Estudiantes y revolución en el '68

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Refiriéndose a su error de junio de 1968, cuando predijo que ninguna fuerza humana, a no ser una revolución, podría controlar la inflación que por entonces se acercaba a una tasa anual del 200%, en su carta aparecida hace dos ediciones, el Prof. Roque Faraone escribe:

"No preví, entonces, la capacidad de un gobierno autoritario para mantener el status quo socioeconómico y monetario, mediante una represión que llegó hasta el asesinato de estudiantes. Aludo, naturalmente, al gobierno del Sr. Pacheco Areco, del que Ud. fue Ministro".

¿Qué tienen que ver los estudiantes muertos con la inflación? ¿Qué tienen que ver conmigo, en un contexto referido a una conferencia del Prof. Faraone sobre economía que yo cité? ¿Qué significa, por amor de Dios, "el status quo monetario" que el gobierno del Sr. Pacheco Areco habría mantenido sobre un cimiento construido con cadáveres de estudiantes? La densa niebla que parece ser el hábitat natural del espíritu del Prof. Faraone se escapa por todas las junturas de su carta y arriesga envolvernos a todos.

Aparentemente, se trata del argumento ad hominem, sólito recurso de los polemistas inescrupulosos, que el Prof. Faraone estaría esgrimiendo contra mí. Pero, ¿en apoyo de qué tesis? Si introduzco un poco de luz en su carta, creo leer esto: Díaz afirma que yo incurrí en un grueso error; es cierto que me equivoqué; pero no le crean: él fue ministro de Pacheco, y la sangre de jóvenes derramada por aquel gobierno autoritario obsta a su credibilidad. O algo por el estilo.

De lo contrario es una vendetta: tú revelas que yo cometí un error que me deja en ridículo; pues bien, yo te acuso de complicidad en la muerte de estudiantes.

No sé si lo uno o lo otro, pero la acusación está ahí, y ya la enfrento.

¿En qué relación estaba yo respecto de los estudiantes en junio de 1968, cuando el Prof. Faraone hacía de aprendiz de profeta en Mercedes, y cuando el gobierno ponía en marcha el tratamiento de choque contra la inflación, que yo había contribuido a diseñar, y en julio, y en agosto del mismo año, cuando aquel tiránico gobierno, que yo integraba, acentuaba su represión? Pues una relación no muy lejana. Ciertamente, yo no estaba refugiado en ningún bunker: cada lunes, miércoles y viernes, a las ocho de la mañana, estaba dando clase en la Facultad de Derecho.

¿Cuándo dejé de dar clase? En agosto de 1968; cuando la Universidad me separó por la fuerza de mi cátedra. Cuando decidió sumariarme pero luego no se atrevió nunca a notificarme los cargos respecto de los cuales se trataba de investigar mi responsabilidad; menos, naturalmente, a darme una oportunidad de defenderme contra lo que no fue más que el uso de la fuerza bruta a fin de silenciar a un profesor que molestaba a la dirigencia marxista.

¿En qué relación estoy respecto de los estudiantes ahora mismo? Pues en una relación muy parecida a la de 1968. Sigo dando clase, igual que entonces, sólo que ahora es de 10 a 12 de la noche. El horario es un poco peor, pero es el horario en que me dejan dar clase. Y, Dios mediante, seguiré mientras no me lo impidan.

¿Qué averigüé yo en 1968, hasta agosto, cuando concurría tres veces a la semana a la Universidad a cumplir con mis deberes académicos? Pues averigüé que el marxismo estaba tratando de usar a los estudiantes como carne de cañón en el putsch que estaba preparando. Había por todas partes letreros dirigidos contra el gobierno, en particular contra el Ministro del Interior, en algunos de los cuales, palabra más, palabra menos, se decía: Todavía no has tenido una víctima, pero pronto la tendrás. Y, efectivamente, una primera víctima cayó, y después una segunda. Pero la sentencia de la historia sobre quiénes eran los responsables por la sangre derramada no sé y no ha recaído aún.

Recuerden que en mayo de 1968 había presenciado incidentes de mayo en París y luego en toda Francia una revuelta que había desencadenado una huelga que involucró a 10 millones de trabajadores, y que la izquierda asumió proporciones cuasirrevolucionarias. Parecía entonces que tal vez podía dar la razón a Marcuse para darle la mano a Marx, y que los estudiantes podían ser, después de todo, la punta de lanza de la revolución proletaria. Los hechos probaron que las jornadas de 1968, tanto en Francia como en el Uruguay, no pasaron de ser tentativas de golpes de mano oportunistas, divorciados del sentir del pueblo francés y del pueblo uruguayo. Unas elecciones generales llamadas en Francia como consecuencia de los incidentes dieron al Gral. De Gaulle un apoyo abrumador, y en el Uruguay el veredicto de 1971 es conocido por todos.

Si el marxismo lanza a los estudiantes en la vanguardia de un putsch, ¿qué se debe hacer? ¿Ceder o resistir? Yo no tengo dudas de que lo segundo. ¿A quiénes incumbe la responsabilidad por los estudiantes caídos en esa clase de acciones? Pues en cierta medida a ellos mismos, y en medida mucho mayor a quienes los azuzaron y los usaron en la emergencia.

Esa es mi creencia, mi profunda convicción. Si el gobierno que yo integraba en 1968 y que integré hasta 1970, es responsable, yo también lo soy. Entiéndase bien: frente a la acusación que enfrento no invoco ni por un instante el carácter técnico-económico de mis funciones en él. Yo me fui de ese gobierno en octubre de 1970 por discrepar con el criterio del Presidente en materia presupuestal. Si hubiese discrepado con la resistencia que el gobierno opuso a los estudiantes azuzados y usados por la dirigencia de la subversión, no me habría quedado un solo día. Y conste que habría ido a la Universidad a decirlo si me lo hubieran dejado. Y conste que ahora voy dos veces a la semana, y me lo pueden preguntar.

Tal vez yo debería ser un poco más explícito en cuanto a lo que entiendo por "azuzar y usar" a los estudiantes. Ya me referí a la profusión de carteles contra el gobierno, de tremenda agresividad. Era aquélla, en Montevideo como en París, la época de oro de los graffiti. Todas las paredes de la Universidad escritas o pintarrajeadas con lemas revolucionarios. Y una suciedad indescriptible completando la estética subversiva, que usa la fealdad, el desorden y la mugre como estimulantes de la violencia. Pero además hace falta la palabra, propiamente dicha, la razón, o su simulacro. Sin el logos, o lo que pase por él, sin un filósofo, o un profeta, o un sofista, no se puede ir a ninguna parte.

Confío en que si, para ilustrar lo que quiero decir, regreso a la conferencia del Prof. Faraone en Mercedes no se me imputará el haber recurrido yo mismo al argumento ad hominem. Mi defensa está ya completa. En ninguna medida ella reposa sobre un ataque a la credibilidad de mi acusador. Sólo que, totalmente aparte de todo ello, la conferencia del Prof. Faraone suministra una ilustración tan perfecta de lo que quiero decir, que abstenerme de usarla a fin de no ser sospechado de ser yo mismo polemista inescrupuloso entraañaría, en el mensaje que me siento en el deber de transmitir, una mengua que no tengo derecho a inferirle.

Permítaseme reiterar la cita que ya hice de la conferencia de Mercedes en mi artículo de meses atrás:

"A 136,4% la inflación en el año 67, —y en 5 meses y 10 días de inflación en el año 68 se mantiene un ritmo más acelerado— no hay fuerza humana que pueda detener el proceso, salvo una revolución que estallara dentro de 24 horas. Una revolución que cambiara las bases económicas y políticas del país dentro de 24 horas, que actuando de aquí hasta diciembre pudiera cambiar el rumbo de la historia. Si no, no hay fuerzas humanas que lo puedan hacer" (énfasis agregado).

¿Por qué era necesaria una revolución? El Prof. Faraone no lo dice nunca. Muy pronto se embarca en una explicación sorprendentemente monetarista de la inflación. Se trataba de un monetarismo muy tosco, pero esto, ni puede sorprendernos, ya que el Prof. Faraone en su carta se apresura a reconocer que no es economista, ni es realmente importante. Dice así:

"Al gobierno le interesa la devaluación sistemática porque con eso imprime papel moneda y así paga el déficit presupuestal. El dinero sale de la nada, aunque muchos jóvenes se pregunten ¿cómo así, simplemente, de la nada? Se imprimen más billetes y el gobierno es el primero que dispone de ese dinero impreso, lo que pone en circulación y con ello, de la nada está pagando lo que debe. —Pero entonces se desvaloriza.— Sí, claro muchachos, se desvaloriza. Una vez que toda esa masa de dinero impreso que se agrega a la que ya estaba circulando, ... como la masa de bienes que hay para comprar, de cosas que todos necesitamos, es la misma, y la cantidad de personas que quieren comprar esos bienes es la misma, tenemos que poner más pesos para comprar la misma cantidad de bienes. Es simple..."

Pero si era así, ¿no resultaba más sencillo reducir el déficit fiscal que —nada menos— hacer una revolución? Si el Prof. Faraone hubiera consultado los datos pertinentes —dejando de lado su clara animadversión hacia las estadísticas— habría sabido a la sazón que el déficit fiscal ya se había reducido notablemente, respecto de su gran nivel en 1967, y no requería financiación inflacionaria, por lo cual la emisión de dinero sin respaldo podría reducirse drásticamente en cuanto fuese posible cambiar las expectativas, sin peligro de una apreciable recesión. Pero si el Prof. Faraone hubiese sabido estas cosas, habría tenido que pensar en otro motivo para hablarle a los jóvenes de revolución y presentarle a los muchachos la perspectiva de cambiar el rumbo de la historia antes de fin de año como algo tangible.

Espero que lo que quiero significar al hablar de "azuzar" a los jóvenes, y de "usarlos" esté ahora algo más claro.

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