No nos acostumbremos

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En el Uruguay, muy particularmente en la capital, se ha estado produciendo recientemente un grave deterioro de la calidad de la vida. Dos aspectos de ese proceso, que están entre los más graves, y sin duda son los más ostensibles, nos servirán como ejemplos. Nos referimos al verdadero colapso que han sufrido en Montevideo los servicios de recolección de residuos y de energía eléctrica, con el resultado de que la nuestra hoy en día debe ser la ciudad más sucia del mundo, y que los montevideanos hemos tenido que adaptarnos a una situación, en nuestros hogares y lugares de trabajo, en la cual la disponibilidad de energía eléctrica de tensión normal es un elemento contingente, del que puede haber o no haber, según las circunstancias, y del que frecuentemente no hay.

Nosotros no somos insensibles a lo mucho que nuestro medio tiene que ofrecer en materia de calidad de vida, a lo que numerosos factores, algunos de carácter absoluto, como ser la benignidad del clima y el estilo de convivencia, y otros de carácter relativo, perceptibles a la luz de lo que acontece en el mundo, como ser el bajo nivel del consumo de drogas y el alto nivel de seguridad personal. Pero mientras que antes solíamos sentirnos orgullosos de ser uruguayos, y montevideanos, por cosas de esa índole, y nos complaciamos en mostrar nuestro país y nuestra ciudad a quienes nos visitaban, hoy no podemos hacerlo sin profunda vergüenza.

¿Qué podrá pensar un viajero sobre el carácter y la sensibilidad de gentes que se avienen a vivir en medio de la suciedad indescriptible? A este articulista le resultó penosamente expresivo el caso que le narraron días atrás. "Tenemos en casa", tal fue la confidencia, "una chica norteamericana que está aquí por un programa de intercambio de estudiantes. Está muy contenta. Lo que no podemos lograr que entienda es lo de la basura".

Y noten que la capacidad de explicación de la familia de la anécdota no debe ser desdeñable, visto que los apagones y bajas de tensión no forman parte de lo que la joven visitante encuentra incomprensible. Y, sin embargo, también lo es. Y también esta falla nos cubre, o debe cubrirnos, de rubor. Porque de la energía eléctrica que usamos, o deberíamos poder usar, lo único que ponemos nosotros son los desniveles en algunas corrientes de agua. Todo lo demás lo importamos. Inclusive los manuales donde se especifica en detalle qué es lo que hay que hacer para que el sistema funcione. Y es como un prodigio de ineficiencia que no consigamos que lo haga con algo parecido a la normalidad.

Una y otra cosa —recordemos que son ejemplo de todo lo mucho más que no funciona— ¿cómo son posibles? En lo relativo a los residuos, parece evidente que la Intendencia no controla a su personal. Todo servicio supone una organización que lo ejecuta, y la organización implica un orden, que se integra con un conjunto de agentes y un sistema de normas, que imponen determinados deberes a determinados agentes, y atribuyen a algunos la capacidad de dirigir la actividad de otros. Parece evidente, como decíamos, que en el gobierno de la capital, ese orden se ha desintegrado; lo que a su vez ha destruido la organización; lo que a su vez ha interrumpido el servicio. En otras palabras, se ha repetido el síndrome de Amdet, aquel curioso caso del servicio de transporte colectivo municipal, en que prácticamente se llegó a la situación en que la única parte que funcionaba de la organización era el taller mecánico.

Con respecto al servicio de energía eléctrica, la cosa es más compleja. Debe tratarse básicamente de lo mismo, pero en una escala mayor, lo que dificulta la percepción desde el exterior de la organización. Esto no significa que este editorialista se haya abstenido de investigar. En el lapso de una semana en que, recientemente, en su casa prácticamente no hubo servicio, él y su familia realizaron ingentes e inútiles esfuerzos por penetrar el secreto, a través de incontables llamadas telefónicas, y sólo lograron tener una idea bastante más acabada que antes de qué cosa puede significar la palabra caos. En esa semana, además, vieron a cuadrillas llegar, estar in situ cierto tiempo, y retirarse sin hacer nada. A otras les vieron abrir pozos y taparlos sin realizar ninguna operación, en una representación tal vez inédita de la famosa recomendación de Keynes para combatir el paro forzoso. A comerciantes del barrio les vieron y oyeron en su desesperada e inútil tentativa de lograr interesar a alguien en que hiciera algo útil. ¿La conclusión? Por los métodos normales, no hay solución posible.

Queremos que una cosa quedara muy clara: este editorial no está dirigido a la Intendencia ni al Directorio de UTE, para instarles a realizar un esfuerzo especial, a fin de resolver los problemas. Nosotros no creemos que ellos puedan darle solución. Pensamos aun que no es apropiado siquiera hablar de problemas al respecto, porque un problema es una pregunta que por hipótesis tiene respuesta, y para las autoridades competentes, en los casos planteados, parece no haberlas en absoluto.

Este artículo va dirigido en cambio a otros dos destinatarios.

En primer lugar, al gobierno. Porque el gobierno, mientras lo haya, tiene que representar una voluntad frente a la cual el caos no pueda prevalecer. La Constitución prevé la existencia de gobiernos departamentales y de entes autónomos, que representan órbitas de autoridad externas a la del gobierno nacional. Pero la Constitución presupone a su vez un orden subyacente al complejo de autoridades que ella estructura, sin el cual ellas no pueden funcionar, y se desprende de la esencia del estado que quien debe ocuparse de mantener ese orden sea el gobierno del país, el Poder Ejecutivo nacional.

Frente al Poder Ejecutivo, lo que queremos hacer es protestar. Registrar nuestra protesta más vehemente. Gritar que la situación es intolerable. No nos atrevemos a exhortarlo, porque sería presuntuoso presumir que nos están escuchando. Por alguna razón las demás voces que podrían hacerse oír en la materia por ahora han optado por el silencio, y no podemos suponer que la nuestra por sí sola llegará tan alto.

Por eso, protestamos. Gritamos. La protesta y el grito también buscan ser oídos, pero no sólo buscan eso. Además, quieren deslindar responsabilidades, y sobre todo preservar la propia dignidad; porque hay momentos —que dependen del sentir de cada uno— cuando silencio y dignidad, son recíprocamente incompatibles.

Dirigimos nuestra protesta a un gobierno democráticamente elegido, y por ello doblemente obligado a preservar lo que él mismo ha llamado servicios esenciales. Por eso también nosotros protestamos doblemente, porque se trata de rescatar la calidad de la vida a través de la restauración de los servicios esenciales, pero más aún se trata de preservar la calidad de vida en el plano fundamental de la libertad bajo el derecho. La posibilidad de un arbitraje entre la libertad bajo el derecho por un lado, contra el decaimiento de los servicios esenciales para el decoro de la vida por el otro, la rechazamos terminantemente: la sabemos falsa, inestable.

Y a la comunidad en que estamos insertos, queremos decirle que su pasividad nos parece deplorable. Que un país libre tiene que ser un país capaz de dar expresión a sus agravios frente a las autoridades. Que el Uruguay fatalista, descreído, entregado, que parece ser el suyo no es el nuestro.

A ellos sí les exhortamos. No tenemos más remedio que presumir que nos están escuchando. De otro modo, nuestra protesta sería voz que clama en el desierto, y para tanto la fe no nos da.

Por tanto, sí exhortación. A sumarse a la protesta, a buscar para ella canales que deben estar disponibles, porque en otras comunidades se utilizan. Escribiendo cartas. Mandando telegramas. Llegando hasta los legisladores conocidos. Organizándose. Manifestando. Portando pancartas. Haciendo lo necesario para demostrar que estamos vivos y que nos rebelamos contra el desquiciamiento de nuestras vidas. Que no nos acostumbramos. Sobre todo eso: que la solución no sea la del acostumbramiento, la de la adaptación: la solución infalible pero indeseable de la muerte.

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