La hora del realismo

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El Presidente Sanguinetti y su partido deben actuar sin demora, a fin de evitar un fracaso de consecuencias incalculables para el país como un todo, al menos para el país al que nos apegamos quienes amamos la libertad y el estado de derecho.

En efecto, el gobierno está ante una encrucijada. Aparentemente, en su segundo año tendría expedita la misma senda por la que transitó en 1985. Es un camino que puede lucir relativamente fácil y prometedor de un moderado progreso; como el que con buena voluntad 1985 aportó. Sin embargo, nosotros creemos que es una ruta falsa, que conduce a una situación crítica.

El éxito del gobierno en la inflación, que diversos observadores —entre ellos el presente articulista— dependió crucialmente de su capacidad fiscal y paraliscal para financiar el déficit de gran envergadura que padeció (y aún padece) con la colocación de deuda pública. No se trata de un método sostenible hacia el futuro, ya que cada dólar adicional de letras agrava el déficit y obliga por tanto en el período subsiguiente a una mayor emisión de deuda, con una dinámica obviamente explosiva.

Es un método cuya viabilidad reposa en la confianza del público en la capacidad de las autoridades para cumplir el servicio de la deuda. Esa confianza el gobierno todavía conserva intacta, como lo demostró la reanudación de la venta de letras en el mercado con verdadera avidez. Pero la realidad es que esa confianza tiene raíces cortas, que el mercado mira las cuentas fiscales, y que apenas pueda ver claramente la fuente de fondos que ha permitido hasta ahora obviar la advertencia de un serio desbalance fiscal, esa maravillosa potencialidad inflacionaria va a secarse sin transición.

Y ello significaría un dramático empeoramiento de la inflación no solo porque habría que cubrir el gasto excedente con emisión, sino porque el flujo de cambio extranjero asociado a las finanzas públicas cambiaría de signo, y con ello la tranquilidad de que ha gozado el mercado cambiario podría trocarse en súbita turbulencia. Es innecesario enfatizar las consecuencias desastrosas que tendría este giro de los acontecimientos en el segundo año del gobierno. En el primero, una inflación acelerada podría haber sido superable, máximo que la heredada del régimen de facto.

Semejante involución en el gobierno del Dr. Sanguinetti sería casi seguramente insubsanable.

Por suerte hay otro camino que configura la encrucijada de que hablamos. Luce un camino escarpado con una pendiente que ofrece dificultades, pero se trata solo de falsas apariencias; y el camino por el que hay que avanzar es el único practicable.

Ese camino tiene un nombre: es la ruta del realismo. La otra es la senda de la retórica y la ficción. Importa que el gobierno tome por aquella senda y avance por ella con firmeza. No importa menos que se le vea claramente hacerlo, que no queden dudas de que ha habido un cambio de dirección. No es cuestión de camuflar la cara de noche y salir a plena luz y al son de tambores. No es cuestión de viajar a La Habana; hay que marchar a paso seguro con las trompetas.

Permítasenos intercalar un ejemplo. El gobierno continuó con un proyecto descabellado, que incorporara a ARINSA con el cometido de producir declaraciones políticas en pro de esa crisis, incluso dentro del Partido Colorado. Al fin de cuentas, los portavoces del gobierno en la oportunidad para intentar algo seria serían quienes, cuando el gobierno este año prepare un plan de reactivación, harán una declaración que nosotros creemos de todos modos lamentable, de que el país podría recuperarse económicamente. Nosotros creemos que lo que haga con alconafta dentro de ANCAP no podría hacer ni más ni menos que superarse económicamente, mientras los potenciales inversores privados crean que el Uruguay va a intensificar su déficit fiscal o distorsionar más aún el precio de sus combustibles para hacer además política.

Similarmente, el Uruguay podría recuperar su economía aunque PLUNA siga volando a Europa. Pero nosotros apostaríamos a que no lo hará mientras los agentes privados vean que el dinero que ellos pagan por impuestos se malgasta luego en proyectos que aspiran a promover el prestigio del país, y que de hecho sólo consiguen efectos favorables de su imagen pero por frivolidad y tontería.

Y también es concebible que la economía uruguaya pudiera retomar la dirección ascendente, aunque se siga hablando de una reestructuración de AFE, ¿la cuarta? ¿la quinta?— para que los obreros de lo que ya sabemos pudieran decir "algo está pasando" y han roto el tabú de los ferrocarriles.

Y así sucesivamente. Lo importante es el efecto demostración de cada medida, de cada paso que el gobierno dé en la dirección del realismo. La sensatez será importante, pero lo verdaderamente decisivo será lo que los agentes privados vean como la orientación de las autoridades.

En el tercer trimestre de 1985, la industria de la construcción se situó en el 50 % del nivel de 1978, y por lo que se puede saber sobre la inversión en general —de lo que suele ser un indicador confiable— puede decirse lo mismo. Recuperar la economía significa otra cosa más que movilizar recursos ociosos para la reactivación sectorial. Esa reactivación vendrá sí, y sólo sí, en el marco institucional, y en la sensatez y oportunidad de la política económica.

Cuando decimos que el Presidente Sanguinetti y su partido deben actuar ya, queremos decir que deben crear las condiciones para el surgimiento de la inversión. Si esto se consigue, todo lo demás vendrá dado por añadidura. El déficit, grosso modo, se reducirá a proporciones más manejables, ya que el actual nivel deprimido del producto es lo que mantiene baja la recaudación, pese al deseable aumento de la presión fiscal. Y las exportaciones van a recuperarse igualmente, pese a todos los pesares del neoproteccionismo, porque el factor limitante hoy debe presumirse en la oferta, y no en los mercados mundiales ni en las barreras de distinto orden que entorpecen el acceso de nuestra producción.

Llevamos años sin un sistema jurídico-judicial que permita exigir el cumplimiento de los contratos privados. Y el año pasado vimos dictarse legislación de gran transcendencia dedicada a reescribir los contratos privados acordados. En tales circunstancias, pensar en recuperar la inversión sería ilusorio.

Corregir ese estado de cosas está en la dirección del realismo, el camino que el Presidente y su equipo deben emprender sin tardanza, resueltamente, y con las banderas desplegadas.

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