Hace años que abrigo la convicción de que el Uruguay no podrá recuperar su largamente perdida salud monetaria sin revisar profundamente su actitud a propósito de sus reservas de oro, y su política visi en general. Concordantemente, al diseñar ahora un plan de estabilización, debo otorgar al tema del oro el lugar que entiendo le merece.
En un primer momento pensé que bastaría con formular al respecto la propuesta concreta con que deseo integrar mi sugestión. Un poco de reflexión, sin embargo, me condujo a la conclusión de que un tratamiento demasiado sucinto del papel del metal volvería muy vulnerable mi trabajo a la crítica emocional y superficial a que desgraciadamente tantos son afectos en nuestro medio. Me he resuelto, por ello, a dedicar al oro tres o cuatro artículos, básicamente de historia monetaria: el presente, que comienza una síntesis de la trayectoria del oro por el firmamento monetario mundial, otro que redondeará este tema, y uno o dos más, centrados en el Uruguay, en los que procuraré desentrañar las distintas funciones, de muy diferente importancia, que el oro ha cumplido a través del siglo y medio largo de nuestra vida independiente.
Antes del patrón oro
El patrón oro es una institución relativamente reciente, pero el uso de los metales preciosos como dinero se remonta a las épocas más antiguas de la historia. Antes lo fueron otros materiales, como por ejemplo el ganado en medio de los pueblos pastores. La palabra latina que significa dinero —pecunia, raíz de nuestro adjetivo pecuniario— viene de pecus: ganado. El Libro del Génesis nos dice que "Abraham era muy rico en ganados y en plata y oro" (1) lo que alude al uso de los objetos nombrados como depósitos de valor y, aun imprecisamente, como unidades de valor, dos de los cometidos clásicos del dinero. Aristóteles agrega que de los metales preciosos como dinero a sus virtudes intrínsecas. Aristóteles destaca entre ellas su fácil transportabilidad y manejo, en el enfoque más viejo de los que encontramos actualmente en los libros de texto sobre economía (2). Las primeras monedas propiamente dichas —discos de metal con la impronta de una autoridad como forma de garantizar peso y grado de pureza— datan del siglo VII A.C. Anteriormente los metales debían pesarse, y verificarse su ley, en cada transacción. Un método tan engorroso era probablemente usado sólo para cerrar transacciones de capital, como la compra de un terreno por Abraham narrada en el Génesis (3) que refiere condiciones del segundo milenio A.C. Con la aparición de las monedas propiamente dichas, los metales comenzaron a servir para cumplir el tercer cometido del dinero, es decir, como medio de cambio.
En la antigüedad no se desarrollaron medios de pago fiduciarios, de modo que dinero significó siempre moneda metálica contante y sonante (4). En contraste con esto, durante la edad media, en occidente, comenzaron a desarrollarse tales formas fiduciarias. Fue aparentemente en el norte de Italia donde los banqueros emitieron por primera vez billetes canjeables por metales, que subsiguientemente circulaban en sustitución de, o más bien en conjunto con, las monedas metálicas. Sin embargo, la dependencia conceptual del papel moneda respecto del metal en que era convertible a la vista, se mantenía absoluta. El siguiente pasaje de Adam Smith puede juzgarse representativo:
"Cuando la gente posee tanta confianza en la prudencia de un banquero como para creer que él estará siempre en condiciones de pagar sus pagarés ('promissory notes') a la vista toda vez que le sean presentados, esos pagarés llegarán a poseer la misma aceptabilidad ('the same currency') que el oro y la plata, derivada de la confianza de que el dinero puede ser procurado en cualquier momento a cambio de ellos" (5).
Debe observarse que para Smith el dinero es sólo metal, y el billete de banco —por supuesto, convertible— era un título de crédito contra dinero. Este punto de vista permanecería dominante por mucho tiempo más. Todavía un siglo más tarde John Pierpont Morgan podía hacerlo suyo con gran fuerza y concisión en su famosa sentencia "Money is gold and nothing else".
Hubo emisiones que se lanzaron con otro tipo de respaldo, pero todas tuvieron mal fin. En particular es digno de mención el caso de los assignats franceses de fin del siglo XVIII, billetes con respaldo en bienes raíces, emitidos durante la Revolución, que debían servir para adquirir los bienes nacionales —básicamente tierras confiscadas a la Iglesia— en cualquier momento, a su valor de mercado.
Estos pantallazos a través de tres mil años largos de historia bastarán, espero, para fundar y explicar la consustanciación del dinero por una parte y los metales preciosos por la otra. Es el tipo de arreglo institucional que con notoria razón llamamos hoy un patrón metálico. Patrón plata u oro, con preferencia por el primer metal en el período prebancario, y por el segundo, durante el desenvolvimiento de las instituciones bancarias.
El patrón oro
En 1797, durante la guerra con Francia, el parlamento británico había dispensado al Banco de Inglaterra de convertir en plata sus billetes, como ya se había hecho en otras situaciones de emergencia. En tales circunstancias, casi inevitablemente el papel se depreciaba y aparecía la inflación. Eventualmente el régimen de inconversión fue alzado, y el papel volvía a su cabal valor, de análoga manera a cómo, cosa de medio siglo antes, también en Francia, habían terminado los billetes del banco de Law. La ley monetaria (Coinage Act) de 1816 dispuso el retorno a la convertibilidad de los billetes del Banco de Inglaterra. Sus tres puntos centrales fueron: el oro como único respaldo monetario; las monedas de plata se emplearían sólo para transacciones pequeñas y como moneda divisionaria. Una deuda que no expresara la moneda de pago se entendía pagadera en plata, si el deudor ofrecía 192 5 enunciaba en moneda de plata; el oro en cualquier transacción se tomaba a su valor de mercado (6).
El tercer punto es el más significativo: el papel del oro como respaldo monetario. Las monedas patrón estaban acuñadas en oro a 19/12 d por onza (7); pero el departamento responsable a estas preguntas estaba consustanciado con el patrón oro a través de los billetes del Banco de Inglaterra, ahora convertibles a aquella paridad legal y, sin duda, también de hecho. La libra de los billetes del Banco de Inglaterra emitidos para pequeñas transacciones; el oro era el efecto, y por lo tanto, todas las transacciones se empleaba sólo para transacciones consecuencias históricas.
Cuando, bajo un patrón metálico, un país pasaba por una etapa de inconversión, casi inevitablemente con cierta depreciación de los billetes, había tres maneras de retornar a la convertibilidad: desmonetizando los viejos billetes (vale decir, partiendo nuevamente de cero); a una nueva paridad (oficializando la depreciación de los billetes mediante una devaluación); o a la vieja paridad. EE.UU. desmonetizó los continentales que la Confederación había emitido durante la guerra de independencia. Después de la Primera Guerra Mundial Francia devaluó el franco al retornar a la convertibilidad en 1926; Gran Bretaña en 1816 resolvió mantener la vieja paridad, igual que lo haría en 1925.
Las implicaciones de la tercera vía de retorno a la convertibilidad consisten en que los billetes están sobrevaluados, dado su poder de compra (o el oro está subvaluado) en el punto de partida, de modo que es preciso forzar una baja de los precios antes de hacer efectiva la convertibilidad. Normalmente esto requiere que el Fisco obtenga superávit en sus cuentas y lo use para retirar billetes de circulación. La reconocida rigidez de ciertos precios a la baja implica el peligro de que semejante política suscite efectos reales contractivos. La decisión adoptada en Gran Bretaña en 1816 debió enfrentar una oposición importante, y calificada (7). De hecho se suscitó algún grado de contracción, pero la operación fue exitosa en términos generales. Y sin duda surtió duraderos efectos sobre el sistema monetario internacional que empezó entonces a crecer lentamente, a partir, por así decirlo de la Coinage Act de 1816.
En efecto, con la expresión patrón oro internacional no suele designarse otra cosa que la progresiva incorporación de más y más países al sistema que Gran Bretaña se había organizado para sí misma. El proceso fue bastante lento hasta llegar a la década de los años 1870. En su transcurso numerosos países que estaban en el patrón plata o en un patrón bimetálico se pasaron al oro; entre ellos Francia, Bélgica, Suiza, Italia y Grecia, que habían formado la Unión Monetaria Latina, Holanda, los países escandinavos y el nuevo Imperio Alemán. EE.UU. se incorporó en 1879, después de 18 años de inconversión, forzados por la guerra de secesión. Lo hizo —pese a la gran depreciación sufrida por el dólar inconvertible, el greenback— a la paridad de preguerra, siguiendo el modelo británico de 1816. Antes de fin de siglo se habían afiliado Austria-Hungría, Rusia y Japón. También la mayor parte de América latina, si no lo había hecho ya antes. En 1900 el patrón oro estaba muy cerca de ser un sistema propiamente mundial.
Una de sus características más dignas de destaque desde la perspectiva actual consiste en la estabilidad de los tipos de cambio. Durante la vigencia del patrón oro internacional ningún país miembro de cierta significación devaluó su moneda. Tampoco hubo nada semejante a una crisis de pagos durante su transcurso, ni —como es natural— tampoco nada semejante a una inflación, excepto en períodos y lugares en los cuales el sistema quedó en suspenso, como ocurrió en los EE.UU. durante la Guerra de Secesión, durante cuyo transcurso de cuatro años los precios se multiplicaron por un factor de más de dos. Aun en ese caso, sin embargo, el nivel de precios desanduvo el camino previamente recorrido y 14 años después del fin de las hostilidades se había recuperado el nivel de 1861, al estallar la guerra. El nivel de los precios, al cabo del siglo que media entre el fin de las guerras napoleónicas y el estallido de la Primera Guerra Mundial había bajado aproximadamente un 44% en Gran Bretaña y EE.UU., y un 23% en Francia y Alemania. (8)
No cabe duda de que representa uno de los puntos máximos que la estabilidad monetaria ha registrado en la historia. ¿Cuál es el secreto del éxito? ¿Cuál es el papel que incumbió al oro en su obtención?
Indudablemente sería un caso de grosero fetichismo atribuir el éxito a un objeto inerte. El mérito correspondió sin duda al comportamiento de las autoridades monetarias y los gobiernos durante el período, y la palabra que puede describir mejor ese comportamiento. El efecto contractivo de una exportación de oro sobre el nivel de precios y salarios, y eventualmente sobre el nivel de actividad no era compensable con medidas reflatorias; eventualmente podía requerir su refuerzo con políticas de mercado abierto de la autoridad monetaria o la elevación de la tasa de redescuento. La adhesión rigurosa a esta regla es lo que explica esencialmente el resultado alcanzado. El oro debe haber contribuido con su viejo prestigio mítico y la relativa estabilidad del crecimiento de su oferta.
En realidad la demanda por dinero excedió largamente el crecimiento físico del stock de metal amarillo. Ella fue satisfecha, en parte, a través de la baja secular del nivel de precios, y en parte por medio de la utilización más eficiente de las existencias, merced a la intermediación del sistema financiero. En 1885, en Estados Unidos, Reino Unido y Francia, las especies metálicas en poder del público no bancario representaban un 34% del total, y que dicha proporción había descendido al 13% en 1913. Igualmente en 1885 cada dólar de oferta monetaria estaba asentado sobre 49 centavos de metal, contando el stock metálico en manos de todos los agentes, y esa magnitud había descendido a 27 centavos para 1913.
El patrón oro entró en crisis como consecuencia de la Primera Guerra Mundial. El abandono no se hizo por la mayoría de los países de una sola vez, sino a través de una serie de medidas restrictivas de la convertibilidad de los medios fiduciarios y del comercio internacional del oro. Hacia el fin de la guerra, la especulación en los mercados de cambios la convicción generalizada de que las paridades de preguerra serían restablecidas. Sin embargo los cambios producidos a causa de la guerra o durante la guerra y el período posbélico fueron demasiado profundos para que esas expectativas de un retorno a la "normalidad" llegaran a materializarse. El retorno de Inglaterra al patrón oro en 1925, una vez más a la paridad de preguerra, fue sumamente infeliz. La política deflacionaria que demandó la restauración de la convertibilidad, tanto antes como después de su concreción en 1925, hizo que el Reino Unido quedara fuera de la vigorosa expansión de los años 20 en EE.UU. y Europa, y que su recesión particular se empalmara con la gran depresión, de 1929 a 1933, completando una década cabal de contracción. La creencia generalizada en la inestabilidad inherente del sector privado, y la consiguiente necesidad de una fuerte intervención del gobierno para mantener un nivel de actividad aceptable, así como la evaluación de la inflación como un mal menor, y el paro forzoso como el gran azote a prevenir, datan de aquel período. Dado el peso singular de Inglaterra en la teoría económica sobre todo hasta la década de los años 1960, las repercusiones del retorno británico al oro excedieron vastamente los límites del Reino Unido.
Este volvió a salirse del patrón oro, bajo el impacto de la crisis, en 1931. Los EE.UU. lo hicieron en 1932. Francia, Suiza, Bélgica, Holanda, Luxemburgo, Italia, Polonia y la Ciudad Libre de Danzig, que formaban el llamado "bloque oro" persistieron algún tiempo más, algunos hasta 1937, pero el patrón oro que este período nos muestra, difiere enormemente del sistema en su época de apogeo: se registran devaluaciones y se implantan, dentro de su ámbito geográfico, controles de cambio. Se trata ya, sin duda, de una mera sombra del viejo esplendor orista.
NOTA: (1) Libro 13 vers. 2. (2) Política, Libro I, Cap. IX. (3) Libro 23, vers. 15-16. (4) M.I. Finley, The Ancient Economy, p. 141. (5) Wealth of Nations, L. I, Cap. II (La cita es traducción del autor). (6) Adam Smith, op.cit., L. I, Cap. V. (7) Nada menos que David Ricardo desaconsejó el retorno a la vieja paridad. (8) R. Triffin, "Mito y realidades del patrón oro", en R.N. Cooper (ed.) Financiación internacional, pas.