El mundo está cambiando

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Los Estados Unidos están transformándose en un país deudor, en términos netos. Para un economista, es como si le informaran que el clima de Groenlandia se había vuelto tropical, o que Argentina y Brasil habían estabilizado sus monedas.

A fines de 1983 los residentes en los EE.UU. eran dueños de activos en el exterior por un valor global estimado en 887 mil millones de dólares. Por su parte, los residentes en el resto del mundo poseían activos en los EE.UU. evaluados por los estadígrafos norteamericanos en 781 mil millones. O sea que los EE.UU. eran un acreedor neto por unos 106 mil millones en 1984. Se estima que ese crédito neto bajó 100 mil millones en 1984. Por tanto, se hallaba reducido a fin de año a proporciones insignificantes —en términos relativos, por supuesto— y en vías de rápida extinción; a esta altura de 1985, el saldo neto ya habrá cambiado probablemente de signo. Shafiqul Islam, economista del Banco de la Reserva Federal de Nueva York, ha previsto que, de mantenerse la tendencia actual, la deuda neta norteamericana alcanzará la marca de un billón de dólares en 1990. (Un billón = 10¹²).

Los EE.UU. se convirtieron en un acreedor neto durante la primera guerra mundial, como consecuencia de la asistencia financiera que otorgaron a las potencias aliadas. Las inversiones netas norteamericanas crecieron durante el período interbélico, y se expandieron considerablemente durante la segunda guerra mundial y la fase de reconstrucción que le sucedió. En la década de los años '50 los EE.UU. se convirtieron, según la percepción universal, en el país acreedor por antonomasia, desempeñando el mismo papel que Inglaterra había cumplido hasta 1914. Como la economía más madura y densamente capitalizada, se estimaba que la capacidad de ahorro norteamericana excedería de manera consistente y duradera sus oportunidades de inversión doméstica a las tasas de rendimiento del mercado mundial de capital. El flujo de inversiones estaría, pues, flechado de manera permanente, desde los EE.UU. hacia el resto del mundo. Como contrapartida, el resto del mundo tendría una balanza comercial negativa, también persistente, frente a los EE.UU.

Los economistas marxistas se sentían reconfortados por esta evolución. Marx había esbozado una teoría de las inversiones internacionales como la forma en que las economías maduras tratarían de compensar la caída de la tasa de ganancias. Lenin desarrolló la idea en un opúsculo que alcanzó enorme repercusión. Fue allí donde identificó la exportación de capital con el imperialismo, y sentó la tesis de que el imperialismo representaba la última fase del capitalismo.

Ahora los marxistas-leninistas se verán obligados a redefinir el imperialismo, so pena de tener que incluir a los EE.UU. entre sus víctimas. Tal redefinición podría parecer fácil, simplemente recurriendo al concepto tradicional, basado en la sujeción de unas naciones a otras, el mismo que permite abarcar a la Persia de Jerjes, la Grecia de Alejandro, la Roma de César, la Mongolia de Gengis Jan, la España de Carlos V, etc. Sin embargo, con ello se verían privados de una definición de imperialismo que automáticamente excluye a la Unión Soviética de su alcance, lo que siempre había resultado conveniente. Sin contar con que la redefinición de los dogmas fue tarea baladí. Será cosa de mantener la sintonía de Moscú y La Habana, en procura de novedades.

Pero hay otro aspecto de mayor interés aún. El concierne al nivel de vida de los trabajadores norteamericanos. Marx había pronosticado la progresiva pauperización del proletariado en el mundo capitalista, y cuando los Estados Unidos antes que nadie suministraban una refutación viva y concluyente de esa profecía, una corriente de literatura periodística y panfletaria realmente amazónica recurrió al argumento de que era extrayendo recursos reales de los países sometidos, que el imperialismo lograba allegar a sus masas una apariencia de prosperidad, con la que lograba debilitar en ellas el fuego revolucionario que, al fin y a la postre, debía inflamarlas de todos modos.

Ahora bien, el vehículo mediante el cual los recursos se suponían succionados era —¿qué otra posibilidad?— el pago de intereses y dividendos por la multitud de deudores miserables al puñado de privilegiados que acaparaban la riqueza mundial. Y, para recibir intereses y dividendos en términos netos, es preciso ser un acreedor neto. De lo contrario —y dejando de lado la hipótesis insostenible de que los residentes del resto del mundo fueran estúpidos, e inviertan en los EE.UU. para obtener rendimientos menores de los que los norteamericanos consiguen de sus inversiones extranjeras— si un país es deudor neto, debe ser al mismo tiempo un pagador neto de intereses y dividendos al resto del mundo. Una parte de los recursos reales que genera su actividad productiva debe, por tal concepto, ser transferida al exterior. La disponibilidad de recursos para ser consumidos e invertidos localmente disminuye consiguientemente.

Apresurémonos a consignar que la tentativa de explicar el nivel de vida de las masas trabajadoras de los EE.UU. en función de las rentas del capital norteamericano invertido en el exterior nunca resistió un análisis someramente apoyado en cifras. En 1983, por ejemplo, las rentas de los norteamericanos por inversiones en el exterior pueden haberles representado un flujo de recursos grosso modo equivalente a 0.5% de los 3 billones de dólares del ingreso personal que ellos mismos percibieron. Pues precisamente en enero pasado el ingreso personal en los EE.UU. creció aproximadamente 0.5%. O sea que, si los residentes de aquel país hubiesen perdido súbitamente todas sus rentas del exterior, podrían haber compensado esa pérdida —en conjunto— con apenas un mes de crecimiento real.

Con todo, ya que muchos economistas marxistas mantienen con los números un hosco entredicho, hay un gran trecho entre una teoría que sea manifiestamente falsa por razones cuantitativas y otra que lo sea por razones cualitativas. "Los norteamericanos son receptores netos de rentas del exterior, ergo sus obreros pueden permitirse su notable nivel de vida", podrá ser un raciocinio superlativamente desprolijo, pero "los norteamericanos son pagadores netos de rentas al exterior, ergo sus obreros pueden permitirse su notable nivel de vida" constituye un paralogismo demasiado flagrante, aun para los escritores marxistas menos exigentes en materia de coherencia. Una vez más, hay sintonías que buscar para salir del paso.

Otro aspecto interesante concierne las circunstancias en que los EE.UU. están cambiando su condición de acreedor neto por la de deudor neto. No son circunstancias de debilidad. Al contrario, su economía claramente constituye el ejemplar más vigoroso del mundo en la coyuntura actual. Es precisamente su pujanza la que atrae capital del resto del mundo en magnitudes gigantescas. En términos de sus propios antecedentes, hacía décadas que los norteamericanos no alcanzaban un ritmo de crecimiento real como el que completaron en 1984. Se trata de un crecimiento cifrado sobre todo en el surgimiento de empresas pequeñas, de gran densidad en tecnología y alta gerencia. Nada que ver con los grandes gigantes multinacionales, que en términos relativos están perdiendo terreno. Como decíamos, el mundo está cambiando.

El mundo, por suerte, es aún un ente vivo y dinámico, que se resiste a ser aprehendido por las redes de los historicistas. Afortunadamente, es un lugar que no cesa de sorprendernos. Donde el individuo y su increíble creatividad pueden enviar a los economistas una y otra vez de vuelta a sus mesas de trabajo y sus computadoras, en busca de una nueva hipótesis. Donde la última palabra nunca pertenecerá a los teóricos.

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