La polémica que no fue

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Como no podía ser de otra manera, Búsqueda se complace siempre en acoger las contribuciones de un corresponsal tan prestigioso, y de tan alta jerarquía moral, como el P. Pérez Aguirre, cuya última carta apareció en el número pasado. Los lectores de esta serie de artículos también deben haber leído las contribuciones del P. Pérez Aguirre con interés y reconocimiento. Después de todo quien ha estado leyendo semana tras semana sobre la teología de la liberación, y leyéndolo de un contradictor de esa escuela, no puede menos que haberse felicitado de haber tenido a la vista a un teólogo de la liberación de carne y hueso, y haber podido contrastar lo que había leído con lo que él expresa. Es un señalado servicio que Búsqueda ha prestado a sus lectores: una ilustración en vivo y en directo, de gran nivel y máxima pertinencia. Ojalá hubiéramos podido tener también un marxista en nuestras páginas, luego de haber transitado esta serie con tanto detenimiento y con inequívoco sentido crítico, por la doctrina marxista. Ojalá que mis artículos hubieran podido ilustrarse, y contrastarse, con el pensamiento vivo, tal como se plasma aquí y ahora, de un marxista. Pero nunca se dio. Un teólogo de la liberación sí, a él le podemos oír. Y por ello le estamos al P. Pérez Aguirre, sumamente agradecidos.

Dicho esto, séame permitido —con el debido respeto y sin ninguna mengua del aprecio que el corresponsal me inspira— dar testimonio de la frustración que siento al haber estado tan cerca de una polémica y no haber conseguido que ella cuajara. En parte, porque la polémica me interesaba vivamente. En parte —y espero que fundamentalmente— porque los lectores podrían haberse formado una posición mucho más cabal, si hubieran podido oír todo lo que el P. Pérez Aguirre optó por callar, acerca de mi tesis central sobre la teología de la liberación.

Mi tesis sobre la TDL

Mi crítica principal a la TDL es de carácter epistemológico. Lo que, traducido del griego al buen romance, significa que cuestiono el fundamento científico de sus proposiciones acerca de la realidad social y de la forma válida de transformarla.

No cuestiono su sinceridad. No cuestiono la autenticidad del amor que los pobres inspiran a los teólogos de esta escuela. Máxime ahora que percibo a la TDL con el semblante del P. Pérez Aguirre. De él la sinceridad me consta, y la autenticidad de su amor por los desvalidos, igualmente. Cuestiono la forma en que, de manera principal, los liberacionistas quieren mejorar la condición de quienes sinceramente aman. Eso que ellos expresan cuando hablan de "liberar a los oprimidos". Creo que el método que proponen, particularmente a los cristianos, que es el de producir un cambio revolucionario en la sociedad, sí es posible pacíficamente, —admito que sólo renuentemente se avienen los teólogos liberacionistas a aceptar la violencia, sólo por recalcitrancia del adversario— un cambio revolucionario que comporte la supresión de la propiedad privada, el socialismo, el colectivismo, es un método falso. Es un camino que no conduce a donde ellos sinceramente quieren ir. Antes que se crea, no nos ofrecen, los autores de la TDL, razones válidas para que racionalmente nos avengamos a seguirles.

En su última carta el P. Pérez Aguirre nos dice que él ausculta el dolor de los pobres, que amorosamente recoge sus ayes, que vibra con ellos. Le creo. Pero le pregunto:

¿Es de esa vibración que él extrae sus conclusiones sobre el FMI? ¿Es de allí mismo que extrae su certidumbre sobre el origen de la pobreza en el mundo? ¿Es por palpar el hambre, y de padecer físicamente con ellos, que el P. Pérez Aguirre sabe que es la riqueza de los ricos la que causa la pobreza de los pobres? ¿Es por una iluminación de su conciencia, alcanzada a través de la entrega de sí mismo y la oración, que él descubre en la intimidad de las corrientes comerciales y en el seno de los flujos financieros las transferencias de recursos con que se priva de lo esencial a los menesterosos para el regodeo de los privilegiados? Si es así, yo creo que su método es inválido. Y que, siéndolo, y promoviendo por tanto el error, los seguidores de la TDL están obrando en contra de los intereses de quienes, con sinceridad pero sin lucidez, tratan de ayudar.

Don Quijote trató de ayudar cierta vez a un mozo llamado Andrés. ¿Hay alguien que dude de la sinceridad del esforzado caballero, en esa empresa como en todas las otras que con parejo idealismo acometió? Sin embargo, con Andresico sólo consiguió que su amo le moliera a palos. Al punto de que el joven, cuando de nuevo se cruzó con Don Quijote, le imploró que si alguna vez volvía a verle en apuros, sólo apuiese su camino, como si nada hubiera visto.

¿Cómo hemos de juzgar, éticamente, a Don Quijote? Hay dos maneras de hacerlo, dos éticas distintas que pueden aplicarse para formular sobre su conducta, al intentar ayudar a Andresico, pero de hecho logrando sólo empeorar su condición un juicio de valor. Max Weber las llamó ética de convicción y ética de responsabilidad (1). Según la primera, que bien podría llamarse también ética de sinceridad, el agente se justifica si actúa conforme a su conciencia. "Obré" —argüiría Don Quijote, —si por cortesía se aviniese a cumplir un menester como el de argüir, más propio de bachilleres que de Caballeros andantes—"obré", diría, "según mandan las reglas de la caballería; oí el ay lastimero del mozalbete y, lanza en ristre, me precipité en su ayuda. Lo que le haya sucedido más tarde no es de mi incumbencia". "Señor Don Quijote", le replicaríamos nosotros, desde el punto de vista de la ética de la responsabilidad, "¿fue acaso prudente dejar a Andresico con su amo, después de haber disciplinado a éste por causa de aquél? ¿No debía usted haber supuesto que el bruto del amo iba a desquitarse con el chico apenas usted le diera la espalda? ¿No habría sido preferible, y ciertamente prudente, que se abstuviera usted de intervenir en la corrección de Andresico por su amo? Por injusta y brutal que ésta fuese, si al fin y al cabo su intervención iba, de hecho, sólo a agravar la injusticia y la brutalidad?".

Es lástima que los caballeros andantes nunca hayan entendido mucho de prudencia. Es la prudencia una gran virtud, por más que ellos la tengan en menos: un gran auxiliar de la caridad, por más que la TDL pretenda pasar del quejido del oprimido al soi-disant movimiento de liberación, saltándose a la torera toda la teoría que, quieras que no, se interpone entre la acción, surgida del lamento del sufriente como la chispa del choque de dos metales, y los resultados de la acción. La prudencia indica que el lugar de la teoría —la hora de la lucidez— está entre la percepción del mal y la acción para corregirlo. No como terminó poniéndola Berdiayeff —un cristiano que participó en la revolución bolchevique— después de la acción. En cierto sentido harto relevante, demasiado tarde. Por más que la tardía hora de honesta lucidez de Berdiayeff siga valiendo, y valiendo mucho, más que nada como el testimonio de un liberacionista de antaño, que no sé cómo los liberacionistas de hogaño osan ignorar.

Los silencios del P. Pérez Aguirre

Mi tesis acerca de la TDL, que acabo de exponer, ¿cómo se relaciona con la posición de mi corresponsal?

A mi modo de ver hay sólo dos posibilidades. Se trata de averiguar cómo los partidarios de la TDL saben, o creen saber, que el socialismo es bueno, el capitalismo y el FMI son malos, los ricos son ricos porque los pobres son pobres, etc. Una posibilidad es que incorporen al marxismo en bloque como parte de su doctrina. Por lo menos toda la parte económica. El marxismo contiene una crítica sumamente detallada del capitalismo, que explica por qué es un sistema inestable, que debe necesariamente ser sustituido por el socialismo. Si uno adopta el marxismo, automáticamente ostenta un título habilitante para decirse socialista.

Según diversos textos autorizados de la TDL, ésta precisamente habría adoptado el marxismo en tanto que "análisis científico". Así lo perciben al menos el Cardenal Ratzinger y su Instrucción (1984). El P. Pérez Aguirre, en cambio, se ha esforzado en disociar de Marx a la TDL. "Lo que quiero dejar sentado" enfatizaba hace una semana, "es que la TDL no nace porque Marx haya escrito lo que escribió hace un siglo, ni tiene por fin justificar a Marx en términos cristianos...". Pues entonces, si no es vía Marx, ¿cómo averiguan los liberacionistas lo que afirman sobre economía y sociedad? La única otra posibilidad es la intuición: la aprehensión directa, no discursiva, de proposiciones de índole económica y sociológica, posibilitada por la iluminación de la conciencia a que me refería más arriba, y que en artículos anteriores llamé ascésis política. Si usted se va a vivir con los marginados, y comparte sus angustias, y se inserta en su lucha, alcanza esa clase de intuiciones.

Yo encuentro misteriosa esa forma no discursiva de conocer acerca de economía y sociedad. Cuando leyendo, digamos, a Leonardo Boff, encuentro aludida esa forma esotérica de conocimiento científico-social, me lleno de curiosidad. Cuando la encuentro en Pérez Aguirre, como tengo el privilegio de conocerle, y él me hace la distinción de dialogar conmigo, mi curiosidad encuentra una válvula de escape. Lo que quiero saber —con una curiosidad muy viva, y creo que muy justificada— sencillamente se lo pregunto.

Y me quedo expectante, especulando sobre cómo podrá ser, cuando llegue, su respuesta; ilusionado con que la polémica pueda entonces establecerse, como la corriente entre los polos de un tubo de neón, e iluminarnos a todos los que sinceramente queremos averiguar qué cosa sea en esencia la TDL.

Hasta ahora, mi expectativa en tal sentido ha resultado siempre vana. Cuando se llega a ese grado de concreción, el P. Pérez Aguirre se calla. Creo que pierde interés, y encuentra tediosa mi insistencia en el detalle de su doctrina. Sin embargo, el detalle es fundamental.

Por eso, porque el detalle concreto es tan importante, concebí grandes esperanzas cuando, inesperadamente, en la carta del P. Pérez Aguirre publicada el 20 de noviembre, me encontré con una alusión al FMI. Es difícil conocer intuitivamente, no discursivamente, a una institución concreta, que posee su carta constitutiva, que tiene una trayectoria, que tiene un equipo de economistas de gran nivel técnico, que publica una corriente caudalosa de literatura científica. Cuando vi que el P. Pérez Aguirre había escrito que el FMI era comparable a un tigre, en un contexto en que los pueblos de América latina desempeñaban el papel de ovejas, pensé que ya no tendría retirada. Y le conminé, con toda la vehemencia que supe, a que nos dijera por qué veía al FMI bajo el aspecto de una fiera depredadora, o que hiciera que otros de su misma convicción nos participaran de ello.

Pues, sin embargo, ni una palabra. El FMI desapareció por completo del discurso de mi corresponsal. Quedó el tigre, sí, pero el FMI se hizo humo. El P. Pérez Aguirre se refiere ahora al hecho de los tigres y las ovejas. Los hechos suelen conocerse intuitivamente. Una vez más, la alusión es a un conocimiento directo, no discursivo, en que la conciencia se apodera de su objeto como el tigre de su presa. Pero la hora de las alusiones había pasado. Al P. Pérez Aguirre no le quedaba más alternativa que hablar, o callar y retirarse. Desgraciadamente eligió la segunda alternativa.

Lo singular de la situación, lo rigurosamente inexplicable, es que el P. Pérez Aguirre, que debe ser una persona tan ocupada, por lo que descender al detalle de los diálogos en que participa (por más que por su libérrima decisión) le resulta tan difícil, encuentra tiempo para comentar que tal vez habría sido mejor hablar de lobos, en vez de tigres, lo que habría prestado a su metáfora mayor pertinencia escritural. Pero, ¡Santo Cielo! ¿es realmente posible, es siquiera imaginable, que el P. Pérez Aguirre haya encontrado oportuno entretener a un público de adultos con el tema de cuál era la bestia feroz más apta para representar al FMI, y al mismo tiempo se abstuviera de pronunciar una sola palabra acerca de por qué uno u otro símil resultaría apropiado?

Algo que en nada sustancial se distingue del caso del FMI es lo que ha acontecido a propósito del tema de la pobreza en el Tercer Mundo y su vinculación con la riqueza de los países industrializados. Aquí el que planteó el tema en la presente ocasión fui yo. En su última carta mi corresponsal escribe:

"Me quedaría por contestar nada menos que cuál es la causa de que existan pobres (o ricos). ¡Vaya preguntita! Quizás para algunos sea un tanto académica, pero ella subyace en planteo de fondo. Ya lo hemos discutido antes, en aquella polémica que sostuvimos sobre 'moral y economía' y no voy a reiterar aquí las posiciones opuestas que ambos manifestamos en la ocasión...".

Pues a mí me resulta embarazoso contradecir de manera frontal al P. Pérez Aguirre, pero mis deberes frente a los lectores de Búsqueda no me dejan alternativa. No es exacto que el mismo corresponsal y yo hayamos discutido aquel tema anteriormente. Ni tampoco que uno y otro hayamos manifestado posiciones opuestas. Los hechos —está por aparecer un pequeño volumen recogiendo el material de Moral y economía, donde los lectores podrán verificar en detalle lo que ahora primariamente expreso— fueron los siguientes:

  • Afirmación del P. Pérez Aguirre de que el hambre de centenares de millones es causado por la riqueza de los poderosos del mundo.
  • Respuesta mía, que aspiraba a ser una demostración de la falsedad de esa relación causal, porque todos los vehículos posibles, comerciales y financieros, por los cuales los países ricos podían extraer recursos de los pobres, nunca podrían explicar ninguna fracción significativa de la enorme brecha entre los niveles de ingreso.
  • Silencio absoluto —igual que ahora con el FMI— de parte de mi corresponsal.

En tales condiciones la polémica no puede existir. Puede existir la ilustración, brindada a los lectores de Búsqueda gracias a la deferencia del P. Pérez Aguirre, sobre cómo piensa y escribe un teólogo de la liberación. Lo que es muy interesante. Pero la polémica sensu stricto, un debate franco y ordenado, dirigido a desplegar delante del lector los argumentos en pro y en contra de cada proposición, se vuelve absolutamente imposible.

En aquella ocasión previa me atreví a proponer, bajo el título "Las bases epistemológicas del diálogo", a mi prestigioso interlocutor, unas reglas a las cuales el debate entre nosotros debería ceñirse. Tampoco me respondió al respecto, pero a esta altura es muy claro que el P. Pérez Aguirre no está dispuesto a transitar por vericuetos lógicos de esa clase. El escribe como le place, habla cuando quiere, y cuando es su gusto se calla. Nadie puede discutirle, por supuesto, el derecho a hacerlo. Y nosotros, Búsqueda y su público, somos sus deudores por habernos dado un ejemplo vivo de lo que es la TDL.

Es lástima, sin embargo, que opte por no polemizar, porque la polémica, como medio de averiguar la verdad, es difícilmente sustituible.

NOTA: (1) Max Weber. La política como vocación (1919).

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