"Cuando me opongo a la estatización de la banca no defiendo a los ricos, sino a los pobres", ha declarado Mario Vargas Llosa, prestigioso novelista, ex adalid de la izquierda latinoamericana, sujeto de una profunda conversión que le llevó 20 años, ilustrada en la colección de ensayos, artículos, manifiestos y otros escritos pertenecientes al período 1962-82, titulada Contra viento y marea. Al cabo de ella percibe que los verdaderos intereses populares están diametralmente opuestos al crecimiento del Estado, así como a la absorción por el Estado de una industria clave para la eficiencia general de la economía.
Vargas Llosa también destacó la amenaza que la estatización de la industria bancaria traería para la libertad individual. "El gobierno podría poner de rodillas a todos sus adversarios", declaró "y controlar los medios de comunicación al utilizar políticamente los créditos."
Contra viento y marea es un libro impresionante por su sinceridad. Es como una continua radiografía de las convicciones del autor. Se entera uno, por ejemplo, de su adhesión primigenia a la Cuba castrista, que era "ilimitada e intratable, poco menos que religiosa". Aparecen luego los primeros desencantos. Leemos su carta abierta a Fidel Castro para protestar por la infamante autocrítica impuesta al poeta Heberto Padilla, que firmarían con él decenas de personajes de las letras y las artes mundiales.
Asistimos a su polémica con Angel Rama, que escribe desde Marcha, y en su transcurso le oímos quejarse de la tendencia de la izquierda vernácula a la intolerancia, a transformarse en una nueva inquisición, presta a blandir la excomunión y el anatema. Percibimos su creciente desolación ante el decaimiento de la libertad individual que acompaña el establecimiento de regímenes colectivistas en todas partes. Presenciamos la crispación que le causan los intelectuales metidos a funcionarios de la revolución, y su obsecuencia hacia los dictadores. Nos consta, al mismo tiempo, que su desilusión no progresa más que en forma dialéctica, conflictiva. Le oímos repetirse que el desvío de todas las revoluciones respecto de la norma liberal no es de su esencia. Su atormentado diálogo interior aflora en pasajes como éste de 1974:
"...a pesar del horror biológico que me inspiran las sociedades policiales y el dogmatismo, los sistemas de verdad única, si debo elegir entre uno y otro, aprieto los dientes y sigo diciendo: con el socialismo. Pero lo hago ya sin la ilusión, la alegría y el optimismo con que durante años la palabra socialismo se asociaba en mí, gracias exclusivamente a Cuba" (p. 212, énfasis en el original).
Si al lector le interesan la honestidad intelectual y la buena prosa, y quiere saber como se ve críticamente la izquierda latinoamericana desde dentro, Contra viento y marea es su libro. Una advertencia, sin embargo, nos parece de orden: no espere encontrar, en las 450 páginas que forman el volumen, nada que se parezca a un razonamiento económico, nada que presuponga la inteligencia de cómo funcionan los distintos sistemas económicos que allí se contraponen, nada que trascienda la posición voluntarista ingenua, según la cual la riqueza no es sino su misma distribución, y la distribución se hace conforme a los deseos del poder político. Es como si Vargas Llosa se hubiera juramentado para demostrar que es posible discurrir lúcidamente de literatura y política, sin enunciar nunca más que trivialidades cada vez que el tema económico se cruza en el camino.
A nuestro modo de ver, este rasgo de la personalidad de Vargas Llosa realza el valor del testimonio que ahora ha prestado, a propósito de la estatización de la banca en su país. Puede haber quien piense lo contrario, pero nosotros nos basamos en el siguiente enfoque.
La estatización de la banca como bandera no tributaria de un programa de estatización general sólo puede izarse en un asta hecha de prejuicios e incomprensión. Para un economista, lo único característico de la actividad financiera es lo arduo de las dificultades que plantea, y lo especializado de los recursos humanos que, consiguientemente, suelen aplicarse a ella. Para él un banquero es un especialista en evaluar los diversos riesgos que asedian el menester de ofrecer crédito. Todas las actividades empresarias se emparentan cercanamente con el futuro, pero ninguna tanto como la bancaria. Se trata allí de saber cuál será el curso por venir de una firma, de una industria, de un país, de la economía internacional... Ciertamente que el error no puede menos que ser el compañero inseparable del banquero, pero el economista no se siente tentado de concluir que, si nadie está libre de equivocarse en el cumplimiento de determinada tarea, sea indiferente quien la desempeñe. Sabe, en cambio, que en las decisiones empresarias, como en el baloncesto, nadie tiene un 100% de aciertos, pero los promedios entre los jugadores pueden ser muy diferentes.
Más concretamente, al economista le consta que, entre las industrias menos aptas para ser estatizadas, junto con la agricultura y la pesca, se destaca la banca. Sabe que, a condición de que los precios relativos no estén distorsionados en una economía, y la banca sea competitiva, la operación libre de ésta es capaz de asegurar un óptimo asignativo tan bueno (óptimo, recuérdese, significa mejor, no perfecto) como sea humanamente asequible. Para él, la pretensión de estatizar la banca, que no puede tener otra explicación racional más que la de sustituir la asignación de recursos a través del mercado por la planificación centralizada, representa la aceptación resignada de un nivel subóptimo de eficiencia. O sea, menores niveles de vida para la población en el presente, y peores perspectivas de crecimiento económico en el futuro. Sin que quepa duda a qué segmentos de la sociedad tal deterioro afectará más intensamente. La tesis de Vargas Llosa, en cuanto a que los pobres del Perú serán quienes más sufran por la estatización de su banca, para el economista no es más que una perogrullada.
Más allá del ámbito profesional de los economistas, las cosas son totalmente diferentes. Los banqueros, para cierto nivel cultural, son capitalistas con rasgos porcinos, que financian sus ostentosos lujos con el sudor del pueblo. A un nivel más sofisticado son la oligarquía que usa su aventajada posición en el mundo de las finanzas a fin de atraer a sus múltiples otros negocios más y más recursos. A todos los niveles, son perceptores de ingentes ingresos que les allega el privilegio, sin ninguna contrapartida de producción. Pecunia pecuniam non parit. El dinero es estéril, reconocerle la paternidad de intereses es artificial e injusto. En latín o vernáculo, las sentencias de los escolásticos sobre la banca, las que fundamentaron la secular exclusión de los cristianos de su ámbito, retumban a través de las edades. El estigma del ghetto, donde debió refugiarse, es difícil de sacudir. En el Uruguay, verbigracia, hay sólo dos clases de establecimientos que la ley declara inhábiles para aspirar a la protección que acuerda a los inquilinos empresariales: las casas de cita y los bancos. Esa aversión atávica hacia Shylock y sus colegas, y nada más que eso, explica el lugar prominente que la estatización de la banca ocupa en tantas plataformas partidarias. También explica la estrategia actual de Alan García. Los recursos de los gobernantes latinoamericanos en apuros se asemejan a una escopeta con dos cartuchos. El primero se dispara contra el FMI y los banqueros internacionales. Si no alcanza, los banqueros locales son el segundo blanco obligado.
Pero no sin costo, ni lo uno ni lo otro, para la población en general, en términos de nivel de vida y de perspectiva de futuro progreso. Un costo que, inevitablemente, será más doloroso para quienes menos tienen. Es el testimonio de Vargas Llosa, que las agencias noticiosas nos han transmitido. Un testimonio basado, no en la profunda comprensión de la economía, sino en la intuición y el buen sentido. Un observador no profesional, podemos inferir, aun poco aficionado a incursionar por los vericuetos de la economía, sin alcanzar una comprensión profunda de las finanzas, sólo mirando al mundo y comparando el nivel de vida de los pueblos donde hay banca libre y donde la hay estatal, y usando el sentido común, puede liberarse de los tabúes atávicos. Si ama más la verdad que lo que teme al anatema de la izquierda, y el auténtico interés de su pueblo le atrae más de lo que la persecución de su gobierno puede disuadirle, se arriesgará a testificar públicamente en contra del monopolio estatal de la banca.
En esta hora oscura para el Perú y América latina, la voz valiente de Vargas Llosa enciende una lucecita de esperanza.