Los ideales políticos

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En el marxismo todo se refiere a la economía. Más precisamente, a los modos de producción. Concordantemente, la revolución consiste en una reforma económica súbita.

La sustitución del modo de producción socialista en lugar del capitalista operará la transformación de todas las superestructuras culturales, la política entre otras. La dictadura del proletariado representa un expediente de emergencia, destinado a poner en práctica las reformas económicas. Del resto se encargará la dialéctica materialista. El estado se marchitará y terminará por desvanecerse. Concomitantemente, las corrientes profundas de la historia harán que la regla distributiva erigida por la dictadura revolucionaria —"a cada cual según su trabajo"— vaya derivando hacia la norma terminal —"a cada cual según sus necesidades"— completándose así el tránsito hacia la sociedad comunista.

El marxista no abriga, pues, ideales políticos autónomos. Para él todo se reduce a una idea central, resumible en la palabra revolución, de la cual irradiarán todos los valores parciales —verbigracia la igualdad económica y la libertad política— que sería ilusorio perseguir por sí mismos.

Otra cosa ocurre con las posiciones no marxistas. Con frecuencia se piensa que una estructura política deseable es una plataforma apta para el lanzamiento de proyectos económicos. Los ideales referidos a esta esfera se perciben a veces, desde ese punto de vista, como tributarios de lo que en aquélla pueda lograrse.

De modo más general, suele pensarse que hay independencia entre los ideales políticos y económicos. La libertad, por ejemplo, se tiene a menudo por un valor absoluto en política pero relativizable en economía. "Soy liberal en política" —proclaman innumerables uruguayos— "pero no en economía, en cuyos dominios pienso que la libertad debe subordinarse a otros valores, como la justicia y la solidaridad".

Esta serie de artículos, luego de haber comenzado por enfocar los ideales marxistas, e inquirir si es razonable sustentarlos, se encamina a preguntarse otro tanto acerca de los ideales políticos más frecuentes.

Para encarar esta temática voy a apartarme del enfoque que hace un instante atribuía carácter dominante, en cuanto a entender que el orden político y otros, el económico entre ellos, son recíprocamente independientes. Un ideal político se integrará, desde la óptica que me propongo utilizar, no sólo con una visión formal del estado paradigmático, sino también con los contenidos esenciales que se proponen volcar en su molde; es decir, la cuestión de la agenda del estado —que es lo que el estado debe, o puede legítimamente, hacer— no se separará de la cuestión constitucional en su sentido más estricto.

La higiene de tales ideales nos planteará cuestiones tales como las consecuencias de determinados menús de valores —v. gr. una base de democracia, sazonada con mucha igualdad, pero apenas con una pizca de libertad para decidir el individuo en la órbita económica— para la salud del cuerpo social.

Como es obvio, nos acechará el peligro que esta cuestión sobre menús se nos convierta en una ensalada semántica. El autor tendrá que poner cuidado en precisar el sentido con que emplea palabras tales como libertad, independencia, soberanía, democracia, justicia, igualdad, solidaridad, derecho, constitución, etc... Por más que las definiciones son libres para cada uno —de definitionibus non est disputandi, decían los escolásticos— la utilidad para el lector de estos artículos dependerá de que esas acepciones se entronquen convenientemente en el frondoso árbol de la teoría política occidental, que habrá de servirnos de permanente orientación.

Aparte del recurso a la obra de los grandes pensadores de nuestra civilización, nuestro método comportará un frecuente recurso a la historia. Hasta aquí nos hemos hecho cuestión acerca de cómo se veía la historia mirada con ojos marxistas, hegelianos, o comteanos, es decir, con miradas que se pretenden penetrantes al punto de haber aprehendido el sentido de la historia como un todo, y por tanto, de tener develado el misterio de su curso porvenir. Es una forma de trascender la comprensión de la historia como dominio de lo singular y único.

No es la forma que será utilizada aquí. No nos supondremos provistos de una luz tan incisiva como para abrirse paso hasta el secreto global de la historia, sino que, en cierto modo inversamente, recurriremos a la historia como una fuente de luz, capaz de iluminar el sentido de las instituciones y de otras modalidades de la realidad político-social con que habremos de trabajar. Será, tan bien como nosotros lo entendemos, el recurso a la razón histórica, de que Ortega nos habla como el logos apropiado a los asuntos humanos que consiste en que, puestos delante de una cuestión a dilucidar, el método de hacerlo no consiste en analizarla con referencia a los primeros principios, sino, sencillamente, en narrar una historia.

Recordemos, brevemente, el plan del camino recorrido hasta ahora en la presente serie. Primeramente nos propusimos el problema de determinar exactamente el credo esencial del marxista, y lo sometimos a análisis con referencia a los primeros principios. Ello implicó tratar al marxismo como una doctrina, más precisamente, como un ente de la misma clase que un teorema geométrico, respecto del cual lo que interesa es decidir si la razón abstracta, la razón matemática, le presta o no apoyo. Luego, sin embargo, nos planteamos una pregunta diferente sobre el marxismo. Inquirimos acerca del secreto de su éxito, siendo así que su pretensión de representar la verdad como teoría era tan claramente inconsistente. Ello implicó acordar al marxismo, en tal segunda instancia, la condición de un fragmento de la realidad social, y nuestro enfoque se volvió consiguientemente histórico. Rastreamos entonces la idea del progreso, y su transformación en una religión; y la idea, no menos religiosa, de que la ciencia estaba a punto de permitir al hombre zafar de su condición de creatura, y transformarse en el creador de su propio destino. Y nos extendimos sobre el impacto de la modernidad, con su puesta en cuestión de todos los principios sobre los cuales la cultura había brindado al hombre una visión coherente de su posición en el cosmos, y sobre la consiguiente pérdida para aquél del sentido de su existencia, y su necesidad de llenar de alguna manera el vacío emergente. Y atribuimos al marxismo la condición de una solución religiosa de aquel problema.

Los dos artículos sobre el concepto del hombre que siguieron tuvieron por fin llenar una omisión previa que había afectado el tratamiento de ambas cuestiones. En efecto, el optimismo antropológico es, como oportunamente señalamos, una premisa del marxismo como teoría. Nuestra justificación para postergar su consideración consistió en que la demostración de la inconsistencia del marxismo en tal aspecto la pudimos lograr aun concediendo esta premisa. Ella formaba asimismo una parte prominente del marxismo como expresión de una actitud vital, y su tratamiento en dichos dos artículos puede entenderse, en parte, como complemento de la explicación del notable florecimiento de la doctrina marxista como realidad social, al tiempo que como el eslabón que enlace la parte sobre marxismo de la presente serie, con la referente a los ideales políticos, en la que volveremos a presenciar al optimismo antropológico en un papel de gran envergadura.

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