El gobierno ha alcanzado recientemente dos logros que se refieren a adelantarse en el tiempo, que son el adelanto del carnaval y el adelanto de la hora, pero no creemos que quepan dentro del tema de la modernización. Es importante inquirir qué es lo que el gobierno debe hacer, ahora que la Semana de Turismo está cuaresmalmente cerca. Como se sabe, la Semana de Turismo es la etapa final de la Gran Siesta Veraniega, después de la cual, hasta el Día de las Familias, los uruguayos condescienden a hacer algo de trabajo. Si es que éste ha de incluir algunos elementos de modernización, la ocasión no parece ser mala para trazar en ese sentido una posible agenda.
Ya que hablamos de Semana de Turismo, no cabe duda de que por ahí es que hay que empezar. Porque todo lo demás es mucho más difícil, y si no se demuestra la voluntad en lo menos nadie va a creer en que existirá para lo más. El gran Ramadán laico tiene que cesar. Si se trata de modernizar, téngase presente que es tan anticuado como aquel calendario de la Revolución Francesa, que tenía semanas de diez días y los meses se llamaban pluviosa, ventosa, y cosas por el estilo. La Semana de Turismo y el Día de las Familias responden a la misma idea de que la tradición era una antigualla descartable. En realidad, lo que resultó una antigualla era la idea de un empezar todo de nuevo en la era de la Iluminación de las conciencias.
Deberíamos buscar nuestra individualidad en cosas más interesantes, y más difíciles, que sencillamente cerrar todas las oficinas públicas y todos los bancos una semana, lo que implica una desintegración total del resto del mundo. La modernización tiene que empezar derribando la cordillera intelectual con que hemos dado en tibetizar a nuestro país.
Por consiguiente, modernización tiene que significar afirmación de la racionalidad. Es el discurso de los uruguayos lo que hay que empezar por modernizar. Los argumentos que pretenden descartar soluciones racionales por apelación a características idiosincráticas de nuestro pueblo deben ser a su vez descartados. De lo contrario toda referencia a modernización será una cháchara indigna de la atención nacional.
Una característica idiosincrática que es preciso poner sobre el tapete de la discusión modernizadora es el supuesto apego al oro de los orientales. No hay ninguna argumentación racional en absoluto que pueda justificar la política orista de nuestras instituciones financieras. Es preciso tomar conciencia que su mantenimiento le está costando recursos reales a nuestra población, lo que para muchos quiere decir comer menos de lo higiénicamente deseable, y para el conjunto del país sufrir más inflación y tener menores posibilidades de crecimiento. Quienes hablan de modernización, pero consienten en mantener un manto de silencio sobre los relucientes lingotes, no le dicen la verdad al país.
Otra característica idiosincrática que debe caer es la noción de que los entes autónomos son una auténtica creación nacional. Los entes autónomos no son más que una confusión nacional. La idea de que las empresas del Estado tenían que estar integradas dentro de la Constitución y estar sujetas a reglas semejantes a las que rigen a la burocracia es un error jurídico y económico. Es otra característica pintoresca de los uruguayos, que da a este país su fuerte tono de exotismo. En el mundo hay una enorme cantidad de empresas estatales, pero no hay entes autónomos. Empresas con dirección colegiada, a cargo de personas que se nombran por cinco años, y que quedan cuatro en sus cargos si participan como candidatos en elecciones, sencillamente no existen. Es un lujo que sencillamente nadie más se cree en condiciones de darse.
Necesitamos, si hemos de modernizarnos, rápida e inevitablemente, una perestroika uruguaya. La idea de que el ente autónomo se rige por fines sociales mientras que la empresa privada, al moverse en función de su fin de lucro, desatiende o contraría esos fines, debe descartarse como la patraña vetusta que en realidad es. El señor Gorbachov ha estado descubriendo que las empresas soviéticas tienen que hacer ganancias, y que ese es el cartabón porque hay que medir a sus administradores, en lugar de su acomodación a otros fines, por más que sean tan socialmente importantes como cumplir las cuotas de un plan. Porque el fin social que más importa es producir una cantidad cualquiera de bienes y servicios con el menor consumo de recursos reales posible, o maximizar el valor de la producción con un consumo dado de recursos reales, y ello significa que la empresa que cumple con su fin social primordial gana dinero. Adam Smith lo enseñó hace más de 200 años pero nosotros llevamos no mucho menos de 100 pretendiendo ignorar ese principio. A un costo muy elevado.
Si modernizar, pues, quiere decir introducir racionalidad en las empresas públicas, tiene también que significar desmonopolizar. En el mundo, el proceso de desmonopolización comenzó en el siglo XVIII y se desarrolló activamente en el XIX. Cuando nosotros empezamos con los seguros y el alcohol el mundo estaba apresuradamente librándose de los estancos que habían surgido en los siglos XVI y XVII. En el mundo hay una cierta cantidad de monopolios estatales, en rigor injustificados, pero no se trata aquí de eso. Modernizar no puede querer decir optimizar. Modernizar es un concepto relativo. Tiene que ver con volvernos homogéneos con una realidad circundante a la que identificamos como moderna. Pues bien, monopolios legales que no tienen relación con monopolios naturales es algo que hace muchas décadas que el mundo, o esa parte del mundo que identificamos con la modernidad, ya no contiene. Si nosotros no estamos dispuestos a resolver rápidamente sobre estas cuestiones seguiremos siendo la isla temporal que somos actualmente, la reserva exótica que la gente visita para saber cómo la gente vivía en el pasado. Y, por supuesto, lo que averigua es que en ese pasado que nosotros nos aferramos a seguir representando la gente vivía mal.
Aerolíneas Argentinas acaba de venderle a SAS el 40% de su paquete accionario. No tuvo que solicitar ninguna ley del parlamento. Esto es algo moderno. Nuestro legalismo, que determina que las empresas estatales no puedan hacer nada sin una ley con mayoría especial inobtenible, representa el pasado. Nuestra Constitución no sirve para garantizar ni la libertad individual —recordar cómo son tratadas las personas investigadas por la policía— ni la propiedad —recordar que las leyes autorizan cada dos por tres el incumplimiento de los contratos— pero es extremadamente eficaz para preservar un statu quo que no le sirve en realidad a nadie, aunque a los funcionarios de los entes estatales pueda parecerles que a ellos sí les sirve. Lo que ocurre con PLUNA, que también negoció una sociedad con una empresa extranjera, pero no pudo hacer lo que Aerolíneas con toda facilidad ha hecho ahora, es antitético con la modernidad. Y los que se complican en dejar que el proyecto respectivo duerma en las carpetas parlamentarias, por mera politiquería —ya que el proyecto se estructuró con el apoyo de los dos partidos representados en el directorio del ente— no deberían hablar de modernización.
La gran siesta estival toca a su fin, pero la gran siesta secular en que el país está sumido también debe interrumpirse. Como Rip van Winkle vamos a despertarnos en un mundo que difiere sustancialmente de aquel en que transcurrían nuestras vicisitudes oníricas. Esto traerá sus dificultades de adaptación, pero la facilidad de seguir amodorrados es sólo aparente. Tenemos que tratar de despertarnos, y despertarnos bien, antes de que sea la miseria la que llegue a golpearnos perentoriamente a la puerta.