Hace un par de artículos propuse que el rasgo esencial del marxismo consiste en creer que la historia está preordenada hacia la sociedad comunista, de manera tal que su advenimiento es ineluctable. La semana pasada inquirí si tal creencia, que definitoriamente deben abrazar los marxistas, pone cimientos científicos, y respondí en el no más rotundo que soy capaz de formular; haciendo, sin embargo, la salvedad de que puede ser razonable creer en muchas cosas más de las que las ciencias pueden enseñarnos; y que, de hecho, todos entendemos nuestras creencias considerablemente allende las fronteras científicas.
Ahora me propongo tratar sobre los presupuestos de la creencia marxista esencial. Es algo parecido a intentar un resumen de la doctrina marxista, pero no exactamente igual, porque algunos de los supuestos sobre los que veo que reposa la predicción central de aquélla nunca llegaron a hacerse explícitos en la obra de Marx y sus discípulos. Pienso que los supuestos imprescindibles pueden ubicarse bajo cinco acápites: materialismo, dialéctica, teoría del estado, teoría de la planificación y optimismo antropológico. Esta semana y la que viene voy a concentrarme en la demostración de que todos ellos son lógicamente necesarios, sin desarrollar por el momento los aspectos críticos que el discurso irá trayendo a la superficie.
Materialismo
Marx percibe el mundo de la cultura —entendiendo por tal todo lo que el hombre y la sociedad humana han incorporado a la segunda naturaleza que les ha sido dada— como un compuesto por dos niveles: hay una infraestructura de índole económica, y una superestructura que abarca todo el resto: todos los órdenes normativos —la moral, el derecho, los usos y costumbres— y por lo tanto la organización política, la organización de la familia, las ideas que la sociedad se forma sobre lo que es bueno y justo; incluso su sentido estético y sus concepciones sobre la naturaleza del universo y sobre el origen y destino de la vida humana, que toman forma en la religión y la metafísica. Entre estos dos niveles hay una estrecha relación, consistente en que el inferior influye sobre el superior hasta determinarlo plenamente, y en cambio no existe causación en sentido inverso.
Esta concepción suele ser nombrada materialismo histórico. Es fácil apreciar en qué sentido esta concepción es una teoría de la historia. Algo más difícil es comprender por qué se la llama materialismo. (Otra terminología, algo menos usual, que rotula a la doctrina interpretación económica de la historia, suele dar cuenta de esa dificultad).
Permítaseme ilustrar esta cuestión semántica con una cita de Marx. En la Crítica de la Economía Política (1859) escribió:
"Al cambiar la base económica, se revoluciona, más o menos rápidamente, toda la inmensa superestructura erigida sobre ella".
El texto es enormemente sugestivo sobre la forma en que la división de la cultura en dos niveles puede servir de plataforma de lanzamiento a una teoría de la historia: comprendiendo lo que acontece en la diminuta base podemos automáticamente aprehender todo lo que acontece en la gigantesca superestructura. En cuanto al segundo punto, el mismo fragmento nos ilustra sobre el uso de la palabra materia en este contexto; prosigue así:
"...Cuando se estudian esas revoluciones, hay que distinguir siempre entre los cambios materiales ocurridos en las condiciones económicas de producción y que pueden apreciarse con la exactitud propia de las ciencias naturales, y las formas jurídicas, políticas, religiosas, artísticas o filosóficas, en una palabra, las formas ideológicas en las que los hombres adquieren conciencia de este conflicto y lo llevan a resolverlo". (Énfasis agregado).
¿Qué significa cambios materiales? La respuesta no surge con claridad del solo contexto. Un cambio material podría consistir, por ejemplo, en una innovación tecnológica. En un famoso pasaje de Marx, que contiene una notable síntesis de su pensamiento, leemos:
"El molino movido a brazo nos da la sociedad de los señores feudales; el molino de vapor, la sociedad de los capitalistas industriales". (Miseria de la filosofía, 1847).
¿Qué hubo de material en la invención, en el siglo XVII, de las primeras máquinas a vapor? Ciertamente muy poco. Tal vez el efecto de la invención sobre la productividad del trabajo y el capital pueda clasificarse, en algún sentido, de material; pero el cambio en sí fue un logro sin lugar a dudas de índole intelectual. El hecho significativo parece consistir en que la primera innovación incide sobre el nivel económico de la cultura, y de rebote —es el mecanismo de la tesis marxista— revoluciona toda la superestructura ideológica: el derecho de propiedad, que pierde sus peculiaridades feudales, la moral, que deja de reflejar el ideal humano del caballero valeroso y desinteresado y pasa a inspirarse en el paradigma del burgués laborioso y ahorrativo, etc.
El alcance del sustantivo materia y sus derivados en este contexto puede tal vez comprenderse mejor a partir de las raíces hegelianas de Marx. Para Hegel la última realidad consiste en el Espíritu Absoluto, cuya actividad esencial es pensarse a sí mismo. El reflejo del vaivén dialéctico de esa actividad constituye la historia humana. En cada época los hombres piensan según el estadio de autocomprensión que el Espíritu ha alcanzado en la trayectoria ideal hacia la cabal aprehensión de sí mismo. Esta limitante perspectiva hace que los hombres (antes de haber leído a Hegel) no puedan comprenderse cabalmente a sí mismos, ni captar sus verdaderas motivaciones.
Para los relativistas de tal género, que abarca a Hegel y a Marx, la historia se asemeja a un teatro de marionetas. Los personajes hablan y se mueven, pero la clave de lo que acontece en el escenario no está en lo que ellos mismos declaran, sino en los hilos que alguien mueve entre bambalinas. El filósofo de aguda orientación viene a ser alguien a quien, gracias a la altura alcanzada por los tiempos, y merced a alguna misteriosa dispensación, se le ha permitido pasar al fondo del teatro, es donde la verdadera acción se desarrolla. Hegel vio allí a la idea desenvolviéndose según era pensada dialécticamente por el Espíritu Absoluto. Marx presenció un espectáculo distinto, que él mismo interpretó como una inversión de la visión hegeliana: un poner de pie la dialéctica que Hegel había dejado cabeza abajo. Donde Hegel había puesto el Espíritu, Marx pone la Materia, pero en un sentido muy particular del término.
Veamos alguna ulterior ilustración del uso del concepto de materia en el pensamiento marxista. De La Ideología alemana (1845) (primera obra conjunta de Marx y Engels) extraigo el siguiente pasaje:
"La producción de las ideas y representaciones, de la conciencia, aparece al principio directamente entrelazada con la actividad material y el comercio material de los hombres, como el lenguaje de la vida real. Las representaciones, los pensamientos, el comercio espiritual de los hombres, se presentan todavía, aquí, como emanación directa de su comportamiento material. Y lo mismo ocurre con la producción espiritual, tal y como se manifiesta en el lenguaje de la política, de las leyes, de la moral, de la religión, de la metafísica, etc. de un pueblo".
Y en seguida, en este mismo lugar:
"Totalmente al contrario de lo que ocurre en la filosofía alemana, (se refieren al idealismo, fundamentalmente tanto al de Hegel como de los neohegelianos de izquierda) que desciende del cielo sobre la tierra, aquí se asciende de la tierra al cielo". (La Ideología alemana, énfasis agregado).
Aceptada esta premisa, lo único que hace falta para procurar una teoría del desenvolvimiento histórico y de su sentido global es construir una hipótesis sobre el desarrollo de la base económica, pues la comprensión de todo el resto viene a darse por añadidura.
2 - Dialéctica
La idea básica está asentada sobre una doble premisa; la mayor de la historia está constituida por los conflictos de intereses, y los intereses que cuentan en tal sentido (presuntamente porque son los únicos capaces de generar un nivel adecuado de energía) son los intereses de clase; es decir, los intereses que tienen que ver con las relaciones de los hombres con los medios de producción. Mientras el control de esos medios permanece en manos de la sociedad en conjunto —comunismo primitivo— la sociedad humana vegeta en algo así como un idílico estancamiento.
¿Cuánto está más cerca del prólogo de la historia? Digamos, desde que los primeros homínidos marcharon erguidos sobre la faz de la Tierra hasta el florecimiento de las primeras civilizaciones en el IV milenio A.C., cosa de un millón de años. Luego sobreviene la propiedad privada, la división del trabajo, surgen las clases sociales, y con ellas vienen las luchas: hombres libres con esclavos, patricios con plebeyos, nobles con siervos, maestros artesanos con sus oficiales, y por fin, burgueses con proletarios. De alguna manera el advenimiento del conflicto hace zafar a la humanidad de su sempiterno marasmo. El pulso del crecimiento económico, por lo demás, se acelera cuando la burguesía ocupa el lugar de clase dominante. Al desempeñar "su misión histórica" —como dicen Marx y Engels— "la burguesía ha creado maravillas muy superiores a las pirámides egipcias, a los acueductos romanos y a las catedrales góticas", ha movilizado fuerzas productivas mayores que todas las generaciones precedentes en conjunto; "...las máquinas, la aplicación de la química a la industria y a la agricultura, la navegación a vapor, los ferrocarriles, los telégrafos eléctricos, la roturación de continentes enteros, la canalización de ríos, las poblaciones surgiendo de la Tierra como por encanto, ¿qué siglo anterior había sospechado que semejantes fuerzas productivas durmieran en el seno del trabajo social?" (Manifiesto comunista, 1848).
¿Cómo es que la clase social que ha cumplido tan maravillosa faena —Schumpeter opina que ningún economista liberal tejió sobre el capitalismo un elogio tan encendido como el de Marx— está de todos modos condenada a ser expropiada y reducida a una aniquilación, por lo menos socioeconómica total? Aquí es donde juega el carácter dialéctico de la teoría marxista. A medida que la burguesía asciende en su trayectoria va desarrollando su contradicción interna, el mismo que está llamado a precipitar su caída. No son dos fenómenos distintos, unidos por el azar, sino dos caras del mismo acontecer, por tanto vinculadas por la necesidad más ineluctable.
Por un lado, el capitalismo en su desarrollo toma por una senda de inestabilidad cíclica. "El sistema burgués resulta demasiado estrecho para contener las riquezas creadas en su seno". La superación de cada crisis ocasiona una ulterior concentración del capital, que prepara una crisis mayor aún para el futuro. El capitalismo nació de la expropiación de las clases que eran propietarias del régimen feudal. Ahora su vocación expropiatoria continúa en su propio detrimento.
"Las armas de que se sirvió la burguesía para derribar el feudalismo se vuelven ahora contra ella".
Y ello es sólo parte, y tal vez la parte menor, de la obra de autodestrucción en que la burguesía, por obra de la necesidad histórica, se ha embarcado. El Manifiesto, de donde he tomado las últimas citas, continúa así:
"Pero la burguesía no ha forjado solamente las armas que deben darle muerte; ha producido también los hombres que manejarán esas armas: los obreros modernos, los proletarios".
La combatividad de los proletarios se asegura merced al descenso ilimitado de sus niveles de vida, que es también una consecuencia forzosa del crecimiento capitalista. En su opus magna, El capital, Marx aplica una lupa especialísima al análisis de la última etapa del devenir histórico prerrevolucionario, y a mostrar la inevitabilidad de la revolución proletaria merced a las contradicciones internas del sistema capitalista, entre las que se destacan las dos que aquí nos han ocupado: la creciente amplitud de las fluctuaciones cíclicas y la depauperación de los trabajadores.
Como decía, ésta es una manifestación, sin duda la más clara, de la naturaleza dialéctica que Marx percibe en el movimiento de la historia. Parece oportuno acotar que Marx también toma de Hegel la idea de un desarrollo de la historia a través de oposiciones, de enfrentamientos de contrarios, y la somete nuevamente a un cambio. Son dos ideas, y dos "inversiones" de las ideas hegelianas originales hasta cierto punto independientes entre sí. Por un lado encontramos las versiones del determinismo histórico: la idea metafísica de Hegel, de que la última realidad es un Espíritu que se piensa a sí mismo, y que, al irse pensando, proyecta, como una linterna china, las formas que llamamos historia, y la idea de Marx, que toma la forma de una hipótesis científica, de que la base económica de la sociedad, identificada con "lo material", determina todo el resto de la cultura, identificado con "lo espiritual".
Por otro lado, tenemos la idea de que la historia transcurre dialécticamente, tanto en Hegel como en Marx, pero por distintos fundamentos. Para Hegel, la historia se mueve dialécticamente porque el pensamiento, según muchos creen desde hace milenios, siguiendo a Platón, progresa de esa manera, superando contradicciones. Por tanto no hay misterio alguno en la soberanía de la dialéctica sobre la historia, ya que ésta no es definitiva más que el reflejo del Espíritu pensándose a sí mismo. En Marx en cambio la propensión a moverse sólo a fuerza de confrontaciones es propiedad de la realidad, y no de las ideas. La palabra dialéctica se usa metafóricamente en tal contexto. De hecho, Marx parece limitarse a repetir a Heráclito de Efeso, entre cuyos aforismos sobre el poder creador de las oposiciones, del choque de contrarios, está el que sostiene:
"lo que es contrario es útil y del que está en lucha es que nace la más bella armonía; todo se hace por discordia".
Pero a Marx no puede bastarle afirmar semejante cosa. Para fundar su profecía del paraíso comunista le hace falta ir más allá de afirmar que todo se hará a través de la lucha de clases, sino que debe llegar a formular una teoría dinámica de la historia que permita determinar su trayectoria. De otro modo la posibilidad de que el conflicto tuviese duración indefinida no quedaría excluido.
La teoría marxista de la dinámica histórica se basa en tres ideas: (i) el materialismo histórico, que se discutió más arriba, según el cual lo que acontece en la infraestructura condiciona todo lo demás; (ii) la idea, que no suele ser suficientemente destacada, de que los acontecimientos de la superestructura siguen a los de la base con cierto rezago, lo que da lugar a desacomodamientos entre infra y superestructura, que se resuelven de manera revolucionaria; y (iii) la idea de que, de alguna manera, el devenir histórico culmina en una confrontación en que la clase dominante queda reducida a un puñado de sátrapas, y donde la clase explotada, por ser prácticamente coextensiva con la población total, no puede expropiar a los antiguos expropiadores sin liquidar la propiedad privada, y devolver los medios de producción al seno social de donde habían salido al inaugurarse la fase progresiva de la humanidad.
Hay discontinuidades lógicas en la exposición, pero, como oportunamente lo mostraré, no son imputables a esta versión, sino al material original.
Por ahora quiero destacar que las dos premisas de que traté hoy, el materialismo y la dialéctica, o el materialismo dialéctico, si se prefiere aceptar la fusión usual de los dos conceptos, no bastan en modo alguno para fundamentar una creencia en el advenimiento de la sociedad comunista.
Ello quedará más claro cuando trate de los restantes tres ingredientes de tal fundamentación, dentro de una semana.