La teoría aplicable (I)

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En los dos últimos artículos, vinculados al ajuste del desequilibrio externo, me he ocupado largamente del déficit fiscal y parafiscal, y el mismo punto adquirirá relevancia al tratar el tema siguiente, que es el de la inflación. Me parece oportuno detenerme un par de semanas e inquirir por qué el déficit del sector público es importante en ambos aspectos, y qué otras variables poseen relevancia en este contexto.

Dejaré que un texto de la obra citada en el último artículo, titulada Fondo Monetario Internacional y Banco Mundial... de Samuel Lichtensztein y Mónica Baer, me guíe en el tramo inicial. En la pág. 64 se lee:

"...la actuación del FMI se identificó con una posición monetarista que insistía en entender los déficits de balanza de pagos y la inflación como un exceso de demanda, originado en equivocadas políticas cambiarias, monetario-crediticias, fiscales y salariales. En (la década de los cincuenta) ese punto de vista se opuso a los esquemas reformistas (inspirados en la CEPAL) que situaban las raíces de tales desequilibrios externos e internos en la esfera de la estructura productiva".

La teoría keynesiana

Lichtensztein y Baer identifican al monetarismo con un exceso de demanda, pero no dicen por qué clase de bienes. Puede tratarse de los bienes y servicios que forman el producto nacional, o de los activos que llamamos dinero, o de los demás activos financieros, v.gr. bonos, o de la mano de obra, o de las divisas internacionales. En cierto modo, todas las teorías hacen intervenir los conceptos de demanda u oferta excedentes para explicar la inflación y el déficit de pagos externos, por la sencilla razón de que, al menos para la mayoría, desequilibrio por un lado, y exceso de oferta o demanda por el otro, son sinónimos.

Para la teoría keynesiana original —digamos, la contenida en la Teoría General (1936)— la inflación es el resultado de una demanda excedente en el mercado de bienes (donde, para simplificar, suponemos que se transan todos los bienes que integran el PBI). ¿Cómo puede originarse semejante excedente? Normalmente habrá un aumento de la demanda, por ejemplo de la demanda del gobierno por bienes y servicios, y habrá un fracaso de la oferta en ponerse a tono con la demanda ampliada, casi siempre por falta de recursos ociosos que poner a trabajar para expandir la producción. Si la oferta es elástica, la variable de ajuste que equilibra el sistema es sencillamente el producto nacional. Si la oferta es rígida, la variable de ajuste es el nivel de los precios; tenemos entonces una inflación.

Pero supongamos que el Banco Central de un país que experimenta esa clase de proceso mantiene fijo el precio de las divisas o del oro. Cuando todos los bienes domésticos comienzan a subir de precio, si el tipo de cambio, o sea el precio de las divisas, permanece fijo (y puesto que en términos reales estará bajando), es natural que una parte de la demanda excedente por bienes y servicios se transmita al mercado de cambios. La demanda excedente allí será satisfecha por el Banco Central, a través de la pérdida de reservas que los observadores reconocerán como la manifestación de un déficit de balanza de pagos.

Keynes construyó un modelo cerrado para su Teoría General, de modo que sí las referencias a la balanza de pagos son sólo incidentales. Pero una teoría del equilibrio externo conforme a los lineamientos que anteceden está claramente implícita en su obra, como varios keynesianos, especialmente Joan Robinson y Abba Lerner, lo hicieron ver en los años inmediatamente siguientes a la muerte de Keynes (ocurrida en 1946). El problema específico que se plantearon estos autores era el de si una devaluación podría restaurar el equilibrio externo una vez que éste se rompía. El método que siguieron fue muy directo: consistió en analizar el efecto de la devaluación sobre las exportaciones e importaciones. Las exportaciones aumentarían en cantidad pero bajaría el precio unitario, y las importaciones descenderían. Como habría un efecto en dirección desfavorable (peores términos del intercambio) el resultado global de la devaluación es incierto. El éxito dependería de que las elasticidades de oferta y demanda de exportaciones e importaciones alcanzasen determinados valores críticos. En caso afirmativo la política de pleno empleo enriquecería su instrumental con la devaluación. Supongamos que se tratara de reducir el desempleo en x% sujeto a la restricción de que la pérdida de reservas fuese inferior a determinada suma. Para ello habría que recurrir simultáneamente a dos instrumentos: uno de carácter fiscal —aumento de gastos o reducción de impuestos— y otro de carácter monetario —devaluación—. Si las elasticidades, sin embargo, no alcanzaban a los niveles críticos, probablemente la pérdida de reservas obligaría a restringir la demanda agregada por debajo del nivel conducente al pleno empleo. Imagino que el concepto de programas recesivos frecuentemente atribuidos al FMI responden a este orden de ideas, o sea a un enfoque cuyo apogeo aconteció hace unos cuarenta años, del cual es sumamente reducido lo que queda aún en pie o pueda rescatarse.

Por el momento esto deberá bastar. No he completado ni siquiera un somero escorzo de la teoría keynesiana de la inflación, pero me ha munido de los elementos suficientes para poder proseguir la cabalgata teórica, que nos llevará ahora por tierras cepalinas.

La teoría estructuralista

El estructuralismo es una versión muy sencilla de la teoría keynesiana, tan sencilla que los rudimentos expuestos más arriba alcanzarían para entenderla.

Los modelos característicamente keynesianos siempre empiezan a operar a partir de una presión de la demanda. Sea X un país del "Tercer Mundo" cuyo gobierno pone en práctica un programa de inversiones en el marco de un plan de desarrollo. En manera típicamente keynesiana, el gasto de capital incrementado repercutirá sobre la demanda de los consumidores. Entre los rubros cuyo consumo estos tratarán de aumentar estarán los alimentos. El equilibrio del sistema sin inflación exige que la oferta de alimentos aumente pari passu con la demanda. Si ello no ocurre, la variable precios tendrá que entrar en juego.

Supongamos también que el sector rural de X está dividido en dos partes: un conjunto de productores de alimentos para el mercado interno y un conjunto de plantaciones que producen para la exportación. Los primeros son minifundistas, carecen de crédito accesible y de tecnología adecuada. Las segundas son latifundistas y usan tecnología tradicional. Cuando aumenta la demanda de alimentos el primer grupo no puede aumentar la cantidad ofertada porque carece de recursos para ello. Los alimentos pueden importarse pero, como el sector exportador está compuesto por los latifundistas que carecen de interés en aumentar la producción, ello conduce a un déficit de balanza de pagos. En la medida que el país posea un stock de reservas puede limitar la inflación, pero tarde o temprano tendrá que aceptar la limitación de las importaciones, con la consiguiente consecuencia sobre el nivel de precios. Y si quiere limitar la inflación tendrá que abandonar su plan de desarrollo con el consiguiente resultado sobre la tasa de crecimiento y el nivel de empleo: volvemos a toparnos con las recetas recesivas.

Lo que antecede es un ejemplo. Creo que el tipo de limitantes estructurales que presenta es característico, pero por supuesto puede darse al respecto una gran variedad. Lo esencial es que se afirma que en los países menos desarrollados hay cuellos de botella estructurales que desempeñan el mismo papel que el pleno empleo en las economías altamente desarrolladas en cuanto a volver inelástica la oferta agregada de bienes y servicios. Y además es esencial el corolario práctico: la única vía segura que permitiría salir del atolladero de inflación y déficit externo a los países con voluntad de desarrollo es la reforma estructural. Por ejemplo, en el caso del país X, una reforma agraria. La política antiinflacionaria y la política de ajuste externo son una reforma de estructuras, y lo demás son cataplasmas.

La teoría "monetarista"

No existe, en la literatura económica, una corriente que se autodenomine monetarista. Esta palabra fue acuñada hace bastante poco por Brunner, para oponerla a keynesiano. Sin embargo, un uso como el que hacen del vocablo Lichtensztein y Baer en la transcripción precedente implica un sentido mucho más general, algo así como el concepto de escuela clásica en Keynes, o neoclásica en otros autores, y tiende a englobar orientaciones como la teoría cuantitativa del dinero y el enfoque monetario de la balanza de pagos, pese a que algunos autores que se adoptan el segundo, como Mundell, reconocen una clara influencia keynesiana en su formación. Aceptemos, para simplificar, esa terminología, y llamemos monetarismo a todo el complejo teórico que es habitualmente usado por la corriente principal de la literatura en Occidente, incluida la emanada de los economistas que trabajan para el FMI. La exposición que sigue servirá para precisar más el sentido con que emplearé el vocablo.

Una diferencia que me parece muy importante entre esta escuela y la estructuralista, y en alguna medida con la teoría keynesiana de la balanza de pagos (teoría de las elasticidades) es que no hay países con una tendencia estructural al déficit externo o a la inflación. Me refiero, como es natural, a la estructura económica, porque es harto evidente que en la estructura cultural y sociológica, que incluye naturalmente cosas como el nivel de integridad de los políticos y el nivel de preparación de los economistas, en algunos países es más favorable que en otros para la inflación y el déficit externo. Pero la línea divisoria entre unos y otros países de este punto de vista no tiene por qué coincidir con la que separa los países más y menos desarrollados. "Un país muy rico puede tener una moneda muy mala y un país pobre puede tener una muy buena". Keynes escribió esto en 1923, y tenía razón. Compare usted la moneda alemana con la uruguaya, ambas de aquel año, y también pensará lo mismo.

Aníbal Pinto, por ejemplo, uno de los adalides del estructuralismo, en un artículo publicado en la Revista de CEPAL correspondiente al 2º semestre de 1978, afirma que las economías subdesarrolladas poseen "una crónica inclinación a las restricciones externas" y en otro lugar del mismo artículo se refiere a "la propensión al desequilibrio externo" de las mismas economías cuando buscan el desarrollo. Para un monetarista semejantes afirmaciones carecen de todo fundamento. Un monetarista podría resumir lo que piensa al respecto de la siguiente manera.

Planteémonos el caso de un país cualquiera —desarrollado o subdesarrollado, por ahora no viene al caso— que use su propio dinero, basado en la emisión de su propio Banco Central. Empecemos suponiendo que el mercado de capital no está funcionando, lo que tiene por consecuencia que cada agente —familia, empresa o gobierno— no puede invertir más que su propio ahorro, excepto en la medida que esté dispuesto a ver descender su saldo de caja. Y por ahora supongamos también que no hay movimientos internacionales de capital: las transacciones internacionales se limitan al comercio de bienes y servicios, al pago de intereses sobre deudas anteriormente contraídas y al pago de transferencias. Y, por supuesto a los movimientos de reservas necesarios para equilibrar las cuentas, a través de la administración de un régimen de tipo de cambio fijo. El Banco Central no le está dando crédito a nadie —supuesto adoptado en primer lugar— de modo que sus pasivos monetarios, o base monetaria o, para simplificar, emisión, tienen que tener por contrapartida variaciones de sus reservas internacionales. Siempre conforme al primer supuesto, el sistema bancario en el período considerado se limita a administrar una cartera heredada del pasado, pero no hay préstamos ni reembolsos.

Adoptemos aún un supuesto más, como el resto a título provisorio: la demanda por dinero es muy estable, y los agentes privados no están dispuestos a separarse de sus saldos de caja en ninguna medida. Entonces el ahorro nacional y la inversión doméstica serán necesariamente iguales. Y en ese caso la balanza de pagos estará necesariamente en equilibrio, porque el saldo de la cuenta corriente, en la que caben todas las transacciones que se están realizando, es idénticamente igual al ahorro nacional menos la inversión doméstica. Y ello es cierto independientemente de la clase de país de que se trate, desarrollado, subdesarrollado, intermedio, o lo que fuere. Por lo tanto, si un país sufre un déficit externo tiene que ser por alguna causa que esté vinculada con los supuestos que adoptamos, y no con cosas tales como la elasticidad de la oferta de exportaciones, o de la demanda de importaciones, sobre las que no supusimos nada.

Abandonemos ahora el supuesto de que no hay movimientos internacionales de capital. Imaginemos que algunos agentes domésticos se sienten atraídos por planes de inversión ofrecidos por bancos del exterior, y colocan allí sus ahorros. Entonces el país experimentará un déficit en cuenta de capital. Sin embargo, será fácil ver que la cuenta corriente tendrá un superávit que equilibrará la balanza de pagos en conjunto. En efecto, el ahorro invertido en el exterior ya no estará disponible para invertirlo domésticamente. El ahorro nacional superará la inversión doméstica exactamente en la misma magnitud de la inversión nacional en el exterior: el saldo de la cuenta de capital y de la cuenta corriente balancearán exactamente.

Ahora abandonaremos todos los supuestos restantes menos uno: el Banco Central seguirá sin dar crédito y todo movimiento de su emisión por tanto responderá a variaciones de reservas. Veremos que ahora pueden surgir saldos no nulos de balanza de pagos pero sólo transitoriamente. Supongamos que los agentes económicos en conjunto, o tal vez sólo una parte de ellos, optan por tener una parte menor de sus activos en forma líquida. Digamos que se introducen las tarjetas de crédito, y los consumidores encuentran que pueden realizar las mismas transacciones que antes con un promedio de efectivo menor. Crecerán los depósitos en los bancos y estos estarán en condiciones de aumentar sus préstamos. La tasa de interés bajará y el gasto total crecerá consiguientemente. Es muy probable que la inversión doméstica crezca más que el ahorro y se genere un déficit en cuenta corriente, y la balanza de pagos muestre también un saldo negativo. Básicamente habrá acontecido esto: el menor coeficiente de efectivo en la oferta monetaria habrá hecho subir el multiplicador monetario, y el stock de dinero habrá crecido más allá de la magnitud demandada. El ajuste se realizará vía déficit de balanza de pagos, pérdida de reservas, con la consiguiente reducción de la base monetaria. Pese al mayor multiplicador, la oferta monetaria, representada por M1 o M2, volverá a ser igual a la demanda. Y entonces la tasa de interés y la balanza de pagos retornarán a su nivel de equilibrio.

Este origen trivial de un déficit externo trata de ejemplificar casos en que sólo se trata de ajustes menores del stock de dinero, y el déficit no es más que un engranaje del mecanismo monetario. Por contraste, el déficit puede revestir gran importancia económica y social. La literatura estructuralista ha puesto gran énfasis en los déficits originados en shocks reales, frente a los cuales las medidas puramente monetario-fiscales propuestas por el FMI resaltan por su incongruencia. Por ejemplo: supongamos que el país es un importador de petróleo, que se produce un shock petrolero como los de 1974 y 1979, que tuerce abruptamente los términos del intercambio en su contra. Por supuesto que sobrevendrá un déficit en cuenta corriente y en balanza de pagos, pero éste será, igual que el anterior, transitorio. También tenderá a ajustarse espontáneamente. Tampoco se requerirán reformas estructurales. Sólo se requerirá que el Banco Central se abstenga de imprimir billetes para financiar el déficit fiscal y para financiar la inversión doméstica. Veamos lo que acontecería.

Acontecido el shock petrolero, la comunidad en conjunto se sentirá (y será) más pobre que antes y, entre otros ajustes consiguientes a su nueva e inferior condición, demandará menos dinero. Por ejemplo, estará dispuesta a financiar parte de sus gastos de consumo a expensas de sus saldos de caja. Por lo tanto el ahorro nacional bajará y la cuenta corriente y la balanza de pagos entrarán en déficit. Sin embargo, una vez que los saldos excedentarios se hayan gastado, el ajuste tendrá que hacerse via reducción real, mediante un descenso del consumo. Lo que digo es que la familia que ya no tiene saldos líquidos no tiene alternativa más que reducir su nivel de vida. Y lo que es cierto para una lo es para todas. El gobierno, por su parte, habrá visto mermados sus ingresos tributarios, en razón de la caída del producto nacional, pero sus posibilidades de mantener el nivel de gastos por encima del de ingresos dependerá, dado el supuesto de que el Banco Central no podrá financiarlo con emisión, de que consiga que agentes residentes o no residentes le compren bonos o letras. En el primer caso —prestamistas domésticos— el ahorro negativo del gobierno se compensará con el ahorro positivo de aquéllos. En el segundo la cuenta corriente se mantendrá en déficit, pero los préstamos generarán un superávit compensatorio en cuenta de capital.

En suma la balanza de pagos es, como la inflación, un fenómeno monetario. Por más que haya factores reales que influyan en una y otra. Si un país no tiene moneda propia, no puede tener inflación apreciablemente distinta de la que experimenta el país cuya moneda usa, y si no tiene un Banco Central que emita contra papeles no puede tener un déficit duradero de balanza de pagos. Panamá, por ejemplo, no puede tener una inflación distinta de la de los EE.UU., pese a la diferencia de estructuras. Y no puede tener una crisis de pagos externos. Y Uruguay nunca tuvo inflación ni balanza de pagos deficitaria mientras no tuvo un banco oficial emisor.

Los monetaristas dicen más cosas aún, pero tendrán que quedar para la semana próxima.

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