El gobierno ante una encrucijada

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La interrupción del llamado diálogo social debería tener una dimensión positiva, aparte de la negativa en que, en su obscuro mérito, consiste. Aparte de ser el fin de una etapa, debería ser posible percibirla como el principio de una nueva fase. Esta es, a nuestro modo de ver, la responsabilidad principal que en este momento pesa sobre los hombres del gobierno.

El peligro inmediato, si esta tarea permanece incumplida, es el mismo a que la situación superada lo que situaría al país sobre una senda circular, sin progreso. Un país permanentemente volcado hacia un plan tan fácil como el de mezclar el agua y el aceite, a fuerza de palabras. El gobierno, los partidos, y el PIT-CNT por siempre trabados en una conferencia sin agenda, sin fin —inacabable en que todos los temas son posibles— con el del repudio de la deuda externa operando como pesadillesco leitmotiv. Estas imágenes, ideales para simbolizar la frustración en sí misma, arriesgan con transformarse en una representación adecuada del gobierno del Dr. Sanguinetti.

La búsqueda del consenso a partir de una tabula rasa, por obra y gracia del diálogo paciente, infinito, tal parece haber sido la idea dominante en materia de política económica aquí. Pero con ser una idea afectada de un error infantilismo, representa de todos modos una estrategia. Una estrategia sólo adjetiva, apenas instrumental, pero una estrategia al fin. "Venid y sentémonos todos en torno a esta mesa, y dialoguemos sobre cómo encontrar el camino; cuando hayamos dialogado bastante tendremos la solución al acertijo". No es mucho, pero es algo. Aparentemente se puede vivir con una estrategia deplorablemente tonta. Pero, sin ninguna, ¿será posible? ¿No retornaremos a lo viejo, por el simple horror al vacío que parece regir en el universo histórico tanto como en el mundo físico?

En este contexto, convendría que el gobierno tomase una conciencia tan clara como fuere posible, en cuanto a que los observadores no pueden inferir, ni de sus actos ni de sus palabras, una estrategia económica. Cuando oímos a los opositores acusar al gobierno de no haber aportado soluciones a los problemas del país, nosotros no podemos menos que concordar. El hecho de que pensemos que ellos participan plenamente de la misma carencia, y que sus propuestas son simples recetas para el desastre, no obsta a aquella concordancia. Política económica, en rigor, una política que guarde correspondencia con la situación dramática en que la economía uruguaya permanece sumida, por el momento no hemos logrado descubrir su rastro.

Y de ello nunca nos sentimos más seguros que cuando escuchamos a voceros del gobierno argumentar en sentido opuesto. Recientemente hemos oído mencionar dos clases de realizaciones de tales fuentes. Una está representada por los aumentos de salarios y pasividades. Esta ni siquiera podemos vincularla a la idea de un plan económico. Si el Presidente Sanguinetti tiene razón, como nosotros creemos, en cuanto a que los incrementos reales de las remuneraciones son efectos de una economía sana, y no remedios para devolverle la salud a una enferma, lo que percibimos en tales aspectos tiene que estar signado con un transitorio muy acotado.

La segunda clase de realizaciones que hemos oído citar es la que se describe, en el mejor de los casos, como "refinanciación". Toda refinanciación es, por su mera existencia, una señal acerca del gobierno que la gestiona; implica alguna clase de gestión. No es mucha, pero en el contexto dramático en que vivimos, tiene algún significado. Pero la compra de tiempo no equivale a una estrategia para el uso del tiempo comprado.

Si los problemas de fondo no se atacan, el tiempo ganado se pierde en el más perjudicial de los sentidos: refuerza la ilusión de que el tiempo mismo es la solución.

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