele decirse, técnica, cuando expresó en su proyecto que, en su opinión, el objetivo moral básico del documento no es susceptible de desacuerdo. El hecho, sin embargo, es que hay cuestiones morales básicas que el documento omite percibir. Las cuestiones indiscutibles a que los prelados se refieren son proposiciones como éstas: "la pobreza es mal social, debería haber menos obreros en situación de paro forzoso", "la sociedad debería ser más próspera y más igualitaria a la vez", etc. Es muy difícil encontrar gente dispuesta a contradecir tales afirmaciones. Pero ello debería ser un indicio de que la solución del problema no está del lado de reiterar lo obvio. La solución debe estar en la determinación de cómo puede conseguirse la reducción de la pobreza y el paro, y cómo es posible reducir la desigualdad sin afectar la prosperidad. Esas cuestiones no son morales, sino científicas.

La cuestión moral más cercana, y la que, a mi entender, los redactores del proyecto de pastoral no han percibido, es la que concierne al deber de toda persona que se halla en una posición de autoridad e influencia, en el sentido de no pretender usar de esa autoridad e influencia para manipular la sociedad en aspectos que no integran el área de su especialidad. Es la misma clase de preceptos morales que nos conmina a no jugar con armas cargadas, y abstenernos de conducir un automóvil, o pilotear un avión, si carecemos de las artes básicas para hacerlo como es debido.

¿Estoy sugiriendo que los obispos deben abstenerse de intervenir, u opinar, sobre materia económica? No: estoy diciendo, en cambio, que los obispos deberían darse cuenta que, entre las intenciones y los resultados hay un trecho considerable, en cuyo transcurso es fácil perder la vía recta y terminar en un lugar distinto de la meta, si no francamente opuesto a ella.

Si estoy sugiriendo al mismo tiempo que cualquier persona que se propone hacer recomendaciones sobre reformas sociales sin la debida preparación previa sobre los complejísimos mecanismos con que la sociedad transmite los efectos de los estímulos que recibe del exterior cae en el peligro de abrazar, casi seguramente sin saberlo, esa orientación que ha causado infinitas veces un sinfín de desdichas a un sinnúmero de gentes, el voluntarismo, o sea la postura que consiste en presumir que, a fin de que un gobernante procure un resultado, basta con que se lo proponga.

Por lo tanto, entiendo que los obispos, como cualquier autoridad espiritual, no deberían, en cuanto tales, complicarse en propuestas de carácter económico, para las que su preparación específica es inadecuada y bien puede resultar peligrosa. Pienso, en cambio, que la especialización de esas autoridades espirituales, en materia moral y religiosa, debería ser la que dictara la clase de contribución que ellas están capacitadas para efectuar en la dirección de aliviar los males que muy comprensiblemente, y muy debidamente, les afligen.

A esa clase de contribuciones me referiré la semana próxima.

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