Puede sorprender a algunos lectores que yo incluya a Comte entre los antecedentes relevantes del marxismo, cuando no se trata de un pensador habitualmente clasificado como socialista, sin haberse hecho antes aquí mención siquiera de diversos autores que, como Feuerbach y los demás hegelianos de izquierda, o como Auguste Blanqui y Proudhon, influyeron claramente sobre Marx. En este momento, sin embargo, no se trata de desentrañar los orígenes de la doctrina marxista, sino de explicarnos el éxito de su difusión. Puede ser que el ateísmo marxiano proceda de Feuerbach, y que su propuesta de una fase dictatorial posrevolucionaria provenga de Blanqui, pero dudo que el secreto de la atracción del marxismo se esconda detrás de ninguna de estas doctrinas. Creo, por el contrario, que Comte fue importante por los mismos motivos que Saint-Simon, básicamente por la idea de que la evolución de las sociedades humanas constituye un objeto válido de investigación científica, que puede desembocar en un control estricto de la historia; por tanto, en la construcción por el hombre de su propio destino: no separadamente de cada individuo, sino de la sociedad como un todo. En lenguaje teológico, podría decirse que esa idea afirma la capacidad del hombre para autorredimirse por la ciencia, en lo que vendría a consistir la quintaesencia de la religión del progreso.
Para explicar mejor lo que quiero decir voy a proceder dialécticamente, y contrastaré el pensamiento de Comte con la doctrina a que la suya más se parece, sobre determinado plano al menos, diametralmente opuesta.
Antes, sin embargo, debo completar la reseña que inicié en el artículo anterior, sobre el desarrollo del sansimonismo desde que Comte se incorporó al movimiento.
Esto ocurrió en 1817, cuando Henri de Saint-Simon le ofreció el puesto de secretario que había quedado vacante por la defección de Augustin Thierry (ver artículo anterior). Comte tenía 19 años y había sido expulsado de la Escuela politécnica por haber organizado una protesta estudiantil. Desde entonces se había dedicado a dar clases de matemática y a empaparse en los escritos pioneros del cientificismo: Condorcet, Lagrange y Monge.
Recordemos que Saint-Simon se había procurado un subsidio para publicar una revista, L'Industrie, de la cual habían aparecido ya dos volúmenes. En el pensamiento de Saint-Simon esta etapa representa una doble evolución: en primer lugar, toma un interés mayor por la vida económica, e incluye a los hombres de empresa junto con los científicos entre los elegidos, y con ellos a todos los que trabajan, delineando así una antítesis activos-ociosos, o productores-parásitos (la nobleza y el clero suministrando el grueso del segundo término), que prefigura la de proletarios-burgueses; coincidentemente, sus escritos toman un sesgo antiliberal, que da lugar a la escisión de un número de sus seguidores.
Comte comienza su colaboración en el número III de L'Industrie. En éste ya encontramos prefigurada su filosofía de la historia. La idea de una evolución de la humanidad desde una actitud religiosa, en un principio politeísta, o animista, hasta una etapa positivista, ya se encuentra en estos escritos. La moral forma parte de la transformación. También hay una moral positivista, que se apoya en las necesidades de la humanidad en función de su vocación al progreso. Allí sienta un principio al que habría de adherirse en lo sucesivo: no hay nada bueno ni nada malo en términos absolutos; todo es relativo, y ésta es la única proposición de valor absoluto.
L'Industrie no sobrevivió a su cuarto número. Siguieron otros emprendimientos periodísticos, en que Saint-Simon y Comte se asociaron. Uno, de vida breve, se llamó le Politique. A partir de 1819 comenzó a publicarse l'Organisateur, cuyo nombre decía mucho más que los anteriores.
Se trataba, en efecto, de organizar la sociedad para hacerle rendir todo su potencial, bajo el liderazgo de los mejores. El primer número de l'Organisateur contiene la famosa parábola, que describe la destrucción de los 50 científicos más distinguidos en cada disciplina. La consecuencia es caótica, deletérea para la civilización, y hasta para la misma vida. Alternativamente, se presume la desaparición de igual número de cortesanos, dignatarios, y miembros del alto clero, y se sugiere que no pasaría nada.
En la misma edición se propone una constitución para el estado, de carácter tricameral. Habría una "Cámara de Invención", compuesta de 200 ingenieros y 100 artistas. (Esto nos hace acordar que Lenin sostendría más tarde que los artistas son los ingenieros del alma). La Cámara de Invención tendría por cometido diseñar los planes para el gobierno de la sociedad. Una segunda cámara, "de Examen", se encargaría de revisar y eventualmente aprobar esos planes. Estaría compuesta también de 300 miembros, elegidos en iguales números entre los biólogos, físicos y matemáticos. Finalmente, la Cámara de Ejecución, se compondría de los empresarios más exitosos y tendrían por competencia aplicar los planes elaborados por los otros dos cuerpos.
Saint-Simon sostiene, ayudado por la pluma y la concepción de Comte, que este sistema será inevitablemente aceptado en definitiva, no sólo porque sus méritos intrínsecos se reconocerán seguramente, sino porque representa la culminación de un proceso histórico multisecular. Anteriormente habría sido imposible que las masas adoptaran un sistema concebido por un hombre genial, pero ahora la ley del progreso vuelve inexorable lo que antes había sido imposible. No se trata, asegura l'Organisateur, de una utopía, sino de un tratamiento científico de la historia. Este enfoque prefigura ya cabalmente el de Marx.
Entre 1821 y 23 Saint-Simon, siempre con la colaboración de Comte, publica dos nuevas obras: Sistema industrial y Catecismo para industriales. En ellas se desarrolla la idea del gobierno como una dirección deliberada de la sociedad en su conjunto. El sistema parlamentario, o representativo, es un híbrido que prolonga la existencia de tendencias anticientíficas y antiindustriales, en cuanto permite que compitan diferentes fines entre sí. Con toda claridad, el sansimonismo se desarrolla en la dirección totalitaria. "La vaga y metafísica idea de la libertad", léese en Sistema industrial, "...es contraria al desarrollo de la civilización y a la organización de un sistema bien organizado". La teoría de los derechos del hombre y toda la teoría liberal sirvió adecuadamente para destruir el sistema feudal-teológico, y para preparar el científico-industrial, pero una vez implantado éste, perdería toda su razón de ser. De la misma forma, se sostiene en el Catecismo, que en astronomía, física, química y fisiología no hay lugar para la libertad de conciencia, tampoco la habrá en política, apenas ésta se transforme en una de las ciencias positivas.
Sabemos que esta parte del Catecismo pertenece íntegramente a Comte, porque éste la reeditó bajo su autoría personal y el título Sistema de política positiva, en 1824. Allí sostiene que la física social, nombre que propone para la política convertida en ciencia positiva, tiene por tema de investigación las leyes del progreso de la civilización, que son tan ineluctables como la de la gravitación universal. La física social que, como todas las ciencias, aspira a la previsión, nos permitirá inferir, de la observación del pasado, la configuración del sistema social que el progreso está pugnando por plasmar en la actualidad. Por lo tanto, mientras otros autores inventan las soluciones que proponen, el investigador imbuido de los principios de la física social los descubre. Es prácticamente a la letra lo que Marx, más adelante —a la sazón tenía 6 años— sostendría al contraponer su socialismo, científico, al de sus precursores, meramente utópicos.
A la muerte de Saint-Simon en 1825, Comte sigue su camino en el periódico Sansimoniano que entonces se funda, Le Producteur. Su antiliberalismo se ha vuelto virulento. El principio de la libertad de conciencia, la anarquía del individualismo irrestricto, según su concepción, se le representa como "una monstruosidad reinante". La mera idea de que el estado debiera abstenerse de regular la economía resulta asombrosa, una curiosidad histórica, sólo explicable por razones coyunturales. La exposición nos ha conducido al punto en que es conveniente introducir el elemento antitético de la doctrina sansimoniana-comteana. Se trata sin duda de la teoría liberal.
La esencia de la teoría liberal consiste en la comprensión de que las sociedades humanas son capaces de generar un comportamiento ordenado de manera espontánea, una cooperación tácita, no organizada, capaz de promover fines comunes sin que ninguno de los agentes cooperadores se proponga otra cosa que sus respectivos fines personales, en ámbitos tales como la economía, el derecho, el lenguaje y la política. Esta escuela posee dos vertientes, en gran medida complementarias. Por un lado la vertiente apriorística, desarrollada sobre todo por Adam Smith y los economistas clásicos y neoclásicos, y por el otro la vertiente histórica, que pone el acento en el crecimiento espontáneo y aluvial de las instituciones, como hacen, por ejemplo, Burke, Herder y Savigny. Desde ambos puntos de vista la teoría exalta la creatividad de los individuos librados a su propia iniciativa y se pronuncia en contra de toda forma de regimentación de la vida social, de toda forma de planificación central, y de todo intento de construir la sociedad a partir de una tabula rasa, es decir, en contra del afán constructivo de radicales y revolucionarios.
Un corolario de la concepción liberal de la sociedad es su posición antihistoricista. Es decir su convicción de que la historia, que es espontaneidad, no puede ser la prisionera del determinismo de los historicistas. Más aún, su concepción es antinómica de la pretensión de los historicistas de erigir la marcha global de la historia como un todo en un objeto de la investigación científica.
Otro corolario de la comprensión de la historia como el ámbito propio de la espontaneidad, de la libertad, excluye la idea historicista de que la humanidad está libre de errar el camino. Todo lo real es racional sostiene Hegel. Y Comte piensa algo equivalente. "Hegel y Comte" escribe Ortega y Gasset, "...construyen la historia como evolución en que cada época es un paso insustituible hacia una meta y que, por tanto tiene un absoluto sentido y su plena verdad... (Es) la historia del constante acierto: el error no existe." (Historia como sistema, p. 133). El liberal, en cambio, piensa que el riesgo del error está omnipresente en la historia, y en algunas épocas ese riesgo alcanza altura crítica. A mediados de la presente centuria se desarrolló, podría decirse, un género literario equivalente a los letreros que anuncian curvas peligrosas en las carreteras de montaña; una literatura de advertencia, que ha dejado tres de las mayores obras de la tradición liberal: Camino de Servidumbre, de Hayek; 1984, de Orwell y Un mundo feliz, de Huxley.
Esta tradición liberal, con su defensa de la sociedad no regimentada, de la economía no planificada, con su rechazo del historicismo, con su advertencia de que la tabula rasa bien puede ser la antesala del infierno, ha sido anatema para todos los colectivistas, de izquierda y de derecha. Les estorba sobremanera, particularmente, el que los liberales pongan en cuestión la capacidad de la ciencia para planificar la sociedad, y controlar la historia, y hacer a la humanidad dueña de su propio destino, y pretenden que la suerte de la revolución final no está garantizada por la inconmovible ley del progreso.
En la actualidad, con la derrota de los totalitarismos de derecha en la última guerra, el marxismo monopoliza la oposición visible y consciente al liberalismo. Es importante comprender que el nazismo y el fascismo han estado abrevando al lado del marxismo en este aspecto, como en diversos otros. Es importante asimismo tener presente que los totalitarismos de nuestro siglo poseen raíces que van más lejos que el marxismo, las cuales se hunden en su común antiliberalismo. Con un enfoque suficientemente amplio, podemos comprender mejor el éxito del marxismo, como heredero de una tradición intelectual de profunda raigambre en Occidente: la tradición del cientificismo, del progresismo, del moldeamiento consciente de la organización social, y de la manipulación deliberada de la historia.