A la undécima hora

Descargar PDF

En el terreno de lo social la educación está en la base de todo. Para los marxistas la economía, especialmente las formas de producción está en los cimientos de la sociedad. La cultura, según esta concepción, es un epifenómeno de la economía. Esta modela la historia de los pueblos, y orienta la marcha de la humanidad hacia su destino.

Opuestos a esta concepción, nosotros nos afiliamos a una interpretación cultural de la historia. Y cuando hablamos de cultura, entendemos referirnos al mismo tiempo a la educación. Los lectores de Werner Jaeger recordarán que los griegos clásicos identificaban ambos conceptos, bajo el rótulo que sirve de título a la obra magistral de aquel autor: paideia. Si queremos explicarnos los portentos del siglo de Pericles o del quattro cento, nos plantamos inquisitivamente ante la paideia helénica o la paideia noritálica. Lo correspondiente haremos si lo que deseamos aprehender es la esencia del imperio romano, o del imperio británico. Y de los "milagros económicos" de nuestro siglo, decimos, por supuesto, otro tanto.

No es una tesis original. Todos conocen la sentencia sobre el vínculo entre la victoria inglesa de Waterloo y los campos de juegos de Eton. Y si la paideia aristocrática de los public schools suministra claves insoslayables a propósito de la Inglaterra imperial, ¿quién duda de que la paideia puritana y democratizante de las escuelas dominicales inconformistas desempeñó un papel análogamente protagónico en la historia de la revolución industrial y de la eflorescencia manchesteriana? ¿Y quién querrá regatearle crédito al sistema escolar norteamericano en el siglo pasado, y al sistema escolar japonés —estatal como el anterior, dicho sea de paso— aportado por la restauración Meiji?

Así como hay milagros socioeconómicos positivos, los hay también con signo de menos. Lo que en éstos nos mueve a maravilla es, a veces, la caída de una nación desde el pináculo, otras veces el incumplimiento por ciertas sociedades de las promesas de grandes realizaciones que inequívocamente habían formulado. También en estos casos, en pos de trocar algo de nuestro asombro por un poco más de comprensión, dirigimos nuestros ojos interrogativos a la paideia respectiva. Si la incógnita es la profunda decadencia de Roma a partir del siglo III, no nos detenemos en la historia de burocratismo e inflación que en primer plano percibimos, sino que pugnamos por averiguar por qué lo uno y lo otro, y por qué la pérdida de vitalidad de aquella sociedad, y la inferiorización de su arte, por qué, en una palabra, la involución general de su cultura. Análogamente, si la España del siglo XVII es el objeto de nuestra curiosidad —otro triste caso de inflación y burocratización— nos preguntamos por qué misteriosos canales culturales la nación que perdía fuerza militar y económica se conectaba con la que ignoraba a Newton y trivializaba su literatura. La paideia, siempre la paideia.

Y si de sociedades que faltaron a la cita se trata, si las oportunidades colectivamente perdidas son el tema, ¿por qué ir lejos en busca de ejemplos, si en casa tenemos uno inmejorable? En 1852 Juan Bautista Alberdi en sus Bases para la organización política de la República Argentina se refería al "progreso extraordinario" de nuestro país, y afirmaba que nos encaminábamos a ser "la California del Sud". Y cualquiera que hubiera seguido el fabuloso desarrollo de nuestro país en las tres o cuatro décadas subsiguientes se habría inclinado a darle la razón. Sin embargo, a fines del siglo el crecimiento económico se enlentecía, a la vez que comenzaba a concentrarse en la capital. Pocas décadas más tarde la comparación alberdiana no podía leerse sin perplejidad. Hoy nos mueve directamente a risa.

Difícilmente nadie podrá discernir algo en la órbita de lo material, o de lo específicamente económico, que sea capaz de dar cuenta de la azorante negativa de los uruguayos a cumplir el compromiso que tenían concertado con un destino descollante. El cambio cultural —la sustitución de una paideia de apertura, de confianza en sí mismos basada en el esfuerzo individual, por la suspicacia frente al extranjero, una religión del Estado, y la promoción de la mediocridad— ofrece la única perspectiva promisoria de explicación.

La educación no es, por supuesto, sólo la educación formal. En tanto que institución pedagógica, sin ir más lejos, la familia debe ser con frecuencia más importante que la escuela. Los medios de comunicación, las artes, la religión y la política son asimismo contribuyentes de significación al resultado global. Pero difícilmente pueda darse cuenta de la paideia de un pueblo moderno, y sobre todo de su cambio, sin la consideración cuidadosa de las instituciones específicamente docentes, a todos los niveles.

Dicho todo lo que antecede, el lector no se sorprenderá si nos oye agregar que nuestra primera reacción ante las declaraciones de la Ministra de Educación y Cultura, aparecidas en la última edición de este semanario, en cuanto anunció que el gobierno desea mayor injerencia en la formulación de la política educativa, fue de vivo interés. Al fin, nos dijimos, la Administración asume la responsabilidad que obviamente le incumbe respecto de uno de nuestros mayores problemas, tal vez del más acuciante de todos.

Pronto, sin embargo, según avanzábamos en la lectura de las declaraciones de la Dra. Reta, el interés cedía su lugar al desaliento. Al cabo de varias relecturas no pudimos resistir la conclusión de que la injerencia que el gobierno desea alcanzar en el ámbito docente tiene por exclusivo fin la coordinación de los distintos organismos que en él se mueven. Ergo, nuestro sistema está básicamente sano, apenas hay que ponerlo a punto. Nuestro propio diagnóstico no podría hallarse más apartado de ése, que debemos presumir el diagnóstico oficial.

Nosotros creemos, en efecto, que el sistema estatal uruguayo de educación es, y por mucho tiempo ha sido, un fracaso resonante. Y en algunos niveles el sistema privado, sobre todo en el nivel medio, donde funciona bajo la minuciosa regimentación de las autoridades estatales, no anda mucho mejor. Más aún, acerca de nuestra enseñanza media, no conocemos a nadie que defienda la orientación enciclopedista y el esencial olvido de la finalidad formativa que debe tener ese escalón pedagógico. ¿Cómo puede ocurrírsele a nadie que las dificultades al respecto, que piden la más radical de las reformas, puedan superarse con más coordinación? Más coordinación, en efecto, suena a una mayor centralización de las decisiones, y si algo nos parece claro a propósito de este tema es que la reforma deberá orientarse en diametral oposición al centralismo del sistema vigente.

Y, en lo que concierne al nivel superior, ¿qué podríamos decir de las declaraciones de la Ministra, referentes a la mejora de las relaciones del gobierno con la Universidad estatal, incluyendo el mantenimiento de un diálogo fluido entre ambos centros? Pues acerca de las relaciones, diríamos que ellas no son más que el fruto de una decisión táctica de la Universidad, y sobre el diálogo, que no es más que la apariencia de tal, ya que los fines estratégicos de las autoridades universitarias, que nadie tiene derecho a desconocer, son claramente antinómicos con la posibilidad de una discusión de buena fe con el gobierno. Mientras tanto, la Universidad estatal sigue rehusándole al país hasta lo más elemental de lo que él necesita para intentar una restauración de su prosperidad material y su desarrollo cultural.

De hecho, lo más promisorio de lejos que ha acontecido recientemente en el plano de la educación superior entre nosotros consiste en la aparición en su ámbito de una o dos instituciones privadas, con una presencia por ahora incipiente, pero que de todos modos concentra la esperanza de quienes aman la libertad y la verdad, y creen en el potencial de creatividad de nuestra gente. Sobre este aspecto, inconcebiblemente, ni en ésta ni en ninguna otra ocasión, la Ministra de Educación y Cultura ha encontrado aún nada que decir.

Miradas las cosas con calma, nosotros nos inclinamos por exhortar al gobierno a que no se apresure. Una reforma educacional intentada cuando el tiempo útil se le acaba, con las miras puestas a la altura de lo que la coyuntura torna accesible, podría fácilmente hacer más mal que bien. Parecería deseable no entorpecer la faena de la próxima Administración que, con un poco de suerte, podría instalarse con la comprensión de que esta cuestión merece de ella más que el ensayo de un remiendo o un zurcido en la undécima hora.

Vista previa del documento