¿Qué derecho tenemos a desear lo imposible, a considerar como ideal el cuadrado redondo?
Ortega y Gasset, Tríptico
El principio del año es un buen tiempo para tocar el tema de hoy: la distancia que media entre los ideales y la realidad. Es un buen tiempo, digo, porque hacia fin de año todos hemos hecho alguna vez, y no pocos hacen toda la vida, propósitos de enmienda, respecto de los defectos que más se ven, o los rasgos que más molestias causan. "Este año voy a levantarme más temprano", o "voy a comer y beber menos", o "voy a dominar mi mal carácter", o "voy a dejar de fumar", o "no voy a discutir más de política". Esta especie de propósitos, sencillos y domésticos, pertenece al gran género de los ideales. Su formulación implica formarnos de nosotros mismos una imagen distinta de la real que nos ha distinguido en el pasado, y usar después la voluntad para lograr que la realidad se acomode al ideal.
Florecidos entre la Pascua de Navidad y el Año Nuevo, para la Epifanía tales designios suelen hallarse ya un tanto mustios, y mucho antes de la Pascua de Resurrección archivados para mejor oportunidad. Resulta que —es la conclusión una vez tras otra renovada— la cosa no era tan fácil. Cada claudicación parecía allanar el camino para la siguiente. Cada tropiezo, incitarnos a abandonar el pedregoso camino, y aceptar la invitación del umbroso vergel vecino a una dulce siesta. En definitiva, ¿para qué gastar tantas energías en cambiarnos a nosotros mismos, que tan poco somos, cuando podemos unirnos al tropel de los que con música y banderas marchan en pos de un ideal colectivo, la sociedad justa y libre, ella sí digna de nuestros empeños, y que encima nos hará mejores a todos y cada uno, por simple añadidura?
Este enfoque es típico de nuestro tiempo, de nuestra cultura. El hombre occidental contempla el dominio que su civilización ha alcanzado sobre su entorno material, y usa esos logros como medida de su potencia para cambiar el mundo. "Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo" escribió Karl Marx a la edad de 27 años (Tesis sobre Feuerbach, énfasis en el original). El asombro, la perplejidad, la angustiosa desorientación, habían proporcionado al hombre los estímulos para filosofar, desde Platón en adelante. Es un hombre distinto, provisto de una confianza nueva, ese filósofo marxiano que se planta ante la realidad como un escultor ante un montón de arcilla.
Esta desusada seguridad partía de dos orígenes, relativamente distantes: la confianza en la razón, que venía del siglo XVII, de Descartes y Bacon, como instrumento capaz de penetrar, a condición de ser bien utilizado, todos los secretos del universo; y la confianza en la bondad natural del hombre, propia de toda la Ilustración, pero plasmada sobre todo en la obra de Rousseau, una centuria larga antes de que el joven Marx propusiese a los filósofos una tarea de construcción. Nótense bien los reversos de esas dos ideas, que el hombre occidental tiende de larga data a descartar in limine. La primera implica que la realidad no contiene reductos de irracionalidad en los cuales el taladro de la razón no puede hacer mella. En otras palabras, la razón matemática, que avanza sin tregua hacia la comprensión de las galaxias y del núcleo atómico, debe poder lograr parejas conquistas en los asuntos propios del hombre y de la sociedad humana. La segunda idea implica el rechazo de la concepción dualista de la naturaleza ética del hombre, de origen hebreo, el mito del pecado original, que a través del cristianismo había impregnado la antropología de los pensadores occidentales durante siglos.
Si el hombre nace bueno, pero es corrompido por las instituciones, no está en disputa cuál haya de ser el objeto apropiado para la reforma. La sociedad ha sido construida de manera imperfecta, porque ha sido estructurada espontáneamente, en la oscuridad de los tiempos primitivos, antes de que el hombre aprendiese a dominar su razón, y se la ha dejado después evolucionar a la buena de Dios. Cuando el hombre ha sostenido que el mal en el seno de su sociedad era el resultado de una profunda inclinación de su alma no ha hecho más que dar curso a supersticiones atávicas, cuya supervivencia es alentada por intereses asociados al statu quo.
A partir de estas premisas, la conclusión es necesariamente revolucionaria, en el sentido estricto del término, que implica ni más ni menos que la reconstrucción de la sociedad a partir de una tabula rasa. Pero hay dos concepciones distintas de tal reconstrucción. Una es la historicista, que supone que la nueva estructura está predeterminada, a través de una causalidad ineluctable. En realidad, tanto el advenimiento de la revolución como sus frutos son independientes de la voluntad de los individuos, cada uno de los cuales sólo puede optar entre acompañar el proceso hasta su gloriosa culminación, o atenerse a una resistencia sin esperanza. También, como es obvio son independientes del intelecto humano. Marx —cuyo historicismo es el de máxima influencia— hablará despectivamente de los socialistas utópicos, como Owen y Fourier. El mismo Marx dirá poquísimo sobre la naturaleza de la sociedad socialista, o comunista, para evitar que se le tildara a él mismo de utopista.
La concepción restante es probablemente la que predomina, incluso entre los que se creen o dicen marxistas. Ciertamente abarca a todos los socialistas cristianos, y a todos los socialistas, encuentran inadmisible la aceptación del sistema capitalista, y aspiran a una sociedad cualitativamente distinta de la que se nos deja ver la historia occidental, merced a una acción política, orientada desde el poder.
Es de este tipo de concepción de la construcción de una sociedad nueva que querría ocuparme con cierta asiduidad este año, en los intersticios que me dejen las imposiciones de la actualidad. Un pensamiento de Ortega, vertido junto al que sirve de lema a este artículo, es el que habrá de orientarme. Dice así: "Hace mucho tiempo he postulado una higiene de los ideales, una lógica del deseo". ¿Verdad que son disciplinas que nos suenan a cosa estrambótica? Me gustaría en verdad que juntos analizáramos si podemos encontrarles algún sentido y alguna utilidad.