Se me ocurren, en pos de la respuesta que pide el título, tres caminos diferentes.
El primero sería el camino inductivo. Consistiría en salir, como quien sale a cazar mariposas, por el mundo, pasando del presente, en busca de marxistas; aprehender buen número de ellos en nuestras intelectuales redes, y someterlos a una minuciosa inspección; ir anotando los rasgos que encontramos, y en función de ellos, mediante una síntesis, descubrir el ejemplar más representativo.
El segundo camino nos llevaría, no hacia afuera, por calles, plazas, cafés y redacciones, campamentos, prisiones y buhardillas, sino hacia el interior de un gran edificio, por cuyos pasillos y salones iríamos discurriendo acerca del tipo humano con que los arquitectos —Marx, Engels, Lenin— habrían deseado verlo habitado.
El primer método nos conduciría hacia el marxista arquetípico, el segundo hacia el marxista paradigmático. Estaríamos respondiendo, en realidad, a dos variantes de la primera pregunta: una: ¿cómo es, en los hechos, el marxista? La otra: ¿cómo debe ser, según la lógica interna del propio sistema?
Creo que hay un tercer concepto del marxista, que excedería del alcance de los otros dos. Yo lo llamaría el concepto del marxista esencial. Tanto el arquetipo como el paradigma nos mostrarían retratos humanos de considerable complejidad; más el primero que el segundo, porque la realidad se habrá encargado, como siempre en circunstancias tales, de combinar los rasgos ideales concebidos por los constructores del sistema con otros rasgos menos deseables; pero ambos, de todos modos, compuestos de numerosos elementos.
Por contraste, el retrato del marxista esencial sería apenas un escorzo, un mínimo de trazos en busca de una identidad, una caricatura, en el mejor sentido de la palabra. Este tercer marxista es el personaje cuya pista voy a seguir en esta ocasión.
■ Idealismo o historicismo
Propondré para empezar dos bocetos alternativos. Según el primero, reconoceríamos como marxista a quien se sintiese identificado con un determinado ideal de sociedad humana. Sería una sociedad sin clases; en la cual el control de los medios de producción se hallase en manos de la asociación de todos los individuos; cuyos planes se impusieran sin coacción, merced a la transformación experimentada por sus miembros, superada ya su vieja alienación, reencontrados, consiguientemente, con su verdadero ser; una sociedad por tanto, capaz de suscitar el esfuerzo y la creatividad de sus integrantes sin incentivos ni amenazas, sin zanahoria ni garrote; que habría vuelto obsoleto al vigilante y al juez, al soldado y al carcelero; y que, al superar las contradicciones que habían frustrado la capacidad productiva de todos los sistemas precedentes, inauguraría una era de abundancia, en la cual cada individuo podría satisfacer con plenitud todas sus necesidades. Una sociedad, pues, perfectamente libre e igualitaria, exenta de conflictos, en la que la cabal realización del potencial humano de cada uno contribuiría eficazmente a la realización igualmente cabal de los demás. Una sociedad por fin, embarcada en una ruta de progreso material e intelectual sin límites.
Alternativamente, bastaríale al marxista para serlo abrigar la convicción de que la historia posee una dirección predeterminada, previsible, que la encamina hacia una peripecia crucial, que llama revolución proletaria; la cual sería seguida por una etapa de transición, a la que conviene la etiqueta de dictadura del proletariado; y ésta, a su vez, en razón de aquella misma legalidad que rige la historia, del inmanente principio de su dinámica, desembocaría, con la misma certeza con que la geografía guía al Amazonas hacia el Océano Atlántico, a la sociedad comunista, sin clases ni estado, feliz, próspera y libre, cuya descripción nos ocupaba hace un instante.
Para distinguir nítidamente entre estos dos esbozos del esencial marxista, permítaseme agregar al segundo un detalle inesencial, e incluso extravagante, que jamás aceptaríamos en la tipología del marxista paradigmático, y que nos asombraría encontrar en el Identikit del marxista arquetípico: hagamos que nuestro ejemplar, caracterizado por su adhesión a la dialéctica materialista, que es como él nombraría a su versión del determinismo histórico, experimentase frente a la imagen de la sociedad terminal, de la sociedad comunista, un extraño, y algo antinatural rechazo. Pongamos que este peregrino espécimen temiese que un hastío colosal y universal fuera la consecuencia de la desaparición de los conflictos en la sociedad sin clases. Poco importa el detalle. La verosimilitud psicológica no nos interesa demasiado. Lo que sí queremos es poder pensar en un individuo que creyese que la historia posee un ineluctable desenlace pero que no encontrase ese destino particularmente atractivo. A ese individuo, ¿podríamos reconocerle como marxista?
Antes que responder, remontémonos al primer caso, y formulémonos la misma pregunta. Aquel otro ejemplar sueña con la sociedad comunista, la desea ávidamente, la tiene por el colmo de la perfección. Pero, en cuanto a las probabilidades de su concreción sobre el planeta, mantiene su juicio en suspenso. Cree que tal sociedad sea posible —el ser imposible supondría a su perfección un menoscabo importante— y está dispuesto a luchar por ella, a sacrificarlo todo por lograr su implantación; pero por optimista que sea, piensa que la suerte última de su ideal es, en definitiva, dudosa, contingente, impredecible... Que depende de lo que él y otros innumerables hombres y mujeres hagan, de la medida y calidad de su esfuerzo, de la hondura y totalidad de su compromiso, y de la tenacidad mayor o menor de las fuerzas adversarias.
Sartre ejemplifica adecuadamente esta postura. "El existencialismo de Sartre", escribe Raymond Aron, "excluye la creencia en la totalidad histórica. Cada cual está hundido en la historia y elige su proyecto y sus compañeros a riesgo de errar". Más adelante cita textualmente a Sartre:
"¿Tiene la Historia un sentido... tiene un fin? Para mí tal pregunta es la que no tiene sentido, pues la Historia, fuera del hombre que la hace, no es más que un concepto abstracto e inmóvil, del cual no puede decirse que tenga un fin o que no lo tenga, y el problema no consiste en conocer ese fin sino en asignarle uno". (El opio de los intelectuales, énfasis en el original).
Pues bien, el ejemplar que así piensa no es marxista. En primer lugar, porque Marx sí creyó en una legalidad dinámica de la historia, que nos autoriza a inferir su desenlace. Además, sobre todo, porque la sociedad terminal no es una utopía soñada emergiendo de su cerebro, como Engels dice despectivamente de las soluciones de los socialistas primitivos, sino que pretende ser discernible en la estructura de los acontecimientos históricos, prefigurada en su inmanente legalidad.
Y el otro ejemplar, el que creía en el determinismo histórico, pero no se entusiasmaba con su fruto final, ése ¿será marxista?
Sí lo creo. Pienso que, efectivamente, en esencia, un marxista es alguien que tiene una determinada concepción del devenir histórico, que lo cree regido por las leyes que Marx creyó haber descubierto. Esta es la contribución fundamental de Marx según él mismo, y sobre ella se apoya su pretensión de haber construido, tras el socialismo utópico de sus predecesores, un socialismo científico.
Ello significa que, si deseamos formarnos una opinión del ideal de los marxistas, las operaciones decisivas no consistirán en analizar la factibilidad, la deseabilidad, de la sociedad comunista. Por el contrario, habrá que examinar qué grado de crédito debe merecernos la pretensión de Marx de haber descifrado la clave de la Historia, el mensaje que en ella ha leído.
■ Determinismo o voluntarismo
Digo que el marxista esencial es alguien que así piensa. No pretendo con ello describir, ni al socialista arquetípico, ni al paradigmático. Ambos los dos, hállanse estos ejemplares henchidos de anhelos revolucionarios. Nada más opuesto a ellos que el fatalismo de quienes, por conocer anticipadamente el ineluctable resultado de la historia, se desinteresan de la acción, y, sentados a la vera del camino, se limitan a contemplar el pasaje de la caravana hacia su predeterminado destino.
José Carlos Mariátegui ha escrito: "El carácter voluntarista del socialismo no es, en verdad, menos evidente, aunque sí menos entendido por la crítica, que su fondo determinista. Cada palabra, cada acto del marxismo tiene un acento de fe, de voluntad, de convicción heroica y creadora, cuyo impulso sería absurdo buscar en un mediocre y pasivo sentimiento determinista". (Defensa del Marxismo, 1ª ed., 1959).
¿Cómo se concilian las dos posturas? En el plano sicológico, o en el plano existencial, muy fácilmente. Ocurre, como simple hecho, que la convicción de tener a Dios de su lado, o la de navegar en la cresta de la ola histórica, constituyen notables surtidores de energía, potentes motores de la acción humana. Nos lo mostraron los discípulos de Mahoma, cuando creían que Alá había escrito ya sobre tablas celestiales sus triunfos en la guerra santa; y los esforzados burgueses de la época heroica del capitalismo, que encontraban en su buena fortuna comercial el signo de la predilección de Dios para sus elegidos, de la que tanto leían en la Biblia; y ahora nos lo muestran los seguidores de Marx.
Pero en el plano lógico la conciliación de las dos posturas es más problemática. Por descontado, no hay una oposición frontal, porque la dinámica histórica de Marx pasa por la voluntad de los proletarios. Lo que Marx predijo no es que la revolución iban a hacerla ningunas huestes celestiales, sino que la lucha de clases iba a moldear un ejemplar humano del que un cierto comportamiento, heroico y creativo, debía racionalmente esperarse.
La cuestión, sin embargo, se centra en la tesis historicista de Marx. Si ésta no merece crédito, todo el edificio se derrumba. La sociedad terminal es una utopía desmelenada. La acción revolucionaria es una actividad peligrosísima, que tanto puede desembocar en el Gulag permanente como en cualquier otro tipo de sociedad, más o menos horripilante, con alguna presunción por las más que por las menos, si hemos de mirar la historia reciente con los ojos de la razón.
Los ojos de la fe marxista, por supuesto, nos muestran en las experiencias más odiosas de la realidad revolucionaria —en el holocausto stalinista, o en el holocausto kampucheano— una mera apariencia, tras la cual prosigue la transición hacia el comunismo terminal y glorioso.
Esa fe es una fe en la historia, de eso no cabe duda. Sobre ella he de volver.