Sobre el Estado

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El Presidente de la República ha dicho otro discurso importante. El número de sus alocuciones distinguidas, pronunciadas en el país y en el exterior, es ya sumamente elevado, y va a ser incrementado significativamente en su próximo viaje. Esta cualidad del Dr. Sanguinetti, en sí misma una virtud sin lugar a dudas, arriesga introducir un cierto desbalance en su gestión. A la vez que vuelve a impresionarnos su capacidad de comunicación, sentimos que no podemos dejar de recordarle que obras son amores... Un segundo año con un predominio tan claro del ingrediente retórico de su actuación como el primero pondría en peligro la suerte final de toda su presidencia.

El Dr. Sanguinetti tocó el tema del acuerdo político de una manera que nos pareció inadecuada. El ensayo, debería haber comenzado por reconocer, ha culminado en un fiasco de grandes proporciones. Es dudoso que haya existido nunca un papel más desprovisto de una idea central, con menor virtualidad para generar una acción coherente y estratégicamente significativa que el documento que en definitiva se firmó. Una o dos ideas buenas alternan en él con una o dos recetas para el desastre, pero sobre todo es la masa de lugares comunes y vaguedades la que imprime al documento su deprimente sentido general.

La responsabilidad por el fracaso incumbe en nuestra opinión sobre todo al Presidente. Faltó a su liderazgo o en la emergencia precisión y sinceridad. Quiso preservar un consenso ya obsoleto, y para ello estuvo dispuesto a pagar un precio elevadísimo. Su planteamiento, recogido en un borrador casi tan disperso como el documento final, no permitió conocer a la ciudadanía de qué realmente se trataba. Una propuesta concreta para un plan concreto, dirigida a quien podía aceptarla, que no podía ser sino el Partido Nacional, habría colocado a la dirigencia de éste en una encrucijada difícil. Dadas las circunstancias, la iniciativa para dotar de especificidad a un programa casi que habría tenido que desplazarse hacia ella. Es comprensible que haya preferido mantenerse expectante, y rehuir una responsabilidad que, fuera de dudas, no era de su incumbencia.

Si el Dr. Sanguinetti insiste en presentar el acuerdo logrado como un logro en alguna medida, estará poniendo en peligro su credibilidad. Otro tanto ocurre cuando declara la prevención de la coyuntura recesiva. De lo que el Presidente puede jactarse a justo título es de la confianza que suscita el manejo financiero de su gobierno. Esto, sin embargo, de hecho no ha bastado para que los agentes privados se muestren dispuestos a comprometer sus recursos en inversión real. Un gobierno en mayoría parlamentaria clara, y con decisión para intensificar la disciplina fiscal, hacer respetar las leyes, y timonear firmemente la nave del Estado hacia aguas de orden y estabilidad, podría lograr ese resultado. Difícilmente haya otro camino.

Esa clase de gobierno, esa clase de mayoría y de vocación por la firmeza, tendrían la virtualidad de dotar a las palabras del Dr. Sanguinetti de una cualidad que trascendiera su intrínseca elocuencia, una cualidad que reflejara la voluntad y la capacidad del gobierno para trasladar su pensamiento al terreno de los hechos mediante el ejercicio de los poderes que le confieren la Constitución y las leyes. Cuando ahora oímos al Dr. Sanguinetti proclamar que el país precisa paz social, y que los sindicatos hacen uso abusivo del derecho de huelga, no podemos olvidar que quien habla es el jefe de un gobierno que pasivamente soporta a diario medidas flagrantemente ilegales del propio personal del sector público, y que a fortiori las tolera igualmente en el sector privado. No se trata del ejercicio excesivamente frecuente del derecho constitucional de huelga, al que aludió el Dr. Sanguinetti en su discurso. Se trata de medidas de perturbación radical del orden laboral, totalmente ajenas a aquel derecho. Un gobierno débil, al punto de que está reducido en semejantes circunstancias a siempre fútiles ejercicios hortatorios, difícilmente suscita el grado de confianza que es necesario, para que la inversión se reforme y la recuperación económica se materialice.

En todos estos aspectos aguardamos un cambio de rumbo del gobierno del Dr. Sanguinetti. El tiempo ya no sobra, de modo que nuestra espera tiende a hacerse tensa. Pero las perspectivas de éxito son demasiado tangibles para que dudemos de que el golpe de timón vendrá antes de que sea demasiado tarde.

Cuando ello ocurra las partes ya glosadas del reciente discurso del Dr. Sanguinetti quedarán relegadas al olvido. Ello no acontecerá, en cambio, con otras partes, que traducen el pensamiento del Presidente en cuestiones de alcance ideológico.

Nos referimos en particular al tratamiento que el discurso dispensa al tema del Estado, al análisis del papel que conforme a su naturaleza cabe asignarle, a la determinación de sus límites esenciales, y a la revisión de los mitos que por largo tiempo han custodiado tenazmente la ciudadela estatista uruguaya.

Empezando con este último aspecto, queremos destacar la franqueza y la claridad con que el Presidente se refirió al plan de formar una sociedad de economía mixta entre PLUNA y una empresa extranjera. El gobierno alcanzó además un éxito notable en cuanto a hacer incluir su plan en tal sentido en el documento pluripartidario. En el doble golpe asestado a los mitos del estatismo y el nacionalismo, y el consiguiente avance en el sentido de la racionalidad y la promoción de los auténticos intereses nacionales, se sitúa a nuestro modo de ver el punto más alto del liderazgo presidencial en la presente coyuntura.

Entre paréntesis: ¿por qué, entonces, la genuflexión al nacionalismo en su expresión más burda, como la que implica la inclusión en el acuerdo de un proyecto para gravar la tierra propiedad de no residentes? A pocos días del conspicuo remitido de un ente autónomo, que proclamaba que la inversión con fines de lucro era mal vista en el Uruguay, uno no puede menos que preguntarse si la presente administración no tendrá un plan formal para desinformar a los inversores, y convencerles de que nada de lo que hace y dice para promover la radicación en el país de capital privado, nacional o extranjero, es en realidad significativo.

Luego de una bienvenida invocación al espíritu de Ludwig Erhard, a través de su nunca bien ponderada economía social de mercado, el Presidente Sanguinetti, ya que ya se había felicitado de que los uruguayos estén comenzando a comprender que "el Estado no puede hacer todo", aseguró que "no queremos que el Estado siga creciendo y asfixie la iniciativa individual". Es la segunda vez que el Presidente habla de asfixia en poco tiempo. Antes, en el borrador para el acuerdo, había asociado el término a los monopolios estatales. La imagen es enteramente apropiada. En realidad, el país está listo para recibir respiración artificial. Si el Dr. Sanguinetti va a hacer funcionar el pulmotor, convendría que no se demorara.

Queremos subrayar el pasaje donde el Presidente aludió al peligro de que "con slogans (estatistas) y sospechas sobre el capital extranjero nos (vayamos) a quedar simplemente solos, aislados, y al margen de un mundo que progresa velozmente". Allí registró el discurso, a nuestro modo de ver, su cota máxima en cuanto a pertinencia y fuerza dramática.

Aunque el Dr. Sanguinetti quiere detener el avance del Estado en el plano de la producción, sigue pensando en un Estado timonel, metáfora que nosotros entendemos como comprensiva de un papel protagónico del gobierno en la asignación de recursos. Nos apresuramos a asegurarle que esa concepción es totalmente ajena a la idea de la economía social de mercado. Dentro de ésta el gobierno es el timonel del sector público, no el timonel de la economía, ni el capitán de la sociedad entera. Sencillamente porque, si el mercado no es el timonel de la asignación de los recursos, entonces el sistema podrá ser social pero no será, por definición, de mercado.

El tema de los combustibles, que absorbió una proporción no insignificante del discurso, suministra un ejemplo relevante. El Estado que decide quedarse con la parte del león de la rebaja del precio del crudo petrolero, e interponerse entre las señales del mercado internacional y los agentes económicos privados, debe ser el Estado timonel de que habló el Dr. Sanguinetti. Podrá ser el gobierno selectivo que algunos aparentemente le han reclamado. Con la clase de Estado capaz de integrarse en una economía social de mercado, simplemente nada tiene que ver.

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