La Plaza Roja estaba aún blanca de nieve, pero la larga fila de moscovitas no cojaba en su empeño. ¿Para visitar el Mausoleo de Lenin? ¡Qué va! A fin de comprar pizza en un carnito irreverentemente instalado en aquel histórico sitio. ¿Otra broma como la del joven piloto que aterrizó su avioneta allí mismo? ¡En modo alguno! La pizzería ambulante es una joint venture de pizzeros norteamericanos con el mismísimo gobierno soviético. ¿Cosas de la perestroika? Sí, efectivamente, así parece ser.
El episodio sugiere una variedad de comentarios. En primer lugar, hete aquí que al homo novus —la cola de la Plaza Roja estaría hecha de hombres nacidos en el socialismo, hijos y nietos de otros nacidos también en el socialismo— le enloquece la pizza, lo que habría sorprendido al Che Guevara, y hete además que la economía colectivizada no se la puede servir sin asociarse con la empresa capitalista, lo que habría consternado a Marx. Pero no es ese el ángulo en que hoy queremos situarnos. Lo que en esta ocasión nos proponemos inquirir es si el grado de apertura del régimen soviético que el consumo de mozzarella junto a las cúpulas del Kremlin simboliza está diciéndonos algo sobre la dirección que la evolución del colectivismo marxista pueda tomar. El rostro humano del socialismo a que se refería Dubcek hace 20 años, hasta que los tanques soviéticos cortaron la primavera checa en el capullo, ¿mostrará en las comisuras de los labios trazas de tomate?
Aproximadamente al mismo tiempo que se supo de la pizzería moscovita, las agencias informaron acerca de la reforma constitucional en la República Popular China, autorizando el funcionamiento de empresas privadas. ¿Será por ahí —volvemos a preguntarnos— que debemos esperar el cambio? La fisonomía feroz del socialismo de los guardias rojos y la revolución cultural, ¿será a través de la descentralización de la economía y de la readmisión del espíritu de lucro que habrá de asumir rasgos propiamente humanos? Dígase que un paso previo a intentar una respuesta consiste en formular otra pregunta: esa evolución, claramente orientada hacia aceptar un sector privado de significativa magnitud en las economías colectivizadas, ¿es consistente con la teoría económica marxista?
En un diálogo televisado entre el General Líber Seregni y el senador Jorge Batlle, a propósito del viaje a la URSS en que habían sido compañeros, uno de cuyos temas principales, como podría haberse anticipado, fue la perestroika y sus implicaciones privatizantes, el presidente del FA se ocupó de recalcar que, siempre que los soviéticos privatizaban, lo hacían en el espíritu y según los principios del marxismo-leninismo. ¿Es válida esa apreciación? ¿O representa algo así como afirmar de alguien que hace la guerra con ánimo pacifista, o ingiere carne según normas vegetarianas?
Nosotros no conocemos nada en la literatura marxista, ni en Marx mismo, ni en Engels, ni en Lenin, ni en Luxemburgo, ni en Lange, ni en ninguno de los muchos teóricos menores que la vida le va haciendo a uno leer, nada en absoluto que preste justificación a un enfoque según el cual un país que ha realizado la revolución proletaria, y ha socializado por tanto los medios de producción, pueda derivar ventajas de permitir, y aun fomentar, el retorno de empresas privadas a su seno. Ciertamente tenemos presente la idea de Lange, adoptada por algunos otros economistas de Europa oriental, en el sentido de asignar un papel a los mercados dentro de la planificación socialista. No así a ninguna privatización, por más que parcial, de los medios de producción. En oídos marxistas, la propuesta de volver a poner el capital en manos privadas debe resultar tan disonante como en los nuestros sonaría la pretensión de que el hombre paleolítico tendría mucho que enseñarnos en materia tecnológica.
Como creemos recordar que el general Seregni se refirió específicamente en alguna ocasión a los principios de Lenin, hemos dado en pensar que, quizás, implícitamente, el dirigente frenteamplista habría planteado un paralelo entre la perestroika y la NEP. Como los lectores recordarán, la NEP (Nueva Política Económica) fue la respuesta de Lenin a la extremada penuria de alimentos suscitada en la URSS hacia 1921, fundamentalmente por la negativa de los campesinos a enviar sus cosechas a las ciudades a cambio de los rublos que la hiperinflación había reducido a una fracción insignificante de su valor tradicional. Hasta entonces los bolcheviques autodenominaban su política económica "comunismo de guerra". Lenin lanzó la NEP como una alteración radical de la línea anterior: bajo el lema "enriqueceos", fomentando la eficiencia a través de los incentivos económicos individuales, inclusive permitiendo empresas privadas, y preocupándose por estabilizar la moneda. Si bien no pudieron evitar que la hambruna liquidase a algo así como a 3 millones, y no sin antes recibir ayuda económica sustancial de los EE.UU., la NEP logró evitar el colapso total del régimen soviético.
En todo esto son discernibles algunas semejanzas, a la vez que notorias diferencias, con las reformas de Gorbachov. Más significativa aún, sin embargo, fue la atenuación de la tensión que había caracterizado la vida en la URSS bajo el terror bolchevique. Varios autores han comparado la NEP con la reacción termidoriana, que siguió en Francia a la caída de Robespierre, en 1793. El control sobre la prensa y las artes fue sensiblemente aflojado, y se produjo un florecimiento interesante, asociado principalmente a los poetas Maiakovsky y Yesenin (ambos muertos más tarde por su propia mano). La correspondencia de estos desarrollos con la actualidad —si se quiere cambiando pizza por poesía— es innegable. Sin embargo, las semejanzas no deberían cegarnos respecto de la diferencia esencial.
Es preciso enfatizar que Lenin nunca aceptó la NEP más que como una retirada estratégica, a fin de preparar la próxima ofensiva colectivizante. Debido al accidente cardiovascular que le radió de la actividad gubernamental en 1922, y luego a su fallecimiento en 1924, Lenin debió dejar la tarea, que él mismo sin duda habría llevado a cabo de buen grado, de liquidar la NEP y sus concesiones al liberalismo en las manos —¿qué otras podrían haber sido más aptas?— de su sucesor, Stalin.
Gorbachov argumenta en favor de la perestroika, Den Xiaoping hace otro tanto con la reforma constitucional que readmite la empresa privada en China, ninguno de los dos deja entrever que se trate de un mero repliegue táctico ni nada por el estilo. Pero la heterodoxia de las medidas y actitudes es flagrante. Pretender ocultarlas aduciendo que se trata de privatizaciones marxista-leninistas es como querer tapar el cielo con un harnero.
La pregunta pertinente, entonces, no es si las nuevas políticas sinosoviéticas son ortodoxas, ya que la negativa es patente, sino cuál es su futuro. Si extrapolamos las tendencias visibles en la actualidad nos encontramos, por un lado, con una espiral de privatización-prosperidad-privatización que deberían proporcionarles una sólida base en la opinión pública soviética. Al mismo tiempo, desde el punto de vista de las élites políticas, vale decir, del establishment comunista, (nomenklatura en la URSS) una amenaza creciente a sus privilegios y un retaceo permanente de su poder, suscitando para las nuevas políticas la aversión de los poderosos. Comoquiera que las élites no pueden considerarse monolíticas en tal aspecto —de serlo las políticas nunca habrían despegado— y que el desarrollo de una clase media debajo de ellas será rápidamente impulsado por las mismas reformas, las posibilidades de que esta nueva primavera sea capaz de avanzar hacia un verano liberal no puede descartarse.
Los peligros de que el proceso aborte, sin embargo, nos parecen considerables, y radicados sobre todo en la órbita política. Gorbachov ha declarado que las recientes turbulencias en Azerbaiján eran una consecuencia previsible de sus reformas. Pero ellos difícilmente representarán la cima de las dificultades. En Polonia ya se acusa abiertamente a la URSS de la masacre de Katyn, hasta ahora imputada oficialmente a los nazis. En Checoslovaquia crece un movimiento contestatario (de raíz católica) que bien puede írsele de las manos al gobierno de Milos Jakes. En ese caso, ¿regresarán los tanques rusos para restablecer como hace 20 años el orden comunista? Y si no vuelven, ¿no correrá el régimen soviético en su propio territorio riesgos hasta ahora impensables?
Es improbable que los rusos se contenten con pizza y pasta. Al mismo tiempo, el camino que pueda llevarles adonde quieren ir difícilmente será transitable sin grandes peripecias. Y de los chinos probablemente pueda decirse otro tanto.