Número 300

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La edición tricentenaria sorprende a Búsqueda en plena expansión. Nuestro éxito —séanos excusada en la ocasión una cierta licencia de la modestia que nos caracteriza— sobrepasa este año nuestras expectativas más optimistas.

¿Cómo explicamos este desarrollo? Básicamente, creemos que estamos ofreciendo al mercado el producto que éste demanda de manera particular.

El mérito de nuestro semanario no está, sin embargo, sólo en eso. No se trata de que hayamos percibido las preferencias del público por un periodismo independiente, no partidario, objetivo, disociado de todo fin ulterior en el campo político, y que hayamos respondido a esa demanda. Se trata de que nosotros mismos desarrollamos el gusto por esa clase de producto.

La inversión para lograrlo no ha sido insignificante. La falta de antecedentes hizo que nuestra publicación estuviese mucho tiempo rodeada de la incomprensión y la suspicacia. Todavía encontramos esa dificultad en grado no despreciable.

Por ejemplo, en todos los que, al expresarnos su aprobación por la tarea informativa que desarrollamos, creen del caso hacernos presente su discrepancia con nuestra línea editorial, en materia económica particularmente. Debe acontecer que el público está acostumbrado a la idea de que los periódicos se escriben cada uno para el segmento del mercado donde todo el mundo piensa igual que sus redactores.

Como es altamente improbable que la satisfacción que un lector pueda encontrar simplemente en ver reflejadas en un impreso sus propias ideas, o sus propios prejuicios, o sus propios sentimientos, pueda verse como de alguna manera asociada a una actividad intelectual, la respuesta del lector a tales secciones editoriales debe interpretarse esencialmente de carácter emocional.

Búsqueda, por su parte, rara vez pretende recibir esa clase de correspondencia del lector. Por regla general se dirige a su intelecto, no a sus lealtades, no a sus creencias, no a sus sentimientos. El editorial de Búsqueda pretende conducir a su público por un cierto camino lógico. En un cierto momento el lector se rehúsa seguir. Se aparta, y continúa por otro camino. Es normal. Lo importante es que su pensamiento se haya puesto en marcha. Que las neuronas hayan trabajado. Ya que, después de todo, no sólo el aerobismo y la gimnasia rítmica son ejercicios placenteros y útiles.

¿Qué los lectores discrepan? En buena hora. Sí, es cierto, queremos persuadir. Pero nos aterraría la unanimidad. No concebimos la idea de que la discrepancia debilita, o de que el consenso sea una meta razonable para la convivencia de un país libre. Para nosotros, el consenso es un ideal totalitario. Y las votaciones por unanimidad en el Parlamento nos dan escalofríos. "La gente", escribía Ortega y Gasset, "no suele ponerse de acuerdo si no es en cosas un poco bellacas o un poco tontas". Eso creemos también nosotros. No tome el lector, pues, transmitirnos desánimo si nos anuncia su discrepancia. Nosotros decimos: ¡Viva la discrepancia! ¡Viva la diversidad!

Otra dificultad que encontramos por falta de familiaridad del mercado con nuestro producto es el reiterado displacer que causamos en múltiples círculos al informar de ciertas cosas. Hay una idea que anda por ahí y ejerce influencia poderosa sobre muchas conciencias, que querría que la tarea informativa de los medios tomase en cuenta la conveniencia de apoyar a la recientemente restaurada democracia uruguaya. No es ciertamente nuestra idea. Debe ser una idea que se conecta con la de un periódico como medio para un fin que se sitúa en otro plano que el de las relaciones con el lector.

Para nosotros las relaciones con el lector, nuestro diálogo con él, nuestra polémica con él —un diálogo y una polémica que, como la luna, tienen una cara invisible, pero por ello no menos real— agotan el propósito de nuestra actividad. Lo hemos dicho y lo repetimos. En cada edición entendemos cumplir un contrato con nuestros lectores. Ellos lo cumplen al comprar nuestras ediciones, en cantidades crecientes, que no dejan de asombrarnos. Nosotros hacemos nuestra parte si le informamos de lo que hemos averiguado, si hemos averiguado diligente y eficazmente, y si le decimos lo que pensamos de manera razonablemente coherente y con total franqueza.

Y no haríamos nuestra parte si seleccionáramos las noticias para que el mejor de los mundos posibles nos resultase más verosímil. Las noticias son noticias, los hechos son hechos. Sobre esta base edificamos nuestra actividad.

Frente a la idea de que las malas noticias son desestabilizadoras, nosotros abrigamos esta otra. La trampa principal que acecha a la democracia uruguaya en la etapa de su incipiente restauración, radica en nuestra autocomplacencia.

Eso solemos reflexionar, en particular, cuando oímos a voceros del gobierno invocar logros y mentarlos profusamente. Nosotros comprenderíamos que se invocase lo ruinoso de la economía, y el estado fuertemente desestabilizado de las expectativas del sector privado, heredados del régimen militar, como explicación de la falta de progreso alcanzado. Ciertamente, ningún gobierno podría haber logrado mucha cosa partiendo de esa base. Pero oír hablar de realizaciones efectivamente logradas desde marzo en medio de una economía que se mantiene en franca regresión y que no da la más mínima señal de querer intentar frenar su retroceso y volver a crecer, eso nos causa verdadera inquietud.

Más de una vez hemos sostenido que la autocrítica de los partidos a propósito del deterioro que la democracia uruguaya padeció por un par de décadas, hasta entrar en su eclipse de 1973, estaba aún por hacerse, y expresamos también nuestro escepticismo en cuanto a que una nueva etapa pudiera establecer una sólida cimentación sin que tan insoslayable faena tuviese cumplimiento. Antes de superada, sin embargo, la autocomplacencia sobre las viejas causas de la crisis, vemos insinuarse una actitud similar a propósito de la grave situación actual.

Nada nos parece tan peligroso como esto. Un consenso para presentar una imagen hacia el exterior que no condice con la crítica que se ve desde dentro, y una colaboración de los medios para que la propia reacción de la opinión pública quede oculta bajo un velo piadoso, he aquí los peligros más ominosos que en nuestra opinión enfrenta el régimen constitucional.

Que todos se tranquilicen, nosotros no pensamos complicarnos en ello, en medida alguna.

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