El 14 de julio —dentro de unos 80 días— las vibrantes estrofas de la Marsellesa resonarán en la Place de la Concorde en París, ante una gran multitud incluyendo una notable colección de personalidades, ni qué hablar, con el Presidente de Francia a la cabeza, y numerosos jefes de estado y de gobierno extranjeros, entre ellos el Presidente del Uruguay. Se estará celebrando el bicentenario de la Revolución en la fecha que tradicionalmente ha servido para simbolizarla, que es a la vez la fiesta nacional de Francia, y se entonará una canción revolucionaria, compuesta allá por 1792, que también se ha transformado en el himno nacional francés. Una fiesta pues, a todas luces francesa, pero celebrada con pompa y circunstancias tales que es como si no cupiera dentro de los límites de aquella república, y se tratara más bien de una festividad mundial, o tal vez de un cierto ámbito internacional —que vendría a incluir a nuestro país— ocasión al mismo tiempo para el regocijo y la gratitud retrospectiva de contables individuos, unidos, a través de fronteras políticas y barreras étnicas, en el culto de ciertos valores. ¿Qué valores? Pues eso ya no está tan claro. Digamos, por el momento: Liberté, Egalité, Fraternité. Términos, es preciso advertir, que no deben traducirse literalmente.
Ya que oficialmente los uruguayos estaremos incluidos en la celebración, es deseable que nos preguntemos si también como individuos deseamos participar en ella. La cuestión está lejos de ser solo académica. Pocas cosas poseen tanta importancia práctica como las ideas que los pueblos se hacen del pasado, los héroes que veneran, los paradigmas que admiran. La Revolución Francesa ya ha ejercido sobre nosotros, por otra parte, una influencia poderosa y secular. No puede ser ocioso que nos hagamos ahora cuestión de si su bicentenario debe ser conmemorado por nosotros como algo propio y valioso. Un compatriota ilustre escribía, hace ya tres cuartos de siglo, un libro dedicado precisamente a ponernos en guardia contra aquel modelo cívico. "¿Es creíble —se preguntaba— que la copia servil que hiciéramos en 1810 de los principios de la Revolución Francesa fuera la indicada para atenuar el vuelo de nuestros defectos anárquicos y antisociales?". "Los dogmas de 1789 —continuaba— desempeñaron ese cometido humanizando en el desarrollo de los destinos continentales". Y un poco más adelante: "Estamos tan dominados por los sectarismos de 1789 que todavía les guardamos fidelidad de enamorados, más entusiastas por ellos que la sociedad que los engendrara". El autor, que no es otro que Luis Alberto de Herrera, a cuyo La Revolución y Sud América (1910) pertenecen los fragmentos transcriptos, sin duda querría hoy disuadirnos de concurrir, física o idealmente, a la Place de la Revolución, como se llamaba la de la Concordia —personaje que sólo más tarde fue a escena— y sumarnos a la fervorosa festividad. No me resisto a transcribir, de aquella obra por su gran actualidad, un párrafo íntegro:
"Es que respecto a esa jornada se nos ha enseñado un culto idolátrico, de intensidad universal. Creemos en la América, y nuestras multitudes y nuestros universitarios lo juran a pie juntillas, que todos los bienes democráticos de que gozamos en la actualidad derivan de la Revolución Francesa, siendo deudores a ella de su libertad todas las naciones del Orbe, cuyo régimen de derecho cívico parte de allí, como arrancan del mismo punto polar imaginario los meridianos que abrazan el haz de la Tierra".
Tal vez valga la pena mencionar que el 14 de Julio y la Marsellesa no fueron desde el tiempo revolucionario la fiesta nacional y el himno de Francia. Ciertamente, el 14 de Julio de 1789 se conmemoró en su primer aniversario; fue la famosa fiesta de la Federación, que —por haber sido una jornada incruenta— algunos prefieren pensar que es la que ahora se celebra. Pero más tarde, 14 de Julio y Marsellesa entraron ambos en un prolongado eclipse, de donde salieron definitivamente sólo bajo la 3a. República: el himno en 1879, la efemérides el año siguiente, ambos a tiempo para el primer centenario. Con ello, sin embargo, no dejaron aún de ser polémicos en Francia. Pierre Chaunu, de cuya oposición a las próximas festividades nos ocuparemos en seguida, ha sostenido que tendría que transcurrir 1914-18 para que fecha y canto perdieran en Francia su coloración sectaria, y asumieran otra nacional.
No obstante, un cierto grado de ambigüedad subsiste. Ya no habrá una sola Marsellesa, sino diversas. Alice Gérard las describe: "Marsellesa diplomática ofrecida a los soberanos extranjeros en tiempo de oratorio, Marsellesa patriótica y militar, portadora del espíritu de revancha hasta 1918. Pero también Marsellesa popular y contestataria que cantan los obreros en huelga aún después del nacimiento de La Internacional (1888). Primer canto nacional moderno, la Marsellesa no (ha) dejado de ser un símbolo internacional de revolución para los jacobinos de todas las nacionalidades, para los liberales del siglo XIX, finalmente para los socialistas revolucionarios..."
En fin, comoquiera que sea, son muchos más los que están dispuestos a oír el himno con unción patriótica, acoger el ánimo festivo los 14 Juillet, y saludar le tricolore, que aquéllos listos a festejar los hechos, exultar con las jornadas, identificarse con los actos, a que tales símbolos estuvieron originalmente asociados. Simplemente, porque ello trasciende por fuerza la convencionalidad, y pone en juego la verdad histórica. Chaunu protesta: "...Lo que hoy algunos ya no podemos aceptar más es la mentira oficial, la falsificación de nuestra historia común..." Y antes había escrito: "No hay mentiras anodinas. Todo asesino no es mentiroso, pero todo mentiroso es asesino".
Otro aspecto a destacar, en este artículo que fundamentalmente quiere rescatar la conmemoración inminente de las garras de la retórica y el protocolo, es la enorme importancia histórica que la Revolución Francesa posee, que fue tan clara tan pronto para tanta gente. No sólo dentro de Francia, donde en seguida fue muy fácil darse cuenta de que algo importante pasaba, sino también fuera. El día que Kant se enteró de la toma de la Bastilla, él, cuyo cotidiano tránsito a la Universidad permitía a las vecinas de Koenisberg ajustar sus relojes, llegó tarde a clase. Y Hegel, a quien, en tanto que filósofo oficial de la monarquía prusiana tenemos que clasificar en la derecha política —por más que no como conservador, un historicista no podría serlo nunca— desde su cátedra berlinesa dedicó a la Revolución este estremecido comentario:
"Nunca desde que los planetas giran alrededor del sol en el firmamento se había percibido que la existencia del hombre se centra en su cabeza, es decir, en el pensamiento, bajo cuya inspiración él construye el mundo de la realidad. Anaxágoras había sido el primero en decir que el nous (la mente) gobierna el mundo; pero sólo entonces el hombre había avanzado hasta el reconocimiento de que el pensamiento debe gobernar la realidad espiritual. Aquello fue en efecto una gloriosa aurora de la mente".
Y en Inglaterra, en 1790, el partido Whig se dividía: de un lado —el adverso a la Revolución— la figura señera de Burke; del lado favorable, Fox y la gran mayoría del liderazgo liberal.
Pero no deberíamos concluir sin oír las explicaciones del historiador a quien François Mitterrand ha encomendado presidir la preparación del fasto. Jean-Noël Jeanneney ha dicho: "Mi misión no consiste en tomar partido en los debates historiográficos, sino en dar forma y organizar el orgullo colectivo que reposa sobre los ideales encarnados por la Revolución, sobre las opciones fundamentales efectuadas desde 1789: los derechos del hombre y de la ciudadanía, el fin de los privilegios y de la exclusión, especialmente religiosa, la instauración de una administración nacional eficaz, el sufragio universal o las leyes sobre la enseñanza... Sin embargo, en modo alguno se trata de correr un velo púdico sobre los acontecimientos trágicos y sangrientos de esta misma Revolución."
Tal vez nosotros, después de echar una mirada razonablemente cuidadosa a las realizaciones positivas y negativas, lleguemos a ponernos en estado de formar nuestro propio juicio.