Un hombre cabal

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En una vida pública tan rica como la de Wilson Ferreira Aldunate resulta posible, como es natural, distinguir una multiplicidad de etapas; pero en esencia discernimos en ella dos períodos: uno que le pertenece al partido, otro que le pertenece al país.

La mayor parte de los uruguayos con edad suficiente tiene recuerdos de Wilson Ferreira que se remontan a fines de la década de los 50, cuando era un legislador promisorio, y complementaba su actividad política con la de dirigente de fútbol. Aquel Wilson Ferreira juvenil tenía ya la mirada chispeante que nunca le abandonaría. Una mirada que, como para complicar al interlocutor en alguna travesura, o anunciarle que era cosa de avivarlas neuronas, lanzaba una, otra vez súbitos destellos; luego venía la frase, y, por fin, como rúbrica, la sonrisa, más luminosa aún, incomparable. Fue aquél, en la vida de Wilson, el tiempo del brillo y la simpatía. Abarcó toda su gestión de ministro, de la que muchas cosas cabría recordar, pero que a la distancia nos parece sobre todo hecha de luces —luz en la mirada, y en la sonrisa, y en la palabra— sobre un fondo uniformemente gris.

Más tarde, a fines de la década siguiente, advertimos en la personalidad de Wilson Ferreira un cambio que reflejaba el experimentado por el país. Este, a fuerza de disensión, se ensombrecía. Se tomaba en el partido según un estilo radical que antes un Uruguay feliz había logrado olvidar. Ya no era un tiempo para la simpatía. El brillo se mantuvo, pero ahora fue el brillo del acero. La sonrisa siguió incomparable, pero había trocado su alegría por la acidez sarcástica. Fue el tiempo de su meteórica ascensión hacia la cumbre nacional. Su arraigo en innumerables corazones data de entonces. Pero la unanimidad en la admiración, que antes le había rodeado, en un medio en que ya nada es unánime, cesa. Ahora hay dos bandos, como pedía la áspera heroína lorquiana: dos bandos en todo, dos bandos también, cualquier cosa menos recíprocamente indiferentes, a propósito de Ferreira Aldunate. Este es el tiempo de la pasión.

Hacia el final de aquella etapa los episodios dramáticos se suceden vertiginosamente. Hay una campaña electoral tremendamente intensa, donde el brillo dialéctico de Wilson Ferreira llega a una culminación. Hay un final singularmente reñido. Hay una contestación del resultado. Hay un recrudecimiento del terrorismo. Hay ruido de sables. Hay, entre gobierno y oposición, una tensión insoportable. Por fin hay una fractura del orden institucional. Wilson Ferreira toma el camino del exilio. Se insinúa que lo hace por su propia y espontánea voluntad.

Pero las autoridades de la hora se encargan muy pronto de poner las cosas en claro: con fotos de prontuario los periódicos anuncian que Wilson Ferreira es un prófugo de la justicia. No cabe duda: es el tiempo de la persecución.

Es decir: la persecución es la nota distintiva del frente que el Uruguay oficial le opone al líder exiliado. Pero, el tiempo de Wilson en el extranjero, ¿cómo es? ¿Cómo luce ahora su sonrisa incomparable? Los brillos de su ingenio, ¿qué sesgo han tomado? Este articulista no sabe las respuestas, pero se las imagina. Tiene para sí firmemente que Wilson Ferreira envió sólo su físico al exilio. Lo que generaba la pirotecnia de miradas y sonrisas quedó anclado en su patria. Se le antoja verlo en tierras lejanas, envuelto en una bruma; pero no es la bruma londinense: es una niebla hecha de melancolía. El tiempo de la persecución es también el de la nostalgia.

Hasta que Wilson regresa. Dramáticamente. Se mete en la boca del lobo. El país, por supuesto, expectante. ¿Qué ocurrirá? Pues, sencillamente, acontece lo que los realistas esperaban. El régimen de facto le pone preso, como había anunciado. El país hace cosas esencialmente sensatas. Sigue trabajando, negocia con las autoridades una salida del atolladero institucional. Su partido no negocia, pero interviene en las elecciones, lo que también es sensato. Ni siquiera es la prisión de su líder, la prisión injusta, —¿qué decimos?— la prisión absurda, de quien era su candidato natural, el tema central. El heroísmo y la prudencia son dos virtudes, ambas de gran enjundia, pero difíciles de conciliar. El fin de esta etapa, que percibíamos signada por la persecución y la nostalgia, cuando dejó de ser nostálgica, se volvió prudente: no heroica.

Se desarrolló una campaña electoral sin Wilson. O con Wilson, pero preso. Se levantó el telón, pero la estrella no subió a escena. Y el país dijo: la función debe continuar. Prudentemente, sensatamente. En pos de la normalidad perdida. Había que privarse del espectáculo de Wilson de vuelta en la arena electoral, el mayor show político de la tierra. Pero, ¿qué íbamos a hacerle? Los hechos eran los hechos. Por lo demás, nadie sabía que aquella ocasión sería la última.

Bueno, muy bien, pero, dentro de la prisión, ¿qué acontecía? El actor que oye los murmullos de la platea, y luego el silencio previo al ascenso del telón, y que tiene los miembros trabados por grilletes, que no le dejan llegar adonde todo su ser le impulsa, ¿cómo se siente? ¿Qué planes urde, en la soledad de su celda, para cuando la prisión absurda cese, y él sea devuelto a la posición de gran poder e influencia, que no duda le será reconocida por suya y bien ganada, pero que si fuera preciso podría volver a ganar otra vez con las mismas armas y aún mayor esfuerzo? Este articulista confiesa que previó otra etapa de pasión y lucha. De justicia tal vez, pero ante todo de conflicto y disensión. El que Wilson Ferreira haya salido de la prisión dispuesto a cobrar algo siquiera de lo mucho que flagrantemente se le adeudaba no habría sido más que humano. Nada por el estilo, sin embargo, ocurrió.

Hasta aquí la cabalgata biográfica es de un gran jefe de partido. Pero cuando Wilson sale de prisión, ya no cabe dentro de ese molde. Por cierto que mantiene su íntima comunión con el Partido Nacional. Pero su personalidad posee ahora una dimensión nueva. Los jefes de partido son brillantes, son simpáticos, son alegres o sarcásticos, aman a su patria y les duele su distancia, sienten la pasión y saben trasmitirla. Pero los jefes de partido tienen el alma del tamaño de su partido. En ella no cabe nada más. Si se les ensancha el alma, ya son otra cosa. Ya no pertenecen sólo al partido. Ahora son del país.

No sabemos cuándo exactamente ello aconteció, si fue el exilio o fue la prisión, pero a Wilson Ferreira en algún momento se le agrandó el alma de manera notable. "El hombre debe sufrir para alcanzar la sabiduría": Esquilo lo escribió hace dos milenios y medio, y la humanidad nunca ha cesado de suministrar ejemplos de su máxima. Pero el de Wilson Ferreira no es de los menos elocuentes.

Cuando Wilson sale de la prisión y le habla a su pueblo, el pueblo espera que le enardezca. Pero el líder ahora habla otro lenguaje. Su pensamiento ahora parece abarcar la totalidad del país. Y ¿cómo el que tiene el todo en su corazón podrá enardecerse ni enardecer a otros contra una parte? Claro que un discurso es un discurso. Las palabras son las palabras. Pero en este caso no se las llevó el viento. Ningún observador habría podido inferir, de la conducta de Wilson Ferreira posterior a aquella memorable alocución, que él había sido objeto de una persecución tenaz, y que en su interior yacían incólumes las armas dialécticas que habían hecho su fama.

Vista su maravillosa transformación, a nadie pudo sorprender que sobrellevase la enfermedad con notable dignidad, y viese acercarse la muerte sin el menor turbamiento. Eso, junto con la grandeza de alma, es la sabiduría.

Hasta muy cerca del fin conservó su sonrisa incomparable. Sólo que ya no era brillante ni sardónica. Había adquirido una gran serenidad.

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