Permítaseme recapitular brevemente el contenido de esta serie, que hoy toca a su fin.
Dentro de la literatura de origen eclesial, he tenido oportunidad de mostrar:
Condenas paralelas al capitalismo y al colectivismo, o al liberalismo y al marxismo, desde una posición equidistante. Verbigracia, la carta pastoral dada por los obispos uruguayos antes de las elecciones.
Visiones críticas del capitalismo con un sentido reformista. El proyecto de carta pastoral de los obispos norteamericanos; pero aquí los ejemplos podrían multiplicarse ad infinitum, con numerosos documentos pontificios en su número, partiendo de Rerum novarum de León XIII hasta Laborem excercens de Juan Pablo II.
Otros enfoques críticos del capitalismo, mucho más radicales, con una intención revolucionaria, incluyendo por tanto, más o menos explícitamente, una adhesión al sistema colectivista como alternativa al capitalismo. Por ejemplo, gran parte de la literatura que se ubica dentro de la corriente denominada "teología de la liberación".
Frente a todos esos enfoques, el sentido general de mi comentario ha consistido en señalar que todos ellos poseen como denominador común un ingrediente sobre el ser de las cosas sociales, y no sobre su deber ser, cuya admisión por quienes son autoridades en cuestiones espirituales y morales, pero no en economía ni en ciencias sociales en general, debe ser puesto en tela de juicio.
Cuando alguien que carece de competencia profesional en determinado campo científico adopta una tesis derivada de ese campo, y la usa como ingrediente de una elaboración intelectual en que emplea otros elementos que sí son de su propia especialización, tiene que estar dependiendo para ello de manera crítica en la existencia de un consenso.
Sobre la mayor parte de los temas cubiertos por las ciencias naturales suele haber un consenso ampliamente difundido entre los especialistas. Así por ejemplo, un jurista que se enfrasque en el estudio del derecho espacial no incurrirá en dificultades por usar la hipótesis galileo-copernicana sobre la conformación del sistema planetario que abarca la Tierra. Aunque en cierta época ello pudo traerle problemas, hoy en día la hipótesis heliocéntrica goza de un consenso muy generalizado.
Un moralista, en cambio, lanzado a prohijar una campaña coercitiva antitabaquista, apoyada en la hipótesis de que el consumo de cigarrillos es cancerígeno, debería saber que cierto número de higienistas podrían rechazar sus conclusiones simplemente por no considerar que las pruebas respectivas poseen la fuerza suficiente como para justificar la restricción de la libertad individual en tal aspecto.
En el campo de las ciencias sociales, los consensos generalizados son mucho menos frecuentes. El caso de la teología de la liberación es ilustrativo. Diversos autores de esa corriente parten de la base de que el colectivismo es capaz de propiciar una sociedad justa y solidaria, de la que, sin mengua de la libertad, desaparecerían la pobreza extrema y la riqueza dispendiosa. En base a ello, apoyan y promueven acciones violentas para instaurar el sistema que aportaría tales bendiciones. Algunos cristianos se oponen a semejantes propuestas por virtud de un rechazo principista a la violencia. Personalmente, encuentro débil la base de esa clase de oposición.
Los teólogos de la liberación nos están diciendo que existen medios de naturaleza política, económica y sociológica, que básicamente consisten en la destrucción de las estructuras que en esos terrenos ha erigido el pecado, para instaurar el Reino de Dios en la tierra. Ahora bien, la oposición cristiana a la violencia, como la budista, y muchas en el campo filosófico, no se basa en el rechazo del principio de que el fin justifica los medios, sino en el principio de que la violencia no puede conducir a nada que podamos ni remotamente describir como el Reino de Dios. Desde tales puntos de vista, al abrazar la violencia incurrimos en una afirmación de nuestro yo individual, y de la negación del de otros que no se avienen a integrarse con el nuestro, y promovemos en nosotros mismos una visión escindida de la realidad, que tiende a oscurecer la unidad esencial de la creación con su Creador, a la vez inmanente y trascendente a ella. Al revés, una actitud de auto-negación, que en la simbología cristiana se traduce por la asunción de la propia cruz y el seguimiento de Cristo, y por consiguiente una actitud de paz y tolerancia, se perciben como conducentes hacia el Reino. Pienso que, si para promover el Reino, efectiva y realmente sirviese tomar la propia metralleta, en lugar de la propia cruz, no podría haber una posición antiviolentista sostenible.
Los teólogos de la liberación, al menos aquéllos de que me he ocupado, se apoyan decisivamente en la tesis de que el marxismo es ciencia. Por lo general, sin embargo, omiten, indebida e injustificadamente hacer explícita su dependencia de un consenso en tal sentido. Para quienes no participamos de éste, para quienes el marxismo no es episteme sino agnoia, nada de la literatura teólogo-liberacionista posee significación alguna. Un discurso, después de todo, es tan fuerte como débil es su eslabón más débil.
En la literatura eclesial sobre temas sociales no son tan frecuentes como debieran las referencias a la estructura de la realidad que algunos teólogos y moralistas pretenden ignorar. Por eso encontré particularmente gratificante algunos fragmentos del reciente documento vaticano que lleva la firma del Cardenal Ratzinger, a propósito de la teología liberadora. Me refiero, por ejemplo, al pasaje donde, luego de haberse referido al hecho de que ciertos cristianos se acercan por impaciencia y voluntad de eficacia, al análisis marxista, en tanto que análisis científico, se lee:
"... el término 'científico' ejerce una fascinación casi mítica, y todo lo que lleva la etiqueta de científico no es de por sí realmente científico. Por esto precisamente la utilización de un método de aproximación a la realidad debe estar precedido de un examen crítico de naturaleza epistemológica" (Cap. VII, N° 4, énfasis agregado).
En otros términos, la realidad no es plástica a los deseos de los agentes; posee su propia legalidad, que es preciso respetar, cuyo conocimiento forma parte del objeto de la ciencia; y toda proposición que pretenda reflejar esa legalidad está sujeta al juicio de las reglas críticas que sirven para distinguir el saber verdaderamente científico de las imposturas.
En un sentido análogo, el documento se presenta a sí mismo como una advertencia frente a las "graves desviaciones ideológicas que ... conducen inevitablemente a traicionar la causa de los pobres" (Introducción, énfasis agregado). Y en otro lugar, luego de referirse a quienes "tal vez inconscientemente traicionan a los pobres que intentan servir", la Introducción dice: "La lucha de clases como instrumento divide y agrava la miseria y las injusticias" (Cap. XI, N° 11).
Estos pasajes tienen en común el no poseer carácter moral, sino referirse al ser de las cosas, en contextos que así lo requieren. Nótese en particular que no se condena la lucha de clases por ser violenta, sino por constituir un mito, una falsa ruta hacia la meta que ofrece a llegar.
En tal sentido, el documento de la Sagrada Congregación tal vez está inaugurando una nueva tradición, altamente bienvenida, en la literatura eclesiástica sobre temas socio-económicos.
Si me dejo llevar por el optimismo, entreveo algunas características de la literatura eclesial del mañana sobre temas socio-económicos. A saber:
Cada vez con menos frecuencias leeremos textos que presupongan la tesis de que las intenciones bastan y son determinantes de la suerte y el nivel de vida de las masas, donde la moral reina sobre todas las disciplinas y sólo nos pide desechar egoísmos y abrazar solidaridades.
Como es natural, la conciencia de que el logro de los objetivos plantea problemas sobre la aptitud de los medios para cada fin, no llevará a las autoridades espirituales a inmiscuirse en tales cuestiones. En ese terreno procurarán informarse sobre los puntos en que la ciencia económica ha logrado difundidos consensos. Las autoridades eclesiásticas no ignorarán esos consensos ni los presumirán cuando no existan. Por ejemplo, no prescribirán una intervención gubernamental sólo porque determinado resultado sea éticamente deseable, si la ciencia económica enseña que existen en tal sentido contraindicaciones significativas.
De modo general la ciencia económica no será objetada por consideraciones morales. El liberalismo, en tanto que teoría de la sociedad como orden espontáneo, será plenamente reconocido como una opción válida para los cristianos.
Por consiguiente habrá mucho menos contenido normativo en los documentos que columbro, en materia económica y social. En lugar de ello, las autoridades de la Iglesia destacarán el compromiso ético por buscar sinceramente la verdad en ese terreno que el cristianismo no comporta para quienes actúan en los campos científicos respectivos. Las propensiones humanas al autoengaño, por una multitud de razones, serán puestas en claro, así como lo será la naturaleza moral del imperativo que nos ordena luchar lúcidamente contra esas propensiones. Entreveo, en los textos, recurrentemente, una cita de Pascal: "Esforcémonos... en pensar bien: he ahí el principio de la moral". De semejante modo, la sentencia de Thomas Sowell también merecerá especial reconocimiento: "Para ser un auténtico amigo de los pobres, antes hay que ser también un auténtico amigo de la verdad".