Pensador religioso, cristiano ferviente, Nicolai Berdiaeff se plegó a la Revolución rusa en 1917, fue designado profesor de filosofía en la Universidad de Moscú en 1919, expulsado de Rusia en 1922. "La Revolución rusa es una gran desgracia", escribiría más tarde. "Nuestro paradigma diría: La Revolución Francesa, a la que llamó 'grande', fue abyecta e impura. No fue mejor que la Revolución rusa, ni menos sangrienta ni menos cruel; fue tan sañuda y tan destructora de todo cuanto la historia había consagrado hasta entonces".
Forma parte del patrón secuencial entusiasmo-desilusión, característico de las actitudes de tantos hombres y mujeres sensibles y generosos a propósito de las revoluciones, me interesa destacar la generalización que Berdiaeff formula sobre ellas. Ya vimos que dijo: "...todas las revoluciones han sido fallidas". También sostiene: "Toda revolución es, ...de varias maneras, una calamidad". ¿Puede ser el fundamento de tales aseveraciones?
Fácilmente podría tratarse de una inducción. El escritor ruso habla a veces como si las revoluciones que conocía fueran muchas, pero no da muestras de que el conjunto hubiese otros elementos que la francesa y la rusa. La edición española que poseo, titulada "Una nueva edad media", de donde están extraídas las citas, es de 1933, de modo que su texto original tiene por fuerza que antedatar los otros elementos posteriores a la segunda guerra mundial. Si se acepta la distinción de Liancourt entre rebelión y revolución, a que me refería hace una semana, y por tanto entiende por revoluciones las que, en lugar de reaccionar contra un agravio concreto, se lanzan contra todo el pasado, in toto, o contra la universalidad del sistema económico, entonces es muy difícil que en 1933 o antes pudiera Berdiaeff haber tenido presente otros ejemplos. En tal caso una inducción implicaría razonar así: La francesa y la rusa fueron ambas fracasos. Ergo todas las revoluciones deben fracasar. Sin duda un raciocinio un tanto osado.
Berdiaeff no aclara en qué se basa su aseveración. Tal vez nos diría que en el nivel de su compromiso con la revolución rusa había aprendido algo de la esencia de los fenómenos sociopolíticos de la especie. Pero no podemos estar seguros. Max Weber formuló allí una teoría de la razón por la que las revoluciones debían resultar fallidas.
Weber para explicar la situación del revolucionario que lucha por la pureza y el desinterés —el caso óptimo de Weber— sostiene que el jefe revolucionario se verá obligado a traicionar sus ideales ante la presión ejercida sobre él por sus seguidores. Estos le son imprescindibles para el éxito. A su vez ellos necesitan recompensas para moverse, tanto materiales como psicológicas. Refiriéndose a estas últimas, Weber escribe: "En las condenas de la lucha de clases [esas recompensas] son una función de sus odios, de sus esperanzas, de su resentimiento, sobre todo de su inclinación a tener razón a toda costa; por tanto, de su impulso de difamar al adversario y de acusarlo de herejía". Luego de referirse a las recompensas materiales —aventura, botín, poder y prebendas— Weber concluye: "El éxito depende por entero del crecimiento de su aparato, y esto depende de los motivos que animan a sus partidarios", quienes le animarán a él consiguientemente, siendo él cada vez más dueño de su actividad.
Se observará que el enfoque de sociología de las revoluciones no se basa de manera directa en la observación y en buena medida está arraigado sobre bases "a priori". Se trata de un enfoque agudo, pero me parece que sus conclusiones están afectadas de una cierta inseguridad. Es probable que las cosas sucedan como predice Weber, pero no creo que pueda afirmarse que es indudable. La posibilidad de que el jefe revolucionario logre dominar a sus seguidores no puede descartarse de antemano. Las razones por las que Berdiaeff llega a la misma conclusión son otras.
Es obvio que el éxito de una revolución está condicionado a la posibilidad de controlar el proceso de la historia. Cosa que no acontece con una rebelión. Los barones ingleses se alzaron contra el rey Juan en defensa de sus fueros y le arrancaron la Magna Carta. Indiscutiblemente su rebelión fue altamente exitosa. Ahora tenían sus derechos por escrito y con la firma del monarca, lo que les resultaría, y de hecho les resultó, altamente eficaz para evitar que volvieran a serles desconocidos. Los franceses de todas las clases sociales se alzaron contra el rey Luis, pero la Declaración de Derechos del Hombre y la Constitución que le arrancaron vieron lejos de satisfacerles, porque lo que ellos querían era un país totalmente diferente, totalmente nuevo, totalmente distinto del que la historia, con su callado, secular, inasible trabajo, les había deparado, un país que sólo en el número estuviera en su pensamiento, en su voluntad, y de allí partir a la realidad tridimensional.
Por supuesto, no consiguieron nada por el estilo. No por mala suerte; no porque Robespierre y Danton fueran, como fueron sin duda, jefes revolucionarios imperfectos, ni sus seguidores estuvieran dominados por motivaciones subalternas y perversas, como Barrère y Anacharsis Clootz, por nada análogamente contrario a la gente. Fracasaron sencillamente porque la historia no es como ellos pretendían que fuera: una conclusión para proponer, cual no me baso en la observación de las revoluciones francesa y rusa, o china y cubana, sino de toda la historia. Si internalizamos a ésta nos declararía que está hecha más que nada de consecuencias imprevistas de acciones de agentes innumerables. La tensión de subirse al pescante de la historia para dirigir conscientemente su trayectoria ha conducido reiteradamente al Terror —a partir de la idea de que lo que hace falta es imponer de alguna manera la voluntad del jefe revolucionario— pero nunca ha podido hacer que éste manejase realmente el carruaje.
A propósito de Francia, Alexis de Tocqueville veía así esta cuestión: "Ninguna nación antes se había embarcado en un intento tan resuelto como el de los franceses de 1789 para romper con el pasado, para operar, como quien dice, una escisión en su línea de la vida, y crear un abismo insondable entre lo que antes habían sido y lo que ahora aspiraban a ser. Con este propósito tomaron una multitud de precauciones contra la importación de nada del pasado en el nuevo régimen, ... en una palabra no ahorraron esfuerzos para borrar sus antiguas personalidades. Siempre he creído que tuvieron mucho menos éxito de lo que suele creerse en otros países y de lo que ellos mismos al principio pensaron. Por que estoy convencido de que, sin sospecharlo, tomaron del antiguo régimen no sólo la mayoría de sus costumbres, convenciones, y formas de pensamiento, sino también las ideas que instaron a nuestros revolucionarios a destruirlo; de que, de hecho, por más que nada estuviera más lejos de sus intenciones, usaron los desechos del viejo orden para construir el nuevo."
Pues lo que sugiero es que en ese fracaso no hubo nada de francés específicamente, nada fortuito o contingente. Se trató simplemente, de la clase de fracaso que inevitablemente corona las empresas imposibles.