En ese juego de palabras claves, conceptuales que abarcan mucho y prometen más, con que de vez en cuando se bombardea desde las esferas políticas a los ciudadanos, sinceramiento que privó hace unos cuantos meses ha cedido paso ahora a modernización.
Desde Búsqueda frente a la anunciada, prometida y buscada modernización, hemos señalado en función de temas concretos cuáles son a nuestro parecer los caminos que efectivamente nos pueden conducir a esa ansiada modernización y cuáles los hechos y actitudes que pensamos cuestionan la credibilidad, si no del propósito, sí de las posibilidades de éxito en el logro del objetivo propuesto.
Hoy queremos volver al tema. Es más, vamos a retrotraernos unos pasos en el tiempo, frenar en abstracto el advenimiento de la modernización y detenernos un poco en el sinceramiento. Y esto porque estamos convencidos que no habrá modernización, ni reactivación económica ni desarrollo, que los entendemos previos, si antes no se comienza por prestarle el debido respeto a los hechos, a la verdad. Es decir, reconocer las cosas como fueron y cómo son, más allá de si nos gustan o no, si nos duelen o no y si concuerdan con nuestra visión y nuestras ideas o no.
Estas reflexiones las queremos circunscribir, en esta ocasión, al tema del sistema financiero. Un asunto polémico, que está en el tapete y que seguramente habrá de seguir estándolo.
Nos resulta claro que en esta materia —tan delicada por cierto— los discursos, exposiciones e interpelaciones hacen hincapié más en lo anecdótico, en lo efectista, que en el aspecto sustancial y medular del tema.
Se puede estar por la nacionalización de la banca o defender un régimen de tipo liberal u otro que contemple un sistema más o menos mixto y de coexistencia entre la actividad privada y oficial. Lo que no se puede, cualquiera sea la solución que se prefiera, es ignorar en el análisis de la situación determinados hechos que están ahí.
Se habla mucho de la herencia de la dictadura, de doctrinas económicas "malditas", imperialistas o lo que sea, para justificar la difícil situación del sistema financiero.
Al mismo tiempo, por otro lado, se habla de ganancias de tal magnitud que si nos atenemos a determinados discursos y eslóganes se diría que todo el sistema está floreciente.
Se manejan cifras que se pagan al sistema por concepto de intereses, pero nadie habla, o muy pocos lo hacen, de los intereses que se pagan y se han pagado durante años a los ahorristas.
Nada se dice sobre el deficiente funcionamiento de aquellos mecanismos jurídicos que garantizan el respeto y debido cumplimiento de los contratos; concretamente de las trabas en el campo judicial que persisten desde mucho tiempo atrás, por más que se sostenga que existe un sistema que favorece al más fuerte, que en este caso se asimila con el acreedor.
No se habla tampoco de las soluciones arbitradas desde "arriba" —léase planes de refinanciación— que únicamente miran los intereses de una parte. Que no sólo desconocen los intereses de la otra, sino que, además, no toman en cuenta sus posibilidades reales para poder sobrellevar ese tipo de soluciones por mucho tiempo.
¿Es que nadie se ha preguntado cuál es hoy el nivel de morosidad del sistema bancario? ¿No ha habido preocupación por saber ese dato y en función de él tomar conciencia de cuán difícil es el problema?
¿No se ve ningún riesgo?
Para empezar, da la sensación que no se pone el cuidado que en su manejo requiere una temática de por sí muy sensible y sobre la que los juicios que se emiten y determinadas acciones que se toman pueden tener efectos nocivos; no para el sistema en sí, sino para los intereses generales del país.
No nos extraña una conducta de ese tipo en quienes quieren la transformación total, la que parecería, primero pasa por la destrucción total.
En este aspecto, justo es reconocer que la izquierda es más sincera, o para ser precisos, más coherente. Partidaria de una economía planificada de inspiración marxista, donde la nacionalización de la banca es uno de los objetivos prioritarios, es explicable su acción socavadora de lo que aún está vigente de un sistema al que repudia.
Eso es, suponemos, lo que explica, por ejemplo, que la dirigencia sindical bancaria haga responsable a la política económica del gobierno "de destinar recursos al sistema financiero cuando otros sectores vitales para el país como la salud, la educación, el agro, etc. carecen totalmente de ellos".
Ciertamente se trata de un planteo que aparece como contradictorio. Esto es, si se tiene en cuenta, al mismo tiempo, que esa dirigencia es la que defiende a capa y espada la estabilidad y el mantenimiento de los empleos y fuentes de trabajo en el sector. Porque el salvataje del Comercial consistió, precisamente, en la entrada del Estado a una institución con el fin de salvaguardar los intereses de los ahorristas y preservar las fuentes de trabajo de los bancarios.
Pero la dirigencia sindical reclama la nacionalización de la banca. Creen que esa es la solución.
No es la nuestra. Con respecto al punto mencionado no vemos un sistema financiero nacionalizado, estatal que contemple la fuente de trabajo de todos los bancarios. ¿Cabe en la imaginación de los propios empleados bancarios una estructura tal en la que tendrán cabida todos? Por otro lado habría que saber qué piensa la mayoría de los ciudadanos y contribuyentes de una propuesta que prevé varios miles de funcionarios públicos más.
Sería redundante explicar aquí nuestra visión contraria a ese tipo de soluciones y reiterar las ventajas que vemos en una economía libre, basada en la iniciativa privada, sin monopolios, con reglas claras, estables, conocidas y respetadas.
No nos proponemos con este editorial convencer al lector. Nuestro interés es dar un toque de atención frente a un problema que es hoy demasiado serio para que se hable tanto de él y al mismo tiempo se diga tan poco sobre sus reales causas.
Nos tememos que por ese camino, se quiera o no, vamos irreversiblemente hacia la nacionalización de la banca.
Nuestra apelación, lógicamente, no es para aquellos que cuentan con ese postulado en sus plataformas; en buena hora, dirán. Sino para los que como nosotros, aun con matices, creen en un sistema cuyo sustento son la libertad, la iniciativa privada y el mercado.
Hace unos días Wilson Ferreira Aldunate, en un discurso pronunciado ante jóvenes de su grupo político señaló: "puede decirse sin temor de causar pánico de especie alguna, que a breve plazo en el Uruguay no va a quedar absolutamente ningún banco nacional. Van a haber solamente bancos extranjeros y del Estado".
En gran medida ello es cierto. El temor es que por el camino que vamos solamente va a haber bancos del Estado. Desaparecerán, se irán o reducirán al mínimo sus actividades, los privados.
Y habrá de ocurrir así en el Uruguay, por no ver las cosas cómo son. Por ausencia de sinceramiento. Por desconocer que, aun en el mundo socialista, se recorre el camino inverso. Y por desconocer, también, qué fue, en esa materia, lo que la mayoría de los uruguayos eligió.