Cualquiera que sea el idioma, las palabras para designar cambios en general, y variaciones inesperadas en particular, se tornan críticamente escasas en este tiempo en que ya nada es seguro, ni igual que antes. Neologismos y barbarismos se vuelven indispensables para transitar por ese terreno. Confiamos en que nuestros lectores querrán tratar nuestras infracciones al casticismo de esta ocasión con benevolencia.
Todo empezó tal vez en Bad Godesberg en 1959, cuando el Partido Social Demócrata alemán borró las estatizaciones de su plataforma. Para los hispanoparlantes fue un hito importante que, años después pero por cierto aún en el llano, Felipe González se jugase el liderazgo del PSOE a la carta de excluir a Marx de los estatutos partidarios. Máxime luego de aquella visita suya al Uruguay, cuando a propósito de estatizar dijo que se podía ser de izquierdas o de derechas, pero lo que no había que ser era tonto.
Y hay contribuciones de Soares, de Craxi, del neozelandés David Lange, y muchas otras que no nos vienen a la memoria. El hecho es que el socialismo ya no es el de antes. La época en que podíamos definir al socialismo con facilidad como el sistema basado en la propiedad pública de los bienes de capital —a lo que viene a ser lo mismo, como el sistema en que las decisiones básicas sobre producción y distribución incumben a un comité de planificación— parece haber pasado definitivamente. Qué pueda ser en la actualidad el socialismo es una cuestión sumamente ardua.
Estas reflexiones previas tienen que ver con la noticia aparecida en la primera página de nuestra anterior edición, según la cual dos partidos integrantes del Frente Amplio, indiscutiblemente de orientación socialdemócrata, el PGP y el PDC, propusieron a las autoridades de la coalición que la propuesta de estatizar la banca fuera eliminada del programa común.
El punto es particularmente significativo por referirse al sector financiero. Los banqueros llevan 7 siglos largos de mala prensa: desde que los escolásticos recogieron la condena aristotélica al cobro de intereses. La consiguiente inhibición cristiana empujó a los judíos hacia la banca, de ahí el estereotipo que pinta Shylock. Todo eso contribuye. Además está la noción vulgar —que los primeros economistas clásicos compartieron— de que la intermediación, tanto financiera como comercial, no es productiva. De ahí no hay más que un paso hasta pensar que los banqueros son en realidad parásitos sociales, y que organizar una banca sin banqueros es el desidératum.
Esto explica la popularidad de la estatización de la banca entre los redactores de programas políticos, pero no agota la razón de ser de su presencia en ellos. Los bancos canalizan el ahorro de la comunidad hacia ciertas inversiones, y —como es natural, mientras el capital sea escaso— implícitamente bloquean su fluir hacia otras que no llegan a concretarse. La idea de que esa tarea debiera estar en manos de agentes públicos, provistos de una escala de prioridades democráticamente determinada, posee para muchos axiomática validez. En realidad implica una evaluación negativa del mercado como asignador de recursos. El banquero privado paradigmático sólo se preocupa, al seleccionar prestatarios, de que éstos estén en condiciones de reembolsar el préstamo y pagar intereses. Con ese fin analizan cada firma y cada mercado en que aquéllas operan. Ahora bien, las empresas que estarán en mejor situación de atender al servicio de sus deudas son aquellas que han invertido y están invirtiendo sus recursos de capital en las áreas más demandadas. Y las áreas más demandadas son las que están en mejores condiciones para satisfacer las necesidades de la población, presentes y futuras, dada la distribución actual de la riqueza. Decir que un banquero privado es esencialmente un experto en los riesgos que supone prestar implica afirmar también que él es un componente de la mano invisible de que hablaba Adam Smith, que coloca los recursos allí donde la comunidad más los necesita, sin que no obstante ninguno de los agentes que intervienen en los procesos de inversión y producción tenga en cuenta los intereses colectivos como tales.
Querer que el Estado reemplace a los banqueros privados supone negar la eficiencia de ese sistema de asignación de recursos, optar por la mano visible del planificador antes que por la mano invisible del mercado. Inversamente, querer que la banca privada persista, implica reconocer al menos algunos de los méritos de la asignación de recursos a través del mercado. Sin duda los dirigentes del PDC y el PGP no están volcándose a un ideal de banca totalmente libre, pero no se puede decir no a la banca sólidamente estatal sin reconocer al mismo tiempo que la intermediación financiera orientada por el interés privado de los financistas tiene una contribución de eficiencia que brindar a la sociedad en conjunto.
Por lo tanto se sigue también que los dirigentes de los dos partidos citados no pueden estar a favor de la estatización general de la producción. Una vez reconocido en el área financiera el principio de que la empresa privada tiene un papel socialmente útil que cumplir, su extensión al resto de la economía es absolutamente forzosa. No cabe duda, la social democracia uruguaya ha sido visitada por el espíritu de Godesberg, y rápidamente se está poniendo al día.
Hasta aquí la parte del editorial que cae bajo la primera mitad del título. Pero la noticia que dimos hace una semana iba más lejos. Nos contaba que los delegados del Partido Comunista (PCU) ante una subcomisión de programación del Frente Amplio dieron su aprobación a la iniciativa pegepe-pedecista. Todo fluye, todo cambia, pensaba Heráclito. ¡Vaya si tenía razón!
Los partidos comunistas durante mucho tiempo suministraron el arquetipo de la ortodoxia marxista. El mote de revisionistas con que anatematizaron a quienes querían repensar los fundamentos del socialismo es sumamente elocuente. La ortodoxia bolchevique se manifestaba en dos aspectos. En primer término, respecto de la concepción sólidamente colectivista de la sociedad posrevolucionaria. En segundo lugar, en cuanto a la adhesión a la idea marxista de que, salvo casos eventuales y excepcionales, la revolución social llegaría por medios violentos, y se materializaría en una dictadura del partido, por lo cual las instituciones democráticas, tales como las conocemos en Occidente, no tendrían vigencia, ni como vía pacífica hacia el socialismo, ni como esquema para el ejercicio del poder revolucionario.
Vivimos un tiempo particularmente heraclitiano, y sabemos del eurocomunismo y otros desarrollos que suponen ciertos resquebrajamientos de la otrora monolítica ortodoxia. Pero, de ahí a aceptar que los bancos puedan mantenerse en manos privadas... La verdad, no salimos de nuestro asombro. "No puede haber socialismo" releemos en Economía Política del Socialismo, debido a P. Galenko y otros economistas soviéticos, "donde reina la propiedad privada sobre los medios principales de producción". ¿Puede dudarse que los bancos estén comprendidos en este concepto de "medios principales de producción"?
Lo que Lenin creía al respecto está muy claro. En vísperas de la Revolución de Octubre, escribía: "Los bancos constituyen, como es sabido, centros de la vida económica moderna, los centros nerviosos más importantes de todo el sistema capitalista de economía nacional... sin poner la mano sobre ellos no puede hacerse absolutamente nada serio, nada democrático-revolucionario." (La catástrofe que nos amenaza...).
¿Es concebible que las cosas hayan cambiado tanto que un PC de los confines del mundo ose contradecir a Lenin? ¿Podrá la perestroika alcanzar tal virtualidad? ¿Será posible que todo el dogma revolucionario esté sujeto a revisión? No les quepa duda: si oyen que de noche en el cementerio de Highgate se oyen ruidos raros, no les quepa duda que es la osamenta del profeta.
Es cierto que el PVP y la IDI se han mantenido fieles a rajacinchas —como también se lo informábamos hace siete días— pero ¿cuántas IDI's y cuántos PVP's harían falta para compensar la defección —si de eso en definitiva se tratara— del hijo primogénito y predilecto?
Cualquier día el PCU se pone análogamente a rever los postulados políticos del dogma. Por ejemplo, aquello de la Internacional aprobado en 1928: "La conquista del poder por el proletariado no significa capturar el estado burgués preexistente por medio de la mayoría parlamentaria... La conquista del poder... consiste en derribar violentamente el poder burgués, la destrucción del aparato estatal capitalista... Esto se logra... por medio de la propaganda... y... de la acción de masas. La acción de masas incluye... la huelga general conjuntamente con la insurrección armada." Capaz que un día de éstos nos enteramos de que todo esto quedó perimido, y el PCU se ha convertido en un partido democrático de verdad.
Ya no se puede creer en nada.