Qué significa modernizar

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Hemos oído algunas discusiones sobre el contenido de la palabra "modernizar" en nuestro contexto cívico. Pensamos que es una forma positiva de preparar el diálogo nacional que, sobre tan impostergable tarea, deberá desarrollarse en el marco de la actividad política preelectoral. Nosotros no queremos demorar en ofrecer al respecto nuestro primer aporte.

Una conversación que escuchamos contuvo muy interesantes conceptos sobre la necesidad de que la transformación consiguiente se extendiera a todos los ámbitos de la sociedad, sin dejar por cierto fuera al sector privado, necesitado también en grado apreciable de aggiornamento.

En sentido análogo, oímos a un dirigente político afirmar que modernizar no significa por fuerza privatizar, pues la empresa privada también puede adolecer de ineficiencia, y la pública a la vez verse libre de ella.

Todo ello es rigurosamente cierto. Sin embargo, es preciso destacar que es mucho más pertinente en un discurso entre ciudadanos de un país acerca de sus asuntos comunes. Necesariamente esto implica que, si los actores del diálogo no desean malgastar su tiempo, circunscriban su tiempo al sector público, es decir, al marco jurídico-institucional de la convivencia.

En segundo lugar, es igualmente esencial para que el ejercicio rinda frutos, que el debate no se limite a los síntomas de la enfermedad que aqueja al cuerpo social, sino que profundice en el análisis de sus causas.

Permitásenos explicarnos. Pongamos que Fulano y Mengano sean dos señores a quienes oímos sostener un diálogo a propósito de la modernización de una empresa, a la sazón, a estar a lo que ambos expresan, anticuada e ineficiente. Prestamos un poco más de atención, y caemos en la cuenta de que Fulano y Mengano son socios, y dueños en conjunto de la empresa de que hablan. Lo advertimos a partir de la naturaleza de los remedios que consideran para el mal que padece su organización. Contemplan invertir en nueva maquinaria, cambiar al jefe de personal, contratar a un especialista en organización y métodos, y a un químico. Buenas o malas, las medidas son concretas, y concebiblemente capaces de conducir a la empresa a buen puerto.

Poco después reparamos en otros dos amigos, Zutano y Perengano, que departen sobre un tema análogo. Otra vez se trata de mejorar la eficiencia de empresas anticuadas; pero ahora las empresas son numerosas, y no les pertenecen. Zutano y Perengano intercambian cantidad de anécdotas, sobre lo absurdamente ineficaces y dispendiosas que son las empresas objeto de su charla, que no sabemos si son públicas o privadas, ni nos interesa por el momento. Lo que sí nos llama la atención, y a la verdad llega a afligirnos, es que, a diferencia de los dos primeros, estos otros dos interlocutores pierden tristemente su tiempo hablando de problemas cuya solución está notoriamente fuera de su alcance.

Si Zutano y Perengano tuvieran a su alcance un micrófono o les enfocara una cámara de televisión, tenderían a dirigirse a los dirigentes de las empresas cuya ineficiencia constituye el tema de sus preocupaciones, y se pondrían a encarecerles que cambiasen radicalmente al respecto. Lo sospechamos porque hemos visto y oído a tantos compatriotas de estos dos, en parecidas circunstancias. Pues entonces es amable que Zutano y Perengano se sintieran realizados, pero sus perspectivas de lograr algo de sus objetivos permanecían tan remotas como antes.

Nosotros nos inclinamos a pensar que la modernización de un país pasa por la comprensión de sus hijos en cuanto a la absoluta inanidad del género hortatorio, y por su renuencia a despilfarrar su tiempo ejercitándolo.

El paso siguiente consiste en que los ciudadanos se pregunten por qué es que las empresas u otras instituciones de su país son ineficientes, anticuadas, inoperantes, dispendiosas, y otras cosas por el estilo. Y no se contenten con explicaciones basadas en características idiosincráticas de los nativos.

Entre las disquisiciones que escuchamos sobre temas de esta índole se contó la de un sociólogo que atribuía la falta de progresividad del Uruguay a cierto número de rasgos culturales, que predisponían a sus habitantes a la rutina y el estancamiento. La descripción era sumamente plausible, pero desesperanzadora en grado superlativo. Si nuestra conformación cultural fuera de cierta manera, en efecto, y de cierta manera antitética con la modernidad y el progreso, lo único que podría salvarnos es presumiblemente una mutación aleatoria, y lo único que podríamos hacer al respecto sería propiciar de alguna manera a la diosa fortuna.

La alternativa consiste en adoptar como hipótesis la de que, en lo sustancial, los uruguayos son genética y culturalmente iguales a los seres humanos de los países modernos y prósperos, y que su infortunio depende de que adoptaron para su convivencia, tiempo ha, reglas de juego que les predisponen a ciertas actitudes y conductas que sí son antitéticas con la modernidad y el progreso.

Las hipótesis hay que probarlas, y la que acabamos de enunciar no es una excepción, pero al menos permite que busquemos la solución por medio del análisis de nuestra estructura institucional y su posible reforma. No es que esto sea fácil, pero al menos abre paso a sugestiones prácticas y concretas, que es más que lo que oímos habitualmente cuando se debate esta clase de cuestiones.

Como ilustración de lo que queremos decir, tomemos el caso de la empresa privada en nuestro medio. ¿Es ella un dechado de eficiencia, en contraste diametral con la empresa pública? Tal vez no del todo, sobre todo en algunos casos. Y ello, ¿a qué podrá deberse? ¿Será que los uruguayos adolecen de ciertas taras genéticas o culturales que les incapacitan para ser competitivos y eficaces? Nosotros no nos afiliamos a esta tesis. Sobre todo, porque nos parece más plausible imaginar que el atraso y la ineficiencia son atribuibles a las peculiaridades del marco institucional pertinente. Y encima porque, si no fuera así, sólo cabría concluir que estamos forzosamente condenados. ¿Cómo es que, en los países prósperos y modernos, se corrige la ineficiencia de las empresas privadas, si ella llega aquí y allá a concretarse? Pues, muy sencilla y algo duramente, se corrige haciendo que la empresa que de tal vicio adolezca salga del mercado en que operaba, por imperio de la insolvencia en que él tarde o temprano le hará caer. Mientras que nosotros hemos juzgado que el capítulo de quiebras que tenemos en el Código de Comercio era una antigualla prescindible; sin percibir que el capitalismo sin ligualla presupone como meta es también un capitalismo desprovisto de los mecanismos naturales del sistema para depurarlo de ineficiencias.

La modernización del país pasa igualmente por percepciones claras como ésta. Y la empresa pública: ¿puede ser tan productiva como la privada? Esto es discutible; pero entre las cosas del mundo que nos parecen más obvias está la de que las empresas públicas uruguayas podrían ser infinitamente más eficientes de lo que son en la actualidad. Y ello por la más elemental de las razones: en las reglas de juego que por ahora nos hemos dado, no hay ningún motivo en absoluto para que absolutamente nadie dentro de la empresa estatal prefiera la eficiencia a la ineficiencia. Porque la eficiencia en sí misma es compañera inseparable de la competencia, sin la cual no existe siquiera modo de medirla, y la competencia no se puede separar del esfuerzo y la persecución de la excelencia. ¿Y quién va a preferir estas cosas que dan tanto trabajo, y no infrecuentemente causan tanta angustia, a un rincón mediocre pero convenientemente cobijado por monopolios y privilegios, desde donde se puede ir tirando, y encima darle una mano a los amigos?

Y cuando hablamos de empresas, entiéndasenos con la debida amplitud. Comprensiva, entre otros, de establecimientos de enseñanza y de salud. La característica esencial de todas tales instituciones en el Uruguay consiste en que los usuarios no tienen posibilidad significativa de elegir. La falta de libertad del consumidor —en sentido amplio— combina la frustración de éste con la comodidad, seguridad y mediocridad de vida del administrador público.

Romper ese molde —fuera del cual sin duda los uruguayos pueden vivir, algunos menos cómodos que ahora, pero todos más felices— eso, y no otra cosa, es la modernización.

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