Los latinoamericanos nos hemos puesto a hablar nuevamente de integración. Esta vez nos ha tocado el turno a los del Atlántico Sur. En otras épocas fueron los cordilleranos quienes hicieron más ruido con su Pacto. Antes aún, fueron casi todos, del Río Bravo para acá, quienes sintieron latir apresuradamente sus corazones ante el juego mágico de dos conceptos: integración y ALALC. Esta historia de aventuras y desventuras va ya para los treinta años. En materia de realizaciones, cabalga con las alforjas completamente vacías. Pero no se desanima. Hoy aquí, mañana allá, recorre la región incansablemente. Y en todas partes es recibida con beneplácito, con entusiasmo, casi, como si fuese un novel caballero andante en cuyo denuedo cupiese depositar fervorosas esperanzas. Y, por supuesto, siendo este subcontinente el que es, a su pasaje va suscitando torrentes de retórica. En lo que a nosotros concierne, el espectáculo del Latinoamericano Errante, su interminable trajinar, y la infinita estela de discursos que tras de sí va dejando, ya van resultándonos un tanto fatigantes.
No es que seamos insensibles al atractivo de un proyecto común latinoamericano, y aún más, como una primera etapa, suratlántico. No es que desdeñemos los beneficios que la integración económica puede reportar a nuestro país, lejos aún de hallarse repuesto de la borrachera autarquizante que desquició su economía. Al contrario, invocamos estos mismos valores para pedirle al caballero andante que por un rato lo sea menos; que se apee, y que antes de seguir adelante nos pongamos todos a discutir seriamente, fríamente, con el lápiz y la calculadora a mano, sin dejar que la retórica abra la boca, acerca de por qué puede haber sido que hasta ahora nos haya ido tan mal y cuáles puedan ser las condiciones para que en adelante pueda irnos mejor. Partimos de la base de que las empresas de este género ya han acumulado todos los fracasos que podrían hacerles falta.
Comenzando por el principio, que no es otro que el mismísimo soporte semántico de la iniciativa, habría que dejar bien en claro qué es lo que integración significa, y por lo tanto cuál es la meta natural y última de todo proceso de esa índole. Integrar quiere decir aproximar y homogeneizar partes disgregadas de modo que pasen a constituir un todo unitario. De lo que ahora se trataría, por ejemplo, sería de hacer que las economías argentina, brasileña y uruguaya se fusionen en una sola economía, más allá de las distintas soberanías y sus consiguientes fronteras políticas. Esta es la clase de objetivos que se propuso la Comunidad Económica Europea desde su concepción en Roma en 1957, y a él es que la CEE ha ido aproximándose con considerable éxito desde entonces. En cambio la meta de ALALC nunca fue nada por el estilo. La partida de defunción de aquella empresa se expidió sin que nadie en su ámbito oficial se tomara el trabajo de diagnosticar que había fallecido víctima de una enfermedad congénita.
ALALC en realidad nunca fue más que una tentativa de CEPAL para rescatar la política de sustitución de importaciones que a fines de la década de los años 40 había vendido a los países de la región, y que en menos de una década había agotado toda su potencialidad para suscitar crecimiento. La idea consistió en crear un mercado lo suficientemente grande como para sustituir las importaciones que todavía no habían podido sustituirse, que eran las de los bienes de capital. El concepto de abrirse las economías de los países miembros recíprocamente, a fin de que cada uno pudiera importar de ellas bienes que antes producía él mismo menos eficientemente, y con ello liberar recursos para reasignarlos según su ventaja comparativa, ni estaba en el origen, ni después llegó nunca a tener nada que ver con la empresa soi-disant integradora.
¿Qué clase de iniciativa es la que ahora se está preparando? Respecto de Uruguay, para quien la extremada estrechez de su propia economía representa un problema de significación vital, la perspectiva de pasar a operar dentro de un mercado de 150 millones de habitantes no puede dejar de resultar estimulante, pero ¿qué clase de seguridad hay de que en esta oportunidad sí se trate de un objetivo de esa índole? Si el viejo espíritu de ALALC sigue rondando por la región, bien podría tratarse para nosotros de tener que sustituir las fuentes de abastecimiento de bienes de industria pesada y de alta densidad tecnológica, que ahora podemos elegir libremente, por proveedores intrarregionales, a cambio, como ocurrió aquella otra vez, de poco o nada.
Más aún, bien miradas las cosas, la perspectiva de que esta vez sí se trate de una empresa genuinamente integradora luce definitivamente remota. ¿Cómo una economía plurinacional integrada podría funcionar en condiciones monetarias tales como las que rigen en la subregión, que podrían caracterizarse diciendo que el peso uruguayo luce en ella por comparación, sólido como una roca? ¿Qué pasaría en un mercado cualquiera de esa economía, si para un subconjunto de las empresas que en él operan las condiciones monetarias reportaran de la noche a la mañana una reducción de costos reales del 10 o 20%, lo cual está lejos de constituir un caso rebuscado? Y no se diga que los ruidos que se han emitido sobre la posible creación de una moneda común argentino-brasileña apuntan en la dirección de una solución. En realidad representan, al contrario, una demostración de que el grado de madurez que permitiría buscar soluciones genuinas todavía está lejano.
El hecho básico, esencial, es que los tres gobiernos de la hipotética subregión dependen todavía de manera sustancial de sus máquinas impresoras de billetes para solventar las erogaciones corrientes. Las inflaciones desbocadas de nuestros vecinos y la nuestra apenas galopante lo testimonian dramáticamente. Es como si la CEE se hubiese intentado a principios de la década de los años 20. Nuestro rincón del mundo todavía aguarda sus Poincaré, sus Adenauer, sus Erhard, sus De Gasperi, sus Einaudi, sus Rueff, sus De Gaulle. Sus cimentadores de grandes proyectos. Por ahora hablar de obra tan encumbrada como la integración es un poco como pretender competir en Fórmula 1 antes de haber obtenido licencia de conductor.
Por si lo monetario fuera poco, obsérvese la realidad fiscal y laboral del área. Para resolver una huelga de maestros la Argentina está poniendo impuestos que habrían liquidado la competitividad de su industria bancaria —que por supuesto no podría quedar fuera del proceso integrador— y para satisfacer a sus jubilados y pensionistas no ha mucho el Uruguay elevó la alícuota de su impuesto básico —el IVA— decisivo para la competitividad de todas sus industrias. Y Brasil está incluyendo un "paquete social" en su nueva Constitución, que eleva todos los beneficios sociales que quepa imaginar (y encima crea alguno con pretensión de paternidad, que en rigor no se puede imaginar), después de cuya efectividad ya no podrá competir en nada con nadie. Y así sucesivamente. Es una cuestión de etapas culturales. No se puede intentar la revolución industrial desde el paleolítico.
La iniciativa de nuestros vecinos en tal sentido, sin embargo, plantea a nuestro gobierno una situación delicada. En cierto modo lo que aquí decimos es que los posibles socios de la empresa, por el momento, no son los ideales, pero reconocemos que eso se parece mucho a haber sugerido a Adán que Eva no era la chica ideal para él. Si ellos tienen un proyecto, quedar fuera puede ser comercialmente riesgoso. Al mismo tiempo quedar dentro puede serlo económicamente mucho más.
Ante esto que parece ser un dilema, hay tres recomendaciones que nos gustaría formular a nuestro gobierno y a nuestros compatriotas. La primera, cautela. No entusiasmarnos con lo de que, pequeñitos y todo como somos, van a dejarnos participar. Que ello consulte nuestros intereses no es en modo alguno obvio. En segundo lugar, no hacerse ilusiones. Lo más probable es que el proyecto vaya por el mismo camino de los anteriores. Finalmente, no olvidar que las decisiones fundamentales de nuestra estrategia de desarrollo, que incluyen el grado de apertura de nuestra economía, todavía están por tomarse. No debería haber nada más claro que cumplir tan trascendental faena a la carrera, sólo para no perdernos un tren que no sabemos bien adónde va, sería francamente inconveniente.