"Toda revolución es... una calamidad. No ha habido jamás revoluciones bellas, armoniosas y felices. Además todas las revoluciones han sido fallidas. Nunca ha habido una revolución que haya salido bien (1)".
El pensamiento es de Berdiaeff, que contribuyó a hacer la revolución rusa, y la vio nacer, y mantuvo con ella una comunión de años, hasta que se volvió crítico, y fue expulsado de la URSS en 1922. Su punto de vista, que creo correcto, no es usual. Sigue siendo más frecuente, al menos entre nuestros intelectuales, una actitud como la de Benedetti, que recordábamos un par de artículos atrás:
"la revolución sigue siendo para nosotros la única posibilidad que tiene el ser humano de recuperar su dignidad y realizarse a sí mismo. (2)" La revolución —así, en singular— es un objeto imbuido de una singularísima dignidad. Del cual se puede afirmar, como hace aquel autor, en el mismo artículo, que no puede mentir, que es incapaz de calumniar, por su misma superioridad ética. ¿De quién nos atreveríamos a decir otro tanto? Los cristianos, si fuéramos prudentes, no lo aseveraríamos de nadie engendrado por padre mortal.
Y si la revolución mata, siempre según Benedetti, es que ajusticia. Nunca asesina, nunca tortura. La divinización del ente revolucionario es evidente. Otro escritor uruguayo, Martínez Moreno, rematando una exculpación ya citada antes aquí de la revolución cubana por los fusilamientos de la primera época, inquiere:
"¿Qué era el destino de un hombre, qué podía significar el destino de quinientos hombres... si lo que se echaba a andar era una revolución, y en el vientre de una revolución crece, más allá de la muerte, una semilla de felicidad? ¿Quién sale hoy a la calle a reprocharle sus pescuezos a la Revolución Francesa, quién llora sus muertos de papel? (3)".
Pues creo que Martínez Moreno se equivocaba. Los muertos de la revolución francesa no eran de papel. Eran de carne y hueso, y de sus cuellos segados por millares manaba sangre roja y humeante. A veces lanzaban gritos de terror y pedían clemencia, otros morían valerosamente. Pero ni su miedo ni su heroísmo eran de papel. Es una deficiencia óptica nuestra, al mirar a la distancia, la que nos hace aparecer a las víctimas exangües y sin espesor humano. Los 600 niños, hijos de campesinos bretones insurrectos —contras, como ahora se diría— a quienes Carrier hizo fusilar colectivamente, y rematar a garrotazos, no eran de papel. Ni tampoco los miles de seres humanos de todas las edades que el mismo Carrier hizo ahogar en el Loire, llenando con ellos barcaza tras barcaza, y hundiéndolas luego en medio del río (4). En cambio sí creo que fuera de papel, es decir, ilusoria, mítica, falsa, la felicidad que según Martínez Moreno la revolución lleva en sus entrañas, y debe nutrir con una dieta de sangre y lágrimas. Por lo menos, que yo sepa, hasta ahora la revolución nunca parió una criatura sana, normal, feliz. Como le oíamos decir a Berdiaeff hace un instante.
Por qué fracasan
La predisposición habitual por las revoluciones suele combinarse con un decidido voluntarismo, para el cual los dirigentes de la revolución pueden moldearla a placer. Cuando los hechos difieren de los ideales, los críticos protestan, denuncian a los líderes, y enseguida vuelven a abrirles otro crédito, presuponiendo siempre que todo iría bien si aquéllos fueran fieles a sus promesas y al espíritu de la revolución.
El 5 de mayo de 1971 Mario Vargas Llosa escribe una protesta por haber forzado el gobierno cubano la retractación del poeta Heberto Padilla y otros intelectuales. Allí leemos:
"Cómo han cambiado los tiempos: recuerdo muy bien esa noche que pasamos con (Fidel Castro) hace cuatro años y en la que admitió de buena gana las observaciones y críticas que le hicimos un grupo de esos 'intelectuales extranjeros' a los que ahora llama 'canallas'.
"...Obligar a unos compañeros, con métodos que repugnan a la dignidad humana, a acusarse de traiciones imaginarias, y a firmar cartas donde hasta la sintaxis parece policial, es la negación de lo que me hizo abrazar desde el primer día la causa de la revolución cubana: su decisión de luchar por la justicia sin perder el respeto a los individuos. No es éste el socialismo que quiero para mi país (5)".
Lo que queda claramente implicado que sí existe un socialismo conforme a sus deseos, y a los deseos de otros hombres análogamente idealistas, que no es el soviético, que no es el chino, que no es el vietnamita, que no es el kampucheano, que resulta tampoco ser el cubano, y que podría ponerse en práctica apenas hubiera algún líder suficientemente puro, o suficientemente lúcido, como para llevarlo a la práctica.
La tesis alternativa consiste en reconocer que existen restricciones sólidas que operan sobre la voluntad de los revolucionarios. Max Weber propuso una hipótesis para explicar por qué las revoluciones se apartan invariablemente del camino trazado, por qué, al decir de Berdiaeff, no hay ninguna que haya salido bien. En una conferencia titulada La política como vocación, que dictó en 1919, cuando la revolución bolchevique estaba recién comenzando a tomar forma, habló así:
"Quienquiera se propone instaurar la justicia social en la tierra por la fuerza tiene necesidad de partidarios, es decir, de un aparato humano. Pues bien, este aparato sólo funciona si se le dejan entrever las recompensas psicológicas o materiales indispensables, ya fueren celestes o terrestres. En primer término las recompensas psicológicas: en las condiciones modernas de la lucha de clases, son la satisfacción de sus odios, de sus venganzas, sobre todo de su resentimiento, y de su inclinación pseudoética por tener razón a todo precio: por consiguiente su necesidad de difamar al adversario y acusarle de herejía. Luego las recompensas materiales: aventura, victoria, botín, poder y prebendas. El éxito del jefe depende enteramente del funcionamiento de su aparato. Es la razón por la cual depende igualmente de los motivos que animan a los partidarios y no los que lo animan a él personalmente. Su futuro depende pues de la posibilidad de procurar, en forma duradera, todas esas recompensas a los partidarios de los cuales no puede prescindir... No es pues enteramente dueño de los resultados de su actividad, debe acomodar él mismo a las exigencias de sus partidarios, exigencias que la moral puede juzgar bajas. Los mantiene a raya mientras una fe sincera en su persona y su causa anima a una fracción al menos de sus partidarios, pues nunca se ha visto en el mundo que sentimientos idénticos inspiren a la mayoría de un grupo humano. En primer término esas convicciones, aun cuando ellas son subjetivamente más sinceras, no sirven la mayor parte de las veces más que para calificar moralmente los deseos de venganza, de poder, de botín y de prebendas. Al respecto no dejaremos que nos vengan con cuentos, pues la interpretación materialista de la historia tampoco es un coche de alquiler que uno puede tomar cuando quiere, y que se detiene sólo ante los promotores de la revolución. Pero no hay que olvidar sobre todo que a la revolución llena de entusiasmo sucederá siempre la rutina cotidiana de una tradición y que en ese momento el héroe de la fe abdicará y que sobre todo la fe misma se resignará, o aun se convertirá —y de será su destino más cruel— en un elemento de la fraseología convencional de los pedantes y técnicos de la política... En toda actividad que reclame un aparato movido por la devoción al jefe, el empobrecimiento y la mecanización, o aun la proletarización espiritual, en aras de la 'disciplina', constituyen una de las condiciones del éxito. Es por lo cual los partidarios victoriosos de un jefe que lucha por sus convicciones degeneran por lo común muy rápidamente en una masa de vulgares cortesanos. (6)".
Las dificultades económicas
La teoría de Weber luce certera, pero seguramente sólo es parcial. Hay dos problemas que Weber no menciona, que siempre han sido insolubles para los revolucionarios, y en tal carácter han representado obstáculos insuperables en la dirección de sus metas. El Che Guevara aludía a ambos al escribir:
"El comunismo es una meta de la humanidad que se alcanza conscientemente; luego, la educación, la liquidación de la taras de la sociedad antigua en la conciencia de las gentes, es un factor de suma importancia, sin olvidar, claro está, que sin avances paralelos de la producción no se puede llegar nunca a tal sociedad".
En dos palabras: el problema económico, y el problema antropológico. La revolución siempre se ha estrellado contra ambos.
La revolución francesa nunca resolvió el problema económico. Por ello debió transcurrir en un ambiente de escasez, de carestía, y de descontento popular. En ocasiones el descontento popular sirvió a los fines revolucionarios, como el 5 de octubre de 1789, cuando el precio del pan pretextó una manifestación de mujeres en dirección a Versailles, que culminaría con el transporte de la familia real y su instalación en París. Pero en último término las penurias económicas tuvieron que mezclarse con el hartazgo de sangre para provocar la llamada reacción termidoriana, en 1794.
El problema económico que la revolución francesa no supo resolver consistió en cómo compatibilizar lo que estaba ocurriendo sobre el escenario político con la acción que debía desarrollarse en el campo de la producción que, por supuesto, sustancialmente no era más que la operación de un sistema de propiedad privada y libre empresa, impulsado por la inversión y, como todo sistema de esa clase, estrechamente dependiente del medio ambiente en lo que concierne a la seguridad jurídica y a la previsibilidad de la política económica.
La revolución poseía su propia dinámica interna. Las revoluciones anglosajonas, conservadoras, se habían agotado en unos pocos actos. Ante la perturbación externa —el shock externo familiar a los economistas— el sistema había procedido a registrar una discontinuidad, una respuesta revolucionaria; pero la nueva posición representaba un nuevo equilibrio. A partir de allí el curso de la historia continuaba obedeciendo a la gran ley del cambio, de que hablaba Burke, pero recuperando su ritmo normal. No la revolución francesa. Esta haría decir a Mirabeau que el problema del que se mete a dirigir no es el de ponerla a andar sino el de sofrenarla (8). Era una dinámica interna, que podía reconocer sus raíces en el temperamento latino, pero que también es inteligible en el plano racional. Los anglosajones habían partido de una estructura jurídica, cuya violación les había movido a rebelarse, y por lo tanto de un conjunto de valores heredados e intangibles. Los franceses habían querido partir de cero en todo, demoler el viejo edificio hasta el ras del terreno, y nivelar éste encima. No había entonces punto de apoyo alguno para intentar recomponer equilibrio. Hasta que los sueños más radicales se cumpliesen, la revolución debía avanzar. Los fuldenses dejaron paso a los girondinos, éstos a los montañeses, y como constante, la presión de las masas parisinas, agitada por los Marat, por los Hébert. El avance en realidad se dirigía a un precipicio.
Mientras tanto, había que hacer negocios y levantar cosechas, producir y transportar, prestar y devolver préstamos, construir y reparar, prever el futuro y medir riesgos. Del lado del poder, las señales fueron cada vez más inquietantes. A medida que la moneda de papel se envilecía, los agitadores reclamaban que se responsabilizase a los comerciantes y a los agricultores por la carestía. A medida que la producción se deterioraba, y los bienes esenciales desaparecían del mercado, las diatribas contra los ricos avaros arreciaban en los foros revolucionarios. Innumerables cabezas de empresarios fueron guillotinadas. No es sorprendente que la inversión se detuviera, agravando las dificultades que provenían de la guerra, con el bloqueo que ella había implicado para Francia, de la guerra civil en algunas provincias, y del mismo control de los precios.
El gobierno revolucionario reaccionaba a su vez acentuando los controles y la intervención. Algunas medidas claramente colectivistas fueron adoptadas. Expresa Georges Lefebvre:
"...Por la requisición y la regulación de los precios el Comité (de Salut Publique, que lideraba Robespierre) asumió... la dirección de la economía nacional... Bosques, minas y canteras, fundiciones y forjas, curtidurías y fábricas de papel, lo mismo que la manufactura de tejidos que el taller del zapatero... (fueron) puestos al servicio de la nación... Una gran parte de la economía se vio nacionalizada. En realidad, es más exacto decir dirigida. El Comité creó fábricas nuevas para la manufactura de armas y pertrechos, pero en la gran mayoría de los casos se contentó con someter a sus órdenes a las empresas existentes... (9)".
Finalmente, Saint-Just hizo decretar que las propiedades de los sospechosos fueran distribuidas "entre los patriotas indigentes" (10). Unas cien mil personas atestaban las cárceles. La ley de sospechosos permitía condenar, según la expresión de Maurois, a quienquiera disgustaba o molestaba (11). En adelante la propiedad, uno de los sagrados derechos del hombre, según la declaración de 1789, ratificada en 1793, se convirtió para cada individuo en una espada de Damocles. ¿Cómo podría funcionar la economía en tales circunstancias?
El fracaso de la economía revolucionaria en Francia es hijo de la inconsecuencia de los gobernantes, que presumieron que un sistema productivo basado primordialmente en la propiedad privada, es decir, en la inversión, podría funcionar en medio de un caos de medidas dirigistas y de una total inseguridad jurídica. El fracaso soviético, y el chino, y el de sus áreas de influencia, adyacentes y ultramarinas, es, al contrario, fruto de la coherencia. El experimento soviético cuenta ya siete décadas y ha probado de manera concluyente que no sirve.
En Europa, según los resultados electorales de la parte meridional, que en cierto tiempo pareció predestinada a un destino bolchevique, la percepción de este fracaso parece haberse generalizado. No es el caso de América Latina, ni de Africa, ni de algunos lugares del mundo subdesarrollado. No es el caso de Uruguay, donde el Partido Socialista se aferra a su viejo marxismo-leninismo, donde en general dentro de la izquierda socialismo quiere decir aún colectivismo, y el mito de Cuba sigue intocable, aun entre los que miran con reservas a la URSS.
Lo extraño de esta fe tenaz en el colectivismo es la base tan estrecha y precaria en que él se asienta. Hace un momento recordábamos las palabras de Vargas Llosa: No es éste el socialismo que quiero para mi país. Incontables otros intelectuales latinoamericanos creen asimismo que existe un socialismo que sería grato a su corazón y a su intelecto, que está en algún lugar del platónico mundo de las ideas, esperando a que un héroe santo y sabio logre encaminarlo en la Tierra. Pero no tienen absolutamente nada concreto en qué basar su esperanza. No tienen ya la realidad marxista, que ha dejado de hacerles ilusión, y no tienen ninguna teoría que explique por qué la planificación centralizada bajo tales y cuales condiciones deba superar las realizaciones del capitalismo de la manera tajante, cualitativa, en que es preciso creer para hablar con entusiasmo de revolución. Porque, sencillamente, esa teoría nadie siquiera la ha intentado.
En el campo sino-soviético, como decíamos, el fracaso y la coherencia han andado juntos. Los éxitos, al contrario, en la medida que puedan serles computados, son resultado de la negación de esa coherencia. En Europa oriental, la economía húngara parece la más próspera. Es además, sin duda, la más heterodoxa desde un punto de vista colectivista. Y la China actual, que invita a Milton Friedman, que se ha cubierto de zonas libres donde recibe al capital extranjero para empresas de inspiración claramente privatista, y cuyos dirigentes hablan un lenguaje que recordó a un reciente visitante uruguayo los editoriales de Búsqueda, puede exhibir, tal vez a raíz del ínfimo nivel en que su economía se había sumido luego de las locuras maoístas —"un gran salto adelante" y "revolución cultural"— importantes avances.
No estoy sugiriendo que las economías colectivizadas tengan un camino expedito de regreso hacia las economías de mercado. Ese es otro tema, que deberá quedar para otra ocasión.
NOTAS
(1) Nicolai Berdiaeff, Una nueva edad media, p. 137.
(2) "La prioridad del escritor", en Cuadernos de Marcha, Nº 49, mayo de 1971.
(3) El paredón, p.p. 243-4.
(4) Stanley Loomis, Paris in the Terror, p. 279.
(5) Cuadernos de Marcha, Nº 49, p. 19. Énfasis agregado.
(6) En Max Weber, Le Savant et le politique, p. 179-80. Énfasis agregado.
(7) "El sistema presupuestario de financiamiento" en Escritos económicos, p. 42.
(8) André Maurois, Histoire de la France, t. 2, p. 21.
(9) La Revolución Francesa y el Imperio, p. 121.
(10) G. Lefebvre, ibid.
(11) Op. cit. t. 2, p. 58.