"A medida que veía lo que veía" nos dijo un periodista visitante, "la atmósfera de calma y mutuo respeto en que se desarrollaba el acto, lo que me parecía ser la misma Democracia en acción, fui perdiendo interés en el resultado." Ojalá que los uruguayos podamos también percibir así la significación del episodio de que fuimos colectivo protagonista. La consulta nos dividió, la respuesta cívica volvió a unirnos. En la jornada decisiva comulgamos todos en una misma profesión de fe republicana. Y por delante tenemos una gran tarea que cumplir, todos juntos. Discrepando, por supuesto, esto es esencial. La unidad de un país no debe confundirse con la unanimidad; sólo un totalitario incurriría en semejante error. La unidad de una república se cifra en la adhesión a los principios de la dialéctica cívica: el debate en paz y libertad, el respeto al veredicto de las urnas, la soberanía incontestada de la Constitución y la Ley.
Los comicios han concluido, preparemos los comicios. Este año es para el país —para la región— año de votar. Eso que hicimos tan bien el domingo, vamos a volver a hacerlo. Algunos, varias veces. ¿Qué problema puede haber? Sin embargo, por más que los actos comiciales podamos contemplarlos con total calma, seguros de nosotros mismos, ello no basta. No debe bastar. Si la tarea colectiva de que hablábamos es la de construir, o reconstruir, el país, no puede bastar con que nos mostremos serenos y civilizados el día de cada elección, también es imprescindible que nos mostremos lúcidos. Es decir, informados. Cada uno que vote debería saber por qué, y no sólo por quién. Esta vez el imperativo en esa dirección es doblemente fuerte.
En efecto, acabamos de salir de una confrontación cívica que comprometió, y por su naturaleza no podía menos que comprometer intensamente los sentimientos —por no decir las pasiones— de la ciudadanía. Por más que cada votante tuviera conciencia de que su pronunciamiento contribuiría a moldear el futuro del país, no puede caber duda de que él estaba estrechamente condicionado por su visión del pasado, por recuerdos fuertemente teñidos de emotividad. Pues bien, la hora de esa emotividad pasó. Y ahora llama a nuestras puertas el tiempo del análisis y las cabezas frías, del esfuerzo por informarnos y por entender. Debemos abrírnoslas de par en par.
En cuanto a emociones, la única que debería embargarnos es la que brota de saber y sentir que vivimos en una época singular, en un mundo apasionante, donde el cambio de la política y la economía acompasan el ritmo de su cambio al paso vertiginoso de la ciencia y la tecnología. Un tiempo y un mundo en que el pensamiento se rehúsa a permanecer en los moldes que hasta ayer lo contenían sin sobresaltos, en que nada de lo que parecía cierto y consabido sigue siéndolo, con una capacidad sin límites para llenarnos de asombro. Dejemos que el asombro nos invada. Pronto nos asombraremos menos del cambio incesante que el mundo nos muestra, que de la insólita esclerosis que domina a nuestra economía. No es que seamos distintos, es que hace demasiado que nos resistimos a pensar con originalidad, que renunciamos a la creatividad, que nos dejamos maniatar por el miedo.
Si es cierto que el plebiscito del domingo pasado, como se ha dicho, clausura un tiempo e inaugura uno nuevo, el que se termina debe ser el llamado de la transición. El pasaje de un régimen de facto a la normalidad constitucional no exigía, a nuestro modo de ver, el total inmovilismo que ha caracterizado al último cuatrienio, la total prescindencia de todas las cuestiones que reclaman de la república decisiones impostergables. Toda la cuestión de la educación, toda la cuestión de la salud, toda la cuestión de la seguridad social, toda la cuestión del Estado y de la Empresa Pública, han permanecido intocadas, en una hibernación tan curiosa como insensata. Aparentemente el temor de quienes tenían institucionalmente la responsabilidad de liderar el enfrentamiento de las auténticas dificultades que afligen al país, en cuanto a la posibilidad de que el contacto con tales asuntos hiciese saltar las chispas de la discordia, es presuntamente lo único capaz de explicar esa prodigiosa pérdida de tiempo. Ello sin embargo deja subsistente la incógnita de cómo fue posible que la ciudadanía se plegase sin resistencia visible a esa actitud de general pasividad. La única respuesta que se nos ocurre es que la república vivió este último cuatrienio con la mirada vuelta hacia el pasado. Pues bien, si el interminable proceso del referéndum, con su infinito consumo de energías, encarnó esa opción uruguaya en la coyuntura en favor de la retrovisión, la celebración de su acto final el día 16 de abril no podrá menos que cambiar la perspectiva nacional de modo radical. No se trata de borrar las memorias individuales, tarea imposible por más que se la juzgase deseable, pero sí de que el discurso nacional gire 180 grados y se enfoque de lleno hacia el futuro. ¿Qué es lo que entonces divisaremos?
Por cierto que si escrutamos el futuro con el ánimo levantado, con amplitud de miras, de modo de abarcar en el campo de nuestra visión el conjunto de los países que han logrado en poco tiempo un crecimiento económico espectacular, el panorama que se nos presentará nos dirá de las notables posibilidades que ese entorno nos tiene reservadas.
Naturalmente, sólo cuando estemos dispuestos a integrarnos en ese mundo que no retacea los premios a la laboriosidad, a la imaginación, al talento, a la formación eficaz de capital humano. Posibilidades ésas, es cierto, de las cuales nosotros no hemos tenido directa experiencia, o la hemos tenido hace tanto que ya la memoria colectiva se ha perdido, pero sólo porque nos hemos resistido tenazmente, como la gran mayoría de los países de nuestra región, a la práctica de esas virtudes esenciales de la órbita económica.
Por algún accidente cultural que no es ésta la ocasión de tratar de explicar, nosotros —los latinoamericanos, los uruguayos— preferimos ponernos al margen de ese mundo donde hay virtudes que se premian, por más que haya vicios que se castigan, y racionalizar nuestra desatinada estrategia con interminables retahílas quejumbrosas, ayer por una dominada por el deterioro de los términos del intercambio, más recientemente por otra centrada en la deuda externa que no se puede pagar (slogan regional que nosotros repetimos sin inmutarnos por el hecho de que la nuestra la hemos estado pagando).
Estas teorías conspiratorias de nuestro fracaso —porque en definitiva se trata siempre de encontrar un demonio extranjero al que endilgarle la culpa— no son más que otras tantas maneras de mirar hacia atrás, para lamentarnos del robo de imaginarias riquezas. Lo cual, independientemente de la adecuación o inadecuación de tales teorías con la realidad, nos aleja del único enfoque práctico: a partir de lo que somos y de los recursos y carencias que tenemos, ¿qué podemos hacer?
A poco que nos abramos genuinamente, lúcidamente, a la incitación que emerge de la realización ejemplar del acto plebiscitario del domingo pasado, ese será el enfoque que presidirá el discurso político en este año de votaciones. A partir de los datos de la realidad, ¿qué podemos hacer? ¿Qué debemos, por tanto, hacer? Porque la superación del estancamiento que de tan larga data padecemos es un objetivo que no puede estar en el área polémica.
Aprestémonos, pues, a oír de partidos y candidatos las respuestas que proponen para estas interrogantes. Lo atractivo, al respecto, de la coyuntura intelectual de este tiempo que atravesamos, es la extinción de los estereotipos, de izquierda y de derecha, de modo que las propuestas posibles ya no están limitadas al escueto repertorio que cada cual de tiempo inmemorial llevaba en las viejas alforjas. Hoy la ciudadanía debe exigir mercancía fresca, ideas auténticamente pensadas para el tiempo y para el lugar. Aprestémonos, pues, para una experiencia desusada, que no excluirá —no debería excluir— el asombro.
Nosotros mismos, como informadores y analistas, sentimos que el desafío nos alcanza de lleno. Nos esforzaremos por cumplir, como presumimos que todos los uruguayos querrán hacerlo, en este tiempo excepcional que se despliega ante nosotros.