De regreso de Acapulco

Descargar PDF

¿Cómo nos fue en el célebre balneario mexicano? ¿Qué fuimos a buscar allí, y qué trajimos de vuelta? ¿Cómo habremos de contemplar similares eventos en el futuro? ¿Será cuestión de fomentarlos, o de esforzarnos por espaciarlos cuanto sea posible? Pensamos que estas preguntas hay que formulárselas. Es decir, ahora que el alud de frases biensonantes ya no nos aturde, que las protestas de solidaridad y las promesas de integración no nos abruman, cuando los acentos melancólicos del bolero de la deuda externa ya no nos dan vueltas en la cabeza, pensamos que —si es cierto que hay un tiempo para cada cosa— ésta es la hora de reflexionar.

A los uruguayos, la reunión ¿qué pudo aportarnos? Sí, ciertamente, prestigio: por el papel descollante que en todo acontecimiento similar desempeñan nuestro Presidente —particularmente si puede, como en esta ocasión, multiplicar el efecto con una gira previa— y nuestro Canciller. Tradicionalmente, los uruguayos hemos encontrado una placentera compensación por nuestra pequeñez física en el prestigio proyectado hacia la dimensión intelectual. Hoy en día se habla en el mundo entero de la Ronda Uruguay de negociaciones arancelarias. Es como si el gobierno hubiera contratado una empresa comercial de colosales proporciones, que proclama sin cesar a diestra y siniestra que el pequeño gran país de antes ha vuelto por sus fueros, nuevamente un miembro respetado de la comunidad internacional, capaz de una influencia en franco exceso de la que su territorio, población y riqueza podrían explicar. Luego de un largo eclipse, en que toda la repercusión internacional que lográbamos era a través de una película de Costa Gavras y de noticias embarazosas sobre derechos humanos conculcados, todo esto es sumamente grato.

Al mismo tiempo, es indudable que la misma magnitud del éxito logrado por esta Administración sobre este plano torna la contribución marginal de nuevos eventos progresivamente menos significativa. Vamos cayendo en la cuenta de que no sólo de prestigio viven las naciones, sino que el pan también es necesario, y qué bueno sería poderle agregar un poco de mantequilla... Al llegar a este punto, la significación de Acapulco se vuelve algo más borrosa.

La conexión obvia es a través del tema de la deuda externa. En este aspecto, nuestro comportamiento doméstico se halla en abierta contradicción con la retórica de los ocho. Nosotros pagamos los intereses puntualmente, y el año pasado aun después de pagar cerca de 300 millones de dólares por ese concepto, nos quedó un saldo positivo en cuenta corriente de cerca de 100 millones, y un superávit global de más de 250 millones. Y en los dos primeros años de la Administración Sanguinetti, el ingreso de capital no registrado, presuntamente parte del fugado en 1981-84, no anduvo lejos de los 450.000.000.

Todo ello sin duda es el fruto, a la vez, de la pericia de los responsables de la política económica, y —por favor no olvidar esto— del sacrificio de la población, en particular de los contribuyentes. Este año, cuando la confianza de los inversores parecía que empezaba a flaquear —al menos a este editorialista le da que hubo una salida relativamente importante de capital no registrado en la primera mitad de 1987— las autoridades no vacilaron en apretar el torniquete monetario, según nosotros podemos percibir, con bastante éxito en cuanto a detener la hemorragia. Lo que no significa que el apretón haya estado exento de costos. Rara vez lo está.

Nosotros pensamos que esta política está justificada por el interés nacional, estrictamente en cuanto creemos que el objetivo esencial, que consiste en promover nuestro desarrollo económico, sólo es asequible por una ruta que pasa por la recuperación de nuestro crédito internacional, lo que implica volver nuevamente el país atractivo para la inversión extranjera. En suma: entendemos que pagamos al exterior, y retaceamos aumentos a jubilados y docentes y otros, porque eso sirve al desarrollo. Pues eso no es lo que oímos en Acapulco.

Dentro del discurso de Acapulco, el pago de la deuda externa y el desarrollo económico son caminos que van en direcciones opuestas. Naturalmente, esa concepción no es sólo la de los ocho, sino que se halla sumamente difundida. Pero nosotros creemos que es errónea. Si no lo creyéramos, no habríamos dado a la política económica del gobierno el grado de apoyo que le hemos otorgado desde estas páginas.

Por supuesto, estas cuestiones son arduas y opinables, pero lo que nosotros vemos como absolutamente cierto e indiscutible es que, si uno opta por el camino escarpado, si cree como Hesíodo que los dioses han puesto el sudor en el camino de la prosperidad, y consiguientemente conduce a su gente por los riscos empinados, y luego se junta con los que piensan de modo inverso, y pide a gritos que le dejen tomar por el atajo que desciende suavemente, entre amenos vergeles, hacia el mismo destino, entonces está arriesgando perder, junto con la coherencia ya maltrecha, la mayor parte de los frutos que el esfuerzo denodado debía rendir.

No sólo aleja la meta de la restauración del crédito, no sólo hace que la cotización de sus papeles descienda, su misma credibilidad doméstica es puesta en peligro. Después de Acapulco será preciso apretar más el torniquete monetario y hacer que las tasas reales de interés domésticas suban más, para obtener el mismo resultado que antes. De los dos mundos contrapuestos se estarán combinando las peores partes: del mundo de la responsabilidad, el sudor; del mundo de la prodigalidad, el descrédito. Y ello tan luego cuando la Administración entra en la mitad final de su periplo, cuando su credibilidad va a estar sujeta a un examen más severo y suspicaz...

¿Qué puede haber aportado Acapulco en otros frentes? ¿Fortalecimiento de las perspectivas de paz en Centroamérica? Difícilmente creerá alguien tal cosa. Si la concordia se asentase sobre bases retóricas, ¿no reinarían ya de larga data en estas tierras la paz y el amor? ¿Acaso no resulta transparente que la partida se está disputando realmente en otro tablero? El Sr. Gorbachov queriendo genuinamente jugar la pieza del apaciguamiento como respuesta a la rebelión sorda del hombre y la mujer soviéticos medios, ¿cómo se compara con Esquipulas II? Y, dentro del mismo contexto, las cuentas de lo que le sale Cuba al consumidor soviético, y lo que podría salirle Nicaragua, sumadas a la presunción de algún dirigente comunista latinoamericano, que osa discutir la perestroika mientras se hace mantener en significativa proporción junto con su pueblo por la URSS, ¿no es todo ello infinitamente más importante que todas las declaraciones juntas de todos los gobernantes latinoamericanos, en cuanto a fundamentar alguna esperanza sobre el logro de un modus vivendi en América Central?

Para nosotros, si las declaraciones relativas a la deuda externa son las más costosas, las que se refieren a la integración económica latinoamericana son las que asestan el golpe más fuerte a la esperanza a que uno se aferra en cuanto al destino de la región en el largo plazo. En efecto, los 8 presidentes se pronunciaron en favor de la sustitución de importaciones extrarregionales por producción doméstica a fin de favorecer "el establecimiento gradual y progresivo de un espacio económico ampliado de la región", con el objetivo final de "converger hacia un mercado común latinoamericano". Tuvimos que pellizcarnos para cerciorarnos de que aquella referencia a la sustitución de importaciones, que nos transportaba a las teorías de Prebisch de fines de la década de los años '40 no era una horrenda pesadilla. Pero eso, por más que significa tratar de nadar contra la corriente de la opinión pública mundial, está lejos de ser todo. Todos menos uno de los países representados eran miembros de ALALC. Por si no lo recuerdan, ALALC era una empresa regional destinada a establecer un espacio económico ampliado de la región con el objetivo terminal de establecer un mercado común latinoamericano. Y ahora, antes de haberse tomado un respiro para analizar las causas del estrepitoso fracaso de aquella empresa, muy sueltos de cuerpo, los presidentes reiteran la misma vieja meta de 1960, como si fuera la primera vez.

En suma, si por nosotros fuera, en lo sucesivo los ocho no pasarían de siete.

Vista previa del documento