¿Qué es un socialista? Solíamos designar por tal a alguien que deseaba implantar la propiedad colectiva de todos los medios de producción, atribuyéndole una potencialidad de eficiencia tal que, unida a los efectos distributivos de la colectivización, permitiría una mejora prodigiosa del nivel de vida de las masas. La orientación de la planificación —por ejemplo: cuántos recursos dedicar a la inversión y cuántos al consumo, o cuánta mantequilla y cuántos cañones producir— resultaría así controlada por las mayorías populares. La concentración de poder en manos del estado resultante de la colectivización no lucía a sus ojos como un peligro excesivo para la libertad política. La forma en que una institución tal como la libertad de prensa podía funcionar sin propiedad privada de los medios no estaba ni siquiera esbozada en el plano teórico; pero una fe profunda en las buenas intenciones de los gobernantes surgidos de esa concepción resultaba garantía suficiente de la posterior solubilidad de tales problemas.
Este retrato del socialdemócrata arquetípico ha dejado de ser representativo. La visita del Sr. Felipe González en ocasión de la asunción de la Presidencia por el Dr. Julio María Sanguinetti ha constituido una forma elocuente y placentera de recordárnoslo.
"Yo no comparto el modelo económico cubano", afirmó el político andaluz, y recordó que Cuba estatizó tierras cerealeras y luego compra granos en los EE.UU. "No ha funcionado", concluyó, "y yo lo que hago es analizar modestamente la historia".
Los socialdemócratas alemanes ya habían dado un paso de esa naturaleza en Bad Godesberg, en 1959, en una histórica declaración que abjuraba de la estatización, y reclamaba "toda la competencia que sea posible" a la vez que "toda la planificación que sea necesaria". Antes no habíamos oído, sin embargo, la abjuración formulada con la misma claridad desde dentro del PSOE.
El nuevo socialdemócrata comprende que la planificación centralizada es perjudicial a la vez para la eficiencia económica y para la libertad política. Por tanto, está dispuesto a dejar que sea el mercado el encargado de asignar los recursos productivos de su país, excepto allí donde el mercado muestra fallas tales que la intervención estatal se justifique. Pero sí prefiere mantener su economía abierta al influjo de los mercados mundiales, y es contrario a las distorsiones de los precios producidas por la acción gubernamental; de modo particular, contra las que afectan los precios de los factores de la producción, y amenazan desfigurar la ventaja comparativa del país.
También en este aspecto fue ejemplar la claridad del Sr. Felipe González: "Si no se es competitivo", manifestó, "un país no se sanea económicamente". Esperamos que los socialdemócratas vernáculos, que quieren legislar el salario real con total olvido de la productividad, hayan tomado apuntes.
Casi que uno termina preguntándose si el socialdemócrata aggiornato no ha entrado en una crisis de identidad. De un liberal, ¿qué lo distingue? En las declaraciones del Presidente del Gobierno español en Montevideo, diríamos que se delinean dos rasgos distintivos.
En primer término, el socialdemócrata de nuevo cuño se siente keynesiano. En una sentencia consignada al recuerdo y a la reflexión, el Sr. González insinuó que Keynes podría representar la asimilación teórica de Marx dentro del capitalismo. En una interpretación que reconocemos apresurada, nosotros entendemos que el socialista que el Sr. Felipe González lleva dentro reencuentra en Keynes los principios que le habían atraído en Marx, que venían sobre todo de Descartes y Rousseau, aquellos que muestran al hombre desembarazándose de una herencia oscurantista, y asiendo las riendas de su propio destino, y se siente feliz de poder echar por la borda todo el enorme fárrago de idealismo alemán que agobia al marxismo, de donde proviene su carácter religioso-dogmático. De tal modo se hace posible el matrimonio de aquellos principios felizmente rescatados con un pragmatismo jamesiano capaz de abrir a las masas la ruta hacia el bienestar, la misma que el dogmatismo marxista persiste en obstruir.
Pero queremos creer que, con un poco más de tiempo, el Sr. Felipe González habría puesto en guardia a sus numerables admiradores uruguayos contra la confusión del keynesianismo con el manirrotismo fiscal y la irresponsabilidad monetaria. Nos viene al recuerdo, a tal propósito, lo que dijo en 1976 otro ilustre socialdemócrata, el entonces Primer Ministro británico James Callaghan: "Solíamos pensar que era posible salir de una recesión a fuerza de gastos, y aumentar el empleo reduciendo los impuestos y expandiendo la demanda gubernamental. Yo os digo, con total franqueza, que esa opción ya no existe; y que, en la medida en que jamás haya existido, sólo funcionó inyectando mayores dosis de inflación en la economía, seguidas por mayores niveles de desempleo como etapa siguiente. Esta es la historia de los últimos veinte años".
El segundo rasgo distintivo que encontramos en las declaraciones del Sr. González concierne a la política distributiva.
"Yo necesito que (los empresarios) ganen dinero", dijo recordando conversaciones con productores de su país, "porque necesito sacar parte de ese dinero para hacer justicia social". Un liberal habría completado la primera parte del pensamiento aludiendo al efecto saludable que las ganancias competitivamente procuradas tendrían sobre la inversión, el crecimiento real, y el nivel de vida de los trabajadores.
Pero a propósito de la política de redistribución del ingreso, no faltó la advertencia recomendable, aunque fue esbozada de manera elíptica. "Se puede efectivamente conseguir una cierta eficacia social desde una teoría igualitaria", expuso el Presidente, pero no si el costo es repartir igualitariamente el hambre y la miseria. "Poca ración pero igual para todos" es una receta que no sirve. En cambio sí sirve esta otra: hay que ser eficaz económicamente.
Otro pensamiento que encontramos fértil en las declaraciones del Presidente es el que vertió, al alertar a su auditorio contra el odio a las ganancias, diciendo: "Uno puede ser socialista, conservador o comunista, pero no puede ser tonto". ¿Qué significa, en este contexto, la palabra "tonto"? Hay que preguntárselo, porque de "tontos" lato sensu los políticos no suelen tener ni un pelo.
Para nosotros, tonto, en este sentido, significa: listo de corto plazo; aquel que olvida las consecuencias que sobre sí mismo tendrán mañana los puntos ganados hoy con malas artes; demagogo.
Hay buenas razones para pensar que el Sr. Felipe González es un listo de largo plazo, como debe ser. Sobre todo está aquel episodio, de cuando renunció a la jefatura del PSOE porque la mayoría había declinado excluir al marxismo de su definición de principios. Diríase que los acontecimientos posteriores, que llevarían al partido y a sí mismo al poder, ya estaban presentes, en aquel lejano momento, en su conciencia.
El Uruguay queda obligado con el Sr. Felipe González, que trajo en su equipaje muchas cosas más que su prestigio, y que nos las ha dejado generosamente.