La última vez que transité por esta serie (14 de marzo) me ocupé de la fe en el progreso, que llegó a constituir la religión dominante en Occidente. Se trataba —y sigue hoy tratándose— de comprender el ascenso del marxismo, más allá de lo que permitirían sus cualidades intrínsecas, críticamente consideradas, hasta convertirse en una de las doctrinas que pueden hoy, en el mundo entero, exhibir mayor número de adeptos. Sugerí entonces que los rasgos gruesamente utópicos que la razón discierne en el marxismo pudieron permanecer ocultos a quienes ya antes habían abrazado una fe con cuyos ojos se ve a la humanidad en incesante avance hacia, a la vez, el dominio de su entorno material y el perfeccionamiento de sus miembros. Un avance seguro, como decía, pero, además, sin límites discernibles. Imagine el lector una sociedad perfecta. O, si prefiere, para ahorrar tiempo, pídasela prestada a un autor de utopías que ya haya dibujado su plano. Pues bien, esa ciudad maravillosa, de la que han huido la coerción y la escasez, y adonde la libertad y la igualdad han acudido a llenar el vacío, sabe el devoto del progreso que quedan sobre la ruta que la humanidad está recorriendo. Más pronto o más tarde, si la ciudad es realmente buena, el hombre la visitará. Y se apostará en ella por un tiempo, hasta proseguir su camino hacia otra aún mejor, cuyo perfil por el momento ni siquiera acertamos a idear.
Con el tiempo, la religión del progreso suscita en su seno iglesias milenaristas, que nos aseguran que la ciudad perfecta está próxima, que ya se divisan las torres de sus templos, y que sólo se trata de subir la última cuesta. A esta clase pertenece la iglesia marxista.
Pero no sólo la marxista. En el último, recién citado, artículo, adelanté la sugestión de que los ingredientes de esa versión radical del progresismo son dos: una teoría de la historia, que nos asegura que el futuro curso de la humanidad en su andar por el tiempo es un objeto válido de la investigación científica, y por lo tanto cognoscible, si no ya conocido; y una teoría de la sociedad, que nos afirma que ésta funcionará óptimamente, en el sentido de propender hacia los valores a que el hombre tiende, si se la sujeta a una dirección consciente, deliberada, unitaria; si se la planifica, digamos, centralmente, como dijimos, en lugar de permitir que incontables individuos, carentes de visión global y movidos sólo por su propio interés, le impriman, a empujones y tropezones, una espontánea y aleatoria dirección.
Pienso que la génesis intelectual del marxismo y el secreto de su éxito resultan habitualmente oscurecidos por el énfasis que suele ponerse en el papel de Hegel como precursor. El origen de ese énfasis distorsionado se encuentra, por supuesto, en el propio Marx. Es bien conocida la imagen de éste, que nos lo muestra arrebatando a la dialéctica materialista mediante una sencilla operación aplicada a la dialéctica idealista hegeliana: advirtiendo que se hallaba invertida, cabeza abajo, y corrigiéndole consiguientemente su antinatural posición.
Desde el punto de vista estético —un punto de vista altamente relevante en esta cuestión, según tendré ocasión de proponer en breve— éste es uno de los grandes momentos de Marx. Recordemos que estaba desarrollando una teoría dialéctica, por lo tanto, una doctrina en la cual a la contradicción incumbe un papel protagónico. Marx se nos exhibe negando en bloque la dialéctica idealista, hasta donde la humanidad había trabajosamente ascendido, pero al mismo tiempo conservando su mensaje esencial. Sí, era cierto, la historia avanzaba a través de la lucha; sí, como ya Heráclito había dicho, la guerra —pólemos— estaba en el origen de todo; pero no se trataba de la lucha de ideas, como había enseñado Hegel; no de la polémica, como demasiado literalmente se traducía a Heráclito; se trataba, en realidad, de otra lucha, la de clases, en cuyo concepto se compendiaba toda la historia. El error de Hegel, hasta donde la humanidad había avanzado en dos milenios y medio, no era un error cualquiera: era la mismísima verdad, sólo que puesta patas arriba. Se necesitaba solamente que alguien advirtiera y corrigiera la inversión. Y, como es natural, ese descubrimiento, por el cual el error súbitamente quedó trasmutado en verdad, pertenece a esa reducida clase de momentos estelares del progreso científico, como aquél cuando la manzana le dio a Newton en la cabeza, y le descorrió el velo que escondía la ley de la gravitación universal, o como cuando la pierna de Arquímedes se puso a flotar en el baño, y puso a su dueño en la pista de la mecánica de los fluidos.
Como se sabe, esas imágenes se caracterizan más por su dramatismo que por su veracidad histórica. El hecho es que la relación de la dialéctica marxista con la hegeliana es bastante débil, mucho más que la de Marx con algunos de los escritores socialistas que le precedieron, muy especialmente de Saint-Simon y los saint-simonianos póstumos. En las fuentes marxistas esa relación en ningún momento se hace visible. Antes de Marx hubo socialistas, pero éstos no influyeron sobre él. Hegel no fue socialista pero sí influyó, dialécticamente, sobre Marx. Aquéllos, característicamente, fueron utopistas, gentes ingenuas, que querían reconstruir al mundo según su fantasía. El de Marx, por contraste, es socialismo científico, por cuanto su anuncio no se apoya en la fantasía, ni en la generosidad, de su autor, sino sobre su descubrimiento de la ley del desarrollo histórico, la dialéctica materialista. Hegel no era, como decía, socialista, pero sí científico, al haberse acercado a la verdad lo suficiente como para suministrar los elementos básicos para el eureka marxiano.
Esa es la historia oficial. Los hechos son bastante diferentes. El elemento común entre hegelianismo y marxismo parece ser el historicismo, mientras que en las llamadas dialécticas la similitud es más que nada verbal.
Detengámonos primero sobre este segundo aspecto. En Hegel la historia sigue un itinerario dialéctico porque en esencia está hecha de pensamiento. Los hechos reflejan las ideas. La historia progresa porque es pensamiento en busca de la verdad, y el progreso en el pensamiento normalmente se verifica negando la tesis hasta entonces admitida, pero no con el alcance de retrotraer el conocimiento al estadio previo al triunfo de la última tesis, ahora en cuestión, sino superándola en una dirección nueva. Esto tiene muy poco que ver con la idea de que la dinámica de la historia gira exclusivamente en torno al conflicto entre clases sociales. En este contexto la palabra dialéctica sólo cabe en sentido figurado. La vinculación entre Marx y Hegel sobre este plano es sólo superficial.
En el plano del historicismo, en cambio, transcurre una relación más profunda. Hegel se afilia a la religión del progreso mostrando que la historia es consustancial con el avance del pensamiento en la dirección de claridad y comprensividad crecientes. Ante sus ojos la historia de la humanidad se despliega como un todo. Su filosofía se concibe a sí misma como la comprensión de los asuntos humanos que el espíritu podía alcanzar sólo en una etapa tardía de su evolución. El búho de Minerva, escribe, levanta el vuelo al atardecer.
En los despotismos de Oriente, sostiene Hegel, sólo uno, el déspota, es libre, y todos los demás son esclavos. En la antigüedad clásica, unos pocos, los ciudadanos, eran libres, mientras los demás permanecen en la esclavitud. En el estado moderno, del cual la monarquía prusiana suministra el paradigma, todos son libres. Este es uno de los esquemas hegelianos, comparable al que Marx utiliza para describir el pasaje del feudalismo al capitalismo, y de éste al socialismo. Pero hay muy poco en común, más allá de la sencillez con que la línea evolutiva se discierne. El proceso hegeliano no tiene nada que ver con las fuerzas que operan sobre la Tierra. Tiene que ver —algo así— con el avance del pensamiento humano hacia la comprensión de la forma política que permitirá realizar óptimamente los valores que ha ido aprendiendo a estimar por sobre todos. La dialéctica marxista, en cambio, sí se centra en las fuerzas que operan los cambios: en el desarrollo de la burguesía y su enfrentamiento con la nobleza feudal, y el surgimiento del proletariado, implicado por el dominio burgués, aunque destinado a ponerle fin. Dos líneas teóricas a todas luces esencialmente distintas. Como sistema dinámico, dicho sea de paso, el enfoque marxista es mucho más interesante, lo que no significa, de todos modos, que su vinculación con los hechos de la historia, apenas abandona uno al esquema aludido, sea muy estrecha.
Vale la pena detenerse a observar la diferencia de implicaciones políticas de dos historicismos que se suponen por lo general muy ligados entre sí. Hegel ve la historia culminar en algo que ya existe, el moderno estado de derecho, con su burocracia, que él percibe experta y virtuosa. Marx ubica la culminación un poco más adelante, allende el próximo recodo de la ruta, y tras una gran peripecia social, la revolución proletaria. Sugiero que los historicismos y la convicción en el progreso que va anexa a la mayor parte de ellos no garantizan nada acerca de cuál sea el sentido final de la doctrina, en punto a conservadurismo o radicalismo.
Otra observación que puede ser oportuna se refiere a las relaciones de ambos historicismos con el sistema liberal. Si partimos de Adam Smith, podemos construir una serie generacional de cuatro elementos con el pensador escocés, Ricardo, Hegel y Marx. Los dos primeros, diríamos, completan la primera visión de la economía como un orden espontáneo, como un cosmos que no obedece a la dirección consciente de nadie. El historicismo hegeliano conserva ese orden básicamente espontáneo en su sociedad terminal, pero lo somete a la supervisión de su burocracia, experta y virtuosa. Marx niega frontalmente ese orden, y le atribuye un papel decisivo al control consciente y unitario de la sociedad y su actividad económica. Un papel del que algunas de las características cruciales de la sociedad terminal dependen de manera decisiva.
Por cierto que no fue de Hegel que Marx recogió esa concepción. ¿Fue una innovación pura la suya en ese sentido? ¿O partió de ideas que en su tiempo ya habían alcanzado en Europa enorme difusión?
El desarrollo de este último punto de vista proporcionará el tema del próximo artículo de la serie.