El abominable hombre de paja

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Posee varios rasgos en común con el yeti, aquel famoso abominable hombre de las nieves, sobre cuya fisonomía, borrosa pero con certeza descomunal e hirsuta, de tanto en tanto se hace eco la prensa. Nadie le ha visto nunca de cerca, o por lo menos nadie ha sobrevivido para contarlo; pero, como quiera que sea, en las aldeas del Himalaya, todos crecen sabiendo que es sin la menor duda el más abominable de todos los seres.

La contrapartida occidental del yeti es el homo oeconomicus, cuya alma reproduce todas las fealdades físicas del monstruo de los picos helados. En Occidente, de análoga manera, aunque nunca nadie ha visto al tal homo con los ojos del cuerpo, todos están dispuestos a jurar que, en punto a dureza de alma y egoísmo, nadie lo supera. Algunos, en el calor de su aversión, hasta están dispuestos a aseverar que para el Sr. Oeconomicus el trabajo es una mercancía más, como todas las otras, y que, según él, una partida de materiales fallados y un conjunto de hombres sujetos a la penuria del hambre son cosas intercambiables.

La naturaleza de ambos monstruos es —otro rasgo en común— parejamente evanescente ante el análisis. Basta enviar una expedición a las montañas en busca del yeti para que éste se haga humo; basta preguntar a quienes se hacen eco de las perversidades del homo oeconomicus de dónde las han sacado, en qué libros las han comprobado, para que el abominable occidental se desvanezca.

¿Les gusta a ustedes ver desaparecer a monstruos? Acompáñenme entonces. Tomo un volumen de la autoría de un conjunto de profesores del Instituto Social León XIII de Madrid, que la Biblioteca de Autores Cristianos ha dado a la imprenta con el título Curso de doctrina social católica (1967). Lo abro en el capítulo del Sr. José María Solozábal, que versa sobre "Doctrina económica católica", en particular en la parte dedicada al "móvil de la actividad económica", y más concretamente en una sección que lleva por acápite "Tesis liberal". Allí leo:

"Es muy conocida la tesis del liberalismo en este punto. El móvil de la actividad económica es el interés propio, el provecho, la utilidad del sujeto. Y, en efecto, en nuestra sociedad capitalista, fuertemente impregnada de individualismo y de hedonismo, el motor de la inmensa mayoría de los actos de la vida económica es el egoísmo individual y sólo el egoísmo individual".

No está del todo claro por el momento cuál es el problema con la tesis liberal. Según el Sr. Solozábal, los liberales hacen una afirmación con respecto a las motivaciones de los agentes económicos que se corresponde con los hechos. ¿Dónde está la dificultad? Si, como estudiosos de la realidad, dijeran que el comportamiento humano se motiva esencialmente por consideraciones altruistas, ¿habría sido ello por ventura preferible? ¿Aún no siendo cierto? Y si, en tanto que observadores de la realidad hubiesen sostenido que los hombres debían guiarse por móviles desinteresados, ¿no habrían estado manifiestamente fuera de tema?

Pero no es en esa dirección que se dirige este discurso y debemos seguir escuchando al Sr. Solozábal, que ahora nos dice:

"Como la filosofía liberal informa casi de manera exclusiva las mentes de los dirigentes de nuestra economía, nos parece interesante citar algunos textos de los padres del liberalismo económico."

Tras este anuncio el Sr. Solozábal se refiere a Adam Smith, que es tras lo que ahora voy. Pero antes de dejarle hablar sobre el insigne profesor de Glasgow, permítaseme otra breve acotación. "La filosofía liberal", acabamos de leer, "informa de manera casi exclusiva las mentes de los dirigentes de nuestra economía..." Aquí sí se comienza a percibir el problema que podría tener el autor con el liberalismo, pero él está lejos de ser comprensible. La dificultad no residiría en que el liberalismo fuera una doctrina falsa, sino en que vendría a ser una doctrina socialmente dañina. No aprehendería en la realidad la motivación egoísta de las conductas individuales, sino que esa actitud sería puesta por ella misma en los agentes. Por tanto, hay que concluir que el liberalismo, como doctrina sobre el ser de las cosas, tiene que haber comenzado siendo una doctrina falsa, vuelta cierta gracias a su inmerecido éxito.

En fin, ya veremos. A todo evento, volvamos nuestros oídos al Sr. Solozábal.

"Adam Smith, en su obra, fundamental en la historia de las doctrinas económicas, La riqueza de las naciones, elabora el concepto de homo oeconomicus, y, no disimulando su desprecio por la filosofía del desinterés, acepta, sin lugar a dudas, que los hombres persiguen fundamentalmente su propia ganancia, y se refiere a esto como a algo de sentido común".

Y a continuación inserta un par de citas de Las riquezas de las naciones para apoyar su tesis. A saber:

"El único motivo que decide al propietario de cualquier capital a emplearlo en la agricultura, en las manufacturas o en alguna de las ramas del comercio al por mayor o al por menor es su propio beneficio" (V.1, L.2, C.5).

"Todo individuo se esfuerza continuamente en averiguar cuál es el empleo más provechoso que puede darle a cualquier capital de que disponga. Lo que realmente tiene en cuenta es su propio beneficio y no el de la sociedad" (V.1, L.4, C.2).

Y nos eximimos de reproducir íntegramente el tercero y último pasaje que el Sr. Solozábal a su vez transcribe, que es el famoso pasaje de la mano invisible. Allí surge clara la teoría de la conformidad entre el interés individual y el social, sobre la que retornaremos dentro de un momento. Reproduciremos sólo el fragmento que puede prestar mayor sustancia a la tesis de que Adam Smith hace gala de sentir desprecio por la "filosofía del desinterés". Dice Smith:

"No he sabido nunca que mucho bien haya resultado del obrar de aquellos que pretenden comerciar inspirados en el bien común". (Ibidem).

Enseguida, el Sr. Solozábal, luego de una fugaz mención a Hume y a Hutcheson, escribe sobre el liberalismo inglés como un todo:

"Se puede afirmar que, en general, los liberales ingleses, influenciados por el hedonismo psicológico, postulan este principio de que las acciones humanas están encaminadas a alcanzar el interés propio egoísta y que este interés es el motor fundamental de la sociedad, no existiendo otro objetivo social independiente de los individuos componentes de la misma. Y elevan este hecho a la categoría de ley inmutable e independiente de las voluntades humanas." (Énfasis agregado).

Y apoya su tesis en esta cita de los Principios de economía política de John Stuart Mill:

"Las leyes y condiciones que rigen la producción de la riqueza participan del carácter de las realidades físicas. En ellas no hay nada opcional ni arbitrario". (L.2, C.1).

El Sr. Solozábal ha hecho la presentación del homo oeconomicus, el abominable, el ser unidireccional, totalmente centrado en sí mismo, ciego para todo lo que no sean sus propios apetitos. Lo ha hecho subir a escena, y nos ha mostrado profusamente sus deformidades. Ocupémonos ahora nosotros de hacerle desaparecer a la vista del público.

Primero, el contexto. Smith y Mill, los testigos del Sr. Solozábal, escribieron sobre otros temas. Fueron ambos profesores de Filosofía. Adam Smith en particular, construyó un sistema de ética sobre la inclinación del ser humano a ocuparse y preocuparse por los demás.

El párrafo inicial de la Teoría de los sentimientos morales (edición original, 1759), dice así:

"Por más egoísta que supongamos al hombre, hay evidentemente algunos principios en su naturaleza, que le hacen interesarse en el bienestar ajeno, y vuelven necesaria para él la felicidad de los otros, por más que no extraiga de ella nada, a no ser el placer de contemplarla. A esta clase pertenecen la piedad o compasión, la emoción que el dolor ajeno nos inspira, sea que lo veamos, sea que se nos haga concebirlo de manera muy vívida. Que derivamos con frecuencia pena de las penas de los demás es demasiado obvio para requerir ejemplos que lo prueben; porque este sentimiento, como todas las otras pasiones originales de la naturaleza humana, no está en modo alguno circunscrito a los espíritus virtuosos y tiernos, aunque quizá ellos puedan experimentarlo con la sensibilidad más exquisita. El peor malhechor y el más desalmado infractor de las leyes de la sociedad no están enteramente desprovistos de él".

Curioso, ¿no es verdad? Un tanto gracioso, además, no cabe duda. Debajo de su piel hirsuta, el monstruo tenía, después de todo, su corazoncito. Pobre Sr. Solozábal: tal parece que lo ha comprendido todo mal.

Y no hay que salirse, para mostrarlo, de la Riqueza de las naciones. Veamos qué dice allí Smith sobre la suerte de los trabajadores, y la significación social de su bienestar. El tema importa especialmente, porque hemos oído tantas veces —no del Sr. Solozábal, justicia es reconocerlo— que para los liberales el trabajo es una mercancía como cualquier otra. Veremos qué es lo que Smith piensa.

Antes de citarle, preguntémonos cuál era la doctrina dominante cuando Smith publicó su opus magna, en 1776. Se trataba del mercantilismo, el sistema contra el cual, expresamente, fue dedicada La riqueza de las naciones. El economista sueco Eli Heckscher, en su libro sobre Mercantilismo (que Keynes califica de "gran obra") nos informa que, al menos desde el siglo XVIII, el mercantilismo había adoptado una firme posición favorable a los salarios bajos. Un memorándum de un industrial lionés a sus colegas, fechado en 1786, es citado por Heckscher como representativo del pensamiento de la época:

"A fin de asegurar la prosperidad de nuestras industrias es necesario que el obrero nunca se enriquezca, y que no tenga más de lo que necesita para alimentarse y abrigarse adecuadamente. En la gente de cierta clase, demasiado bienestar afloja su laboriosidad, y estimula su ociosidad, con toda su corte de males... los industriales de Lyon... no deben nunca olvidar que el bajo precio del trabajo es útil no sólo en sí mismo, sino aún más en cuanto hace al obrero más activo, más industrioso y más efectivamente sujeto a su voluntad (de ellos)".

Con el telón de fondo de esta opinión, que Heckscher ilustra con profusión de otras citas, debemos examinar las opiniones de Adam Smith. En Riqueza..., luego de aludir al aumento del salario real que estaba observándose, se pregunta:

"Esta mejora de la condición de los estratos inferiores del pueblo, ¿debe considerarse ventajosa o inconveniente para la sociedad?"

Hoy en día nos cuesta comprender que fuera necesario inquirir tal cosa. No debemos olvidar, sin embargo, que Adam Smith encuentra en la cultura en que vive una actitud inquietante hacia aquella evolución alcista del salario, y en definitiva adversa a ella. Por su parte, Smith responde en el sentido opuesto:

"Los sirvientes y operarios de diferentes clases conforman la mayor parte de la población de todos los Estados. Entonces, lo que mejora la condición de la mayor parte no puede ser mirado como inconveniente para el todo. Una sociedad no puede ser floreciente y feliz si el mayor número de sus miembros padece pobreza e infortunio. No es más que de equidad, por otra parte, que aquéllos que alimentan, visten y alojan a todo el cuerpo social reciban del producto de su propio trabajo una parte tal que puedan ellos mismos alimentarse, vestirse y alojarse tolerablemente". (V.1, L.1, C.8).

El monstruo ya está bastante desdibujado; ya se desvanece. Atención que se nos va.

"Así como la retribución liberal del trabajo" (escribe Smith más adelante, y "liberal" significa "generosa") "es el efecto de la creciente riqueza, también es la causa de la población creciente". (Ibid).

Todavía Malthus no había convencido al liberalismo de que la expansión demográfica operaba como barrera al avance del salario real: Smith contempla el portentoso aumento de la población europea, que estaba comenzando a notarse, con ojos optimistas. Además agrega:

"Así como la retribución liberal del trabajo estimula la propagación, también aumenta la laboriosidad de la gente común. El salario del obrero es el estímulo de su laboriosidad, la cual, como toda cualidad humana, mejora en proporción al estímulo que recibe. Una abundante subsistencia aumenta la fuerza corporal del trabajador, y la reconfortable esperanza de mejorar de condición, y terminar sus días rodeado de holgura y abundancia, le anima a ejercitar al máximo sus fuerzas..." (Ibid).

Etcétera. ¿Hace falta más? ¿Convendría que nos paseáramos por el primer alegato contra el colonialismo que conoce la literatura mundial, y tal vez aún hoy el mejor? ¿O que reparáramos las advertencias que Smith dirige a los gobernantes, contra dejarse asesorar por hombres de negocios? ¿O su posición favorable a las organizaciones sindicales? Tal vez no. Sería probablemente demás. El homo abominabilis ya se disipa en el aire. Sólo que no sería justo con John Stuart Mill que esta reivindicación que estoy componiendo de la humanidad del liberalismo —la faceta de la doctrina que aquí nos interesa, la que hace decir a Heckscher que lo que caracteriza al liberalismo cuando irrumpe en la escena europea, dominada a la sazón por el mercantilismo, es que trae consigo una nueva perspectiva, la perspectiva de lo humano— estuviera fundamentada sólo en la obra de uno de los testigos del Sr. Solozábal. Él cita también a Mill. Hagamos nosotros otro tanto, a propósito de la cuestión obrera. El capítulo 13 del Libro 2 de los Principios se titula "más sobre los remedios para los salarios bajos" y comienza así:

"...¿Cómo puede remediarse el mal de los salarios bajos? Si los expedientes usualmente recomendados para el propósito no se adaptan a él ¿no puede pensarse en otros? El problema, ¿es insoluble? La economía política, ¿no puede hacer otra cosa que oponerse a todo, y demostrar que nada puede hacerse?"

¿Es éste el lenguaje de la indiferencia? ¿De la insensibilidad? Ciertamente no es el egoísmo el que dicta a Mill la estremecida inquietud que enseguida aflora, ante la perspectiva de que el grueso de la raza humana "debe permanecer para siempre como hasta ahora, esclavos para trabajar en lo que no tienen interés, y por lo que consiguientemente no sienten interés, agobiados de sol a sol apenas para poder subsistir...".

Diríase que el problema que tengo ahora por delante no es demostrar que el homo oeconomicus es un mero hombre de paja, construido para su fácil decapitación, como todos sus congéneres, sino explicar cómo ha sido posible que un mito tan absurdo, tan inherentemente poco plausible como una doctrina que exalta el egoísmo, y se regodea en la dureza de corazón, y encima un mito tan flagrantemente opuesto a los hechos más elementales, haya podido ser plantado en la cultura de Occidente, y crecer hasta transformarse en un árbol robusto.

No estoy seguro de poder lograrlo, pero intentaré la explicación de ese extraño fenómeno en el próximo artículo de esta serie. Proyecto hacerlo dentro de un marco en el cual los textos que hoy oímos citar al Sr. Solozábal puedan ser comprendidos como los presupuestos de una actividad científica, y no como las manifestaciones de una deformidad espiritual, mezcla odiosa de perversidad y estulticia.

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