Modernización

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El término modernización se ha ganado un lugar prominente en el discurso nacional pero, ¿qué significa?

Es ésta una interrogante que no puede satisfacerse con una sencilla consulta al diccionario. La inquietud no es semántica, sino política. Lo que queremos saber, los muchos que así nos preguntamos, es qué proyectos de cambio genuino, merecedores de aquel nombre, porque capaces de sacarnos del atraso en que hace mucho caímos, están germinando en nuestra tierra.

Por ser, como decíamos, vastamente difundida esa curiosidad, contrajimos los curiosos una importante deuda de gratitud con ACDE, por haber concebido la idea de un foro de gran nivel sobre el tema, por haber obtenido el concurso de un conjunto de oradores de insuperable calidad y, principalmente, por haber conseguido que participara nada menos que el Presidente de la República.

Imagínese, a bordo de una nave, una serie de conferencias sobre el futuro curso del viaje. Imagínense los disertantes más elocuentes y mejor informados. E imagínese, por fin, que entre ellos se contase el capitán del barco. No es de dudar que fueran sus palabras las que concitasen máximo interés.

El Dr. Sanguinetti habló extensamente. Nosotros hemos seguido sus palabras con toda la detención que sus versiones ya publicadas permitían.

Nos enteramos, en primer lugar, de qué es lo que la palabra en el glosario personal y crucial del Presidente, no significa: importantísima definición. Sabemos por de pronto que modernizar no significa destruir lo que tenemos. Que no es con una demolición que la obra va a comenzar. Que ella implicará una reafirmación de nuestra afiliación a la civilización de Occidente, y de sus cimientos judeo-cristianos y helénicos.

No es la primera vez que el Presidente Sanguinetti nos dice estas cosas. No bien se puso la banda presidencial, habló de lo mismo. Subrayamos esta continuidad de su pensamiento, sobre asuntos que atañen de manera vital a la preservación de nuestras libertades, y al decoro de nuestras vidas.

Todo eso es al fin y al cabo mucho más que modernizar o no modernizar. Dicho esto, sin embargo, debemos volver a nuestro tema de hoy.

Sin duda la idea que el Presidente quiso transmitir se apoya fundamentalmente en su percepción del envejecimiento de nuestra sociedad. Dijo el Dr. Sanguinetti: "Sentimos que nuestra sociedad, como aparato de producción, como modo de organización, como sistema de relaciones, está envejecida".

Esto es más que una opinión. Es una vivencia. La palabra inicial y el tono lo atestiguan. Es una vivencia a partir de la cual el Dr. Sanguinetti tendrá que construir un concepto de modernización que sea operativo dentro de los límites cronológicos de su mandato. Por ahora, en nuestro entender, todavía no lo ha hecho. Si lo ha hecho, todavía no lo ha transmitido.

La percepción del envejecimiento de nuestra sociedad por parte del Presidente, que según creemos, en un plano profundo es una vivencia suya altamente valiosa, de la que mucho cabe esperar, en el plano meramente discursivo apareció vinculada, a nuestro modo de ver con desacierto, con un rezago en la recepción de nueva tecnología. A nosotros nos parece transparente que el rezago tecnológico es una consecuencia, no una causa, que el Presidente arriesga con su punto de vista confundir las causas de la esclerosis con los síntomas.

Y esto, mucho nos lo tememos, abarca todo el espectro de su exposición. En forma abrumadora, el Jefe de Estado uruguayo transmitió una idea de modernización en que eran los demás quienes debían cambiar. Los periodistas, que atiborramos al público con malas noticias que no quiere, y los empresarios, que no son suficientemente creativos, y los dirigentes sindicales, que andan en pos de objetivos espurios. Pero, ¿y el Estado? Supongamos que el Presidente tenga razón. Que los periodistas estemos descaminados; que los empresarios sean deficientes; que los dirigentes sindicales debieran revisar sus metas. ¿Cómo puede el Presidente cambiar todo eso? ¿Con la exhortación? Así parece que el Presidente concibe su tarea modernizadora. Pues no hay, para un gobernante, manera más ineficaz de actuar que la exhortación. Mientras tanto, está toda la estructura estatal bajo la cual el país gime; está la losa de la burocracia, que la economía no puede soportar; está el monopolio, como un pulpo gigantesco, asfixiando al país con sus innumerables tentáculos; está la seguridad social que es a la vez un fardo gigantesco y un gigantesco fraude. Y, sin tiempo de agotar ahora la lista, nos detenemos a inquirir: ¿No piensa el Dr. Sanguinetti que el verbo modernizar tenga que ver con estas cosas?

El Presidente se refirió con cierto detenimiento, altamente merecido, al tema de la educación. La educación se halla en el Uruguay en elevadísima proporción bajo el control del Estado. En el nivel superior, porque está muy cerca de ser un monopolio. En el nivel medio, porque las instituciones privadas se hallan constreñidas por una regulación oficial detallista y férrea. El Presidente expresó que el sistema educativo estaba fracasando en ser un agente de cambio. Pero en ningún momento dijo qué era lo que el Estado podría hacer ni lo que su gobierno se propone realizar, para que esa situación indeseable se corrija.

El Presidente se refirió de manera enfática a la cuestión tecnológica, lo que se conecta obviamente con el tema de la educación. Si hay algo evidente en este país es que la Universidad de la República no está en el negocio de la tecnología ni en el de proveer los recursos humanos necesarios para el desarrollo económico. La Universidad está dirigida, notoriamente, por gente que no creen en la posibilidad del desarrollo económico sin la previa transformación revolucionaria de las estructuras socioeconómicas del país. Está, por tanto, comprensible y coherentemente, en el negocio de acercar el día en que esa transformación revolucionaria, que no sería precisamente en el sentido de afirmar nuestra afiliación con la civilización de Occidente, pueda plasmarse. Pues, ¿qué hace el gobierno en esas circunstancias? ¿Se dirige a alguna institución privada a la que se ha permitido, dentro del rubro "Educación Superior", alojarse en una oscura buhardilla y a algunas otras instituciones que pudiesen estar en condiciones de golpear a la puerta de aquel edificio para encarecerles su asistencia? No que sepamos. La Ministra de Educación del Dr. Sanguinetti no ha lanzado, que sepamos, ningún S O S a las instituciones privadas en condiciones de ayudar a sobrellevar una situación de calamidad para que acudan a suplir al Estado en lo que hay que presumir que el Estado no quiere hacer y de hecho flagrantemente omite. ¿No habría valido la pena que el Dr. Sanguinetti dedicase una palabra a este asunto?

Si la modernización es cambio en la continuidad histórica, y si la continuidad histórica es la de la civilización a que pertenecemos, la del mundo occidental y no la de la parroquia oriental, el proceso tendrá que pasar por discernir, dentro de ésta, lo esencial de lo accesorio. Si se trata de reformar el edificio, no de demolerlo, hay que decidir cuáles son los tabiques que deberán reemplazarse.

Una modernización, sugerimos, tendría que ser, en el Uruguay, una occidentalización. Lo hemos dicho otras veces. Como la de Pedro el Grande en Rusia o la de Mustafá Kemal en Turquía. Pedro le hizo meter a los rusos la camisa por debajo del pantalón; Atatürk les hizo quitarse a los turcos el fez. Que Sanguinetti nos haga abandonar el expediente; que suprima la Semana de Turismo; que erradique los Entes Autónomos (aunque en su lugar ponga empresas públicas, verdaderas empresas, que los Entes Autónomos no son); que les quite los monopolios (que él mismo ha dicho que nos ahogan); que nos allegue las garantías de un proceso pronto y público; que someta la seguridad social a una profunda revisión; que abra de par en par las puertas de la educación a la espontaneidad, a la libertad, aun a la experimentación. Con ello transformará al país, y se transformará él mismo en un gran occidentalizador, en un gran modernizador.

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