El Presidente de la República ha dirigido una carta a los miembros de la reunión de los 7 grandes que se está celebrando en Venecia sobre el tema de la deuda externa latinoamericana. Por su parte, el Sr. Wilson Ferreira ha firmado un documento sobre el mismo tema junto con otros 19 dirigentes políticos latinoamericanos.
El Dr. Sanguinetti envió la referida carta en su carácter de Secretario pro tempore del Consenso de Cartagena, y debió redactarla en un estilo cuidadosamente diplomático, limitando sus aspiraciones a una coordinación multilateral de políticas, incluyendo metas de crecimiento real para los países menos desarrollados (la solicitud de recursos reales para hacer factibles las metas, aunque elíptica, es transparente) y a la estabilidad de las tasas de interés aplicables para determinar el servicio de la deuda externa.
El documento suscrito por el Sr. Ferreira Aldunate no posee carácter oficial y su tono es característicamente más militante. Propone limitar el pago de intereses en función de las exportaciones de los deudores (no especifica el porcentaje, pero debe presumirse la adhesión a la doctrina Alan García, o sea al 10%) o alternativamente al 2% del producto bruto. El fundamento de esa propuesta incluye la responsabilidad incurrida por los bancos acreedores por la concesión de préstamos excesivos, y la de sus gobiernos en razón de una triple falta, a saber: por mantener tasas de interés excesivas, por incurrir en prácticas proteccionistas, restrictivas de sus importaciones, y por asistir indiferentes al deterioro de los términos del intercambio del área latinoamericana.
Ambos documentos se inscriben dentro de un movimiento dirigido a extraer las solitas renegociaciones de las deudas externas de la región, de los foros financieros en que se han desarrollado hasta ahora y desplazarlas hacia otros multilaterales y políticos, el que está tomando cada vez más impulso y probablemente resultará arrollador. De hecho, de cualquier manera, el método seguido hasta el presente está lejos de resultar atractivo para los acreedores. Cada vez que se sientan en torno a una mesa con un deudor latinoamericano terminan teniendo que suministrarle fondos frescos. En la actualidad sólo Perú ha adoptado una regla formal limitando su servicio de la deuda, pero Argentina sólo ha pagado intereses, exigiendo nuevos préstamos por más del 50% del monto respectivo. Brasil sencillamente ha suspendido el servicio de los suyos, México tiene recurrentemente problemas, etc., etc. Los títulos de la deuda latinoamericana se cotizan con tremendos descuentos —v.gr. los argentinos al 65%— que indican la proporción de los intereses que los mercados piensan que van a pagarse. De modo que los acreedores privados, que han empezado a castigar sus carteras con una drasticidad que se mide en miles de millones de dólares, difícilmente opongan resistencia a un método que probablemente allegue al foro de negociaciones algunos recursos provenientes de los contribuyentes de impuestos de los países industrializados. Es probable, por tanto, que los métodos de negociación por que están pugnando los gobiernos y los dirigentes políticos latinoamericanos hagan camino, y que ello le reporte a la región intereses menores y más estables, plazos más largos para la amortización, y hasta tal vez quitas sobre el principal. Eso no significa que las perspectivas del área vayan por ello necesariamente a mejorar.
En efecto, es improbable que esas ventajas se obtengan sin pagar un precio, ni parece verosímil que su costo esté totalmente disociado de los argumentos que los líderes de la región están manejando para gestionar el cambio de régimen. Nosotros encontramos particularmente embarazoso el argumento de que los bancos acreedores deben sufrir las consecuencias por haber dado crédito a los países latinoamericanos, atribuyéndoles un destino de crecimiento real importante, y un estilo de gobernarse serio y disciplinado, así como por haber tomado en serio los proyectos de inversión que sus autoridades les formulaban, cuando en realidad debieron advertir que prestar tales sumas a deudores básicamente irresponsables era una verdadera insensatez. Pensamos que en la medida en que los promotores de esta argumentación tengan éxito estarán al mismo tiempo persuadiendo al mundo de que América latina es uno de los últimos lugares donde vale la pena invertir capital. Y el destino de América latina librada a sus propias posibilidades de ahorro sería mediocre en el mejor de los casos.
O considérese el tema de los términos del intercambio. El mismo tango triste de los términos del intercambio que Don Raúl Prebisch compuso en 1949 está siendo ejecutado en su enésima versión por los conjuntos más prestigiosos de América latina. Según Prebisch los términos del intercambio latinoamericano hacia 1950 llevaban 70 u 80 años deteriorándose. Ahora la tendencia debe haber pasado de lejos el siglo de vida. El problema es éste: si cada vez nos pagan menos por lo que exportamos en términos de lo que importamos, ¿por qué diablos no cambiamos nuestro repertorio de exportaciones? O bien nuestros empresarios son incapaces, o bien los gobiernos filtran las señales de los mercados internacionales y no las dejan llegar hasta el sector privado. Inevitablemente, o lo uno o lo otro.
¿O es que en el mundo a todos les va igual de mal? Como término de referencia tomemos cuatro países del sudeste asiático, que totalizan una población del orden de 65 millones de habitantes. Comparando 1986 con 1980 nos encontramos con que los 400 millones de latinoamericanos vieron reducirse sus exportaciones conjuntas en unos 7 mil millones de dólares, mientras que los residentes en Hong Kong, Corea del Sur, Singapur y Taiwán aumentaron las suyas en 56 mil millones de la misma moneda, entre ellos 30 mil millones a los EE.UU. Tal parece que ellos no se enteraron de que los países industrializados estaban lanzados a una política proteccionista salvaje. A todo esto el ingreso per cápita de América latina bajó cosa de 20% entre 1980 y 1986, pero subió 50% en los cuatro países asiáticos antedichos. Y está ahora situada en el orden de los 3.600 dólares. Y si alguien le dice que la performance exportadora del sudeste asiático se explica por los salarios de hambre que reciben sus obreros, desmiéntalo sin temor a equivocarse: nosotros podemos suministrarle pruebas de que en toda el área los salarios reales son superiores en la actualidad a los nuestros, y en algunos lugares superan a dos y tres veces los nuestros.
Si en la muestra incluyéramos a Indonesia, Malasia y Tailandia conformaríamos una muestra alternativa de unos 300 millones de habitantes y la comparación así perdería un poco de contraste. Todo el sudeste asiático, con la excepción de Filipinas, tiene básicamente el mismo ritmo. Nuestro consuelo puede estar en que las condiciones en África, Vietnam, Cambodia, Laos, Birmania, etc. son aún peores que las nuestras. Pero a nadie debería quedarle ninguna duda de que una parte del mundo subdesarrollado ha iniciado una persecución de los países más avanzados que va a terminar con su integración en la vanguardia, y que nosotros nos estamos perdiendo ese tren.
Esos países que se están acercando aceleradamente al grupo de las naciones más prósperas, basan su éxito en una estrategia esencialmente exportadora, que conlleva una apertura radical de sus economías (su coeficiente de apertura es del orden del 50% contra menos del 15% de América latina) y también implica el ofrecer una base atractiva para la radicación de capital extranjero. El argumentar que los que les prestan o invierten allí son imprudentes y que merece ser penalizados por ello, es algo que por ahora nunca se les ha ocurrido.
Los latinoamericanos parecemos convencidos de que nuestra ventaja comparativa está en la entonación de melodías plañideras, en la ejecución de las cuales hemos llegado a un gran perfeccionamiento. Lamentablemente, sin embargo, en el mundo no hay demanda para ese género de folclore. Deberíamos olvidarnos de los llantos y gemidos, averiguar qué es lo que se puede vender en el mercado mundial, y ponernos a trabajar para producirlo. Apenas nos arremangáramos comenzaríamos a sentir que la importancia del tema de la deuda había sido sumamente exagerado.