Los programas de televisión que se transmitieron a raíz de las olimpíadas de Seúl pusieron al público uruguayo en contacto con la realidad de la República de Corea. Sin duda la impresión dominante que los televidentes formaron fue la de un país con un elevado nivel de vida y de desarrollo económico, capaz de organizar con brillo y eficacia tanto los eventos deportivos como el marco ceremonial de los juegos, cuya capital, sin dejar de mostrar el apego de la población a sus venerables tradiciones culturales, posee los edificios, las avenidas, los parques, el ritmo de vida y las amenidades de una gran ciudad moderna. Lo que tal vez los televidentes uruguayos no llegaron a averiguar es que el arribo de Corea a ese conspicuo nivel de desarrollo es sumamente reciente, que la evolución que la ha llevado hasta él data apenas de un cuarto de siglo, que se inscribe en el proceso análogo de acelerado desarrollo de un grupo de países de su misma región, habitualmente conocida como el Sudeste Asiático, caracterizados todos por una línea muy semejante de política económica. Pensamos que nuestros lectores estarán interesados en saber algo acerca de cómo aquellos otros orientales lo hicieron y en inquirir junto con nosotros si el camino que ellos recorrieron con tanto éxito no sería también practicable para nosotros.
Corea del Sur tiene poco más de la mitad del territorio de Uruguay, pero, a pesar de que es sumamente montañosa, alberga una población que es 14 veces la nuestra. Su ingreso per cápita es hoy del orden de una vez y media el uruguayo, pero hace 25 años era menos de una tercera parte del nuestro, lo que, como es obvio, equivalía a franca pobreza. Aun en 1970 apenas el 2 % de los hogares tenían refrigeradores, el 4 % teléfonos y el 6 % televisores. Hoy hay refrigeradores en tres hogares de cada cuatro, teléfonos en uno de cada dos, y televisores en todos. La esperanza de vida al nacer aumentó 20 años en ese lapso, y el analfabetismo, del orden del 80 % en 1960, ha descendido a 3 % en la actualidad.
A principios de la década de los años 60, mientras los orientales de este lado del globo terráqueo nos hundíamos en la regresión económica, la inversión real negativa y la inflación galopante, los coreanos introducían los cambios estructurales que los llevarían a una tasa de crecimiento media hasta hoy de 8,7 %. Hay gran paralelismo entre los acontecimientos de Corea y Taiwán por esos tiempos. Ninguno de los dos había prosperado siendo colonias japonesas, ni —ya independientes— después de la 2ª guerra mundial. Entre 1950 y 53 Corea había sido devastada por el conflicto bélico que tuvo por asiento su territorio, pero no era por eso que la prosperidad se demoraba, sino por los errores de política económica. Alta inflación, baja inversión, perspectivas industriales estrechamente acotadas por la falta de poder de compra de la población, represión de los precios y las tasas de interés, e intervenciones gubernamentales de todo orden; todos estos eran rasgos de Corea y Taiwán tanto como de la mayor parte de América Latina. En 1961 todo empezó a cambiar en los antípodas. En Corea el Presidente Park Chung Hoe, surgido de un golpe de estado, jugó su política económica a una estrategia exportadora y una racionalización radical de la intervención gubernamental. En Taiwán el Generalísimo Chiang Kai-shek aproximadamente al mismo tiempo abjuró de los antecedentes socializantes del Kuomintang y se lanzó a liberalizar la economía de la pequeña isla que pronto se transformaría en una de las maravillas del mundo.
La concepción central de ambas reformas fue la apertura de la economía. La idea del desarrollo hacia adentro fue abandonada por completo. La liberalización fue en ambos casos sólo gradual, por más que seguramente inspirados en la libertad total de Hong Kong y Singapur, las dos economías más exitosas del exitoso grupo, pero de alguna manera la estrategia de apertura se impuso rápidamente. Las exportaciones de Taiwán, por ejemplo, en 1961 eran apenas mayores que las de Uruguay, y en términos per cápita la cuarta parte, mientras que hoy, también per cápita, exportan entre 9 y 10 veces lo que nosotros. En 1961 Corea exportaba la cuarta parte que Uruguay en términos absolutos; hoy la relación es casi 40 a 1.
Hay un estereotipo pertinaz en cuanto a que las exportaciones de los países de aquella región se basan en salarios bajos. El hecho de que hace entre 15 a 20 años que ello dejó de ser cierto, y cada vez ha ido siéndolo más, rompe los ojos, y sólo se rehusan a verlo quienes se sienten insoportablemente humillados por la comparación entre sus realizaciones y nuestros fracasos. Ese refugio en la falsificación de la realidad es un sentimiento insano. Por cierto que una sensación de humillación es inevitable, pero hay que llevarla con los ojos bien abiertos y adosarle un fuerte componente de emulación.
Naturalmente, aquella gente trabaja, eso no se puede negar. La semana laboral de Corea es de 48 horas en teoría, pero en la práctica anda por las 54 horas, 25 % más que la de los industriosos japoneses. Pero la distribución del ingreso coreana está entre las más igualitarias del mundo. Si la gente trabaja es porque quiere y le resulta provechoso, no bajo el impulso de la necesidad.
Si lo que los uruguayos queremos es llegar a ser o continuar siendo funcionarios públicos y reposarnos de la leve carga laboral en semana de turismo, complementando las tres semanas de vacaciones, evidentemente el Sudeste Asiático no tiene lecciones que ofrecernos. Si, por el contrario, nos vamos cansando del tango triste de la deuda externa, que reemplazó el igualmente melancólico de los términos del intercambio, si nos aburrimos de pasear nuestros lamentos por todos los foros internacionales, y estamos dispuestos a aceptar que, como enseñó Hesíodo hace casi tres milenios, los dioses pusieron el sudor en el camino de la prosperidad, la historia reciente de aquellos países está rebosante de enseñanzas en las que deberíamos enfrascarnos.
Entonces habría que proclamar que no hay otro tema de mayor interés para la investigación de nuestros economistas y nuestros sociólogos que lo que aconteció en aquellos países en el último cuarto de siglo. Inquirir, por ejemplo, por qué, mientras en América Latina, todos los países menos uno o dos tuvieron que llamar a sus acreedores bancarios para anunciarles que no podían continuar sirviendo sus deudas, y pedir refinanciación tras refinanciación, y en muchos casos seguir atrasándose endémicamente, en el Sudeste Asiático sólo se registra el caso de Filipinas en alguno de esos aspectos. No es que no tengan deuda externa. La de Corea, por ejemplo, es de las grandes. Pero nadie ha oído a los coreanos quejarse ni protestar que es imposible reembolsarla.
Sería interesante averiguar qué es lo que ellos tienen que a nosotros nos falta. Una cosa que evidentemente tienen es una apertura mucho mayor al comercio. Si tomamos 6 países sudasiáticos —Indonesia, Tailandia, Corea, Malasia, Hong Kong y Singapur— totalizamos en poblaciones de 1970 algo más de 250 millones de habitantes, mientras que 6 países latinoamericanos —Chile, Brasil, México, Argentina, Colombia y Perú— forman un conjunto de análogo tamaño poblacional (unos 270 millones) que puede servirnos de término de referencia. El conjunto sudasiático muestra una apertura (definida como semisuma de exportaciones e importaciones respecto del PBI) para la década de los '70 de 42 %, 3,5 veces mayor que el 12 % del conglomerado latinoamericano. Probablemente el economista que dijo que el comercio exterior es una máquina de crecimiento real (D. H. Robinson) tenía razón después de todo, y el que aseguró que el comercio internacional estaba sesgado contra los países pobres (Raúl Prebisch) se hallaba totalmente descaminado.
Si no hubiera tantos economistas en nuestra Universidad ocupados en preparar una reprise de la revolución de mayo de 1968, valdría la pena encargarles que estudiasen estas cuestiones.