Thatcher por tercera vez

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Margaret Thatcher acaba de ganar su tercera elección consecutiva, una vez más por una diferencia arrolladora, que le otorgará la mayoría absoluta en el parlamento por algo así como 100 bancas. Según se cree, el pronunciamiento anterior del electorado británico había estado influido por los acontecimientos desarrollados en el Atlántico Sur, gratos para su orgullo nacional. El carácter fuertemente anticarismático del Sr. Michael Foot, entonces líder del laborismo, también había ayudado a la Sra. Thatcher. Los comicios recientes parecen haber planteado las opciones sin la interferencia de perturbaciones semejantes, y consiguientemente se ofrecen a los observadores en condiciones más cercanas a las de un experimento controlado. Preguntarse sobre el secreto del éxito de la candidata tory parece, pues, imperativo.

Comencemos asegurándonos de que el carácter excepcional de ese éxito no se nos escapa. Sólo rara vez ha consentido la ciudadanía británica en conceder un tercer mandato a un mismo conductor político. El desgaste natural que provoca el ejercicio del poder, y el tedio que suscita en el público la misma imagen instalada en su sede durante mucho tiempo, han contribuido a la alternancia de los partidos y los líderes en el gobierno. Actualmente la Sra. Thatcher ha comenzado a disputar a Lord Liverpool el récord de permanencia en el Nº 10 de Downing Street. Lord Liverpool fue quien envió a Napoleón Bonaparte a Santa Elena. Esto puede darnos una idea de la excepcionalidad de la victoria thatcheriana.

El estilo político de la Sra. Thatcher también contribuye a dotar su carrera de rasgos inusuales. Después del estrepitoso fracaso de la aventura imperialista del Sr. Eden en Suez, el liderazgo tory adoptó un perfil muy bajo, si se quiere, muy antichurchilliano. Macmillan, Douglas Home y sobre todo Heath procuraron limar las aristas más salientes de su partido y presentarse al electorado apenas con un matiz de diferencia respecto del laborismo. Tomaron su inspiración de Disraeli, quien había concebido un partido tory caracterizado por el ademán compasivo y preocupado por la cuestión obrera. En su novela Sybil, publicada en 1843, bajo la impresión que había despertado en él la rebelión chartista, Disraeli había denunciado el escándalo de las dos naciones que coexistían, una junto a la otra en Inglaterra, la nación de los ricos y la de los pobres. La meta que entonces había propuesto al partido tory —cerrar la brecha entre las dos naciones mediante una activa política social— recuperó su atractivo para los dirigentes que lo condujeron entre 1957 y 1973. En ese lapso no es fácil encontrar diferencias entre los discursos tory y laborista sobre política económica o social, ni tampoco distinguir qué partido se hallaba en cada momento en el poder atendiendo a la materialidad de sus gestiones. Con la designación de Margaret Thatcher como líder de su partido en 1974 todos estos aspectos cambian de manera radical. La nueva conductora, que habla con acentos más reminiscentes de Gladstone que de Disraeli, no hace el menor esfuerzo por disimular la animadversión que le inspira el socialismo. Para ella es claramente ilusorio pretender elevar el nivel de vida de los estratos populares por simples medidas redistributivas, sin recuperar al mismo tiempo la economía británica. Se requiere, por tanto, restaurar los incentivos para trabajar, ahorrar y asumir riesgos, que habían sido erosionados por una imposición a la renta tremendamente alta y progresiva. Habrá que abatir la inflación, que vuelve impracticable el cálculo empresarial y deshacer el inmenso imperio industrial estatal, que ha precipitado la productividad a grandes profundidades.

Mientras la Sra. Thatcher orientaba la oposición desde esta plataforma, muchos economistas de su partido asentían, pero no pocos políticos dudaban de que en el Reino Unido fuera practicable presentarse sobre ella al electorado. De hecho, y ya desde muchos años atrás, los británicos vivían en el socialismo, estaban habituados a él y un discurso abiertamente procapitalista ofendería su sensibilidad. El compromiso de reducir los impuestos a cargo de los ricos haría perder los votos de quienes pagaban la tasa básica, una amplia mayoría. Las promesas sobre inflación sonarían huecas y exageradas. Los sindicatos harían una campaña salvaje contra un partido que amenazaba con privatizaciones y campañas para elevar la productividad. Entre quienes así discurrían, y auguraban el desastre electoral si el partido no se apeaba de tan insensata plataforma, ninguno tan elocuente y tenaz como el antecesor de la Sra. Thatcher en la jefatura del partido. Lo que sorprende en la resistencia del Sr. Ted Heath al nuevo liderazgo es que, más allá de alguna influencia, muy humana, del despecho, ella se apoya sobre una base esencial de sinceridad. A todas luces el Sr. Heath ha creído desde 1974 que el liderazgo de su sucesora es una receta segura para la catástrofe. Lo más notable es que los éxitos posteriores de ésta, resonantes como han sido, no le han hecho cambiar de opinión. Tal vez en realidad no sean pocos, dentro y fuera de Gran Bretaña, quienes sientan que el fenómeno Thatcher es alguna suerte de espejismo político, que un buen día se va a desvanecer.

En 1979, como quiera que sea, la Sra. Thatcher ganó con su programa imposiblemente impopular. Tal parece que los electores británicos no lo juzgaron así. En las elecciones de 1983 la ayuda que le dispensaron los acontecimientos del Atlántico Sur fue innegable. En 1987, sin embargo, la adhesión de la ciudadanía británica no puede disociarse de la gestión gubernamental de los últimos 6 años. Luego de esa clase de lapso en el poder, el veredicto del electorado tiene que entenderse referido más a los hechos que a las palabras.

En diversos aspectos la Sra. Thatcher cumplió estrictamente lo prometido. Bajó los impuestos: la tasa básica del impuesto personal a la renta, de 33 a 27%; la tasa marginal de 83 a 60% (94% para ingresos del capital a 60%); el impuesto a la renta de Industria y Comercio, de 52 a 35%, y a 27% para las empresas pequeñas. La inflación, que llegó al 27% bajo el último gobierno laborista, está por debajo del 4%. En materia de privatizaciones, los avances han sido significativos: un tercio de todas las empresas del estado, con una nómina conjunta de más de 600 mil trabajadores, ha sido devuelto al sector privado, en cada caso con participación del personal en los capitales accionarios. Los resultados de las privatizaciones, a la vez, han sido espectaculares. El caso de la firma Jaguar por ejemplo es elocuente: en 1980, bajo titularidad estatal, produjo 14 mil autos con una pérdida de más de 3 mil libras por unidad. Privatizada, el año pasado fabricó 40 mil vehículos, con una ganancia (antes de impuestos) de 120 millones de libras.

Vale la pena mencionar que este proceso no ha dejado de lado a los servicios públicos. El servicio de gas fue privatizado con gran éxito. En la agenda para el próximo período están los aeropuertos y la energía eléctrica.

En estrecha conexión con esta política la Sra. Thatcher ha eliminado el control sobre numerosas industrias y reducido los monopolios estatales, entre ellos el del correo. La competencia en las telecomunicaciones ha avanzado a grandes zancadas.

El progreso en materia de productividad ha sido considerable. Tomando los 7 grandes que se reunieron recientemente en Venecia como muestra, el Reino Unido ocupó el último lugar en crecimiento de la productividad industrial entre 1960 y 80. En 1980-86 ocupó el primer lugar. Indudablemente, esta ganancia en productividad ha tenido por contrapartida pérdidas de empleo para cierto número de trabajadores. Ello posee, sin embargo, la naturaleza de un mal necesario. Como ha dicho Peter Drucker en un artículo reciente, "un país que ponga la conservación de empleos manuales por encima de la competitividad internacional pronto se verá sin producción y sin empleos". En todo caso el electorado británico así parece haberlo comprendido.

El éxito de la Sra. Thatcher ha sido mínimo en bajar el nivel del gasto público global, y el desempleo, concentrado en el norte del país, constituye su problema más serio. También es cierto que la capacidad de la Sra. Thatcher para conseguir mayorías electorales sin precedentes va de la mano con su propensión a suscitar antagonismos sumamente intensos. Evidentemente, gobernar en base al consenso nacional, ni es su carisma, ni es su objetivo.

¿Qué es popular y qué es impopular? Después de las elecciones británicas ésa es la pregunta que todos deberíamos formularnos. Particularmente aquellos que están convencidos de que al menos respecto de su país y de su tiempo, conocen la respuesta de manera cabal.

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