Uno de los factores determinantes de la orientación del gobierno del Dr. Sanguinetti está siendo la defensa de su política contra la acusación de continuismo. No sólo percibimos ese hecho con gran claridad: creemos discernir en él una dinámica peligrosa, capaz de terminar enervando las posibilidades de recuperación económica del país.
El perfil de esa amenaza lo vemos compuesto de los siguientes rasgos.
En primer término, la aceptación generalizada, como tesis inconcusa, de la unidad monolítica de la política económica que aplicó la dictadura militar. Fue una política neoliberal, del principio al fin. Hay, prosigue la tesis, una cosa bien definida en la realidad, que se llama política neoliberal, y esa es la que utilizó el régimen de facto. Algo así como un programa que venden en la Universidad de Chicago, y que los militares compraron e insertaron en una computadora, o un robot, que a continuación ejecutó un conjunto de operaciones predeterminadas.
Esta idea, que la Concertación ungió con óleos sagrados, opera como una cortina que cierra el paso a todo discurso racional. El régimen militar ejerció una disciplina fiscal ejemplar entre 1976 y 1980, registrando superávit los dos últimos ejercicios de ese quinquenio. Claro, eran neoliberales. En 1981 abandonaron la disciplina —como Búsqueda ya entonces denunció— y en 1982 se entregaron a una orgía de gasto, totalizando un déficit equivalente a más del 18% del PBI, nunca antes registrado — ¿Qué decimos? Nunca antes imaginado en nuestro país como posible—. Pues claro, si se trataba de neoliberales, todo se explica. Y así sucesivamente.
Obsérvense algunas consecuencias. El régimen de facto entregó las finanzas públicas en un estado de desastre. En los últimos meses de su gestión tomó cuidado para elevar las tasas de remuneración de los funcionarios y dejar rezagados los precios de los bienes y servicios vendidos por las empresas públicas. Naturalmente, habría que reaccionar contra esa política malevolentemente errónea. ¿Qué mejor, por otra parte, que rectificar el rumbo de un gobierno tan impopular? Sin embargo, no es así como las cosas funcionan. Si usted quiere restablecer el equilibrio fiscal, ejercer para ello la debida disciplina, ajustar los gastos a la suma que pueda financiarse con impuestos, con deuda interna, y con sólo una moderada inflación, usted es un continuista neoliberal, vendido al FMI. Es una trampa mortal.
El dogma de la política monolítica de la dictadura se combina además peligrosamente con un enfoque maniqueo, según el cual todo fue malo bajo los militares y todo había sido bueno bajo la democracia anterior. Por lo tanto, si se detecta en la actualidad una notable semejanza con los tiempos anteriores a junio de 1973, en punto al estilo de legislar, al clima sindical, a la politización en la enseñanza, etc., no inquietarse: todo va mejor con democracia; iba antes, e irá ahora nuevamente.
El estancamiento cruel e insólito que sufrió la economía uruguaya desde mediados de la década del '50 se ignora. La caída persistente del salario real y el nivel de empleo a través de todo ese lapso se olvida. El hecho de que la catástrofe de 1982 fue precedida entre 1974 y 1981 por la única etapa registrada de crecimiento significativo y consistente, se niega.
En el recuadro mostramos los flujos de capital implícitos en la balanza de pagos, que saltan como "errores y omisiones" por su falta de contabilización. Los datos —en millones de dólares de 1983, con signo negativo para fugas de capital y positivo para inversión extranjera directa y repatriación de fondos— revelan que en el período 1962-74 el flujo neto fue de -1.592 millones (promedio anual: -122,4); en 1975-80 fue de +300 millones (promedio: +50,1); y en 1981-84, de -1.823 millones (promedio: -455,8). (Fuentes: CEPAL y BCU.) Nos dicen que el lapso 1981-84 representa una catástrofe sin precedentes. Reaccionemos contra ella, en buena hora, y con todo el vigor posible. Pero guay con pensar que el modelo está del otro lado de 1973.
Estamos jugando, como país, un juego muy difícil. La única estrategia que puede servirnos es la mejor. Descartar tal o cual porque la aplicó tal o cual director técnico es suicida. Hacerle caso a las tribunas enfervorizadas puede ser democrático, pero también luce muy insensato. Discutir la conveniencia de cada política sobre un plano de racionalidad, sin el estorbo de rótulos y etiquetas, con la cabeza lo más fría posible, eso parece lo indicado.
Las acusaciones de continuismo contra el gobierno están arreciando. Debe ser porque el Presidente y sus colaboradores en el área económica van dando claras muestras de una opción fundamental contra el manirrismo, la inflación como medio de licuar pasivos, y el decreto como instrumento mágico para elevar ingresos reales.
No es difícil de comprender esa actitud. Si usted está pensando en las próximas elecciones, en la revolución proletaria —en una, otra, o ambas, según cuadre—, es sin duda una estrategia ideal. En efecto, si el gobierno procura ponerse a cubierto de las acusaciones con una política suficientemente irresponsable, el país quedará sumido en el estancamiento y resultará tapado por la inflación. Si el gobierno resiste la presión y sigue por la ruta de la sensatez, como el camino a recorrer será de todas maneras áspero y prolongado, y al mismo tiempo las expectativas han hecho explosión gracias al fulminante de la Concertación, la estrategia sirve igual.
Una posibilidad que nos resulta inquietante es que el gobierno procure seguir un camino intermedio. No ceder a las presiones descabestrantes, pero al mismo tiempo probar su sensibilidad y conciencia social —adornos notoriamente ausentes del atuendo neoliberal— con tantas y tantas medidas, y tantas y tantas iniciativas, algunas costosas, otras desestimulantes de la inversión, muchas desquiciadoras del sistema de los precios, que todas las virtudes y todas las buenas intenciones queden frustradas.
Es altamente probable que estemos a punto de asistir a un enfrentamiento entre la conciencia social auténtica y la conciencia social de pega. Esta es la que se manifiesta en cien mil detalles, que distorsionan precios e ingresos sin lograr otra cosa que publicidad, y en una profusión de proyectos para fortalecer el poder sindical, bajo el vano pretexto de favorecer a los trabajadores. La otra, la verdadera, es la que sabe que si no se logra una política creíble y no se crea un clima propicio a la inversión privada, los perjudicados no van a ser los dueños del capital, que sencillamente lo llevarán fuera del país, sino los obreros; o al menos los obreros que no emigren.
Como dijo Felipe González, se puede ser liberal o socialista, de centro o de izquierda. Lo que no se puede ser es tonto.