Como consecuencia de su designación como Presidente del Banco Interamericano de Desarrollo, se aleja de la Cancillería el Cr. Enrique Iglesias.
Se impone pues un balance a la gestión de este hombre público, que deja su importante cargo unánimemente elogiado por todos los partidos políticos, para ocupar otro importante cargo en el ámbito internacional, para el cual fue electo por aclamación por todos los asistentes a la asamblea del organismo que le tocará presidir.
Desde ya estos dos antecedentes conforman una sólida base para emitir una primera reflexión positiva, dado el indiscutible prestigio del Cr. Iglesias tanto en el ámbito interno como en el internacional. Nos apresuramos asimismo a afirmar como indebatible presunción, que de igual popularidad goza el canciller saliente en la opinión pública nacional, y que sondeos específicos realizados en los últimos años revelaron en más de una ocasión que la ciudadanía consideraba a Iglesias como "el ministro que cuenta con mayor apoyo".
La historia del Cr. Iglesias brinda una serie de notorios aspectos que pintan a un "self made man" de destacables ribetes. Nacido en España, inmigrante junto a unos padres trabajadores humildes y sacrificados, estudiante brillante sin dejar de colaborar simultáneamente con el modesto comercio paterno que costeó sus estudios, lúcido profesional orientado a las novedosas tendencias de la economía planificadora, tempranamente vinculado a la actividad pública a través de la CIDE y el primer Plan de Desarrollo que tuvo el Uruguay, propulsor de la Oficina de Planeamiento y Presupuesto, presidente del Banco Central en sus etapas primigenias, también tempranamente vinculado a la escena internacional, cultivando junto a don Raúl Prebisch una deslumbrante imagen de ideólogo de la causa desarrollista arraigada fuertemente en la CEPAL y la UNCTAD, desde las cuales surgió un verbo que sin juzgar si fue útil o eficiente, fue sí grato e intensamente conjugado por pueblos y gobiernos de este continente.
Cuando Iglesias fue convocado por el actual gobierno a ocupar la Cancillería, a sugerencia del Partido Nacional y en particular de Wilson Ferreira Aldunate, hacía más de diez años que estaba residiendo en Santiago de Chile, ocupando la Secretaría General de la CEPAL, con el rango de Secretario General Adjunto de las Naciones Unidas.
Iglesias recibió una pesada carga. El prestigio internacional del Uruguay había tocado fondo. Éramos los parias de América latina. A nuestros diplomáticos en el mejor de los casos los ignoraban, y con frecuencia los injuriaban como representantes de una oprobiosa dictadura, tal como aconteció en más de una ocasión en oportunidad de las reuniones de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU. No queremos implicar que esa situación fuera justificada o correcta. Tan sólo recordemos que era mayoritariamente así.
El primer atisbo de que las cosas cambiarían en ese ámbito lo tuvimos todos los uruguayos el 1º de marzo de 1985. Cuando las cámaras de televisión nos mostraron al recién asumido presidente Sanguinetti junto a su canciller, recibiendo y saludando a los dignatarios extranjeros que en representación de más de 80 países concurrieron a la ceremonia, todos pudimos ver que el carisma del Cr. Iglesias ya estaba en acción. O bien porque conocía a los visitantes como consecuencia de su intensa y extensa experiencia internacional anterior, o bien porque los visitantes veían en él el símbolo de una reapertura, de un retorno del Uruguay a sus más caros y tradicionales vínculos pluralistas.
El hecho es que la efusividad y simpatía con la que Iglesias saludó y fue saludado, fue el primer paso de un largo camino del que hoy el canciller se aleja, pero de un camino por el que quien transita es el Uruguay.
Luego vino su política exterior. Apertura, neutralidad, equilibrio, integración, multilateralismo. Luces y sombras, como en toda obra humana.
No estamos muy seguros si queríamos para el Uruguay Grupos de los Ocho, Consensos de Cartagena, Cartas de Caraballeda, Apoyos a Contadora y demás actividades por el estilo, los que, en uno de los importantes capítulos de la política exterior delineada por Iglesias, pusieron al Uruguay como protagonista activo en emprendimientos colectivos de variada especie, que iban desde planteamientos colectivos referentes a la Deuda Externa, hasta el proceso de paz en Centroamérica. Pero estamos igualmente convencidos que con o sin Uruguay esos movimientos hubieran existido de todos modos, y que probablemente, dadas las inexorables reglas de juego que rigen a la colectividad internacional en la hora actual, un automarginamiento pretendidamente aleccionante o ejemplificador no hubiera tenido contenido alguno, y tal vez hubiera implicado ahondar aún más en el clima de aislamiento del que Uruguay quería y tenía que emerger con el nuevo gobierno.
Pero si estas prácticas multilateralistas de solidaridad continental en diversos frentes pueden ser discutibles u opinables, sin duda no lo son las acciones que llevaron al ministro Iglesias a batallar duramente en el terreno del comercio. Ya sea procurando nuevos mercados para Uruguay, ya sea como activo motor de la iniciativa del GATT plasmada en la Ronda de negociaciones que lleva para siempre el nombre de nuestro país, Iglesias luchó por obtener y en buena medida obtuvo un mejoramiento de las condiciones generales de intercambio, coadyuvando decisivamente en la persuasión ante ese cliente insustituible que es la Comunidad Económica Europea, que ya empieza a dar sus frutos con el modesto pero indicativo comienzo del desmantelamiento de algunas medidas discriminatorias y proteccionistas.
En el terreno de la integración económica Iglesias acaudilló imaginativamente una y cien iniciativas regionales, subregionales, bilaterales, dentro y fuera del marco de la ALADI, batallando incansablemente en un terreno ingrato y frustrante, en el que tal vez él confía con más optimismo y benevolencia del que merece la desacreditada empresa iniciada por América latina hace casi treinta años.
Lo importante, pues, es todo lo que hizo.
Y cómo lo hizo, además. Con un gesto sonriente, nunca crispado, siempre contemplativo y comprensivo, como si toda tarea acometida fuera fácil, grata y hasta entretenida.
Con elegancia, seriedad profesional y estilo.
También recibió críticas, y no es posible omitirlas en un balance. Excesivos desplazamientos, establecimiento de relaciones con países que poco parecen aportar, la conflictiva definición del tema de las dos Chinas, contactos diplomáticos que hicieron pensar en respaldos a posiciones personales y no a intereses nacionales, prescindencia o desinterés por la temática administrativa interna de la Cancillería.
Bueno fuera que donde hay luces no hubiera sombras. No afirmamos ni contradecimos ni unas ni otras. Simplemente las enumeramos y las ponderamos.
Y llegamos a la conclusión sintética y elocuente expresada por el presidente Sanguinetti: Uruguay ha perdido un gran canciller, pero América ha ganado un gran presidente para el BID.