El reciente mensaje de los Obispos uruguayos, al dirigirse en primer lugar a todos los hombres de buena voluntad, concita la atención de todos los que no se sienten de mala voluntad, e invita el comentario de todos los medios, por más que, como Búsqueda, no confesionales, que se crean comprendidos en tal convocatoria.
Queremos comenzar el nuestro registrando nuestra discrepancia con críticas dirigidas a ese documento desde círculos gubernamentales, que lo tacharon de pesimista y le reprocharon el cuadro sombrío que pinta de nuestra sociedad. ¿Qué podían esperar? ¿Que dijeran que ahora es diferente y que todo va bien? En tiempos bíblicos había profetas verdaderos y de los otros. Los falsos profetas eran los que le decían al gobierno que todo iba bien. Eran los profetas, naturalmente, que gozaban del favor oficial. Pero aquéllos cuya palabra perdura hasta hoy en las Escrituras eran los que los poderosos rechazaban. Nihil novum sub sole.
Desgraciadamente, en verdad, aquí las cosas no van bien. La pobreza de que los Obispos hablan no la inventaron ellos. Está ahí afuera, y todo el que tenga ojos puede verla. El despoblamiento de la campaña de que se duelen, no es una ficción. El escándalo de un país despoblado que es a la vez un país de emigrantes no es una novela. Y si a los gobernantes no les golpea a diario la conciencia esa dura realidad, y viven en la ilusión de que lo que están haciendo —por acertado que sea— ya ha cambiado sustancialmente las cosas, es señal inequívoca de que necesitan profetas que les digan la verdad. A la mayor parte de los gobernantes de todos los países y de todos los tiempos y de todos los regímenes, por otra parte, esa clase de profecía nunca les ha venido mal.
Al mismo tiempo, el documento episcopal nos suscita numerosas objeciones. Para comenzar, no podemos menos que deplorar el uso reiterado del concepto de crisis para denotar la dificultad a que los Obispos se refieren. Esto es sumamente importante, porque el vocablo crisis, desde sus raíces etimológicas —que lo asocian al acto en que el juez zanja una controversia— se refiere a un instante de dramática importancia, como la culminación de un proceso, o la inminencia de una opción entre la vida y la muerte que la enfermedad está haciendo por un paciente. Hoy en día, a más de un lustro del catastrófico lapso en que la economía uruguaya experimentó una brusca contracción —la clase de acontecimiento que los economistas a veces llaman crisis— nuestra afligente situación es cualquier cosa menos una crisis. Lleva en sí las cicatrices de docenas o centenares de crisis, pero sobre todo se asemeja al lento hundirse de un carro en una ciénaga antes que a la crítica entrada de una aeronave en un tirabuzón. Y si no es crítico nuestro mal tampoco ha de ser instantánea su superación. Nos aguardan años largos y duros, de sudor y lágrimas, antes de que podamos considerar a aquél superado. Un enfermo sale a veces de una crisis al cabo de unas pocas convulsiones, y el equivalente social de las convulsiones es la revolución. Pues bien, nada de esto posee para nosotros pertinencia: ni crisis, ni superación convulsiva del mal.
No se nos oculta que los Obispos no fueron los autores originales de esa calificación. Ella anda por ahí desde hace años, quizá fruto de la ignorancia, tal vez deliberada promoción subliminar de una supuesta salida revolucionaria. Efectivamente, el pueblo habla, en el contexto que nos concierne, de crisis. Pero esto no justifica a los Obispos. Ellos no debieron transigir con un error tan flagrante.
La carta pastoral percibe una raíz moral de todas nuestras aflicciones, una visión que nos gustaría ver desarrollada, que leímos con respeto, y sobre la cual no nos sentimos en condiciones de comentar. Pero el documento da cuenta de otras intuiciones que contienen fragmentos de un diagnóstico en planos menos profundos. En el capítulo I leemos:
"Como país subdesarrollado y dependiente, estamos sujetos a las condiciones de mercado que impone la mentalidad capitalista mundial..."
Es un pasaje azorante. ¿Acaso implica que hay países no dependientes? ¿Qué a los alemanes les tiene sin cuidado cómo anda la economía norteamericana, y viceversa? ¿Qué las industrias suizas, que exportan el 90% de su producción, no dependen del resto del mundo? ¿Que Singapur o Hong Kong, que ya no son clasificables como subdesarrollados, precisamente gracias a su apertura total a las condiciones del mercado mundial, junto con el status de altamente desarrollados alcanzaron invulnerabilidad contra perturbaciones externas? ¿Cómo averiguarlo? O acaso será que los Obispos nos están declarando en ese fragmento su adhesión a determinadas corrientes ideológicas? ¿Que dirigen su mensaje, en realidad, no a todos los hombres de buena voluntad, sino a aquéllos de ese conjunto que también participan del de quienes se toman en serio la teoría del dependencismo? Si así fuera, deberían haberlo dicho más claro. Muchos nos habríamos ahorrado una lectura innecesaria.
Por fortuna, no todo es discrepancia en nuestra apreciación del documento. Por ejemplo, nos pusimos de pie y aplaudimos cuando leímos lo siguiente:
"... no es misión del Estado educar, ni curar a los enfermos, ni alimentar a la gente... Al Estado le incumbe velar para que a nadie le falte la educación, la salud y los alimentos; pero no ser maestro, médico o proveedor."
Si esta visión hiciese camino, nos llevaría consigo largo trecho hacia la superación de la pobreza y de las frustraciones que los Obispos denuncian. ¿Por qué entonces los Obispos le piden políticas positivas al gobierno, que haga nuevas cosas para resolver viejos problemas, cuando la realidad patente es que lo que hay que pedirle es que deshaga lo que hizo antes, que fue lo que nos metió en el berenjenal en que nos encontramos? Así, por ejemplo, el documento pide "una política de descentralización", cuando es patente que el gran centralizador ha sido el gobierno.
Un siglo atrás Montevideo representaba, como en 1830, apenas una cuarta parte de la población del país. Éste había crecido de manera prodigiosa, pero sin romper el equilibrio entre capital y campo. La legislación proteccionista que se aprobó en 1875 y 1888 detuvo prácticamente el desarrollo demográfico del interior. La semilla del macrocefalismo se plantó entonces. La legislación proteccionista de 1912 y la implantación del control de cambios en 1931 —la medida proteccionista más eficaz de todas— agravaron las cosas. El proteccionismo, por más que pretenda limitar sus efectos al fomento de la industria nacional, inevitablemente desincentiva las actividades exportadoras. En el Uruguay funcionó como un impuesto a la utilización de capital y mano de obra en las explotaciones agropecuarias. ¿Y ahora le pediríamos al mismo que nos inoculó el virus patógeno, que nos diseñara una terapia?
Los Obispos, naturalmente, no podrían entrar en un enfoque de ese tipo. Pero sí podrían abstenerse de pedir más políticas positivas —no pensamos que ningún gobernante interpretaría la referencia a políticas descentralizadoras como una propuesta para demoler el arsenal proteccionista— y exhortar a los hombres de buena voluntad a buscar soluciones. Aprovechando además la ocasión para recordarles que la lucidez es una señalada virtud ética, pariente cercana de la honestidad intelectual.
Tal vez debamos entender la referencia del documento a la Doctrina Social de la Iglesia como la sugestión concreta del camino por el cual convendría que aquella búsqueda transcurriera. Nosotros no pensamos que ese cuerpo doctrinal posea relevancia para enfrentar los problemas de un país postrado por el estatismo. El se refiere, en efecto, a cómo debería ser el estatismo para plasmar ciertos valores morales. Pero si se trata de devolver vitalidad a un organismo social agobiado por demasiadas medidas orientadas todas a promover valores sociales indudablemente positivos, nos sorprendería que tuviera mucho de utilidad práctica que enseñarnos. Pensamos que los economistas imbuidos de los principios de la Doctrina Social de la Iglesia no desconocerán por ello los principios generales, axiológicamente neutrales, de su ciencia, y que si uno de ellos fuera consultado sobre el mal uruguayo, sería a éstos que recurriría para trazar su diagnóstico y proponer su tratamiento.
En suma, agradezcamos a los Obispos por no dejarnos olvidar la cuestión social. Menos crédito le acordamos por sus propuestas concretas, explícitas e implícitas.