Muchos pequeños han querido pasar por debajo del arco iris, sobre todo después de oír la historia de una niña que lo logró, y por allí arribó al maravilloso país de Oz. Con la trepidación con que un día uno les revela a los hijos que los Reyes son los padres, hoy les queremos asegurar a nuestros compatriotas que el país de Oz es una fantasía.
Hay objetivos que se derrotan a sí mismos. Si uno trata de acercarse al arco iris, éste indefectiblemente retrocede. Si uno quiere pisar su propia sombra, ella se escapa. Intentar empresas semejantes durante la infancia es normal. Hacerlo de grandes es flagrante infantilismo. Y el infantilismo no sólo es risible: también se paga caro.
Ustedes saben cómo es la tierra de Oz con que los uruguayos sueñan: nadie pierde el empleo, ninguna empresa se funde, los deudores pagan si quieren, los acreedores carecen de existencia real, y si todavía alguien tiene dificultades, viene el Banco República y lo salva. Hace una semana sugeríamos a nuestros lectores que los recursos de esta institución no son de veras infinitos. Hoy queremos reiterarles que el realismo es una virtud insoslayable.
Por ejemplo, ¡qué buena cosa es que la gente pueda conservar su empleo mientras no desee cambiarlo o dejarlo! Pero al mismo tiempo que deseable, es un objetivo imposible. Hay, por cierto, sociedades donde los puestos de trabajo son seguros. Las abejas y las termites no están sujetas al riesgo de paro forzoso, y lo mismo les acontece a los esclavos. Nadie oyó nunca hablar de un esclavo desocupado. Hoy mismo hay incontables millones de trabajadores que son propiedad de sus respectivos Estados, y donde la seguridad del empleo es muy buena. Tan buena, que si quieren renunciar e irse les ponen por delante muros y alambradas de púa, guardias fronterizos y mastines feroces.
Es importante comprender el papel que la libertad ha desempeñado y sigue desempeñando en este drama. La libertad de emplear trabajadores y de despedirlos, la libertad de aceptar empleos y abandonarlos. Fue en un ambiente en que esas libertades se reconocieron que el crecimiento económico realmente vigoroso comenzó. La antigüedad clásica nunca pudo superar determinado techo tecnológico. En el período alejandrino el crucial nivel de los conocimientos matemáticos era enteramente comparable al del siglo XVII occidental, sin embargo nadie descubrió el cálculo infinitesimal, que en poco tiempo les habría conducido a la máquina de vapor y los motores a explosión. Tal parece que la amplia disponibilidad de mano de obra servil operó como un bloqueo mental de toda ruta que condujera hacia máquinas cuyo propósito esencial no es otro que el de sustituir a los seres vivos como fuentes de energía y agentes de trabajo.
De hecho fue en Occidente y en un entorno de trabajo libre que la revolución científica se plasmó en el siglo XVII, condujo a la revolución industrial en el XVIII, y en la segunda mitad del siglo XIX había puesto a la humanidad en la ruta de conseguir por primera vez en su historia condiciones de vida propiamente humanas para el grueso de los trabajadores. Pero los trabajadores libres podían también estar desempleados. Desempleados por el ciclo económico, y porque la tecnología los tornaba redundantes; porque su empleador caía en quiebra y porque la industria en que trabajaban entraba en decadencia. Muchos oficios, larga y duramente aprendidos, se volvían inútiles. Muchos hombres y mujeres de edad madura debían empezar de nuevo. Para algunos la readaptación era sencillamente imposible.
Y esa característica de la economía de mercados continúa hoy. Si bien el ciclo económico no ha vuelto a acercarse a la intensidad de la década de los años '30, la obsolescencia del capital humano sigue distinguiendo al capitalismo. La reasignación de recursos humanos en los países más desarrollados, dentro del área manufacturera, y del área manufacturera a la de servicios, ha sido sencillamente espectacular en los últimos años. En los EE.UU., millones de trabajadores calificados han perdido sus empleos en la década corriente. En este mismo lapso, simultáneamente, se han creado más puestos de empleo que nunca antes en la historia de aquel país. La mayoría de los trabajadores desplazados, pese a su especialización, al cabo de pocos meses están de nuevo empleados ganando más que antes. Otros, sin embargo, deben resignarse a una reducción de su remuneración, y unos pocos se suman al grupo de los inempleables. La buena y la mala suerte desempeñan en todo esto papeles importantes.
Es triste que así sea: que la libertad, el progreso material y un riesgo significativo de ver el capital que uno ha acumulado con esfuerzo esfumarse por obra de la obsolescencia, se hallen indisolublemente mezclados en los cimientos de nuestro sistema económico. Pero es así, y pretender ignorarlo sólo agrava el costo. Frente al trabajador que le toca sufrir las consecuencias de ese riesgo, la comunidad puede y debe manifestar solidaridad, pero no pretender que la realidad es plástica y puede moldearse a voluntad dejando fuera sus aristas punzantes.
Que esto último es lo que el Uruguay democrático está tratando de hacer es a esta altura manifiesto. La vieja tendencia a dejarnos dominar por el sueño de un país perfecto, cuya estructura económica podemos legislar, y a confundir esa visión onírica con la realidad, está de nuevo entre nosotros. La memoria del pasado desastre, en cambio, no aparece por ninguna parte.
No se lea, por supuesto, en este artículo una exhortación a los sindicatos obreros de cejar en su pretendida defensa de las "fuentes de trabajo" de sus afiliados. Dada la falta notoria de éxito del sistema capitalista en el Uruguay, es sumamente difícil que nuestros trabajadores acepten de buen grado la inestabilidad de sus empleos como contrapartida de un dinamismo de la economía que ya van generaciones que no se ve. Nos dirigimos, en cambio, a quienes tienen la obligación de saber que el trabajo no es de fuentes que fluye; que la expresión "fuentes de trabajo" se entronca en una mitología en que el legislador puede, como hizo Moisés, hacer brotar milagrosamente el agua de las rocas; que las oportunidades crecientes de empleo y de salario real en alza dependen crucialmente de un sistema económico sano; y que entre las formas más obvias de robarle la salud a una economía está el malgastar sus recursos en mantener artificialmente los empleos y las empresas. Por supuesto, entre quienes comparten la responsabilidad por saber estas cosas están los gobernantes.
Nosotros estamos haciéndolo en gran escala. Empezamos en el sector público, seguimos en el sector financiero, continuamos en el transporte carretero, y —Corporación para el Desarrollo y Banco República mediante— avanzamos hacia el resto de la economía. Sin embargo, si no estamos en la tierra de Oz, los bienes y servicios que consumimos tienen que salir de la aplicación de trabajo y capital auténticamente productivos. Por lo tanto debe haber una masa crítica, más allá de la cual la pretensión absurda tiene que explotar: toda la economía uruguaya no puede convertirse en un gigantesco seguro de paro encubierto.
Necesitamos una gran operación verdad. Hemos oído argumentar que la privatización de la recolección de residuos no reduciría los costos actuales porque los trabajadores municipales que ahora deberían recolectarlos seguirían ganando sus sueldos. Pero esto es gruesamente inadmisible. Por de pronto, contra lo que la mayoría parece creer, no es lo que la Constitución ordena. La destitución de un funcionario público, que la Constitución somete a condiciones sumamente astringentes, significa su remoción de un cargo presupuestal vigente. Eliminado el cargo, el funcionario cesa por ese concepto, no por destitución. Eso es lo que la Constitución realmente dice, y si dijera otra cosa, si preceptuara que a los recolectores de residuos hay que seguir pagándoles el sueldo cuando ya no recogen nada, o inventar algo que puedan recoger para poder seguir pagándoles su sueldo, entonces sería un documento sumamente disparatado, a la vez que estrictamente inmoral.
Hoy en día el Banco República está comprometiendo decenas de millones de dólares al año, que en realidad son propiedad de la ciudadanía, para mantener abiertos cuatro bancos que a nadie se le puede ocurrir que cumplen una función útil, ni para el Banco República, ni para la economía del país, ni para nadie que no sean los integrantes del personal y sus familias. Y la misma institución acaba de comprometer 300 mil dólares para que una empresa de transporte pueda seguir operando, cuando todo indica que las consideraciones bancarias elementales habrían obstado a esa operación, y que el mercado puede abastecer la demanda respectiva sin dificultad. Y todo esto no es más que la cresta del iceberg. Debajo de la superficie está la inmensa masa de la deuda refinanciada, con su arrolladora vocación de transformarse en deuda pública.
Si caemos en el error de creer que todo esto puede seguir y durar, entonces es que padecemos un infantilismo atroz. Y cuidado, porque los niños que sólo lo parecen, pero que en realidad son adultos tontos, no tienen futuro.