El modernizador que lo modernice...

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El presidente Sanguinetti se ha comprometido a modernizar el país. Nunca, que yo sepa, aclaró qué entendía por tal cosa, pero yo no acierto a pensar en nada que el gobierno esté haciendo que tenga siquiera algo remoto que ver con aquel compromiso.

Creo que el Presidente merece créditos destacados por la política monetaria y fiscal, por los motivos que ya he expuesto detenidamente en esta serie. Cada vez que miro hacia el Brasil y la Argentina, junto con la preocupación que sus atribuladas situaciones me suscitan, siento satisfacción y orgullo por la forma en que nosotros hemos ido sorteando los mismos arrecifes en los que las naves de nuestros vecinos parecen haber encallado. Entonces me propongo reconocer esto cuantas veces tenga que formular una crítica contra la presente Administración. Dicho esto con el debido énfasis, séame permitido, sobre el tema de hoy, hablar con claridad: pienso que en materia de modernización la bitácora de nuestro capitán está totalmente en blanco.

A falta de una definición oficial sobre lo que debemos entender por modernización en este contexto, no tengo más remedio que traer a colación las ideas que esta palabra atrae a mi pensamiento. Esas ideas son básicamente dos: universidad y empresas estatales. Y ambas ideas se me hacen presentes en su vertiente relacionada con la eficiencia. Para mí, en una palabra, modernizar al Uruguay es hacerlo eficiente, capaz de competir en los mercados mundiales, seguro de sí mismo, dispuesto a salir de su fortaleza proteccionista para asumir el destino reservado a todos los países pequeños que tienen voluntad de prosperar, que es un destino de apertura comercial, de competencia, de riesgo. De riesgo, digo bien, porque la apertura y la competencia lo implican. Y porque la consagración del país a la seguridad, a la vez que a la igualdad —las dos grandes pasiones nacionales en este siglo— sólo trajeron mediocridad, estancamiento y, como colofón trágico, emigración.

¿Por qué el Uruguay se convirtió, en compañía de Haití y de la Cuba castrista, en el único país de América latina con una universidad única? En su caso no fue el extremo de pobreza y atraso el factor determinante; tampoco lo fue el totalitarismo encastillado en el poder. En su caso fue el miedo. Concretamente el miedo a la excelencia. Si hay una universidad A que genera excelencia, y otra B, que no la genera, ¿qué va a ser de los pobres alumnos de la B? Vamos entonces a quedarnos con una universidad monopolista, que seguramente no generará excelencia —porque desde que París, Bolonia, Oxford y Cambridge, empezaron a competir entre sí hace seis o siete siglos, la emulación ha sido un incentivo indispensable para la calidad de las universidades— pero al menos no creará desigualdad entre los uruguayos.

¿Por qué el Uruguay se cerró al comercio a fines de la década de los años 40, y terminó tibetizándose? ¿Por qué el país prestó oídos al canto de sirenas que emitían Prebisch y la CEPAL, a pesar de sus flagrantes disonancias? ¿Por qué mientras Bolivia clamaba por una salida al mar, nosotros procurábamos reproducir los efectos de la cordillera a fuerza de aranceles, cupos de importación, tipos de cambio múltiples, detracciones, y toda la batería de instrumentos del proteccionismo más cerril? ¿Por qué desaprovechamos la mejor oportunidad para crecer hacia afuera de toda la historia, la de la fabulosa expansión comercial de los años '50 y '60? También fue por miedo. Miedo a perder las reservas que la guerra mundial nos había deparado, miedo a no saber competir, miedo a tener que cambiar, en cuanto barruntábamos que la apertura y la competencia tendrían sus exigencias, que no nos dejarían continuar la sabrosa siesta en el refugio dedicado a la seguridad y a la igualdad que a fuerza de leyes y decretos nos habíamos construido.

¿Por qué desarrollamos el peculiarísimo sector de empresas estatales que tenemos, que no será el mayor del mundo no soviético, pero que debe ser de lejos el más burocrático? ¿Por qué hemos confundido de manera tan cabal dos cosas tan necesariamente distintas como la administración del gobierno y la administración de las empresas estatales? ¿Cómo es que hemos podido pensar que con una gestión basada en el expediente, un control de gestión burocrático como el Tribunal de Cuentas, sin verdadera publicidad de los resultados, sin interés de nadie dentro de la organización por los resultados, con personal inamovible, con una muralla de monopolios legales cerrando el paso de toda competencia, podía conseguirse algo parecido a verdaderas empresas? Una vez más el miedo explica la curiosidad. O lo explica la pasión por la seguridad, que viene a ser lo mismo. Cuando se tiene ya un gobierno muy grande en un país muy chico, cuando la burocracia ya se ha extendido todo lo imaginable, todavía es posible extenderla otro poco con el truco de asimilar las empresas públicas al gobierno. Es posible allegar a otro poco de gente el desiderátum en materia de estilo de vida, que no es otro que el estilo de vida del empleado público.

Quien no entienda que el ideal humano de los uruguayos, para el grueso de la población, ha estado sintonizado normalmente en la onda del funcionario público —tal vez con una fugaz excepción, cuando estuvo sintonizado en la onda del empleado bancario, que en la época de oro de los bancos, gracias al redescuento, era como un burócrata sólo que bien pagado— no empieza a entender al país. La vida burocrática es el ideal de los uruguayos porque es una vida rodeada de absoluta seguridad, absoluta seguridad de empleo. Si usted es un empleado presupuestado, nada que haga puede hacerle perder el empleo. Y cuando digo nada quiero decir precisamente eso: nada. Encima tiene usted una garantía contra el fracaso. Toda esa tensión que describe Arthur Miller en Muerte de un viajante, por haberle faltado al destino, por haber faltado a la cita con el éxito, todo eso es estrictamente ajeno a la vida de un burócrata. Es imposible fracasar porque es imposible triunfar. La vida de un burócrata se halla predeterminada en exceso dado ya el feliz día en que le notifican el nombramiento. Poco más o menos, se sabe ya todo lo que va a pasar, hasta el fin. Es una vida muy a lo Manrique: un río apacible, que nunca cambia de curso, sólo que adonde va a parar no es el morir sino el jubilarse. Que no le quiten al burócrata este tramo, que es el más atractivo, porque, si cabe, es todavía más seguro.

Quizá algún lector se pregunte si el burócrata uruguayo no encontrará una pizca monótono este estilo de vida, pero yo creo que él diría que la monotonía no es veneno y en cambio la seguridad es su oxígeno. Si un funcionario típico oyera a D'Annunzio recitando aquello de vivere pericolosamente, es probable que su comentario fuera: estos poetas, ¡qué temprano empiezan a tomar!

El Uruguay de la larga decadencia, del estancamiento, de la trágica emigración, se halla encerrado en un anillo de hierro, hecho de clausura comercial, mediocridad educacional, burocracia, y monopolio. Modernizar quiere decir romper ese anillo. Y ello no es fácil, porque, puesto a votación, hoy por hoy, probablemente el anillo ganaría. El miedo que le daría a la mayoría de la gente la propuesta de su fractura no se puede ni describir.

Por eso pienso que, en el Uruguay, modernizar no quiere decir, en primer término, ponerse a redactar leyes y decretos, ni reformas constitucionales. Significa antes que eso ejercer un esforzado liderazgo, un liderazgo que tendrá que ser inspirado, porque deberá reavivar en las almas de los uruguayos un fuego del cual, por generaciones, los rescoldos ya no parecen muy promisorios.

Dicho en términos de mercadotecnia: no se trata sólo de fabricar un buen producto, hay que comenzar por generar la demanda. ¡Menuda faena!

Cuando se habla de modernizar un país, el pensamiento se le va a uno a nombres como los de Pedro el Grande y Ataturk. Sé poco sobre ellos, pero presumo que hicieron esfuerzos titánicos para mover a sus patrias de un determinado ámbito histórico a otro. Pienso que deben haber encontrado una ingente barrera en términos de la inseguridad que tales proyectos no pudieron dejar de despertar en su gente. Y que la tarea en que se metieron era digna de Hércules. Es ese género de liderazgo el que nuestro país hoy en día necesita.

Ralph Waldo Emerson escribió cierta vez un consejo que debe sonar muy extraño en oídos compatriotas. "Eso que te da miedo", recomendó, "eso mismo que te inspira temor, ¡hazlo!" ¿Será posible que alguien pueda hablarnos convincentemente a los uruguayos en términos semejantes?

En todo caso si alguien se propone seriamente modernizar, debe intentarlo. El presidente Sanguinetti no da muestras, por el momento, de aprestarse a tomar por esa esforzada ruta. Tal vez su sentido del tiempo político le diga que por el momento la hora de intentarlo no ha llegado aún. Quizá el líder que habrá de conducir al país hacia su modernización, que inevitablemente ha de venir, sea otro. Pero, si es otro, ¡qué bien le vendrían la elocuencia y la capacidad de comunicación del presidente Sanguinetti.

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