Mejor dicho, hágalo despacio. Lo demás no importa. Es decir, ni mayor respeto a las luces rojas ni viajes a contramano, pero el hecho de saltarse a la torera varios semáforos, viajar varias cuadras por Colonia hacia el Obelisco y hacer rebajas delante de todas las escuelas sólo puede costarle, mientras no corra sangre, unos cuantos pesos. Pero no exceda la velocidad autorizada. Por favor.
Es fácil distraerse. Uno va por la Rambla y no necesariamente se fija, al llegar digamos a las Canteras del Parque Rodó, que la velocidad autorizada baja a 45 km. Salvo que haya mucho tránsito o muchos peatones, 45 km da la impresión de estar parado. Pero cuídese. Dicen que le dan un 25% de tolerancia, de modo que usted podría ir hasta a 56 km sin que le cuente cabeza. Pero si se pasa, eso es lo que le hacen. Prácticamente.
Antes de seguir con el cuento, sin embargo, tengo que explicarles lo que es una falta. Una falta es un delito, pero no tanto; es decir, el Código Penal dice que los delitos se dividen en delitos y faltas. Es como decir que los hombres se dividen en hombres y mujeres. En sentido amplio una falta es un delito, en sentido estricto no lo es. Es menos que un delito, castigada sólo con penas de multa, y el que comete una falta no es un delincuente. Si uno comete una falta y luego un delito propiamente dicho, tampoco es un reincidente. Si salgo a la calle en ropas menores, o me pongo a tocar allí el bombo junto con amigos que vociferen, o hago exhibición de mi ebriedad, si le falté el respeto a un policía, o me niego a mostrarle la cédula, cometo faltas. Hasta hace poco supongo que las faltas sencillamente no se perseguían. Es preciso suponer que había muy pocas, y que algunas tenían maneras más o menos informales de ser neutralizadas. Los policías por lo general siempre se hicieron respetar, y nunca se supo que la gente sobria y cuerda se negase a revelarles su identidad. En cuanto a los borrachos molestos, un rato en la comisaría hasta que se refrescaran solía ser considerado suficiente. Y el exceso de velocidad —conducir animales o vehículos a velocidad excesiva es una falta según el Código Penal— ya se reprimía en la vía administrativa.
No recuerdo que nadie jamás en ningún órgano de prensa ni en ningún foro público se quejara por no ser las faltas entre nosotros objeto de represión formal. La gente sí se queja de otras cosas que tienen que ver con el derecho penal. Cree percibir desde tiempo atrás, en particular desde el advenimiento del presente gobierno, un recrudecimiento de la delincuencia, sobre todo de la delincuencia violenta. Asimismo cree percibir gruesas carencias en la represión de los delitos graves. La gente se escandaliza de las reincidencias en que incurren algunos delincuentes según las versiones de la crónica policial. Y muchos atribuyen esto a la carencia de convicción de los magistrados respecto de la potestad para reprimir delitos que obedecen a una causa social y no ética. Si en ello les asiste o no razón es un tema ajeno a este artículo. El hecho es que la insatisfacción existe. Pues bien, a la gente que pida protección contra los copamientos y las violaciones, que se sienta intimidada por las patotas y no entienda cómo los rapiñeros recuperan tan pronto su libertad, la sociedad uruguaya reacciona creando el Tribunal de Faltas. Es como si nuestras autoridades hubiesen sido asesoradas por un marciano.
Un vocero del Tribunal trazó de él para la prensa un perfil simpático. En el peor de los casos, sería una institución superflua, como tantas. En el mejor, cumpliría una función educativa. Si usted había tirado una palangana de agua desde la azotea, un magistrado o magistrada le instaría a verter sus efluentes domiciliarios de manera socialmente más positiva, ante un público que frunciría el ceño, tal vez burlonamente, y usted sentiría un rubor que se sumaría a la multa para hacerle comprender su error. Pues bien, nada que ver, el procedimiento es claramente sádico, hace temer que Pol Pot haya infiltrado a nuestra Administración.
Ustedes leyeron la carta del Sr. Luis A. Danero aparecida en nuestra edición del 5 de mayo. Si no la leyeron, les encarezco que lo hagan. Es una historia de horror contada con notable mesura. Acontece que yo, que no conozco al Sr. Danero, pensé que podía haber incurrido en exageración. ¿Preso 13 horas por una infracción castigada sólo con multa? No parecía verosímil. Pero nuevos elementos de juicio me convencieron de que el único defecto imputable a la carta es su excesiva reticencia.
¿Ustedes pueden imaginarse cuál es la excusa por la cual algo así como 7 personas hayan sido privadas de su libertad durante lapsos diversos, que fluctuaron entre unas 7 y unas 13 horas, por una infracción que no implica prisión? Pues porque debían todos ser llevados a ser fichados en la Cárcel Central, y hasta que todos no hubieran sido detenidos y llevados a la Comisaría de Tránsito, y pudieran ir juntos bajo custodia policial, a prontuariarse, debían permanecer recluidos allí. Cuando cayó la noche pidieron para hablar con el Comisario, y le rogaron que les dejara ir a sus casas, bajo compromiso de concurrir a hacer el fichaje a la hora y lugar que les fijaran. Al Comisario no se le había ocurrido, pero no supo qué objeción se podía oponer a ese razonamiento. De modo que llamó al Tribunal de Faltas, y pidió permiso para dejar ir a la gente, emplazándola para el día siguiente. No tuvo suerte. Alguien en el Tribunal de Faltas le dijo que no. En esto pienso que la conexión kampucheana se percibe claramente.
La carta aparecida en Búsqueda dice que quien negó el permiso fue "la jueza". Naturalmente, eso no le pudo constar por directa experiencia al Sr. Danero, pero presumo que fue el Comisario quien se lo dijo. Otra víctima con quien me entrevisté también creía que era "la jueza" quien insistía en que fueran todos juntos y bajo custodia en ese mismo día calendario al lugar donde debían ser fichados, pero sobre eso los testimonios son necesariamente indirectos. Eso sí: aunque no se tratara de un magistrado, su decisión fue de todos modos equivalente a una sentencia de prisión.
Finalmente todos juntos fueron conducidos bajo custodia a la Cárcel Central, donde debía practicarse el fichaje. Algunos dicen que debieron esperar en un patio, en lo que era una celda colectiva —había al mismo tiempo detenidos, por delitos comunes— pero la diferencia entre el patio con rejas de una cárcel y una celda colectiva es sutil. El ruido que hacía la puerta de barrotes cuando se abría y cerraba impresionó mucho a algunos de estos desdichados. Otros se quejaron del olor. Versión de la promiscua —según se las representaba— compañía en que debieron permanecer varias horas. Porque, aparentemente, faltaba algún papel entre los que habían traído de la Comisaría. Finalmente el papel llegó, pero entonces faltaba alguien de la Técnica, no sé si el fotógrafo que retrata a los procesados con el consabido número sobre la cabeza, o el especialista en tomar las huellas dactilares. El fichaje fue hecho recién pasada la una del día siguiente.
Ahora ya todos tienen prontuario. Todos piensan que su estatuto como personas descendió varios peldaños, y que en adelante les negarán visas para visitar países que no quieren viajeros con antecedentes penales. Pero, en fin, ya cerca de la madrugada iban a quedar libres. O casi. Porque les informaron que debían regresar a la Comisaría donde "les darían la libertad". Exhaustos, y muy cerca ya de la desesperación, imploraron que si no había que cumplir ningún trámite sustancial, les dejaran ir directamente a sus casas. A los custodias no se les había ocurrido, pero tampoco supieron qué objetar a ese razonamiento. Cuando llamaron a la Comisaría, la respuesta en este caso fue humana. La odisea del día (de los 2 días en realidad) había terminado.
La historia continúa en el Tribunal. Si uno no había llevado abogado para la audiencia, le daban uno "de oficio". Pero no aceptaban ninguna defensa. Según la tesis del Tribunal, la falta es un ilícito objetivo y una vez comprobado, la sanción procede irremisiblemente. La insistencia en que cada procesado —eso es lo que son, y eso es lo que les llamaban— tenga su defensor, y al mismo tiempo el Tribunal no reconozca ninguna defensa posible, habría hecho las delicias de Kafka.
De modo que, no lo olvide, ¡cuidado con el acelerador! Si su pie derecho se descuida, usted puede tener que hacer una excursión al quinto infierno. ¡Atención! Mire que el Hermano Mayor no le saca los ojos de encima. Y recuerde que, humano y condescendiente con los rapiñeros y homicidas, nuestro Big Brother es implacable con los que incurren en faltas. De modo que... ¿Cómo dice? ¿Qué oye que llaman a su puerta? Es cierto, la hipótesis de que sea la policía no es a priori descartable. Trate de recordar su cuentakilómetros en las últimas semanas. No se desamine, también puede que sea sólo un cobrador. En cualquier caso, ¡buena suerte! Todo indica que en este país la vamos a necesitar cada vez más.