En un programa recientemente televisado se formularon declaraciones interesantes sobre la situación demográfica del país, actual y futura. En la entrevista a un destacado dirigente político, éste expuso dos ideas que en el contexto dieron la impresión de superponerse en un solo concepto, pero que a nosotros nos parecen nítidamente distintas. En primer término, sostuvo que el número de habitantes que tiene actualmente el Uruguay es bastante para la eficiente operación de su economía. En segundo lugar, afirmó que la perspectiva de un aumento apreciable de esa masa poblacional en un plazo relativamente breve se reflejaría sobre todo en costosas necesidades de inversión para suministrar la adecuada infraestructura de vivienda y servicios a los nuevos habitantes.
Ese doble punto de vista implica a su vez dos corolarios de tipo práctico. Por un lado, se sigue del primer aspecto que incurriría en error una política que se propusiera la meta de acelerar el ritmo de crecimiento demográfico. Por otro, y atento a la segunda premisa, habría que inferir que una tasa de crecimiento cero o negativo no debería alarmarnos y sí en cambio una tasa significativamente positiva, la que podría reclamar la adopción de medidas llamadas a desalentar su persistencia.
Nosotros participamos de la primera de las ideas mencionadas, y discrepamos con la segunda. Concordantemente, nos adherimos al primer corolario práctico y disentimos con el segundo. Pensamos que la discrepancia es iluminante respecto de cuáles deban ser las orientaciones generales de la política económica en este país.
Antes de abocarnos a su consideración, detengámonos un instante sobre la coincidencia. Hay quienes creen que el Uruguay sufre por tener un mercado doméstico excesivamente estrecho para su producción industrial, y que por tanto podría revitalizar su economía incrementando su población, ya fuere a través de una mayor tasa de natalidad, ya —lo más relevante en el corto plazo— atrayendo nueva inmigración. Se trata, en primer lugar, de una flagrante ilusión. ¿A qué podríamos en tal sentido aspirar? ¿A restaurar la tasa de crecimiento poblacional máxima de nuestra historia, que fue la de la segunda mitad del siglo pasado? En tal caso, hinchándose la masa demográfica a la vertiginosa velocidad de 4,5% al año, en 15 años habríamos logrado duplicarla. En lugar de 3, seríamos 6 millones. Y seríamos a la vez, entonces igual que ahora, una economía pequeña, con un mercado doméstico totalmente insuficiente, como el de Suiza o el de Hong Kong, rodeados por lo tanto de las mismas restricciones que hoy acotan nuestras posibilidades de desarrollo. El esfuerzo, cualquiera fuese su naturaleza, habría sido en vano. El programa no habría redituado beneficios, y comoquiera que no se conocen programas que dejen de implicar costos, nos habríamos empobrecido con su adopción.
En segundo lugar, y fundamentalmente, la visión "demografista" yerra al juzgar, implícitamente, que el desarrollo orientado hacia el mercado interno es preferible al desarrollo volcado hacia el comercio exterior. En cierto sentido esto es comprensible, tantas son las jeremiadas con que a diario nos atiborran sobre el proteccionismo ajeno y la falta de mercados. Pero no deja de ser un enfoque disparatado, y nadie que mire al entorno mundial en que vivimos puede dejar de percibirlo. Los países que mejor han funcionado en los últimos, digamos, 30 años, son todos países con economías orientadas fundamentalmente hacia el exterior: Singapur, Hong Kong, Corea, Taiwán, Suiza, Noruega, Dinamarca, Holanda, Nueva Zelandia, Australia, etc., entre los cuales la mayoría tienen poblaciones del orden de los 10 millones o menos. Para sostener que los países que tienen pequeños mercados domésticos sufren un handicap en la carrera económica mundial hay que resistirse tenazmente a mirar los hechos.
Por lo tanto, es cierto también que tratar de aumentar la población para que la economía se desarrolle es absurdo. Estrictamente, es como poner la carreta delante de los bueyes.
Porque —señalémoslo con los ojos puestos ya en el segundo tema, en el que debemos registrar nuestra discrepancia— si bien es cierto que no necesitamos más gente para funcionar eficientemente hoy, no lo es menos que sí la necesitaremos para crecer. Y tampoco es en menor grado verdad que el crecimiento de nuestra población será un indicador favorable sobre el nivel de operación de nuestra economía. "El signo más decisivo de la prosperidad de cualquier país", escribía Adam Smith hace algo más de dos siglos, "es el aumento del número de sus habitantes". Para mostrar cuanto más prósperas eran a la sazón las colonias americanas de Gran Bretaña que su metrópoli, compara la tasa de crecimiento demográfico de ésta, que doblaría la población en 500 años, con la de sus posesiones transatlánticas, que tomaría sólo 25 años para aumentar en igual proporción. Cosa de un siglo más tarde, el crecimiento poblacional en nuestro propio país era tal, que la población se duplicaba cada 15 años. Eran los tiempos en que Alberdi nos describía como la California del Sur. Cuando el Uruguay fue próspero, su población creció con impulso arrollador. Cuando, más tarde, el ritmo de su crecimiento económico amainó, ya a fines del siglo pasado, otro tanto aconteció con su crecimiento demográfico. Y cuando el trágico estancamiento sobrevino en la década de los años '50, el aumento de la población se redujo a cifras ínfimas, y terminó por ser nulo o negativo, al transformarnos, despoblados como aún estamos —escándalo de los escándalos— en un país de emigrantes. Lejos ya de ser la California del Sur, nos convertimos en la Irlanda cisatlántica.
El meollo de nuestra discrepancia se refiere a la idea de que la población sea una carga, en lugar de una riqueza. Una carga a la que hay que alimentar, vestir y alojar, con saneamiento y agua corriente, y encima a la que hay que encontrarle trabajo. Es la misma diametral discrepancia en que nos sentimos cada vez que alguien explica el origen de nuestra desmesurada burocracia, no en función del interés de los gobernantes, en pos de clientelas políticas, sino de la incapacidad del país para generar "fuentes de trabajo". Nada podría ser más falso.
Cuando Alberdi en 1852 se hacía cuestión del "progreso extraordinario" de nuestra república, lo atribuía al "modo de ser de sus cosas y de su población". Y no podía andar muy descaminado el ilustre argentino al ubicar la población uruguaya del lado del activo, y no el pasivo, como se ha pretendido últimamente, porque esa es la verdad general de todos los países. Salga usted del ámbito fabuloso de las Mil y una Noches, en que el genio de la botella puede hacer brotar petróleo a mares del desierto, examine los países prósperos, y verá que, invariablemente, su prosperidad está hecha de gente que quiere y sabe trabajar, y de instituciones y gobernantes que no ahogan su creatividad.
Desde hace muchos años, en el orden de un siglo, nuestra política parte de la hipótesis de la población como carga. Los aranceles proteccionistas y los entes autónomos y la multitud de los funcionarios públicos prácticamente no han tenido otra razón ostensible de ser. La restauración de nuestra vitalidad económica exige un cambio fundamental de óptica.
Desde la nueva perspectiva que es preciso situarse —que tiene la no flaca ventaja de ser fiel a la realidad— la gente debe verse como nuestra riqueza principal. Y el proteccionismo aduanero y la burocracia deben verse como impuestos a la creatividad y al espíritu de empresa. Lejos de percibir al Estado como el gran protector del trabajo nacional, es preciso verle como lo que es, el gran impulsor de nuestra emigración.
Si abatimos las barreras proteccionistas y ponemos a los uruguayos a competir en el ancho mundo, ¿qué podrán hacer? Esto es lo que muchos angustiosamente aspiran averiguar antes de apoyar esa estrategia, pero se equivocan lamentablemente. Lo único que podemos saber es que la composición de las exportaciones uruguayas, si reducimos los desincentivos a la creatividad, nos sorprenderá. Pensar en que podemos apresar la creatividad de los uruguayos en las redes de nuestra imaginación es subestimarla.
En nuestra última edición (p. 31) informamos que las ventas de un conjunto de libros para enseñar inglés, escrito por cuatro uruguayos, había pasado el millón de ejemplares, y era uno de los éxitos editoriales del mundo. Todos aquellos que supieron prever que entre las exportaciones uruguayas iba a encontrarse el know-how sobre cómo enseñar inglés, y que lo iban a comprar los ingleses, tiene derecho a preguntarse qué otras cosas vamos a vender cuando las murallas proteccionistas caigan. Los demás debemos limitarnos a iniciar la demolición, y a aguardar que los hechos, como esta reciente noticia, nos llenen de asombro.