Si alguien preguntara a este articulista con cuál plan se queda, si con el Austral o con el Cruzado, su primera intención sería responder: "Yo no me quedo; me voy". Pero trasladado al país, esa respuesta no sirve. Debemos, quieras que no, convivir con nuestros vecinos. Y lo hacemos de buen grado, ya que la convivencia con ellos nos es grata, aunque no tanto cuando reparamos que el destino nos ha puesto entre los dos países monetariamente más inestables del mundo entero.
Tratemos de ver el lado bueno de las cosas. Argentina está inaugurando la etapa III del Plan Austral, que data sólo de junio de 1985. Los brasileños están en la etapa II del Plan Cruzado, pero con la incidencia de la moratoria unilateral anunciada, podría decirse que también ellos están introduciendo la etapa III de una política iniciada hace apenas un año. El lado bueno de todo esto es que viviendo en esta comarca es totalmente imposible aburrirse.
Compárese la creatividad de los gobernantes de nuestra región, enfrentados al desafío de la hiperinflación, con la de los alemanes en 1923. Los alemanes tuvieron un solo plan, poniendo de manifiesto las notorias carencias de los teutones en materia de imaginación. Detectaron el problema, que no era otro que el de un déficit fiscal cuya corrección reclamaba medidas quirúrgicas, y lo solucionaron adoptando precisamente esa clase de medidas. Contemporáneamente ocurrió otro tanto en Polonia, Hungría y Austria. La vida en lugares semejantes está permanentemente acosada por el tedio.
Otro rasgo positivo de la región en que la Providencia nos ha colocado es la tolerante comprensión con que el público sigue los cambios en la política económica. Por ejemplo, el presidente Alfonsín prometió en junio de 1985 que ya nunca más emitiría billetes sin respaldo. Desde entonces su Banco Central ha emitido verdaderas montañas de tales billetes. El Dr. Alfonsín no ha creído del caso dirigirse a sus conciudadanos para explicarles por qué no le fue posible cumplir su promesa. De hecho él siempre supo que nadie esperaba realmente que él la cumpliese. Y, en efecto, nadie le ha reprochado por no hacerlo.
La comprensión de la gente abarca el hecho de que, puesto que hay elecciones, y puesto que el político es un ser con un tropismo incontenible hacia tratar de ganar las elecciones, la política económica tiene que estar orientada más hacia el objetivo electoral que hacia sus fines específicos. Cuando el Plan Austral fue anunciado la Argentina se debatía al borde de la hiperinflación, con un alza de los precios del orden del 40% en la primera quincena de junio de 1985 (320 mil % a tasa anualizada). Al mismo tiempo en noviembre de aquel año se celebraron elecciones parlamentarias y provinciales. El país necesitaba una política para enfrentar la amenaza de la hiperinflación, y el gobierno necesitaba una política para ganar las elecciones. Ambas debían alejar a la Argentina del precipicio hiperinflacionario, pero había una diferencia: el interés nacional apuntaba hacia una solución estructural; al interés partidario le bastaba una de corto plazo, que en definitiva fue la que se adoptó.
La pieza maestra del Plan Austral I fue la reducción del salario real de los funcionarios públicos, que merced a la respectiva congelación alcanzó al 30% entre mayo de 1985 y 1986. Al reducirse consiguientemente el déficit y la necesidad de monetizarlo en parte bajó la inflación, y ello hizo que la recaudación tributaria subiera en términos reales. Es lo que se conoce como el "efecto Tanzi". Consiguientemente la inflación bajó más aún. De 9.7 del PBI la recaudación trepó al 15.8%, un récord absoluto, en el segundo semestre. Lamentablemente, nada estructural cambió significativamente. Cuando se hizo sentir la tendencia irresistible del salario real de los trabajadores públicos y de la presión fiscal a retornar a sus niveles históricos, el déficit y la necesidad de monetizarlo se pusieron a su vez a crecer. Entonces la inflación se reavivó y el efecto Tanzi comenzó a darse en contra. A principios de 1987 la inflación argentina volvía a un nivel anual de tres dígitos.
¡Qué problema! Porque este año también hay elecciones. Afortunadamente están programadas para algo antes de la fecha del '85. Basta con generar una nueva ola de estabilidad que dure hasta principios de setiembre y lleve al Partido Radical, como sobre una tabla de surf, hasta una nueva victoria comicial. La fase III del Plan Austral está apostando a que los mismos métodos —baja de los salarios reales vía congelación más efecto Tanzi— podrán lograrlo.
El peligro radica en que los resultados del '85 se lograron en parte a través de una reversión de expectativas que ahora va a resultar más difícil. La fase III se parece demasiado en lo sustancial a la fase I. Muchos agentes deben haber concluido que les habría ido mejor en sus negocios si hubieran previsto correctamente la extremada fugacidad de los efectos de la fase I, y por tanto se comportarán de manera distinta. Un segundo peligro radica en que la desesperación de las autoridades les lleve a una administración rigurosa del control de precios, que originalmente no fue, al menos en términos generales, más que una pantalla para la congelación salarial. En ese caso la situación puede asemejarse a la brasileña, tanto en lo relacionado con el desabastecimiento como respecto de su explosión final.
Por tales razones dudamos que esta vez la estabilización le sirva al Dr. Alfonsín de palanca electoral. Será preciso entonces que aguce su imaginación, pero el dirigente radical no es hombre de bajar la guardia ante los primeros golpes de la adversidad. Es preciso preguntarse si no encontrará inspiración en el comportamiento de su colega brasileño.
Este es en sí mismo un ejemplo de supremo interés a propósito de cómo son en esta zona del mundo la política económica y la política a secas. El Plan Cruzado parece haber sido diseñado de manera mucho más precaria que el Austral, pero sirvió al presidente Sarney de manera notable desde el punto de vista electoral. Una vez alcanzada en las urnas su resonante victoria, estrictamente al día siguiente, se inauguró la fase II, donde el énfasis consumista del periodo anterior —alza de salarios con precios congelados, con enorme incremento de las importaciones y reducción de las exportaciones— se trocó en un respeto tan intenso como súbito por la ortodoxia económica. El problema estuvo en que la popularidad del Sr. Sarney descendió drásticamente, y ello nunca es grato para el político, por más que los siguientes comicios no se hallen próximos. Pero la imaginación latinoamericana no dejará nunca a un gobernante en la estacada.
En la emergencia la solución pudo encontrarse en otra característica de la población del área, sumamente práctica y conveniente para los gobernantes. Ella consiste en la facilidad con que cualquiera de éstos puede movilizar a la opinión pública en su apoyo con el simple expediente de adoptar una posición "nacionalista". Por supuesto, por este concepto debe entenderse algo enteramente distinto del patriotismo. El patriotismo es una actitud vital, que se nutre de amor al propio país y que exalta la lealtad a sus intereses colectivos entre los valores a que la acción humana puede dirigirse. El "nacionalismo", aparte de ser también una actitud vital, engloba también una teoría económica, que afirma que las tribulaciones del propio país se explican fundamentalmente en función de la explotación a que aquél está sometido a manos de potencias foráneas, y sobre todo de sus grupos financieros. Por eso cualquier medida que adopte su gobierno y sea capaz de interpretarse como lesiva de intereses foráneos, sobre todo financieros, entusiasma al "nacionalista" y le aproxima al político que la ha impuesto, independientemente de lo que éste piense y haya hecho en el ámbito doméstico. El Sr. Sarney tenía pocas probabilidades de recomponer su popularidad después de la fase II del Plan Cruzado, pero la actitud desafiante con que anunció la moratoria en el pago de intereses, en lugar de explicar sus dificultades de balanza de pagos y llamar por enésima vez a las puertas del FMI, le ha permitido adelantar notablemente en aquella dirección.
Decimos esto pensando en la perspectiva de que la onda de estabilidad que genere el Austral III no llegue hasta setiembre. ¿No marcharía entonces el Dr. Alfonsín por la ruta del presidente Sarney, o del presidente Alan García, en busca del apoyo de masas que en abril de 1982 logró el Gral. Galtieri poniendo en juego el irredentismo, es decir, el vehículo alternativo hacia la excitación "nacionalista"?
Como lo expresábamos más arriba, todo esto es sumamente interesante, y nadie debe temerle al aburrimiento si tiene su residencia en esta comarca. Pero si lo que uno busca no es amenidad sino socios confiables para hacer negocios, y mercados previsibles en función de los cuales asignar los recursos propios, tememos que el juicio deba ser menos positivo. La geografía política nos ha puesto ineluctablemente entre Brasil y Argentina, y la historia ha tejido entre nosotros lazos con ellos indestructibles, cuya vocación a fortalecerse al andar del tiempo es innegable. Al mismo tiempo, la integración económica como propuesta concreta de corto plazo, como la que nos suscitó grandes ilusiones a raíz de los convenios que el presidente Sanguinetti logró con nuestros vecinos, reclama una revisión urgente, a practicarse con ojos esencialmente realistas.